La cuestión de la técnica – Juan José Ipar

Introducción – vía marietan.com*

Photo by cottonbro on Pexels.com

Hay un considerable lote de preguntas que nos hacemos corrientemente a propósito de la posibilidad y utilidad de las técnicas para abordar el padecimiento psíquico en sus variadas formas. Pero todas estas preguntas se dejan resumir en una sola: ¿cómo logramos influir sobre los demás y cambiar sus conductas? Técnicas propuestas hay muchas y aún Dale Carnegie tiene la suya. Aquí nos ocuparemos tan sólo de tres de ellas: la técnica de la seducción, aplicable a personas reprimidas con cierto deseo inconsciente por ellas insospechado, la freudiana, apta para pacientes histéricos, y la supuesta “técnica” lacaniana, aparentemente enderezada al tratamiento de pacientes obsesivos. Diremos también una palabra lateral en referencia a la técnica kleiniana. La inclusión de la técnica de la seducción, que no es terapéutica más que ocasionalmente, se justifica debido a que constituye una suerte de técnica madre de toda otra técnica por medio de la cual alguien puede pretender influir sobre los demás. Hay que decir, además, que no pocos análisis terminan resultando meras seducciones en los que los propios analistas ofician de seductores a pesar de sí, aunque no pocas veces son los pacientes -en especial algunos psicópatas que por algún motivo piden análisis- los que hacen caer en sus redes a sus ingenuos analistas.

La técnica de la seducción

Existe una multitud de films para televisión -asumo que nadie se atrevería a presentar en una sala de cine semejantes adefesios – que tienen una estructura argumental semejante: por diversas circunstancias -un blanco en su vida- una mujer soltera o sola de cierta edad e ignorante de su insatisfacción aterriza de vacaciones en un lugar -en general, una playa- en la que conoce a alguien que le cambia la vida. Ese alguien es por lo común un hombre más joven con aspecto de gigoló de segunda clase que logra lo impensado, a saber, seducir a la mujer para, por supuesto, extorsionarla luego con fotografías, cartas o algún otro objeto que comprometa la honra de la incauta. La atribulada dama recurre entonces a diversos expedientes para escapar al chantage de su seductor. Lo que aquí nos interesa es captar cómo logra el hombre atraer a su víctima y arrastrarla a los excesos merced a los cuales puede luego aprovecharse de ella. Lo que el hombre logra puede ser entendido como un “progreso en la sexualidad” de la mujer, que se entrega a sus caprichos sin grandes resistencias. Y todo ello en pocos días. En resumen, obtiene de ella lo que ningún analista alcanzaría tras muchos años de análisis: una desinhibición repentina de su reprimida sexualidad.

Puede argumentarse que la mujer se halla predispuesta a una aventura galante (Erlebnis) por el simple hecho de trasladarse “sin saber bien porqué” a un lugar que no va con ella y en el cual la sexualidad florece: temperaturas cálidas, pocas ropas, palmeras, tragos, en fin, todas imágenes de goce, no casualmente las mismas por medio de las cuales las compañías de turismo intentan atraer la lujuria de sus clientes. Hay en nuestra dama, pues, un estado previo de exaltación erótica que ella no reconoce sino oscuramente, aunque podría contrargumentarse que dicho estado está en ella como agazapado y permanentemente a la espera de una ocasión propicia para manifestarse y no únicamente en este verdadero viaje iniciático. La inadvertida dama ignora que desea ser seducida y, un paso más, maltratada por “un buen mozo miserable y abusador”, figura fantasmática que cualquier mujer medianamente aguda (o analizada) reconoce inmediatamente como personaje central de tantísimas fantasías diurnas.

