Pedofilia – Juan José Ipar

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Hay un rechazo poco menos que generalizado por parte de la comunidad analítica a tomar pedófilos en análisis; se pretende que los mismos pedófilos no buscan analizarse y hasta se sostiene que el conjunto de los perversos no lo hacen por motivos diríamos teóricos. El Amo encarnado por el perverso resultaría ser, entre otras cosas, un sujeto más allá de cualquier análisis y no cumpliría con los llamados requisitos de analizabilidad, a saber, la angustia como dato inicial y la instalación progresiva de un vínculo transferencial. A lo sumo, nos enfrentaríamos a una falsa demanda de análisis en la que el paciente intentaría manipular arteramente al analista a fin de conseguir una cierta aprobación de su perversión. Visto del otro lado, desde el del analista, bien podría tratarse de una actitud de denegación o simplemente pánico frente a una fantasmática ciertamente terrorífica que pocos analistas estarían en situación de poder soportar. En suma, deseamos vivamente ignorarlo todo acerca de la pedofilia y el horror nos paraliza, cosa que se refleja en la pobreza argumental del rechazo.

Los ilustrados del siglo XVIII afirmaban animosamente que el saber nos libera del miedo y de la tiranía del oscurantismo. Hoy somos más prudentes y estamos al corriente de que el saber tiene un costado destructivo. Edipo tiene la valentía de querer indagar cuál es la causa de la peste que asuela a Tebas, pero dicho saber lo señala a él y lo fuerza a cegarse y abandonar el trato con los humanos. Del mismo modo, al rechazar a los pedófilos, estamos rechazando evidentemente tener en claro que existe una pedofilia que excede la de estos patéticos casos y de algún modo, como el miasma edípico, nos alcanza a todos.

Por lo demás, se supone que cuando hablamos de pedofilia sabemos de qué estamos hablando como si los sujetos subsumidos bajo tal generalidad fuesen idénticos unos a otros. El rótulo encubre una diversidad de sujetos y basta considerar una pequeña pero variada lista de pedófilos célebres como André Gide, R. Peyrefitte, Roland Barthes, Lewis Carroll o el famoso Gilles de Retz (1404-1440), perteneciente a la gran familia de los Montmorency y seguidor devoto de Juana de Arco.

El caso Marc Dutroux en los ’90 trajo la pedofilia a los primeros planos: el niño era la materia prima indispensable para las llamadas snuff movies[1], en las que un niño era torturado hasta la muerte. Esto desencadenó polémicas y condenas sin fin, especialmente en Bélgica, donde varias redes de pedófilos fueron desbaratadas a partir de entonces. Sin embargo, hay que reconocer que hay algo de fingido en la sorpresa y escándalo que el caso Dutroux desencadenó: en 1973, Tony Duvert recibió el premio Médicis por su novela Paysage de fantaisie en la que describe escenas sexuales de un adulto con un niño y la crítica literaria del momento la saludó como una “sana subversión”. Al año siguiente, Duvert publicó Le bon sèxe illustré en el que proclamaba el derecho de los niños a la liberación sexual y al goce y en el que se veía en cada capítulo la foto de un niño de 10 años con una erección. En su edición del 14 de abril de 1976, Le Monde afirma que “Duvert va hacia lo más puro”. Este autor, abiertamente homosexual y pedófilo, cayó rápidamente en el olvido ya en los ’80 y se retiró con su madre a Loire-et-Cher[2], donde murió oscuramente en 2008.

Entre los ’80 y mediados de los ’90 comienza, como dijimos, a revertirse misteriosamente la cuestión, sin que se sepa a ciencia cierta el motivo. Comienza el culto al niño inocente junto con una infantilización general del mundo y las personas.

