La locura según el género – Juan José Ipar

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Publicado previamente en: facebook.com/juan.ipar.7*

Antes que nada, aclararemos que consideramos la distinción entre locura y psicosis, aunque en el presente trabajo las tomaremos casi como sinónimos. Sólo diremos que la locura no es sino un fenómeno credencial muchas veces transitorio al alcance de cualquier sujeto. Podríamos añadir que es hasta esperable que por algún motivo hasta el más pintado haya experimentado alguna vez alguna forma aunque sea efímera de locura. El loco de los chistes gráficos cree ser Napoleón y enfunda con gravedad una mano entre los pliegues de su pechera y también se dice, no sin sorna, que si le hubiese ocurrido al mismísimo Napoleón creerse Napoleón, el quídam hubiese estado loco. La locura, pues, es un estado de identificación unánime en el que se puede entrar con facilidad y del que se puede salir por medio de un reconocimiento o retractación, tal como le ocurre novelescamente a Don Quijote hacia el final de su vida.

En la psicosis, en cambio, hay problemas en la constitución subjetiva: siempre se pregunta si hay o no sujeto en ella[1]. Sí podemos adelantar que si hay sujeto, éste no está constituido a la manera de un sujeto escindido tal como lo vemos en las neurosis y aun en las perversiones. No funciona, por así decir, el deseo, eje sobre el cual se determina la subjetividad y que más abajo vamos a tematizar como goce fálico, siguiendo la nomenclatura lacaniana hoy en boga. Lacan acuñó la fórmula según la cual en el psicótico no hubo “extracción del objeto”, aludiendo, desde luego, al objeto a. Se refería a un cuadro de Ieronimus Bosch intitulado precisamente La extracción de la piedra de la locura, en el cual se ve a un paciente sentado y dos personajes inclinándose sobre él y practicándole alguna suerte de operación (craneotomía). Esta pérdida objetal y su posterior captura en un fantasma no se verifica en el caso de los sujetos psicóticos y es por ello que la relación con la realidad consensuada queda profunda e irremediablemente perturbada por este ubicuo objeto. En la Antigüedad, se afirmaba que la causa de la histeria era el hecho de que un objeto, en este caso el útero, abandonaba su posición natural y vagabundeaba por el cuerpo alterando su normal funcionamiento. No había, en esos casos, pérdida ni recuperación alguna pero sí una verdadera ectopía morbosa.

Sin embargo, Freud lo recalca en su comentario al texto de Schreber, en la psicosis hay mecanismo: la proyección. Ésta está ligada a un proceso más primitivo de expulsión fuera del yo de todo aquello que resulte desagradable (Ausstobung aus dem Ich), que hace que la realidad exterior (Aubenwelt) esté para siempre signada por el displacer (Unlust). Lacan, siguiendo a Freud, va a plantear un mecanismo de rechazo sin juicio, la Verwerfung, a la que el maestro francés aludirá recurriendo a un viejo término legal por el cual un derecho prescribe, la forclusión.

Ahora bien, ¿la psicosis es igual en el hombre que en la mujer? Hace unas pocas décadas, la teoría psicoanalítica parecía enderezada a formalizar las diversas alternativas del psiquismo masculino y era frecuente que en todo congreso o mesa redonda, alguien del público preguntara cómo era lo que fuere -el Edipo, la perversión, etc.- en la mujer. Por lo demás, estaba el campo psicopatológico equitativamente repartido entre hombres y mujeres: ellas, histéricas en el campo de las neurosis, erotómanas en el de la  psicosis, mientras que ellos eran respectiva e invariablemente obsesivos o paranoicos. ¿Hay psicosis femeninas? ¿Qué es una mujer? ¿Qué podríamos aprender de la psicosis femenina? Comencemos por un hecho que habría que explicar: es frecuente observar que en el caso de mujeres psicóticas es relativamente más fácil lograr algún tipo de recomposición de la relación de la paciente con el medio social. Mientras muchos varones quedan como apartados, introvertidos y a un costado, muchas mujeres psicóticas son capaces de cumplir alguna función femenina que les asegura alguna estabilización de su psicosis. Es muy posible que nuestra sociedad, como tantas otras, sea sensiblemente menos exigente con ellas respecto del desempeño de alguna función subalterna gracias a la cual les resulte posible subsistir sin ser interpeladas.