Otro punto importante es que toda la aventura playera apunta a una moraleja, según la cual abandonar la represión habitual trae consigo consecuencias peligrosas y angustiantes para aquellos que se atreven a desafiar, siquiera una única vez, sus mandatos y exigencias. “Que no le pase a Ud. lo que a esta pobre mujer, que tanto debió pagar por un momento de desvío y tentación”. Tal fue lo que le ocurrió a la malhadada Ana Karenina, empujada a la deshonra y al suicidio por decidirse a disfrutar de las efímeras mieles sexuales que le proponía el inconstante conde Bronsky. Pero, más allá de todo lo que pueda decirse de este popular fantasma femenino, subsiste como pregunta para nosotros cómo logra el seductor un tal “progreso en la sexualidad” en forma tan rápida y efectiva. Queda claro que cuenta con la no pequeña ventaja de que existe en la mente de su víctima un Klischee que gobierna inconscientemente su sexualidad. El ya existe para ella antes de encontrarse y puede decirse que ella encuentra exactamente lo que [no sabe que] busca. Pero, no obstante, todo ello no empaña los méritos de su elemental y efectiva técnica.

Describámosla sucintamente: en un comienzo, un impacto estético generalmente visual, en el cual él se le aparece fugazmente como sexualmente deseable y dominante; el segundo paso consiste en un acercamiento en el que él se muestra atento y humilde y, finalmente, la propia escena de la seducción, en la que el hombre vence las resistencias de la mujer ejerciendo una dosis de violencia variable según el caso. Aclaremos que no hemos descubierto nada novedoso y que esta técnica ya fue expuesta en múltiples novelas y textos como, por ejemplo, en las Liaisons dangereuses del caballero Choderlos de Laclos, cuando describe la maquiavélica seducción de la burguesa Presidenta Tourvel por el libertino vizconde de Valmont. La figura del pecador arrepentido en busca de la ayuda de una mujer virtuosa para regenerarse es retomada por Stendhal en Rojo y Negro y aún en Drácula, que sólo puede ser exterminado por una mujer honesta. En la célebre Cyrano de Bergerac, la seducción de la prima es llevada a cabo por dos hombres, por el militar apuesto que protagoniza el primer momento, por el mismo Cyrano, cuya facundia e ingenio se encargan del segundo tramo de la encomienda, y nuevamente es el militar quien se queda a la postre con el ansiado premio del tercer momento. La “ingenuidad” de la joven prima permite el quid pro quo que se devela tardíamente cuando el pobre Cyrano se halla in articulo mortis. A la luz del análisis, podríamos arriesgar que quizá la prima no era tan tontorrona como aparentaba y que, simplemente, se erotizaba en el balcón con las encendidas palabras de Cyrano pero prefería al apuesto militar en su lecho.

El primer momento, el de la presentación, es el momento de la mirada y es el fundamental, pues en él se verifica la captura imaginaria de la supuesta víctima, que es cautivada por una imagen (en este caso, de dominación y poder). El segundo momento, el de la representación, es propiamente engañoso, puesto que en él el seductor da una imagen falsa de sí por medio de las palabras: se presenta como alguien arrepentido, humilde y necesitado que requiere la ayuda o consideración de la futura víctima[1][a1]. Este segundo momento es doblemente engañoso, pues, en realidad, la representación que en él tiene lugar sirve únicamente para desplegar y potenciar el erotismo desencadenado en el primer momento. El tercer momento, el de la consumación de la seducción, es como un retorno al primer momento de poder y dominación, pero ya en el cuerpo a cuerpo, y en él se hace evidente que el seductor demuestra su superioridad, que no es meramente física, sino que se refiere a un “saber qué hacer” con la erotización alcanzada en los dos primeros momentos. El seductor pone en acción un saber previo, verdadero objeto de la fascinación de la víctima. Digamos de paso que la seducción femenina sigue los mismos pasos, incluyendo el tercero, en el cual vemos a una rubia pulposa y decidida empujar a la cama al timorato, que no atina a reaccionar más que con una poderosa erección.

