¿Qué significa ser hijo de neuróticos? – Juan José Ipar

Photo by Juan Pablo Serrano Arenas on Pexels.com

(vía Revista Alcmeón/9)*


Este artículo hace pendant con otro del Dr. Hugo Marietán acerca de los hijos de padres psicópatas.[1]

Para comenzar, habría que entender qué es un neurótico, pregunta que responderemos diciendo simplemente que un neurótico es un sujeto que está estructurado como un sujeto barrado, esto es, un portador de una censura poco menos que implacable que deniega al sujeto satisfacción. La consecuencia obligada de ello es que se trata de un sujeto condenado a un grado variable aunque siempre importante de frustración. Ésta quiso ser bailarina y no pudo porque no la dejaron, aquél soñaba ser cantante de una banda de rock y desafinaba horriblemente, o bien, los más trillados de épocas pretéritas, en las que el mundo estaba lleno de futuros astronautas, divas de cine, millonarios y aún bomberos, “señoritas” o policías. El neurótico nunca llega a ser lo que quería ser en su infancia o juventud. Como dice Lacan a propósito del Superyó, nada para ellos.

Por efecto de la censura, un neurótico es, pues, un sujeto con el goce perturbado: después de cierta edad, es rara la vez que logra erecciones dignas de tal nombre, suele padecer ejaculatio praecox, impotentia coeundi y otros latinajos, además de -ellas, claro- frigideces recalcitrantes, falta de deseo persistente o directamente dispareunia. Viven, por si fuera poco, atormentados por sus fantasmas perversos pasivos en los que aceptan gustosos entregarse a senegaleses libidinosos dignos de la NBA.

Frustraciones, dijimos, cuando no resentimientos de toda laya: contra los padres, en primerísimo lugar, porque siempre prefirieron a otro hermano/a, y por más que fueran hijos únicos, nunca faltaba un primito ejemplar que ahora, cosas de la vida, no trabaja y es dealer, pero que allá lejos y hace tiempo era el modelo inigualable de corrección política a nivel hijo. Resentimiento contra los parientes triunfadores o no triunfadores pero con más picardía que ellos, resentimiento contra los maestros demasiado estrictos o demasiado permisivos, contra los amigos con logros que exhibir ante sus narices, con ex-novias/os que rehicieron sus vidas, contra sus jefes en los trabajos, culpables sempiternos de sus estancamientos, y eventualmente contra cualquier cristiano que acierte a cruzarse por delante.

Frustrados, resentidos y también competitivos: todo el tiempo con un ojo puesto en el otro, para ver qué está haciendo y si lo hace mejor o peor que él, a fin de determinar en forma inequívoca quién la tiene más larga o quién es más linda y atractiva. Frustrados, resentidos, competitivos y maledicentes, en argentino, chusmas, llevando y trayendo sin cesar chismes que, obviamente, siempre dejan a alguno mal parado, y gozando ampliamente de la desgracia ajena, especialmente si se trata de compañeros de trabajo o parientes cercanos. Y podemos agregar a esta oscura lista la infaltable inseguridad, la Unsicherheit freudiana, o su prima la indecisión (Unschiedenheit), referidas ambas específicamente a una marcada dificultad en lo tocante a la toma de decisiones (Entscheidungen): el neurótico es, indudablemente, indeciso o dubitativo, como el personaje de Antonio Gasalla, y cuando por fin se decide por alguna opción, luego de infinitas dilaciones, cabildeos y procrastinaciones, el autocastigo se hace presente y se asocia con un sujeto de verbo fácil y moral difícil, se casa con alguien de quien no está enamorado, opta sistemáticamente por el empleo más trabajoso y peor remunerado, etc., muchos etc.

Así, pues, son mami y papi. ¿Qué puede resultar de tales dos joyas? Nada bueno, desde luego. ¿Qué formación espiritual pueden proporcionar esta yunta brava a sus párvulos más que ayudarlos a reproducir este lote de inmundicias? ¿Qué les queda a dichos niños aparte de la ineluctable identificación con este par de disgustos? Antes, mirar televisión, ahora meterse en las redes sociales.

La pregunta que aquí debemos hacernos es cómo sobrevivir dignamente, si tamaña cosa es siquiera posible, a este desagradable dúo de fracasados. Ante todo, una confesión: hemos recargado deliberadamente las tintas con fines humorísticos, aunque en nuestra descripción, como en toda broma, aflora una porción más que considerable de realidad. Hemos hecho apenas una caricatura de lo que es un neurótico, una viñeta digna de la desaparecida revista Humor, que revisaba en solfa las pequeñas miserias que la vida cotidiana nos prodiga, en ocasiones con particular saña. Las desventuras laborales, las miserias conyugales, los entretelones del basurero de la política y otros innúmeros incordios encontraban allí su lugar y su expresión.

Sin embargo, en Malestar en la cultura (1929), Freud hace una semblanza de cómo es el ser humano -el sujeto promedio, el neurótico- y hay que admitir que éste no sale bien parado y que va bastante más allá que nuestra benigna humorada. Vale la pena citarlo in extenso:

“La verdad oculta tras todo esto, (…), es la de que el hombre no es una criatura tierna y necesitada de amor, que sólo osaría defenderse si se le atacara, por el contrario, un ser en cuyas disposiciones instintivas debe incluirse una buena porción de agresividad. Por consiguiente, el prójimo no le representa únicamente un posible colaborador y objeto sexual, sino también un motivo de tentación para satisfacer en él su agresividad, para explotar su capacidad de trabajo sin retribuirla, para aprovecharlo sexualmente sin su consentimiento, para apoderarse de sus bienes, para humillarlo, para ocasionarle sufrimientos, martirizarlo y matarlo. Homo lupus hominis…”[2] .