Freud y más tarde Lacan determinaron que un rasgo estructural de la psicosis era precisamente la feminización, fenómeno imaginario que Freud detecta en el presidente Schreber. Según él, Schreber se defiende de una inclinación homosexual por medio de un delirio de persecución, hipótesis discutible por cuanto la perversión alcanza una estructuración mucho más estable que la psicosis. Lacan rescata la expresión freudiana “empuje a la mujer” y comienza a hablar de feminización más que de inclinación homosexual.

Antes que nada, hay que diferenciar feminización de femineidad: ésta última se alcanza por medio de oportunas identificaciones en el nivel imaginario y es, al mismo tiempo, objeto de una trasmisión, en el plano simbólico. La pregunta es, para nosotros, cómo se da la feminización en la mujer psicótica, que de algún modo ya es una mujer. Aquí es donde trataremos de resolver esta aporía planteando que feminización y femineidad tiene algo en común pero que esa misma semejanza no puede llevarse muy lejos pues entraña una diferencia fundamental. El punto en común es la pasividad, que es típica de la posición femenina y también de la psicosis. En el caso de la pasividad de la posición femenina, la tradición victoriana recomendaba a la mujer ocupar el lugar de objeto, de objeto del amor masculino, objeto de reverencia, etc., vale decir que, merced a un renunciamiento a la actividad, reservada a los hombres, la mujer alcanzaba una valoración suprema. La pasividad del psicótico dista de la blanda molicie de un objeto de adoración, es, más bien, la pasividad de una cosa. Schreber lo dice claramente: una vez formalizado el delirio, Dios quiere disponer de su cuerpo a su antojo para engendrar una nueva raza de hombres, cosa que en un comienzo escandaliza y enfurece a Schreber, dispuesto inicialmente a resistir los designios divinos con todas sus fuerzas. El delirio, sin embargo, trabaja y Schreber logrará aceptar tan triste destino en tanto el deseo de Dios es visto como congruente con el Orden Cósmico, lo cual lo vuelve aceptable y aun deleitoso. Schreber consiente finalmente en devenir una mujer y se entretiene largas horas cultivando su incipiente y tortuosa femineidad[2].

Así, pues, la feminización de Schreber poco tiene que ver con la femineidad y sólo consiste al principio en advenir la cosa de Otro y tal catástrofe se pacifica cuando ese deseo abrumador e invasivo es barrado o limitado por el significante Orden Cósmico. Todas las mujeres son un poco locas: esta afirmación es algo más que un dardo que los varones solemos obsequiar a las mujeres que nos desesperan; excede completamente la ponzoña masculina. La mujer usualmente bascula entre la posición de sujeto y la de objeto y, como recuerda Lacan en el Seminario XX, ella está no toda en la castración[3], su goce no está limitado al goce fálico como entre los varones y por ello es que se desordena más fácilmente que un varón. Es muy femenina esa incertidumbre fundamental en relación con la propia identidad. La histérica, por su parte, es muchas veces vista como la quintaesencia de la femineidad, aun cuando se pasa la vida barruntando en torno a la pregunta por el ser mujer y empeñada tenazmente en ocupar la posición de sujeto. Puede decirse que hay un único modo de ser varón -unos pocos, quizá- y muchos, acaso infinitos, de ser mujer, tal como lo prueban los numerosos engendros que la tecnología postmoderna ha producido.

