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Freddie Mercury (Adolescencia, sexo, drogas y rock’n roll) – Juan José Ipar

Acerca de la personalidad de Freddie Mercury y un análisis de la canción Bohemian Rhapsody

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2019

Decía Foucault que el hombre es una invención reciente[1], significando con ello que éste se constituyó por primera vez en objeto de la ciencia no hace tanto y, prueba de ello, es la creación hacia 1799 de la célebre Société des observateurs de l’homme, que reunía en París a médicos, naturalistas, filósofos y otros especialistas bajo el comando de Jean de Maimieux[2]. Por supuesto, la observación (Beobachtung) no es sino el primer paso de la investigación científica, aquello por lo cual se puede convertir un algo cualquiera en objeto de un saber con pretensión de riguroso. Forzando quizá la analogía, podríamos decir que la era victoriana -y particularmente su joya más preciada, el Psicoanálisis freudiano- ha inventado el niño. Radiante, aparece en escena His Majesty the Baby[3], esto es, el infante como objeto privilegiado de la educación y la puericultura, cuya crianza desembocaba fatalmente en la neurosis, aun si las cosas se desarrollaban satisfactoriamente, al menos para las capas medias de la sociedad. Este niño investigador de la sexualidad, obligadamente traumatizado y edípico está en estrecha relación y dependencia con la figura del Padre, otro engendro de la belle époque, que Verdi retratara con nobles trazos en La Traviata[4]. Completando la escena central, está la Madre, sacralizada como Matrona ejemplar y previsible sucesora de la juvenil damisela etérea. Evolucionando en torno a este núcleo, los parientes cercanos y las relaciones más inmediatas; un poco más allá, rotan numerosos y atareados sirvientes: ayas, nodrizas, gobernantas, mayordomos, cocineras, mucamas, planchadoras, cocheros y mozos de cordel. Y, a lo lejos, se vislumbra un brumoso cinturón de asteroides mal identificados y subsumidos en un rótulo simplificador: los pobres.

Llevando la analogía a un paroxismo seguramente poco conveniente, diremos que en la última postguerra, durante los recordados happy fifty, hacen su aparición en simultáneo la adolescencia y el rock’n roll, como expresión de sus ansiedades y tribulaciones[5]. Ello se debió a un período de bonanza económica y la consecuente generalización de los estudios secundarios en las mencionadas capas medias americanas, amén de la euforia que siguió a la masacre de la Segunda Gran Guerra[6]. Jóvenes estudiantes[7] con un poco de dinero ajeno para gastar y tiempo libre. Y hormonas para regalar, junto con un progresivamente más variado surtido de drogas a su alcance. Cock-tail, ensalada o amasijo, como Ud. quiera. En épocas anteriores, con el advenimiento de la pubertad y el fin de la escuela primaria obligatoria (Ley 1420), comenzaba sin más dilación la preparación del joven en algún oficio, a fin de poder incorporarse lo más pronto posible en algún puesto subalterno del aparato productivo. Ahora, a partir de la pubertad, se abre un hueco en el que el ocio pierde las características aristocráticas que tuviera en la Antigüedad -y aun en el feudalismo- y se vive no como un momento para la reflexión[8], sino como un vacío que hay que llenar compulsivamente. La industria vuelve sus reptilianos ojos insomnes hacia esta nueva clientela aun inexplotada y rápidamente descubre que puede ser redituable darle entidad, hacerla crecer, apañarla y proponerle inéditas opciones de consumo. Las high schools y los campi universitarios se vuelven el escenario de nuevos dramas de teenagers rebeldes que se sienten diferentes, incomprendidos y cada vez más enojados. La pulsión hace de las suyas y estas nuevas locaciones del drama advienen un semillero inagotable de candidatos al estrellato rockero. Con los años, los hijos de la clase obrera y todo tipo de desclasados y lúmpenes se fueron sumando al amable montón de descontentos y, pese al paso de los años, permanecieron cobijados en él. De la mano del showbusyness, se abrió el abanico de una diversidad para todos los gustos, desde las melindrosas sutilezas del glam rock a las rudezas del metal, pasando por el funky, el accesible pop, el oscuro punk y el hipnótico rap. El rock se canta, se baila, se respira. Garpa.

