La locura según el género – Juan José Ipar

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Antes que nada, aclararemos que consideramos la distinción entre locura y psicosis, aunque en el presente trabajo las tomaremos casi como sinónimos. Sólo diremos que la locura no es sino un fenómeno credencial muchas veces transitorio al alcance de cualquier sujeto. Podríamos añadir que es hasta esperable que por algún motivo hasta el más pintado haya experimentado alguna vez alguna forma aunque sea efímera de locura. El loco de los chistes gráficos cree ser Napoleón y enfunda con gravedad una mano entre los pliegues de su pechera y también se dice, no sin sorna, que si le hubiese ocurrido al mismísimo Napoleón creerse Napoleón, el quídam hubiese estado loco. La locura, pues, es un estado de identificación unánime en el que se puede entrar con facilidad y del que se puede salir por medio de un reconocimiento o retractación, tal como le ocurre novelescamente a Don Quijote hacia el final de su vida.

En la psicosis, en cambio, hay problemas en la constitución subjetiva: siempre se pregunta si hay o no sujeto en ella[1]. Sí podemos adelantar que si hay sujeto, éste no está constituido a la manera de un sujeto escindido tal como lo vemos en las neurosis y aun en las perversiones. No funciona, por así decir, el deseo, eje sobre el cual se determina la subjetividad y que más abajo vamos a tematizar como goce fálico, siguiendo la nomenclatura lacaniana hoy en boga. Lacan acuñó la fórmula según la cual en el psicótico no hubo “extracción del objeto”, aludiendo, desde luego, al objeto a. Se refería a un cuadro de Ieronimus Bosch intitulado precisamente La extracción de la piedra de la locura, en el cual se ve a un paciente sentado y dos personajes inclinándose sobre él y practicándole alguna suerte de operación (craneotomía). Esta pérdida objetal y su posterior captura en un fantasma no se verifica en el caso de los sujetos psicóticos y es por ello que la relación con la realidad consensuada queda profunda e irremediablemente perturbada por este ubicuo objeto. En la Antigüedad, se afirmaba que la causa de la histeria era el hecho de que un objeto, en este caso el útero, abandonaba su posición natural y vagabundeaba por el cuerpo alterando su normal funcionamiento. No había, en esos casos, pérdida ni recuperación alguna pero sí una verdadera ectopía morbosa.

Sin embargo, Freud lo recalca en su comentario al texto de Schreber, en la psicosis hay mecanismo: la proyección. Ésta está ligada a un proceso más primitivo de expulsión fuera del yo de todo aquello que resulte desagradable (Ausstobung aus dem Ich), que hace que la realidad exterior (Aubenwelt) esté para siempre signada por el displacer (Unlust). Lacan, siguiendo a Freud, va a plantear un mecanismo de rechazo sin juicio, la Verwerfung, a la que el maestro francés aludirá recurriendo a un viejo término legal por el cual un derecho prescribe, la forclusión.

Ahora bien, ¿la psicosis es igual en el hombre que en la mujer? Hace unas pocas décadas, la teoría psicoanalítica parecía enderezada a formalizar las diversas alternativas del psiquismo masculino y era frecuente que en todo congreso o mesa redonda, alguien del público preguntara cómo era lo que fuere -el Edipo, la perversión, etc.- en la mujer. Por lo demás, estaba el campo psicopatológico equitativamente repartido entre hombres y mujeres: ellas, histéricas en el campo de las neurosis, erotómanas en el de la  psicosis, mientras que ellos eran respectiva e invariablemente obsesivos o paranoicos. ¿Hay psicosis femeninas? ¿Qué es una mujer? ¿Qué podríamos aprender de la psicosis femenina? Comencemos por un hecho que habría que explicar: es frecuente observar que en el caso de mujeres psicóticas es relativamente más fácil lograr algún tipo de recomposición de la relación de la paciente con el medio social. Mientras muchos varones quedan como apartados, introvertidos y a un costado, muchas mujeres psicóticas son capaces de cumplir alguna función femenina que les asegura alguna estabilización de su psicosis. Es muy posible que nuestra sociedad, como tantas otras, sea sensiblemente menos exigente con ellas respecto del desempeño de alguna función subalterna gracias a la cual les resulte posible subsistir sin ser interpeladas.

Freud y más tarde Lacan determinaron que un rasgo estructural de la psicosis era precisamente la feminización, fenómeno imaginario que Freud detecta en el presidente Schreber. Según él, Schreber se defiende de una inclinación homosexual por medio de un delirio de persecución, hipótesis discutible por cuanto la perversión alcanza una estructuración mucho más estable que la psicosis. Lacan rescata la expresión freudiana “empuje a la mujer” y comienza a hablar de feminización más que de inclinación homosexual.