El hombre es, pues, el lobo del hombre y agrega Freud que no hay nada mejor que revisar la Historia de la humanidad para cerciorarse cabalmente de tan cruel verdad. Y hay que tener en cuenta que para los demás, cada uno de nosotros integramos ese colectivo llamado “el prójimo”, esto es, las posibles víctimas de la agresividad incoercible que Freud está denunciando en su texto.
La neurosis, además, tiende a perpetuarse de generación en generación merced al milagro de la identificación. Si no los puedes, únete, reza el dicho. Nadie puede, en verdad, con la neurosis y ni siquiera el analizarse por años puede garantizar en forma alguna una freudiana Überwindung (superación) de la neurosis familiar. Lo que a uno le queda, lo vimos en nuestra tesis, es reconciliarse con su pertenencia (Zugehörigkeit) en lugar de renegar de ella. La reconciliación (Versöhnung) no es sino un reconocimiento (Anerkennung) de filiación, una forma más o menos canónica de aceptación de la castración, una transformación benévola de la decepcionante insuficiencia de los padres, una ganancia simbólica nada desdeñable con el que culminaría el desarrollo del sujeto.

Se va la segunda. Hemos revisado someramente las consecuencias negativas de la división subjetiva, algunas de sus muchas lacras, pero es justo que digamos algo de sus bondades. Y si el improbable lector lo permite, nos pondremos convenientemente cursis. ¡Qué tanto!

La barra, llamémosla así, impide las descargas atolondradas pero no las suprime de cuajo, antes bien, las mediatiza, les impone un cierto trabajo, las edulcora, las transforma en lo que ha dado en llamarse las artes sociales, cosa que incluye lo que Proust denominaba las “artes de la nada”. Las promesas de amor eterno, las lágrimas sentidas, las declaraciones encendidas, las ternezas de los enamorados, el divague novelero por las alturas, en suma, lo femenino es tributario de la barra, su dulce consecuencia. Pero eso no es todo: convengamos en que para ser irónico, sarcástico, inteligente, ingenioso y hasta un poco alambicado también hay que ser un reprimido. Mucho de lo masculino también pasa por allí. Los barrabravas lagrimean ante el retrato de la madre muerta y lo dan todo por un amigo. Sigue la barra y su eficacia. ¿Qué sería nuestro mundo sin la ilusión que el amor derrama en su torno?

Pero, convengamos, ni el enano fascista interior ni las excelsitudes a las que el amor nos remonta son nuestras verdades últimas a las que debamos apostar nuestros ahorros. El neurótico es todo eso y quizá más. La hipocresía, el fingimiento, la tontera y el sentimentalismo combinado con la avaricia, el cálculo, el amor a los niños y la conmoción ante el perfume de una flor forman parte del circo a contramano que el neurótico tiene en su cabeza. Y no hay una razón mayor para que elijamos cualquiera de estas opciones y la recortemos del resto para enaltecerla. Aunque quizá el viejo Freud tenga un poquitín de razón y esa dispositio agresiva e intolerante sea un dato del todo insoslayable y siempre operante en el humano. Si no, fíjense en nuestro país. Se dice usualmente que la gente muestra la hilacha, esto es, su verdadera naturaleza, cuando repentinamente, esto es, sin una adecuada preparación, dispone de riqueza, fama o alguna otra forma de poder. Déle Ud. el 54 % de los votos a una política brillante y la convertirá en apenas un semestre en una sabelotodo prepotente y sobradora, cualidades no nuevas pero sí medianamente ocultas otrora. El poder en todas sus variantes no sólo corrompe, como decía Lord Acton, sino que, además, enloquece al sujeto haciéndole creer que es mucho más de lo que venía siendo, que se merece Dios sabe qué y que las cosas se han vuelto llamativamente simples gracias a la teoría conspirativa. Un coro de adulones, que nunca falta, y tenemos completo el cuadro. Hemos descripto, sin proponérnoslo, una característica más de los neuróticos: manejan mal el dinero, la fama, el poder, etc., como si estuvieran necesitados de la estrechez y la intrascendencia para seguir siendo personas más o menos queribles. Quizá tengan razón Stendhal y Thackeray y la vanidad o el snobismo, la frivolidad, la infatuación o sencillamente la inconsistencia sean la nota más saliente del neurótico, su made in England más notorio.

Esta índole carente del hombre el Psicoanálisis la teoriza como falta (manque), que engendra el deseo[3] , pero, como dice Lacan en Écrits[4] el deseo no es sino la metonimia de falta en ser (manque à être) y esta falta en ser del sujeto está en el centro de la experiencia analítica. Lo que está a la base de esta sempiterna insatisfacción humana que venimos de describir es esta precariedad ontológica imposible de remediar y que condena al neurótico al malentendido de pretender ser lo que no es ni será, a insistir en tener la luna y a aspirar a ser amado sin colmo ni medida.

1 XX Congreso Internacional de Psiquiatría, AAP, Mesa: Psicopatía.
2 Biblioteca Nueva, VIII, p 3046.
3 Véase el Seminario de Lacan sobre la transferencia (1960-1).
4 Véase La dirección de la cura y los principios de su poder.

Juan José Ipar

Publicado anteriormente en: *Revista Argentina de Clínica Neuropsiquiátrica, vol. 18, Nº 1, noviembre de 2012, págs. 72 a 75.

Todos los derechos reservados


Autor: Juan José Ipar

Podrán leerme en el blog: "Veleidades de Verdad - Divagaciones teóricas de un psicoanalista."

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