A principios del XX, Freud remarcaba que el deseo más grande del niño victoriano era el de llegar a ser, justamente, grande y blandir orondo los emblemas de la masculinidad triunfante. O pescar un marido con un futuro promisorio, que garantizase la manutención del hogar y los niños, el gran tesoro al final del arco iris. ¿Qué quedó de todo eso? Poco, admitamos. James Dean, un temprana estrella cinematográfica de los ‘50, afirmó que había que vivir rápido y nunca más allá de los 25[9], cosa que cumplió puntillosamente al morir en un resonado crash al comando de su Porsche el 30 de septiembre de 1955, a los 24. Luego vendrá el fúnebre club de los 27, extendiendo apenas un poco el límite.

Fórmulas freudianas y lacanianas

De entre toda la maraña algo abigarrada creada por nuestros amables colegas, hay una que nos viene bien, y dice: “la adolescencia es un síntoma de la pubertad”. Pone en íntima relación -casi de fundamento y consecuencia- ambos términos. Al término de la latencia, surge un real en o desde el cuerpo, que entendemos científicamente como un despertar de la actividad hormonal de las gónadas, cosa que de alguna críptica manera empuja a los jóvenes a un desborde pulsional -y emocional- con el que tienen que vérselas. Ya Freud nos había alertado de que la sexualidad infantil era ella misma traumática: la historia torna a repetirse y suma un espinoso y problemático capítulo. Enfrentar tal cúmulo de novedades urgentes exige una considerable ayuda exterior que no siempre está disponible. Con padres ya conflictivos y borroneados, cada nueva generación rockera hace lo que malamente puede: aislados o desconectados de sus progenitores, tienen que arreglarse entre ellos[10]. No toman, pues, como modelo identificatorio a adulto alguno, sino que buscan confirmación en la mirada de sus pares, tan perdidos como ellos mismos. En realidad, a esta altura de los acontecimientos, importa tener en cuenta que los adolescentes del presente son hijos de personas que seguramente tuvieron unas cuantas dificultades al transitar su propia adolescencia. Pensemos que hay cumplidos rockeros que han muerto de viejos o que vegetan en geriátricos. Ésta es una historia que ya tiene 70 años y que atraviesa a un ritmo insensato y vertiginoso dos o tres generaciones.

Los jóvenes atenienses rondaban a Sócrates en la sospecha de que éste era poseedor de algún codiciado relumbrón. En consecuencia, la educación de los jóvenes era una prioridad que Platón no se cansó de remachar: ellos eran el futuro y la buena o mala fortuna de la ciudad reposaba sobre esta esperanza prometedora. A propósito del film de Fellini Los inútiles (I Vitelloni) de 1953, dejamos sentado que, precisamente en esos años, tiene su comienzo la separación tajante de los jóvenes y los viejos: éstos pierden su antigua autoridad y prestigio y aquéllos el rumbo, y la crisis identificatoria de la adolescencia se prolonga sin visos de resolverse positivamente. Doble pérdida.

Pero esto -que ya es bastante- dista de ser todo: además de que Freud sostuvo que no hay ganze Sexualstrebung (traducida como pulsión sexual total[11]), Lacan agrega taxativamente que “la relación sexual no existe”, expresión casi escandalosa que requiere cierta explicación. A esto podemos añadir que la descarga (Entladung) completa sería lo mismo que morir y que ése es el destino final de las pulsiones y del propio individuo. Así, pues, la descarga total, el Goce sumo, es tanática y el sujeto debe aprender a lidiar con ella, vivir y, si cuadra, reproducirse, soportando una dosis de dolor e incertidumbre más que considerable. La solución a estos problemas es la constitución de un fantasma, que reúne precariamente las pulsiones e intenta darles un propósito, una dirección. Toda cultura provee una paleta de fantasmas a los que el sujeto puede recurrir si anda medio falto de inventiva. A pesar de ello, igualmente tiene que ingeniárselas para no perderse en la confusión. Un par de experiencias clínicas recientes con adolescentes me ilustraron un poco: ambos pacientes lograron dejar atrás un frenesí de drogas, alcohol y sexo promiscuo merced a oportunos y repetidos ataques de pánico. Angustiarse fue un gran paso adelante y dichos episodios operaron como un stop a su descalabro personal. El fantasma y la angustia que supone forman un tándem ganador. Algo es algo. Aclaremos que el hoy célebre “ataque de pánico” es una efusión angustiosa, que cabalga entre la señal de angustia y el ataque de angustia de la clínica tradicional.