Este tipo de seducción en tres pasos es propia de la Modernidad burguesa, típicamente hipócrita y necesitada de mediaciones. A Zeus o a cualquier dios o héroe de la Antigüedad le bastaba la esplendorosa exhibición del primer momento para pasar directamente al tercero de semiviolación semiconsentida. La bellísima Helena de Troya, por su parte, suscitaba inmediata e irresistiblemente el eros en sus desprevenidos y encantados admiradores. En el caso Dora, Freud nos da una pista acerca de esta inmediatez perdida cuando nos dice que Dora debió necesariamente erotizarse cuando K se le abalanzó, apoyando su genital erecto contra el pubis de la muchacha. Esta presión del genital de K es luego utilizada en la producción de un síntoma por desplazamiento hacia arriba y revive como alucinación histérica (opresión en el pecho). Veladamente -están vestidos-, K trae su genital erecto a la escena y lo presenta ante Dora, cuyo genital, según Freud, responde necesariamente en forma positiva a esta manifestación de erotismo por parte del hombre (que “aún era joven y atractivo”). La histeria de Dora frustra esta escena y no hay “progreso en la sexualidad” sino síntoma y Dora deberá conformarse con consultar el diccionario para saber lo que desea y no desea conocer (ver el segundo sueño[2][a2]).

La triste historia de Cyrano muestra cuán importante es la belleza física y el no desdeñable arte de presentarse corporalmente ante los demás. No es, claro, una cuestión de mera belleza física, que no es más que regularidad de los rasgos, especialmente del rostro, sino de cierta indefinible apostura corporal que denota seguridad y autodominio. Como ya quedó dicho, se trata de la manifestación exterior de un saber acerca de la sexualidad, un saber qué hacer con ella. ¿Qué sabe el seductor o el libertino que no sabe -o que prefiere no saber- su víctima? Simplemente, no tiene exageradas ilusiones en el campo amoroso y de alguna manera es capaz de darse cuenta de que estamos gobernados en último término por automatismos que nos trascienden como sujetos. Tiene una visión descarnada de las relaciones humanas y las reduce a mecanismos y resortes cuya eficacia excede el de la voluntad de los sujetos. Los neuróticos, especialmente los histéricos, están dominados por una expectativa amorosa que les obnubila por completo, cosa que los torna especialmente aptos para caer seducidos por farsantes que los aprovechan y resulta increíble que, siendo -algunos, por lo menos- personas de clara inteligencia y profunda cultura, tropiecen tan a menudo con historias de amor tan bobaliconas como sufridas.

La técnica freudiana

Aquí nos ocuparemos sólo de un dicho de Freud que se encuentra en Psicoterapia de la Histeria, en el que dice que su técnica se endereza a pacientes histéricos y, aunque puede aplicarse a otros pacientes no histéricos, curará en ellos “lo que tengan de histéricos”. Vale decir que Freud encuentra una correspondencia o una analogía entre los mecanismos productores de la histeria y su propio método, que sería capaz de deshacer la trama sintomática urdida en función de tales mecanismos. Esta correspondencia ya había sido planteada con ligeras variantes por Babinski y por el propio Breuer: los síntomas histéricos son efectos de una suerte de autohipnosis o autosugestión, quizá debida a la degeneración mental a lo Morel, tan en boga por aquellos tiempos. Lo interesante es que, según Babinski, dicha sugestión podía ser deshecha por una contrasugestión de signo contrario por parte del médico, de allí la importancia que tendrá el Drang (apremio) en los primeros tiempos de la técnica psicoanalítica. El Drang es por completo análogo a la violencia que el seductor ejerce en el tercer momento del proceso seductor y, agregamos ahora, a la violencia del exorcista sobre el poseído, por la cual logra finalmente expulsar al demonio, resolviendo de tal modo la tensión ocasionada por la posesión.

