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El encanto del travesti – Juan José Ipar

Photo by RODNAE Productions on Pexels.com

2014

Andan por ahí, en ocasiones se exhiben con descaro, en ocasiones acechan desprevenidos. Pregonan y reclaman, sobre todo reclaman: derechos, reconocimiento, empleos dignos que los arranquen de las garras de la prostitución, un poco de amor y consideración. Reclaman e increpan: para ellos somos pacatos, trogloditas, insensibles, casi destituyentes. La TV los muestra a toda hora bailando, actuando, modelando, conduciendo, reporteando o siendo panelistas. Son ellos, y han llegado para quedarse: los travestis. O mejor dicho, las travestis, porque ahora ya no se trata como antaño de varones que gustan de disfrazarse o simplemente vestirse con ropas y maquillaje femenino sino que nos encontramos ante personas que han transformado sus cuerpos e identidades y pugnan por ser reconocidas como mujeres, a pesar de que no asumen -como sí lo hacen los llamados transexuales– una cirugía que transforme sus genitales de masculinos en femeninos (neovagina). “Me caso de blanco como cualquier mujer” afirmaba hace un par de años la más encumbrada de ellas. Y, efectivamente, lo hizo acreditando el documento de identidad femenino que la ley le otorgó.

En la presente época, se da una situación harto curiosa: las mujeres abandonan la femineidad para internarse en territorios otrora exclusivamente masculinos y los hombres se feminizan hasta grados impensados hasta hace unos pocos años. Incluso, recurren a la ciencia para satisfacer su demanda de identidad femenina. Ríos de metacrilato fluyen por las calles de la ciudad postmoderna. Lágrimas por prótesis encapsuladas y depilaciones definitivas marcan un camino sin retorno en pos de un goce siempre esquivo.

¿Y  cuál es ese goce que con tanto ahínco y perseverancia se persigue? Un famoso travestido del siglo XVII, el abate de Choisy[1], nos lo dice en sus Mémoires (1721):

J’ai cherché d’oủ me vient un plaisir si bizarre. Le voici: le propre de Dieu est d’être aimé, d’être adoré, l’homme, autant que sa faiblesse le permet, ambitionne la même chose: or, comme c’est la beauté qui fait naître l’amour, et qu’elle est ordinairement le partage des femmes, quand il arrive que les hommes ont ou croient avoir quelques traits de beauté qui peuvent les faire aimer, ils tâchent de les augmenter par les ajustements des femmes, qui sont fort avantageux; ils sentent alors le plaisir inestimable d’être aimés (…) Quand je me suis trouvé à des bals ou des comédies avec des belles robes de chambre, des diamants et des mouches et que j’ai entendu dire tout bas près de moi: voilà une belle personne! j’ai goûté en moi même un plaisir qui ne peut être comparé à rien, tant qu’il est grand. L’ambition, les richesses, l’amour ne l’égalent pas, parce que nous nous aimons toujours mieux que nous n’aimons les autres.”

Este admirable párrafo condensa lo básico del travestismo de entonces. Para comenzar, el abate tipifica su plaisir como bizarre[2], extraño, con lo cual da claramente a entender que no lo considera normal o convencional. Resaltamos esto para contrastarlo con la idea de Lacan de que la perversión de Choisy era una perversión normal, esto es, tolerada y hasta bien vista en la sociedad francesa del Grand siècle. La vida del abate como Mme. De Sancy[3], sin embargo, tuvo lugar fort loin de la cour, en los arrabales parisinos.

Y comienza una especie de silogismo que tiene su punto de partida en la afirmación de que lo propio de Dios es el deseo de ser adorado, amado. Luego veremos que en realidad se trata más de ser adorado que de ser amado[4], ambas nociones se confunden pero hacia el final se separan. Lo mismo rezaría para el hombre autant que sa faiblesse le permet, esto es, hasta donde su debilidad lo permite. ¿Cómo hay que entender la “debilidad” del hombre? ¿Habría varones dentro del “sexo débil”? ¿Es ella la que lo lleva a desear ser adorado? ¿Dios es débil? Sigue: es la belleza la que hace nacer el amor, aunque, por lo que continúa más abajo, sería más propiamente embeleso, estado de suspensión del alma que produce el encanto o la admiración. Pero la belleza est le partage des femmes, es la porción (y aun la herencia) de las mujeres, que les corresponde como a tales. Lo bello queda identificado a lo femenino casi con exclusividad. Entonces, sigue el abate, “cuando ocurre que los hombres tienen o creen tener algunos rasgos bellos que podrían hacer que los amen”, es decir, cuando un hombre tenga rasgos femeninos y no sea capaz de sostener la posición masculina, decimos nosotros, sería lícito -y quizá hasta recomendable- que se esfuerce en aumentarlos y para ello nada mejor que les ajustements des femmes, los arreglos o aderezos de las mujeres, que “son muy ventajosos” para tales fines. Vestirse de mujer es el único modo de encarnar la belleza para quien no ha nacido mujer. Sólo así alcanzan a experimentar “el placer inestimable de ser amados”.