Volviendo a la inexistencia de la relación sexual, diremos que con ello Lacan quiere expresar que no hay una relación preestablecida por la genética o la trasmisión que sea la misma para todos y que se dé automáticamente en los sujetos. Cada cual encuentra azarosamente lo que puede o no puede, a pesar de que toda cultura impone una codificación más o menos estricta de la conducta sexual. La ideología subyacente del rock descree del valor de la cultura burguesa de cuyas entrañas emergió y, al igual que el llamado discurso capitalista[12], proclama un imperativo de gozar sin límites ni restricciones. Cualquier bodrio sin gran violencia resulta aceptable y hasta digno de aprobación, con la solitaria excepción de la pedofilia. En su fondo, el dicterio (dicho insultante y mordaz) lacaniano quiere significar que no hay una garantía desde el Otro de que el sujeto tendrá una relación sexual armoniosa. Si no hay garantía, hay enigma, del griego aἴnigma, a su vez de aἰnίssomai, hablar con palabras encubiertas y ambiguas. Todo queda librado a la trasmisión engañosa y confusa de los pares, aunque el enigma en apariencia ha desaparecido y es reemplazado por una hiperactividad sexual íntimamente relacionada con las omnipresentes drogas.

Así las cosas, tenemos que la adolescencia rockera se convierte en un laberinto que no tiene salida a la vista. Lacan desliza una pista algo sibilina (misterioso, profético) y  ciertamente maligna: para dejar atrás la adolescencia es preciso servirse del padre. ¿Se tratará de una simple identificación con él? No. ¿Deberá contarse con una intervención específica del padre? Tampoco. De cualquier modo, el padre aquí es entendido como un instrumento, cuyo servicio es imprescindible e irremplazable. El padre victoriano sostiene a su niño al mismo tiempo que perturba su sexualidad, la vuelve neurótica, motivo éste por el cual es objeto de una ambivalencia difícil de soportar y menos aun de superar. Lacan estaría diciendo que suprimirlo directamente, desautorizarlo o sacarlo de la escena, es una solución tan desencaminada que no debe esperarse otra cosa que una eternización de la adolescencia y su crisis.

El rock resultaría, entonces, la conclusión lógica del empoderamiento burgués, su realización dialéctica y bizarra. Ya Marx decía en su Manifiesto de 1848 que la burguesía “no puede estar sin revolucionar continuamente los modos de producción”[13] y, con ellos, la sociabilidad toda. Pero este discurso capitalista, adelanta Lacan[14], que es el más astuto que pueda pensarse, marcha velozmente hacia su consumación, está destinado a consumirse. Y a ser reemplazado, tal como vemos en nuestros días, por torpes y ramplones discursos del amo[15], tal como ya puede apreciarse en el film Tommy (1975) del inglés Ken Russell (1927-2011), basado en la ópera-rock homónima del conjunto británico The Who. Ello haría medianamente comprensible el maridaje existente entre las nuevas religiones evangélicas, el orientalismo y aun el satanismo u otras formas de sabiduría chatarra y autoritaria con las figuras más conspicuas del rock. La desorientación conduce a una salida drástica y dictatorial que imponga alguna clase precaria de orden.

Interludio literario

El filólogo alemán Johan Karl Simon Morgenstern (1770-1852) acuñó hacia 1819/20[16] un término complejo, la Bildungsroman, literalmente, novela de formación o de aprendizaje, en las cuales se pone la atención en el crecimiento y pasaje de un niño o joven hacia la adultez. Este recorrido clásico consta de tres etapas más o menos definidas: el aprendizaje de la juventud (Jugendlehre), luego los años de peregrinaje (Wanderjahre) y, finalmente, el perfeccionamiento (Läuterung[17]). El antecedente inmediato en el que seguramente pensaba Morgenstern era la gran novela de Goethe (1749-1832) Wilhelm Meister Lehrjahre (Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister) de 1795/6, imbuido del espíritu del Sturm und Drang, que agitaba por entonces los juveniles espíritus románticos[18]. Allí, el tema central es la liberación del alma poética -primero por el arte, más específicamente el teatro, y luego por la religiosidad- de las estrecheces de la incipiente y ya prosaica (carente de identidad o elevación) sociedad burguesa de fines del XVIII. Vale decir que la burguesía surge con este doble carácter de ser a la vez revoltosa y conservadora, esa misma cosa que Freud vio en los norteamericanos: una mezcla rara y casi incompatible de pragmatismo y puritanismo[19]. Convenientemente vacunados contra la peste psicoanalítica.