Deberíase, por tanto, reservar el término de pedofilia estrictamente a aquellos casos de perversión pedófila y excluir a aquellos psicóticos o psicópatas con rasgos perversos que atacan selectivamente a niños. Lacan destaca el mecanismo de la Verleugnung en los perversos en relación a la renegación de la castración de la madre, doble afirmación en las que dicha castración es reconocida y desmentida simultáneamente. El perverso reconoce el rol del padre como agente de la ley, pero se trata de un padre desvalorizado en el discurso omnipotente de la madre. La ley queda reducida a mera fachada que puede ser transgredida entre bastidores. La escena perversa es, por definición, clandestina, por lo cual llama la atención en nuestros días el afán de muchos de ellos de transportarla a la escena pública y su empeño en ser reconocidos por la ley misma. Ya no existe temor alguno al padre y sus efectores, los cuales ahora pueden ser ridiculizados ostensiblemente “a cielo abierto”. Tampoco los neuróticos quieren quedarse atrás y desnudan y muestran a quien los quiera ver sus fantasmas eróticos en las redes sociales, que sirven como medio de expresión de lo que hasta hace poco era reservado a la intimidad. Tanto neuróticos como perversos buscan afanosamente la complicidad del otro, encontrando en ella una dudosa legitimación. El fantasma es visto ahora como la verdad del sujeto y pasa a ser exhibido con desparpajo asumiendo que eso es sinceridad o autenticidad, la cual debe, además, ser aplaudida por el gran público que asiste a dichas ordalías.

En la óptica perversa, si un deseo no puede ser gozado, es una mentira o una cobardía. Deseo y goce no están en disyunción, como en la neurosis clásica hasta los ’90, sino que han de estar en perfecta conjunción so pena de convertirse en una fantochada poco atendible. La hipocresía, la misma cobardía que Freud señalara en el Hombre de las ratas, son el nervio de la sociabilidad, necesitada de la división subjetiva efecto a su turno de la barra de la censura. Las fórmulas lacanianas eran que el deseo es mantenido como insatisfecho en la histeria y como imposible en la neurosis obsesiva. El deseo del perverso ya no es un mero deseo de desear como en el caso del neurótico, sino un deseo de gozar. Y por ello es que no se trata de una mera transgresión. El perverso -André lo subraya enfáticamente- no es un fuera de la ley sino que hay en él una intención cierta de desafío y provocación contra la ley establecida que manda reprimir el goce y ceñirse al mero desear. El perverso juzga y condena dicha ley, pero de ningún modo se considera un anarquista. Infringe la ley invocando otra ley, no humana sino natural, que manda gozar. Sade considera la cultura toda como una impostura que debiera desaparecer: para él no hay más que hechos naturales que privilegian la descarga lisa y llana de las pasiones. La famosa escena rococó en el boudoir con todos sus variopintos excesos no es sino vano artificio destinado a meramente provocar escándalo, un prolegómeno al crimen, que asegura que se está por fuera de la ley común. La verdadera escena perversa es toda ella descarga mecánica que se aplica fría y calculadamente, sin placer subjetivo alguno.

Esta segunda ley es mucho más inflexible que la otra y no admite flojeras ni concesiones de ninguna clase. Manda gozar sin que importen las dificultades. El perverso no es ningún revolucionario[3], sino, más bien, un funcionario, un esclavo celoso de su deber[4]. No es él quien goza, ni el otro, es la ley misma. Trabaja, como dice Lacan, para el goce del Otro[5] y la virtud no es para él otra cosa que estar a la altura de semejante ley, de allí que sean temas recurrentes en múltiples discursos perversos la redención por el mal o la santidad en la abyección. Un argumento en todo semejante a éste se encuentra en los personajes de las obras de Genet, tal como lo señala Sartre en su monumental obra sobre este autor: pretender ser virtuoso no es más que una muestra de soberbia. Es necesario, por ende, sacrificar la virtud, darse a todos los vicios como prueba de humildad y dejar la salvación en las solas manos de Dios. Hay que destacar, como lo hace R. Karothy en su texto La escritura y su relación con el fantasma, que “en Genet la escritura produce una transformación subjetiva que le permite acceder a cierta virilidad sin necesidad de pasar efectivamente por la muerte” en contraste con Mishima, para quien “la herida debe producirse en lo real del cuerpo hasta llegar a la caligrafía cortante del seppuku[6].

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