De tal modo, cuando el abate se encuentra en un baile o en el teatro de comedias vestido con una bella robe de chambre[5], sus diamantes y algún estratégico lunar (mouche), entra en éxtasis cuando alguien musita cerca suyo: “¡He allí una bella persona!”. Es en ese momento que experimenta “un placer que no puede ser comparado con nada, tan grande es”. “La ambición, las riquezas, el amor no lo igualan, porque nosotros nos amamos siempre más de lo que amamos a los otros”. Aquí aparece el amor como inferior a la adoración rendida: se sobreentiende que se trata de amar a otro, experimentar uno mismo el amor a otro. Ser objeto de amor o admiración, embelesar a otro, ése es el placer que el abate reputa como el más alto de todos y al que ningún otro placer puede aproximársele. Ello se debería, arriesga nuestro abate, a que el amor a sí mismo, la φιλαυτία kantiana[6], una de las dos formas del egocentrismo, siempre es mayor que el amor a los demás (φιλανθρωπία) que la ley ordena[7], aunque en este caso particular, sería más bien la segunda forma del egocentrismo, la complacencia del yo en sí mismo (arrogantia). Él mismo se complace, adora ser adorado por otros, ama su propio encanto y se encanta con él. Claro que no es más que un encanto prestado, imitado al detalle, pero sólo una copia. Quizá por ello, muchos homosexuales dedican sus horas y sus vidas a adorar a alguna mujer, promoviéndolas al rango de divas, a las cuales, además, imitan en sus modos y apariencia. Algunas actrices, sopranos y otras grandes damas suelen estar rodeadas de una nube de admiradores con estas características, generando a su alrededor una atmósfera narcisista irrespirable. Seducción, melodrama y una dosis considerable de cursilería entran en macabra conjunción.

Los extraños placeres del abate no se limitan a producir suspiros en la platea masculina: una escena perversa -sus bagatelles– acompaña sus apariciones públicas. En ellas, disfrazado de etérea damisela seduce a una joven ingenua a la que induce a vestirse como un garçon. La cosa culmina en la cama, aunque en sus Mémoires nunca se termina de precisar si hay penetración o no.

De todo esto se deduce que el famoso encanto del travesti no es otro que el encanto femenino, sustraído y copiado a ciertos tipos de mujeres, que varía de la diva melodramática a la damisela etérea. Esta última figura es la predilecta del abate y nos remite directamente a la ecuación girl=phallus de Otto Fenichel[8], por la cual en el inconsciente se asimila la niña al falo, cosa particularmente importante en el fetichismo y otras perversiones. El travesti se presenta, pues, como “todo falo”, sólo que en nuestra época aspira a ser algo más que un mero semblante, pretende ser mujer.

La diva melodramática y la damisela etérea, admitámoslo, son dos figuras reconocibles de la histeria femenina, dos modelos de femineidad exacerbada o reconcentrada, así como el macho velludo y el guerrero hipermusculado son sus homólogos del lado masculino, máscaras útiles para enfrentar lo femenino. Vale decir que, si esto es cierto, el travesti se halla identificado no con una mujer sino con una histérica, una experta en el arte de seducir varones, aunque la histérica no sepa luego qué hacer con el estado de erotización alcanzado[9]. La vedette pulposa y la “madre sacrificada que todo lo da” son otras dos variantes populares entre los travestis de hoy en día[10]. El encanto al que nos referimos, por ende, es el encanto histérico, versión hiperbólica del encanto  femenino. Encanto defensivo que busca la seducción como modo de conjurar el miedo ante el hombre. Dime a quién imitas y te diré quién eres, sería una paráfrasis aplicable. Ahora podemos preguntarnos qué tipo de varones son los que encuentran en el travestismo su particular modo de transitar la sexualidad. Es un varón que se interna y se pierde en el campo de lo femenino, por más que luego deba ganarse la vida sodomizando heterosexuales parejamente confundidos. Con estos varones, que no han olvidado los iniciales placeres de la pasividad, cumplen los travestis el sueño que los homosexuales no pueden cumplir, el de relacionarse con un heterosexual y no con otro homosexual como ellos. Lacan decía en algún lado que la histérica quiere un Amo para gobernarlo y aquí podríamos decir que el/la travesti quiere un hombre para sodomizarlo. Y éstos, por su lado, satisfacen el deseo de encontrar por fin la mujer fálica fantaseada en la infancia. Asinus asinum fricat, todos ganan. Como se echa de ver, la posición masculina es vacilante y susceptible de múltiples interpretaciones; el mundo femenino, en revanche, es más consistente, aunque pareciera que, como en el teatro isabelino, están los varones aprendiendo a entenderse entre ellos sin sentir menguada o increpada su masculinidad. El travesti reemplaza con algunas ventajas tanto al efebo griego como a las inevitables histéricas.