Antes que nada, hay que diferenciar feminización de femineidad: ésta última se alcanza por medio de oportunas identificaciones en el nivel imaginario y es, al mismo tiempo, objeto de una trasmisión, en el plano simbólico. La pregunta es, para nosotros, cómo se da la feminización en la mujer psicótica, que de algún modo ya es una mujer. Aquí es donde trataremos de resolver esta aporía planteando que feminización y femineidad tiene algo en común pero que esa misma semejanza no puede llevarse muy lejos pues entraña una diferencia fundamental. El punto en común es la pasividad, que es típica de la posición femenina y también de la psicosis. En el caso de la pasividad de la posición femenina, la tradición victoriana recomendaba a la mujer ocupar el lugar de objeto, de objeto del amor masculino, objeto de reverencia, etc., vale decir que, merced a un renunciamiento a la actividad, reservada a los hombres, la mujer alcanzaba una valoración suprema. La pasividad del psicótico dista de la blanda molicie de un objeto de adoración, es, más bien, la pasividad de una cosa. Schreber lo dice claramente: una vez formalizado el delirio, Dios quiere disponer de su cuerpo a su antojo para engendrar una nueva raza de hombres, cosa que en un comienzo escandaliza y enfurece a Schreber, dispuesto inicialmente a resistir los designios divinos con todas sus fuerzas. El delirio, sin embargo, trabaja y Schreber logrará aceptar tan triste destino en tanto el deseo de Dios es visto como congruente con el Orden Cósmico, lo cual lo vuelve aceptable y aun deleitoso. Schreber consiente finalmente en devenir una mujer y se entretiene largas horas cultivando su incipiente y tortuosa femineidad[2].

Así, pues, la feminización de Schreber poco tiene que ver con la femineidad y sólo consiste al principio en advenir la cosa de Otro y tal catástrofe se pacifica cuando ese deseo abrumador e invasivo es barrado o limitado por el significante Orden Cósmico. Todas las mujeres son un poco locas: esta afirmación es algo más que un dardo que los varones solemos obsequiar a las mujeres que nos desesperan; excede completamente la ponzoña masculina. La mujer usualmente bascula entre la posición de sujeto y la de objeto y, como recuerda Lacan en el Seminario XX, ella está no toda en la castración[3], su goce no está limitado al goce fálico como entre los varones y por ello es que se desordena más fácilmente que un varón. Es muy femenina esa incertidumbre fundamental en relación con la propia identidad. La histérica, por su parte, es muchas veces vista como la quintaesencia de la femineidad, aun cuando se pasa la vida barruntando en torno a la pregunta por el ser mujer y empeñada tenazmente en ocupar la posición de sujeto. Puede decirse que hay un único modo de ser varón -unos pocos, quizá- y muchos, acaso infinitos, de ser mujer, tal como lo prueban los numerosos engendros que la tecnología postmoderna ha producido.

Volviendo a la hipótesis freudiana de la homosexualidad y la paranoia, autores más tardíos afirman que la homosexualidad es compatible con la paranoia. Melanie Klein (1932) dice que la homosexualidad bien puede ser una defensa contra angustias de tipo paranoide y Herbert Rosenfeld (1949) presenta dos casos, uno de homosexualidad manifiesta y otro latente, en los que la defensa homosexual falló y apareció la paranoia. En 1958[4], Lacan vuelve sobre las apreciaciones freudianas y dice que la homosexualidad es un “síntoma articulado a la paranoia” y que el empuje a la mujer es un signo de la forclusión del Nombre del Padre[5]. Se ocupa nuevamente de Schreber y señala que como no puede ser el falo que le falta a la madre, se convierte, por así decir, en “la mujer que le falta a todos los hombres”. Lacan va a relacionar el goce femenino con el goce psicótico en la medida en que ambos escapan a la primacía del falo, bien que el goce femenino no deja de estar de alguna manera limitado por el goce fálico. ¿Cómo se manifiesta lo que Freud llama feminización o empuje a la mujer? De modos variados: regularmente, las voces alucinadas se refieren a la homosexualidad y la feminización y, en el caso de pacientes mujeres, las insultan tildándolas de putas, etc. El temor a ser tomado por homosexual, que es una fantasía típica de los neuróticos, también es frecuente en las psicosis.

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