Por supuesto, la historia de la literatura registra una gran cantidad de textos que se refieren a las peripecias y aventuras habidas o padecidas por niños y jóvenes buscando un destino o un propósito en sus vidas, desde el Satyricon de Petronio hasta El Lazarillo de Tormes, y, más recientemente, la extensa En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, el Retrato del artista adolescente de Joyce, La montaña mágica de Thomas Mann, Bajo las ruedas de Hermann Hesse o tantas otras. Entre nosotros, tenemos dos magnos ejemplos de Bildungsroman: la nostalgiosa Juvenilia de Miguel Cané (1851-1905) y la extraordinaria Don Segundo Sombra de Ricardo Güiraldes (1886-1927). Aquí, solamente recordaremos un pasaje hacia el final de la novela de Cané, en el que el autor, agradecido y emocionado, se despide de sus recuerdos y hace una reflexión en torno a la formación recibida en el Colegio Nacional de Buenos Aires. Y reza:

Sí, amar el estudio; a esa impresión primera debemos todos los que en el Colegio Nacional nos hemos educado, la preparación que nos ha hecho fácil el acceso a todas las sendas intelectuales. Se pueden emprender los estudios superiores en cualquier edad; los preparatorios no. Es necesaria la disciplina, que sólo se acepta en la infancia, la dedicación absoluta del tiempo, el vigor de la memoria, nunca más poderosa que en los primeros años, la emulación constante y la ingenua curiosidad. (…) los éxitos todos de la tierra arrancan de las horas pasadas sobre los libros en los años primeros.”[20].

No se puede mejorar esto, claro está, pero sí remarcaremos la cuestión de la oportunidad: los años juveniles son el momento indicado para los estudios preparatorios, como él los denomina. Después, simplemente, es tarde y no germina como debe el dichoso amor al saber y no se transforma paulatinamente en amor al estudio. Adviene, en su lugar, el afán de certezas, tan pobre y dañino, generando militantes de peregrinas causas.

Para una mente rockera de hoy en día, debe sonar extrañísimo que el hombre agradezca haber sido disciplinado en la infancia. ¿Qué diría Foucault, por ejemplo, que era un estudioso? La normalización supone una cierta eficacia de la dupla magister-discipulus y podríamos afirmar que fue feliz en el caso de Cané y su deuda de gratitud con Amadeo Jacques y compañía será, por ende, eterna y sincera. Obviamente, era una época en la que los jóvenes aun reverenciaban a sus mayores, aceptaban como podían su posición dependiente y la “emulación” de los mismos- la identificación, si se quiere- era sentida como un gran bien apaciguador. El exemplum de los latinos funcionaba todavía aceptablemente, a pesar de que toda Bildungsroman no hace más que poner de manifiesto las penosas dificultades de sus protagonistas en incluirse en la sociedad burguesa, siempre presentada, lo dijimos, como pacata, prejuiciosa y expulsiva. Mala. Los sufridos y esforzados héroes de Dickens lo atestiguan sobradamente, tanto en el refinado Mayfair cuanto en los oscuros y sórdidos barrios periféricos de Londres, cuna de la moderna sociedad industrial. La tensión entre los jóvenes rebeldes y disconformes versus un establishment[21] conservador y algo obtuso recorre, pues, toda la Modernidad y sirve de base a la dialéctica social entre las generaciones. En consonancia con el espíritu de su época, la experiencia clínica freudiana muestra que esta ordenación social dejaba tras de sí un tendal de desairados y excluidos. La solución obligada a este jeroglífico era la neurosis -o, lo que es lo mismo, la división subjetiva-, expediente siempre al alcance de una considerable mayoría de los integrantes de las clases medias y pudientes, como se decía antaño.

Por lo demás, la preocupación por la formación de los jóvenes excede ampliamente la literatura y la podemos encontrar, por ejemplo, en el Album para la Juventud (Album für die Jugend) de Schumann (1810-1856), muchas de cuyas piezas pueden ser abordadas por pianistas principiantes, a diferencia de las famosas Kinderszenen. El vagabundeo por el extranjero, la segunda etapa mencionada, es recordado en infinidad de los llamados “libros de viajes” o, musicalmente, en los Anneés de pèlerinage[22]de Lizt (1811-1886), en los que atestigua su amor por Italia, su cultura, sus paisajes y su gente. En cuanto al perfeccionamiento (Läuterung), ése es un tema más difícil y nos queda en el tintero. Vayamos de una buena vez al querido Freddie.

Un monstre sacré

Esta expresión francesa hace alusión a un personaje público que cumple con dos condiciones: la de ser una celebrity y la de ser controversial, esto es, generar polémicas. Se trata de un personaje excéntrico, cuando no directamente estrafalario, que se halla por encima de cualquier crítica posible justamente a causa de su popularidad. Se parece en algo a la expresión nuestra de “vaca sagrada”, en referencia a la condición de dichos animales en la India brahmánica, en donde se prohíbe su faena y hasta provocarles el menor daño. El monstre sacré es adorado devotamente por la multitud y todo se le permite, está en un más allá ético y trasciende la coherencia que usualmente se demanda a los demás mortales. Es un modelo a seguir y, como sucedía antaño con los miembros de la realeza, poseen un aura que los separa y protege de cualquier mal comentario. Son, como suele decirse, mitos vivientes, aun en su juventud.