La histeria da para todo, nada parece poder escapársele y todo lo impregna. La masculina, tan poco estudiada, tan oculta, tan innombrable, tan extendida, tiende sus tentáculos y captura desprevenidos que, entre soponcios y reivindicaciones, discuten con ardor cuestiones de género. La desestiman sin valorar adecuadamente que ella es, en su nervio, una especial plasticidad respecto del deseo del otro, posición de mentirosa renuncia que exige indemnización. En suma, modos de disputar poder. El amplio campo de la controversia en relación al género ocupa en nuestros días el lugar que antaño ocupara la histeria, que, como tal, ha prácticamente desaparecido. ¿Quién diagnostica hoy una histeria? ¿Adónde se fueron, dónde prosperan las legiones de histéricas e histéricos? Siguen entre nosotros, sufriendo, claro, sus tortuosos martirios con nuevos ropajes y estrafalarios maquillajes. Y si, como quería Freud, la histérica es una caricatura de una obra de arte, las sufridas travestis de hoy vendrían a ser la crispada caricatura de otra caricatura.

Apéndice

En su Causerie del lunes 3 de marzo de 1851[11], Saint-Beuve hace una semblanza del abate de Choisy, en la que, entre otras menudencias, dice:

Abbé tonsuré dès l’enfance, mais surtout voué à la cornette et aux chiffons, coquette comme une nonne de Vert-vert[12] et libertin comme un perroquet, tour à tour comtesse de Sancy à la paroisse Saint-Médard, et comtesse de Barres en Berry, puis pénitent mais toujours léger, une manière d’Apôtre à Siam, converti et convertisseur sans tristesse, écrivain agréable et même délicat, finalement historien de l’Église, et doyen de l’Académie française[13], sa carrière, qui dura quatre-vingt ans, compose une mascarade complète…”

Más abajo, sigue:

Jolie créature dans son enfance, vieillard très agréable et très-goûté malgré les années, il ne put jamais réparer les fautes de sa première vie ni couvrir les frivolités de son caractère. Eût-il vécu cent ans, il n’aurait jamais obtenu ce qui s’appelle considération, autorité; mais il sut mériter l’indulgence et l’affection, et il peut encore être étudié aujourd’hui comme une curiosité du grand siècle et comme une gentille bizarrerie de la nature…”.

Y más abajo, concluye: “plus frivole et léger que corrompu…” y remata su ensayo diciendo: “Sa vie elle-même a son coin dans l’histoire comme une des anecdotes les plus singulières du grand siècle.

Una idea que retorna en Saint-Beuve es la de que este pintoresco personaje es un portento del Gran siglo, que es impensable fuera de él. ¿Por qué? Porque es el siglo del Amo, época extraña al gusto moderno y en la cual nada menos que el hermano del rey, Felipe de Orlèans, Monsieur, se viste de mujer, se exhibe sin tapujos y presenta en la corte a sus numerosos amantes y favoritos, cosa que no le impide embarazar a su mujer, Enriqueta de Inglaterra, todos los años. Cuentan las malas lenguas que esta conducta escandalosa de Monsieur era discretamente alentada por Luis XIV con la finalidad de neutralizar sus aspiraciones políticas y no tener que sufrir las maquinaciones de su hermano, tal como su padre Luis XIII había padecido con el suyo, el famoso Gastón de Francia[14]. Si, como quiere Lacan, lo normal es efecto del discurso del Amo, el travestismo de Monsieur pudo ser visto como “lo más normal del mundo”, por más que todos, incluso esa réplica devaluada de Monsieur que era nuestro pobre abate, se diesen perfecta cuenta de lo extraño de dicha conducta. Como el rey del cuento infantil, que se paseaba en paños menores y toda la corte elogiaba sus “ricos vestidos”: todos adulan pero nadie se engaña. Inducido por su ambiciosa madre, el abate fue el compañero de juegos de Felipe de Orlèans y, por lo que se echa de ver, nunca fue tomado en serio ni disfrutó de consideración o autoridad alguna, a pesar de las muchas distinciones que recibiera en vida. No pasó de ser una anécdota, una curiosidad digna de estudio que el capricho del Amo hizo circular por la sociedad francesa de entonces.