Volviendo a la hipótesis freudiana de la homosexualidad y la paranoia, autores más tardíos afirman que la homosexualidad es compatible con la paranoia. Melanie Klein (1932) dice que la homosexualidad bien puede ser una defensa contra angustias de tipo paranoide y Herbert Rosenfeld (1949) presenta dos casos, uno de homosexualidad manifiesta y otro latente, en los que la defensa homosexual falló y apareció la paranoia. En 1958[4], Lacan vuelve sobre las apreciaciones freudianas y dice que la homosexualidad es un “síntoma articulado a la paranoia” y que el empuje a la mujer es un signo de la forclusión del Nombre del Padre[5]. Se ocupa nuevamente de Schreber y señala que como no puede ser el falo que le falta a la madre, se convierte, por así decir, en “la mujer que le falta a todos los hombres”. Lacan va a relacionar el goce femenino con el goce psicótico en la medida en que ambos escapan a la primacía del falo, bien que el goce femenino no deja de estar de alguna manera limitado por el goce fálico. ¿Cómo se manifiesta lo que Freud llama feminización o empuje a la mujer? De modos variados: regularmente, las voces alucinadas se refieren a la homosexualidad y la feminización y, en el caso de pacientes mujeres, las insultan tildándolas de putas, etc. El temor a ser tomado por homosexual, que es una fantasía típica de los neuróticos, también es frecuente en las psicosis.

Para los autores lacanianos, la feminización coincide con lo que denominan “surgimiento de La mujer”. Los rayos divinos le hacen experimentar a Schreber goces femeninos y la feminización es vista inicialmente por él como una iniciativa del Otro que le es por completo ajena y consiste en un goce deslocalizado que recorre su cuerpo, de modo semejante al modo en que el útero vagaba otrora por el mortificado cuerpo de la histérica. La feminización se da en su grado máximo en los transexuales, ocupa toda la escena y ello hace que sea un cuadro difícil de enmarcar teóricamente. El reclamo de una identidad femenina es central y se funda en un reconocimiento que excede la mera nominación.

En muchas mujeres psicóticas, en cambio, se evidencia un afán fallido por convertirse en una La mujer, esto es, una mujer toda, no marcada por la castración. En sus delirios, muchas de ellas afirman ser la Reina, la estrella de cine, la divina u otros títulos rimbombantes. En realidad, como alguna vez dejó sentado Freud, la distinción simbólica masculino/femenino no funciona bien en la psicosis y el llamado surgimiento de La mujer, encarnación de un goce infinito, no pasa de ser un fenómeno imaginario cuyo estatuto social es verdaderamente difícil de establecer. Lacan no deja de dar a entender que La mujer no es sino un semblante, una defensa que en algún sentido equivalente a un Dios omnipotente que protege al sujeto y le permite existir.

Tenemos, entonces, que luego de un largo proceso de identificación con la posición femenina, una mujer adviene justamente, una mujer, mientras que luego de su desencadenamiento psicótico, tanto en hombres como en mujeres, se registra de muchos y variados modos el fenómeno del surgimiento de La mujer, fenómeno que aparentemente sería egosintónico y de algún modo exitoso en ciertos sujetos, los transexuales, que se perciben a sí mismos como seres perfectamente femeninos. Cuando una mujer es simplemente una mujer, siempre acecha el fantasma de la masculinización y es necesario a sus ojos ejercer una vigilancia perpetua sobre su cuerpo a fin de detectar tempranamente los signos incipientes de tal catástrofe.

Esta ambigüedad fundamental en cuanto a la identidad sexual se percibe, como dijimos más claramente en la mujer pero, en verdad, es extensivo a los varones también. Ello fue teorizado por Freud como una disposición bisexual originaria universal, pero autores posteriores como Geneviève Morel lo piensan como un vacío real en lugar de un núcleo de identidad y dicho vacío real deviene ambigüedad sexual, que cada cual resuelve como puede[6].