Freddie Mercury (1946-1991) tuvo todas estas características, además de ser exótico y extraño. Exótico porque había nacido en un país africano, la pequeña isla de Zanzíbar[23], sus padres provenían de la India, y su familia pertenecía a una minoría religiosa -el zoroastrismo- forzada a emigrar desde Persia hacía ya muchos siglos. Y extraño por sus actitudes desafiantes y provocadoras, sus dientes prominentes, sus declaraciones, en las que alternaba el masculino y el femenino, y su vida personal y amorosa, que tanto diera de comer a los tabloides amarillistas. Hay tanto material en torno a su persona que nos vemos precisados a seleccionar un par de aspectos para no perdernos en tamaña inmensidad. Uno tiene que ver precisamente con su nombre y el segundo es un breve análisis de la letra de una canción de su completa autoría que grabó con el grupo Queen y que se hizo archifamosa, a tal punto, que dio nombre al biopic que se estrenó recientemente: Bohemian Rhapsody[24].

El verdadero nombre de Freddie era Farrokh Bulsara, apellido que remite a la ciudad homónima del Gujarat, provincia del Oeste de la India, al norte de Bombay[25]. Al ser enviado a estudiar a India en febrero de 1954 en colegios ingleses cercanos a Bombay, Farrokh se transformó rápidamente en Freddie, nickname que su familia adoptó. Con respecto a Mercury, resulta ser que es una referencia a una canción del propio Freddie intitulada My fairy King, en la que un verso reza: “Mother Mercury, look what they’ve done to me”. Él mismo aclaró que era una referencia a su propia madre y, a raíz de dicha canción, adopta su apellido artístico[26]. A pesar de que la canción remite a un mundo mágico creado por Mercury llamado Rhye[27], poblado por hadas, dragones y pegasos, ya aquí apreciamos que, dirigiéndose a su madre, destaca su penoso estado anímico.

Vayamos a la letra de Bohemian Rhapsody. Adelantemos que se trata de una desprolija descripción de su malestar interior, con ideas deshilvanadas que no guardan un orden estricto; cada tanto, retorna un latiguillo, que, con variantes, repite: “It doesn’t matter, the wind blows”, como si, con independencia de la penuria personal extrema, algo permanece, indiferente, en un incierto más allá. Es difícil decidir si el viento es alguna clase de metáfora u otra figura o tropo: es hálito, es nada, sólo es aire en movimiento, es voz que clama, que aúlla. El comienzo de la canción ya es preocupante, se plantean dos preguntas: “Is this the real life?/ Is this just fantasy?”. Un freudiano diría inmediatamente que no funciona adecuadamente una institución fundamental del yo, la prueba de realidad (Realitätsprüfung) y el sujeto flota, indeciso y angustiado, en la borrasca de una vaga irrealidad. Sin embargo, la oposición real life/ just fantasy puede entenderse como la de algo importante, real, enfrente de meras fantasías. Es como si se preguntara si debe preocuparse o no. Pero ese planteo ya es un problema no menor.

El tercer verso presenta directamente un cuadro aterrador: “Caught in a landslide”, atrapado en un deslizamiento de tierra, esto es, enterrado vivo. Y aclara: “No escape from reality”. So, it was real life, sólo que su vida real es una pesadilla en la que se siente capturado sin posibilidades de evadir un destino mortífero. Como ya vimos con Marylin[28], la muerte en vida tiene una relevancia central[29].

Pasa a autodescribirse: “Open your eyes/ look up the skies and see/ I’m just a poor boy/ I need no simpathy/ Because I’m easy come, easy go/ A little high, a little low”. Pide la atención del oyente y nos refiere que no es más que un pobre niño. O un niño pobre, en inglés no se puede hacer la distinción epíteto/atributo que hacemos en castellano y otras lenguas romances. Y no necesita simpatía o compasión porque es easy come, easy go, expresión difícil de traducir: se refiere a cosas como el dinero, que fácilmente viene y fácilmente se va. Como adjetivo, significa algo así como “despilfarrador”. Y refrenda lo dicho agregando que es de humor cambiante, alterna estados high y low. Pródigo y veleta, quizá esté diciendo que no merece la simpatía aludida. Más abajo, retoma la idea y dice: “I’m just a poor boy and nobody loves me/ He’s just a poor boy from a poor family/ Spare him his life, from this monstruosity”. Alternando la primera y la tercera persona[30], dialogando con un coro, manifiesta que su vida resulta una monstruosidad que debiera serle ahorrada.