El Amo no es aun el Padre, figura preponderante durante la época victoriana en la que surge el psicoanálisis. Lo determinante del Amo es su capricho y su conveniencia, mientras el Padre es un portador de la Ley, que lo sujeta y a la que lo sacrifica todo[15]. Napoleón es, quizá, la figura histórica en la que se opera una transformación que va de omnipotente Amo de Europa a cabeza de un estado burgués codificado. Hoy en día, el Sistema, expresado en el llamado discurso políticamente correcto, nos ha convencido a todos de que somos pequeños amos con derecho a todo tipo de reconocimientos (la Anerkennung freudiana) con tal de que seamos obedientes consumidores. Y vemos proliferar everywhere toda una fauna de curiosidades a las que resignadamente estudiamos.


[1] Franҫois Timoléon de Choisy (1644-1724). Su madre, que daba clases a Luis XIV, lo vestía de niña como parte de una intriga complicada en torno al hermano del rey, Felipe de Orlèans, quien gustaba de vestirse de mujer y fue abiertamente homosexual. A los 22 años y muerta su madre, el joven abate se traslada a la periferia de París y comienza una vida secreta como Mme. De Sancy. Intermitentemente, se dedicaba al juego, en el que perdió la mayor parte de su fortuna, y a travestirse. Fue autor de varios textos dedicados a la Religión y hasta fue miembro de la célebre Académie Française.

[2] Si bizarre, tan bizarro, que suena a muy bizarro.

[3] “Una mujer enigmática y deslumbrante”

[4] Se ama porque algo hace falta; se adora, en cambio, la completitud, la plenitud imaginaria.

[5] Entre nosotros, robe de chambre es una bata que se usa por encima de la ropa de cama (pijama o camisón), cercano al negligé o deshabillé femeninos (salto de cama o peinador en castellano). Es posible que el abate se refiera a un vestido importante usado para asistir a un baile o ir al teatro y que así se usase este término en el siglo XVII.

[6] Véanse en el Lexicon de R Eisler los artículos egoísmo y egocentrismo.

[7] El lema freudiano “hemos de amar (a otros) para no enfermar” encuentra aquí su aplicación.

[8] El artículo de 1949/50 se llama La ecuación simbólica girl-phallus, incluido en Psicología del travestismo.

[9] El pene, por desgracia para ella, lo tiene el otro.

[10] Agreguemos la universitaria independiente capaz de un touch and go.

[11] Las Causeries du lundi eran una larga serie de 640 ensayos sobre literatura francesa y europea que Saint-Beuve (1804-1869) publico semanalmente entre 1849 y 1869 en varios diarios parisinos, luego reunidos en varios volúmenes. Entre nosotros, Lucio Mansilla (1831-1913) publicó sus Causeries de los jueves en el diario Sud América en 1989/90.

[12] Seguramente Saint-Beuve no se refiere a la opereta de Offenbach que lleva ese título y fue estrenada en 1869, año de la muerte del crítico y ensayista, sino al poema que le sirvió de inspiración, Vert-vert ou les voyages du perroquet de la visitation de Nevers de Jean-Baptiste Gresset, publicado en 1734.

[13] Ocupó el sillón nro. 17, que luego ocupara, entre otros, Pasteur.

[14] Véanse las notables novelas de Jean D’Aillon La conjetura de Fermat y, especialmente, La conjura de los importantes, por desgracia, bastante difíciles de hallar. Gastón fue padre de la célebre y riquísima Gran Mademoiselle.

[15] Siempre vuelvo a La traviata y su Papá Germont como ejemplo de lo que el siglo XIX entiende como un padre cabal.

Juan José Ipar

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Autor: Juan José Ipar

Podrán leerme en el blog: "Veleidades de Verdad - Divagaciones teóricas de un psicoanalista."

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