El Drang, el hecho de que el analista reclame y ejerza un derecho a violentar al sufriente, es efecto de un saber que el médico dice poseer y en el que el paciente confía. De últimas, es por ese saber que el paciente está allí. Freud le aseguraba que el recuerdo buscado, por ejemplo, aparecería ni bien él pusiese la mano sobre su frente. Esta certeza sugestiva es asimismo una muestra del poder (Macht) curativo del médico, mezclando baconianamente de tal modo saber y poder.

Más adelante, Freud se da cuenta de que esta mezcla de saber y poder tiene eficacia sobre el paciente aún sin el Drang y que podía prescindir del mismo “sin perderse de nada fundamental”. Lo esencial está en otro lado, en un campo de batalla (Gebiete) que llamó transferencia. Puesto que el “progreso en la sexualidad” no iba a ser usufructuado por el propio analista y éste, que como Cyrano trabaja para el goce de otro, debe permanecer en el campo de las palabras, retirando el cuerpo de la escena. Freud comprendió que, aun renunciando a una aventura galante (Erlebnis) con sus pacientes, la cura progresa únicamente si el analista logra hacerse amar por ellos (admirar, en el caso de pacientes varones). El amor transferencial es, pues, un amor destinado a la no consumación y al desengaño por su índole incestuosa, puesto que no es sino una reviviscencia alejada del amor edípico infantil hacia los padres. El “progreso en la sexualidad” no se verifica en el ámbito mismo del análisis y se ve sustituido por un “progreso en el saber”, desde que el mismo Freud dice que el fin del análisis consiste en la adquisición de un saber (Erwerbung einer Wissen) o en un tornarse sabedor (wissend)[3].

El buen suceso de la cura se basa, pues, en la integridad moral del propio analista, quien con su renuncia (Verzicht) da un ejemplo de moralidad y virtud que debe ser correspondido necesariamente por su paciente[4][a3]. De allí que los acting out y la reacción terapéutica negativa, en suma, la ingratitud de los pacientes o su incapacidad de apreciar el esfuerzo realizado por su analista hayan sido dos situaciones problemáticas cruciales a lo largo de la historia de la técnica psicoanalítica. Por ello es que Freud descartaba como inanalizables o indignos de ser analizados a personas que hubiesen dado muestras de ser incapaces de refrenar medianamente las tendencias asociales que anidan en lo profundo del psiquismo de todos. La técnica freudiana no sólo se limita a analizar lo histérico en el paciente sino que, además, no debe ser aplicada a sujetos que no sean merecedores de ella.[5] En la correspondencia que intercambia con el psicoanalista italiano Edoardo Weiss, vemos cómo Freud lo conmina a “no perder su tiempo con un sujeto despreciable”, un esloveno que tenía antecedentes de haber engatusado al prójimo y, en otro caso, le recomienda sin ambages que envíe al aspirante a paciente a una clínica conocida por la severidad de sus tratamientos -la de Groddek- y, en último extremo, le sugiere que la familia encare la deportación a Sudamérica del peligroso sujeto. Estas afirmaciones de Freud suenan extrañas a quienes únicamente han leído sus textos destinados a la publicación, en los que Freud se cuida muy bien de hacer afirmaciones o recomendaciones tan contundentes, aunque la idea de que no cualquiera es apto para un análisis se deja traslucir claramente y la cuestión de la analizabilidad será para sus sucesores una cuestión central en sus desarrollos técnicos.

Pero, además de esta barrera ética, hay una barrera epistemológica que limita la técnica: ésta no es aplicable a pacientes graves. Los perversos no serían analizables en la medida en que su propia perversión no les resulta una carga angustiante, razón por la cual raramente solicitan análisis y, si lo hacen, ello suele deberse a que quieren hacer ver a sus allegados que se han esforzado, al menos por un tiempo, en liberarse de ella. La demanda de análisis en estos casos no es sincera y esta falta de sinceridad es una barrera a la vez moral y epistemológica. Los pacientes psicóticos, por su parte, son epistemológicamente inaccesibles, bien debido a la introversión libidinal que predomina en algunos de ellos (esquizofrénicos), bien a causa de las certezas delirantes irreductibles a las que se niegan a renunciar (paranoicos). Los psicóticos en su conjunto son incapaces de asociar libremente y no pueden, por tanto, acatar la regla fundamental que rige la técnica clásica.