Sigue con el viento soplando y se desperdiga en varios temas inconexos. Apela a su madre y confiesa un extraño asesinato: ha disparado a un hombre, la vida acaba de comenzar, pero la ha arrojado lejos de sí, la ha echado a perder. Le pide, empero, que siga adelante (carry on), nada importa realmente. Se despide: “Too late, my time has come/…/ Body’s aching all the time/ Goodbye everybody, I’ve got to go/ …/I don’t want to die/ I sometimes wish I’d never been born at all”. Retoma un tema clásico del pesimismo antiguo: la vida es tan dura y desprovista de sentido, que lo mejor es, indudablemente, no haber nacido[31]. El coro burlesco hace mención de algunos personajes de la Commedia dell’arte o de la picaresca renacentista (Scaramouche, Figaro), como abonando la sospecha del Rey Lear de que todos, grandes e insignificantes, no somos más que bufones. Y termina con pedidos de liberación, entre ellos, el célebre: “Mamma mia, mamma mia, let me go”, a quien, de postre, compara con el mismo Diablo: “Beelzebub[32] has a devil put aside for me”.

Todo este revoltijo que hemos resumido tan obligada como apretadamente mal es, cuando menos sorprendente. Por varios motivos difíciles de explicitar. La primera cosa que nos deja casi atónitos es imaginar un estadio con una multitud asistiendo a una interpretación en vivo de esta canción, de este inno di morte. Profusión de luces, humo, muchos y variados adornos barrocos, elaborados coros superpuestos y un montón de adrenalina y emoción para decirle a su público que está destrozado, muerto en vida, atrapado,… pidiendo desesperadamente ser liberado, aunque ya es tarde… y, a pesar de todo, el viento sigue soplando… y nada importa realmente. Si uno se pusiese del lado del público, quedaría paralizado ante semejante retahíla de desgracias. Pero no, la gente -seguimos imaginando[33]- se entusiasma, canta con él, baila y disfruta el momento, por el que ha pagado una parte sustanciosa de su salario. ¿Habremos malentendido algo? Se ve que sí. Debemos asumir que no comparten nuestra versión del asunto. Los adolescentes se identifican rápidamente con los sufrientes, oprimidos y desairados, pero parece ser más que la omnipresente identificación. Hay fiesta, hay transgresión -tan atractiva- en fin, una exuberante y crispada celebración ritualizada de la muerte, la vida, el sexo y lo que se quiera. Manía, diría un kleiniano. Y drogas, claro. Y a todo esto, agréguese que forma parte de un negocio, de una industria que medra y exprime tanto al público como a las estrellas que lo convocan. Indirecta prueba de ello es el hecho de que, en estos días, nos enteramos de que no se realizará el esperado quincuagésimo Festival de Woodstock, porque no hay sponsors que lo financien: lamentablemente, fue desplazado por los Lollapalooza y otros similares. No rinde más,… adiós. Cultura del descarte y de los acumuladores de basura. El poor boy Freddie, como otrora Marylin, terminó inmolándose gratuitamente a un Moloch que lo elevó al resbaloso pináculo de la fama, haciéndole creer que, una vez allí, podría manejar las cosas. Lo que muestra la película mencionada más arriba es el frenesí de drogas y sexo desenfrenado que lo condujo a la ruina, configurando un melodrama que fue prolijamente anunciado y consumado. Como dice el tango: “Y vos, en el proscenio de un frívolo destino/ ¡sos frágil marioneta/ que baila sin cesar!”[34].

Ese personaje arrollador que Freddie obsequió a sus fans contrastaba ciertamente con su personalidad introvertida y cohibida. Pero tanto ímpetu no lo salvó de un mal final, apenas le sirvió para circular exitosamente por un mundillo riesgoso y tóxico durante unos pocos años. Tampoco lo salvó el amor, a pesar de que su relación con Mary Austin -con quien convivió durante varios años y que culminó hacia 1975- siguió hasta su muerte y la nombró heredera de la mayor parte de sus bienes[35].