Es importante el papel que juega la ciencia en nuestra época. Hasta hace unas décadas, podían verse delirios de transformación, mientras que ahora proliferan las correcciones quirúrgicas de la identidad sexual. El transexual Robert Cowell fue el primero en ser operado en el Reino Unido en 1951: fue la primera mujer creada por la ciencia[7]. Hay que destacar que la corrección quirúrgica no es un intento de normalización heterosexual por el cual un homosexual cambia de sexo para poder acceder a otro hombre como mujer. Hay que tener en cuenta asimismo la diferencia entre un travesti que se ha operado los pechos, etc.[8], de lo que es un transexual: éste no soporta su propio pene y ni el de otro hombre y entre ellos/as se registra un elevado índice de lesbianismo, como un intento de relacionarse con el otro más allá del falo, si es que ello es posible. Hay que explicar asimismo por qué causa es tan frecuente el suicidio luego de la corrección quirúrgica: es posible que el Nombre del Padre forcluído reaparezca como condena social inapelable que melancoliza al sujeto identificado a partir de allí con un resto descartable. El goce del adicto también se presenta como un goce diferente al goce fálico, es un goce del exceso y de la totalidad, otro modo de resistir la castración que consiste en un “sostenerse en un paraíso artificial”. El adicto es un ser segregado que no goza “como los demás” y que define su goce como inalcanzable e incomprensible por los que están fuera de la adicción. Estos pacientes desarrollan un “discurso tóxico” que rechaza el saber del analista y de su modo de gozar sometido a las exigencias de la castración, aunque invariablemente reservan para sí su mejor desprecio. Es una duplicidad engañosa por la cual admiten ser los más viles de los seres humanos y al mismo tiempo se atribuyen un saber último de la naturaleza humana. Hay, como puede entreverse, un modo único de goce fálico (a lo sumo uno solo en cada cultura)[9] y muchos modos de escapar a él y realizar en ocasiones algo del orden de lo femenino. Quizá el punto central del asunto es que tanto para el hombre como para la mujer, lo femenino es alteridad radical y ciertamente indefinida, como el loco o el psicótico. Lleva mucho tiempo y esfuerzo “meterse” en la mente de una mujer, de un loco, de un psicótico o de un adicto: todos son enervantes y por tal razón es que se ejerce violencia sobre ellos cuando el amor desfallece y se transforma en desengaño u odio.

[1] Tema éste de un pequeño artículo más reciente presentado en el Congreso de Psiquiatría 2012.

[2] Hemos trabajado este tema del Orden Cósmico junto con Julián Serruya en su tesina para la Maestría en Psicoanálisis de la Universidad del Salvador.

[3] Es una reelaboración de la idea freudiana de que el Superyó femenino es menos exigente que el masculino, razón por la cual las mujeres resultan menos apegadas a la Ley, etc.

[4] Véase De una cuestión preliminar.

[5] Todo esto ha desatado, desde luego, las furias de la comunidad homosexual, quienes atribuyen a la teoría psicoanalítica una condenación imaginaria de la homosexualidad, como si Freud o Lacan fuesen encarnaciones de un Urvater castrador y represor.

[6]En el Seminario VIII y en otros lugares, Lacan habla del trou (agujero) alrededor del cual estamos, por así decir, construidos y donde la tradición antigua -la Traumerei platónica- situaba el Supremo Bien.

[7]Se estrenó en 2015 un film británico-estadounidense The Danish Girl, dirigida por Tom Hooper en el que se dramatiza la vida del primer transexual operado en los ’20.

[8]Recientemente, un travesti ha sido reconocido legalmente en Argentina como mujer y, en calidad de tal, se ha casado y hasta ha devenido madre por medio del alquiler de un vientre y la donación de un óvulo.

[9]Más que un goce único, se trataría de un goce que tiende a uniformarse, esto es, a someterse a una regla.

Juan José Ipar

Publicado previamente en: *facebook.com/notes/juan-ipar/



Autor: Juan José Ipar

Podrán leerme en el blog: "Veleidades de Verdad - Divagaciones teóricas de un psicoanalista."

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