La técnica queda, pues, confinada a los pacientes neuróticos y, entre ellos, especialmente a los histéricos. Los obsesivos plantean algunos problemas técnicos adicionales en la medida en que su impresionante tendencia a racionalizar encuentra en el dispositivo analítico tradicional una excelente ocasión para esterilizar el esfuerzo analítico por medio de extensas lucubraciones e interminables aclaraciones. Ciertas modificaciones a la técnica clásica deben ser introducidas para tratarlos.

Entre nosotros, David Liberman postuló que el analista debe adecuar su estilo comunicativo al estilo de su paciente. Así, a un paciente histérico, dado a los excesos sentimentales, conviene dirigirse en un conciso estilo esquizoide. El analista evita de tal modo enredarse en los devaneos en los que el paciente intenta hacerlo participar. Según este autor, no basta con disponer de una regla fundamental y un variado arsenal de consejos que preserven lo que en otro lugar hemos denominado con intencionada vaguedad el “espíritu psicoanalítico”, sino que es menester contar con una estrategia para encarar con eficacia la labor psicoanalítica. Para ello debe contarse con una técnica evaluativa de los procesos semióticos que se registran en las sesiones, siendo ésta -la sesión- y no el paciente el verdadero objeto de estudio del analista. Pareciera haber aquí una especie de sinceramiento en lo referente a la asociación libre y la atención flotante, por cuanto se deja de lado ese engañoso pedido de asociar libremente -que los pacientes traicionan continuamente, sin molestarse en advertir de ello a su analista- y el analista abandona la actitud absichtlos (literalmente, “sin intención”) que preconizaba Freud y atiende a una estrategia elaborada a partir de la evaluación hecha de lo que ha venido ocurriendo en las sesiones previas.

Digamos lateralmente que un enfoque como éste tiene una gran ventaja sobre los demás: esta verdadera cientifización de la labor analítica asegura la posibilidad de trasmitir adecuadamente los resultados de lo que se ha investigado, aunque corre el no pequeño riesgo de reducir el psicoanálisis a una variedad de semiótica aplicada, en este caso a la sesión.

La técnica lacaniana

Continuar leyendo «La cuestión de la técnica – Juan José Ipar»
Blog de un Hombre Superfluo

“Me encanta hablar de nada, es de lo único de lo que sé algo” Oscar Wilde.

Veleidades de Verdad

Divagaciones teóricas de un psicoanalista

VOYAGE ONIRIQUE

" Un rêve onirique, une bulle d'évasion "

Literatura de Japón

Tu portal de lectura asiática y mucho más.

Phusions, by Xavi Gassó

Nos gustan las cosas que nos gustan

humor zen

humor, zen, psicología, libros... explorando el espacio interior

Fragments de vida

Just another WordPress.com site

Palabras y fotos

Just another WordPress.com weblog

franciscojaviertostado.com

Estación de micros

lo breve si bueno...

En el campo de lavanda

Vida, literatura y arte.

Web de Vero B

Antes conocida como En Humor Arte

Poemas de mis Libretas

Palabras y poemas de una adolescente de fines de los ´70

FILOSOFIA DEL RECONOCIMIENTO

DISQUISICIONES DESDE EL ABISMO

Eltiempohabitado's Weblog

Blog de Julie Sopetrán. Poesía para niños y adultos.

PERCEPCIONES

Ideas y Fotografía

Arte y denuncia

Manifiesto de consciencia artístico

Acuarela de palabras

Compartiendo lecturas...

WordPress.com en Español

Blog de Noticias de la Comunidad WordPress.com

Crea tu sitio web con WordPress.com
Comenzar