Una vez más, como suele decirse, el personaje se comió a la persona. No dejó ni las miguitas. Bajo la lupa, el sobreactuado rey del show resultó un niño en busca de la aprobación de sus padres, cosa que aparentemente logró y quedó registrada en una entrevista en la que ellos finalmente le otorgan su bendición. Pero el mal estaba hecho y, aclamado por millones de caras anónimas, el personaje polémico y excesivo -el monstre sacré– ya estaba desatado y terminó con cuanta cosa encontró a su paso, con la sola excepción de Mary Austin. Not enough. Se separó del grupo que lo llevó a la cima, se enredó en un torbellino de sexo y drogas y culminó contagiándose el virus del SIDA que lo mató. Un previsible melodrama con una dura moraleja como cierre, que se vendió como pan caliente. La vida y la muerte estereotipadas de nuestro buen Freddie no alcanzó para inspirar una Bildungsroman y se quedó en un modesto y estridente biopic.

Final

Freddie fue un ejemplo concentrado y grandilocuente de lo que puede sucederle a cualquier mortal común por estas épocas de generalización del uso y abuso de drogas de todo tipo, entremezclado con una exasperada ideología nihilista expresada en tantas producciones rockeras, en las que se propone como ideal un goce directo no mediado por fantasma alguno. Esto acarrea varias consecuencias, a cual peor: el Otro aparece intacto, no barrado, lo cual quiere decir que es capaz de contestar por anticipado cualquier inquietud que aparezca en el horizonte; no hay más objeto pulsional perdido (a), que pueda ser reubicado fantasmáticamente; se desvanece el velo protector del pudor y lo que sea trascurre con total obscenidad ante los ojos anestesiados de quien quiera ver. La suerte del deseo en tanto falta está sellada y el sujeto se halla sumido en la intrascendencia y la apatía.

La pregunta que nos queda es la de si el Psicoanálisis, en medio de una sordera generalizada, será capaz de enfrentar este lote de malas noticias y hacerse oír de alguna manera, o si solamente hará mero análisis social, comentando sin intervenir en modo alguno. O qué[36]. Es difícil decidir cuál podría ser el encuadre técnico recomendable y cada cual termina haciendo lo que puede. ¿Es posible -o pensable- un abordaje psicoanalítico de esta problemática cuyo conflicto o malestar no termina de manifestarse? Como todo el mundo, también los analistas hemos sido arrojados a una nobody’s land desconocida, una en la que la teorización se ha paralizado y nuevos rumbos no son señalados y transcurrimos en la reiteración de homenajes a los maestros del pasado. El impasse nos alcanza y quizá ello sea un impensado bálsamo, un lenitivo (que ablanda y suavisa) a nuestra propia capacidad para propalar sandeces. Como decía Papá Grandet ante cualquier duda: On verra.


[1] En alguna parte de Las palabras y las cosas de 1966.

[2] La duración del noble empeño fue breve: la Société cerró en 1804.

[3] Véase esta expresión en los primeros capítulos de la Introducción al Narcisismo de 1914.

[4]El sacrificado y generoso Papá Germont es prefreudiano y viene a ser el sucesor decimonónico del decadente Amo dieciochesco.

[5] Ya en 1928, la joven Margaret Mead (1901-1978) publica su  Adolescencia, sexo y cultura en Samoa, estudio sobre una población de 600 samoanos de la isla Tau, especialmente una sesentena de mujeres púberes y jóvenes. Mead destaca que al permitirse la sexualidad informal, no se registraban los problemas de adaptación social que ella y su maestro Franz Boas veían en las sociedades occidentales.

[6] En algún otro lugar, hemos comentado que, vistas en cierta perspectiva, las guerras son matanzas ritualizadas de varones jóvenes.

[7] La escuela secundaria se volvió obligatoria en Argentina recién en 2015 con la Ley 26026, pero en la clase media era generalizada desde hacía varias décadas.

[8] En la fábula que se le atribuye, Pródico presenta al efebo Heracles meditando acerca del género de vida que debe elegir. Concluye con que la virtud es preferible, debido a que los vicios proporcionan un placer contradictorio: dan de comer antes de sentir hambre y de beber antes de sentir sed.

[9] La frase completa es: “Vive  rápido, muere joven y deja un bello cadáver” y, al parecer, pertenece al film Knock on any door, estrenada en 1949, dirigida por Nicholas Ray y protagonizada por Humphrey Bogart y John Derek. Más tarde, es reducida y le es atribuida falsamente a Dean con la finalidad de acrecentar mediante este tipo de agudezas su mito personal.

[10] En otro lado, hemos hecho referencia a la novela Less than zero de Bret Easton Ellis de 1985, llevada al cine dos años después bajo la dirección de Marek Kanevskaya, con Robert Downey Jr. en el rol estelar.

[11] Strebung es diferente de Trieb (pulsión, drive). Es más bien, una aspiración, un anhelo, una tendencia. No comporta la nota de urgencia y violencia de Trieb.

[12] Conferencia en Milán del 12 de mayo de 1972, conocida como Del discurso psicoanalítico.

[13] Véase la edición de Alianza de 2017, pág. 53.

[14] Ibidem.

[15] Véanse las fórmulas que Lacan propone para el discurso del Amo y el discurso capitalista y se verá que se trataría de una basculación en el orden del primer quebrado: S1/$ y $/S1 para uno y otro. Lacan aclara que el discurso del amo es el reverso del discurso analítico.

[16] En 1820 publica su Über das Wesen des Bildungsromans y en 1824 Zur Geschichte des Bildungsromans.

[17] Palabra difícil de traducir; significa primeramente purificación, aclaramiento y aun refinamiento.  Alude a la limpieza y al acabamiento de una tarea emprendida.

[18] La primer novela romántica es Die Leiden des Jungen Werther (Las penas del joven Werther) de 1774, en la que su protagonista termina suicidándose por unos amores no del todo correspondidos con su prima, prometida y más tarde casada con otro hombre. Hay una maravillosa ópera de Jules Massenet basada en ella y estrenada en 1892 en Viena, en alemán, y, meses más tarde, en Ginebra, en francés.

[19] Cuando va a EEUU en 1908 para sus conferencias en la Clark University.

[20] Grandes Escritores Argentinos, tomo LXII, de la Editorial Jackson, Buenos Aires 1944, pág. 208/9.

[21] Término inglés que alude a las clases dominantes y fue acuñado por el periodista Henry Fairlie en 1955 en la revista The Spectator.

[22] El primer libro está dedicado a Suiza y es de 1855, mientras que los dos restantes, lo están a Italia. El segundo fue publicado en 1856 y el último, recién en 1883.

[23] Era un sultanato protectorado de Gran Bretaña. El padre de Freddie era un funcionario imperial y debió mudarse de Bombay a Zanzíbar. Luego de la caída del Sultán en 1964, la familia tuvo que mudarse nuevamente, esta vez a Londres.

[24] Rodada en 2018, dirigida inicialmente por Bryan Singer y completada por Dexter Fletcher, con guión de Anthony McCarten y con la actuación de Rami Malek, Gwilyn Lee, Ben Hardy y Joseph Mazzello. Por este film, Malek ganó en 2019 el Oscar, el Globo de Oro y el BAFTA.

[25] Allí vivía su abuela y una tía y era el centro de la comunidad parsi, de apenas unas 100.000 personas.

[26] La canción pertenece al primer album con el grupo Queen, de 1973.

[27] Este mundo fabuloso aparece en otras canciones, entre ellas, Seven Seas of Rhye, del mismo album.

[28] Véase nuestro artículo La pobre Marylin (2017). La madre fue internada de por vida en una institución psiquiátrica cuando Marylin contaba con apenas 12 años.

[29] Recuerda el lamento final de Aída, encerrada en una tumba con Radamés, al oír la distante invocación de los sacerdotes a Ptah: Triste canto!/ il nostro inno di morte/ Invan/ Tutto è finito sulla terra/ per noi.

[30] Este recurso ya había sido utilizado por William Burroughs en sus primeras novelas.

[31] Hay un poema de Heine intitulado Morfina, que culmina con estos dos versos: Gut ist der Schlaf, der Tod ist besser- freilich/ Das beste ware, nie geboren sein.

[32] Más conocido entre nosotros como Belcebú. Es una antigua deidad filistea, uno de los muchos Baales (Señores) de Siria y Palestina. Luego, pasó a encarnar al mismo Satanás.

[33] No imaginamos nada, claro está, todo esto se ve por la net.

[34] Marionetas, con letra de Armando Tagini y música de Juan José Gihandut. Hay una grabación de Gardel de 1928, otras más de Azucena Maizani e Ignacio Corsini, pero la más famosa la grabó en 1943 Floreal Ruiz con la orquesta de Alfredo de Angelis y otra más con la orquesta de Troilo el año siguiente.

[35] Austin incluso se casó y Freddie fue padrino del mayor de sus hijos.

[36] No OK.

Juan José Ipar – 2018 – Todos los derechos reservados

Autor: Juan José Ipar

Podrán leerme en el blog: "Veleidades de Verdad - Divagaciones teóricas de un psicoanalista."

Un comentario en “Freddie Mercury (Adolescencia, sexo, drogas y rock’n roll) – Juan José Ipar”

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