Denuncia – Juan José Ipar

(Viene de: Informe sobre la repatriación de los restos de Jorge Paizal)

2019

Me dirijo a la opinión pública para poner en su conocimiento una serie de hechos luctuosos centrados en la persona de don Jorge Paizal, ex compañero de estudios en el Nacional Buenos Aires y amigo de toda la vida. Ante todo, debo aclarar que circula por allí un texto apócrifo de corte netamente panfletario intitulado Informe sobre la repatriación de los restos de Jorge Paizal, en el cual se consigna falazmente que Jorge habría muerto en EEUU en muy extrañas condiciones y que, una vez verificada la cremación de sus restos, éstos fueron supuestamente traídos por otro compañero, Jorge Luxardo, de regreso a la Argentina en una infame caja de cartón y posteriormente depositados en el cinerario de la Iglesia de la Medalla Milagrosa aquí mismo, en la Capital Federal. Nada de todo esto es cierto; Jorge regresó sin mayores novedades, excepto una ostensible cara de disgusto y cierta molestia en una de sus rodillas, que le limitaba pero no impedía la marcha. No quiso hablar demasiado de lo acaecido en el lejano país del norte y simplemente se ciñó a señalar el ambiente poco cordial que encontró en casa de su amigo, un ex compañero de trabajo en IBM, hombre ya mayor y poco transigente. Dicho sea de paso, dicho Informe sobre la repatriación… me es atribuido y quisiera desmentir categóricamente ser el avieso autor de tal libelo, redactado ex profeso -vaya uno a saber por quién- con la finalidad de perjudicarme y hacerme quedar como un sujeto sarcástico, maledicente y odioso.

De cualquier modo, lo cierto es que nuestro buen Jorge volvió con el paso cambiado, malhumorado: no era él. Salía poco, se quejaba de vagos dolores, visitaba continuamente a los médicos y su mirada perdió el brillo de otrora. En Navidad, prefirió quedarse solo en su departamento, seguramente rumiando algún enojo universal. En la picada de Año Nuevo con “los muchachos”, se lo vio taciturno y cabizbajo: era la imagen de alguien marcado por la suerte que está a la espera de una desgracia, una víctima ya lista para el hachazo. Yo pude pispear -y se lo comenté- qué le pasaba. Resulta que para esta época del año pasado, tuvo que padecer severos cortes de luz durante el interminable mes de enero. Se acercaba la fecha. Como confirmando mi sospecha, comentó que, volviendo cierto día a su hogar, pudo ver que había cortes de luz en las inmediaciones, pero que, felizmente, en su cuadra había luz. El lector no tiene más que recordar nuestra Fantasía lumínica, en la cual, en forma poética, relatamos ciertos incidentes de ese período nefasto de comienzos de 2018. El apagón lo rondaba, lo estaba buscando y lo olfateó hasta que lo encontró. Un déjà vu. A mediados de enero, empezaron los cortes de energía eléctrica: al principio, breves, casi como si se tratase de pequeñas bromas que la compañía de luz gastara a sus usuarios, luego, más duraderos: horas y horas sin aparatos ni agua, pero, como un resuello salvador, la energía -y la calma- retornaban fugazmente a los atribulados moradores de la vecindad. Hasta que, estando yo en las lejanas y exóticas tierras del Perú, la oscuridad se enseñoreó del barrio y comenzó un calvario que duraría largas semanas. Al principio, hubo marchas indignadas reclamando, exigiendo en forma perentoria la inmediata restitución del servicio. Más tarde, barricadas callejeras con andrajosos barbudos y malolientes suplicando ante los medios por el fluido messmeriano. Finalmente, zombies deambulando sin rumbo por las calles, le regard égaré. Es lo que me dijeron, al menos, no sé bien.

A toda esta calamidad se le sumó la mencionada inflamación de su rodilla, que fue in crescendo hasta volverse preocupante. La cosa no tenía buen aspecto y ello tuvo seguramente que ver con el hecho de que, justamente a causa de los cortes, Jorge se veía obligado a utilizar las escaleras para entrar y salir de su casa, en vez de observar el reposo que los galenos le recomendaron insistentemente. Tampoco pudo continuar con los tratamientos prescriptos, el magneto y el láser, que tan beneficiosos resultan en casos como el suyo. Parecía que alguna maldición lo perseguía y se ensañaba con nuestro pobre compañero. En lo personal, creo firmemente que la ominosa y larga sombra de su amigo americano se proyectaba sobre él. De cualquier modo, la cosa fue que el estado mental de Jorge fue empeorando en paralelo y ya raramente atendía el teléfono o contestaba los Whatsapp. Todos éramos conscientes de su fragilidad psíquica, dado que lo conocíamos de tantísimos años y pudimos asistir a muchos de sus ataques furiosos, que oportunamente contuvimos como pudimos. Calculamos que ya no estaba tomando su medicación, por lo cual su estado general debió haberse resentido en cuestión de días. Así las cosas, sus hijos se preocuparon grandemente y convinieron, junto con un selecto grupo de amigos, apersonarnos en su domicilio y realizar una intervención, como lo llaman los americanos, a fin de hacerlo reflexionar acerca de su salud y sobre la necesidad de mudarse aunque fuera transitoriamente a una vivienda con electricidad para encarar seriamente su tratamiento. Así lo hicimos y, linternas en mano, hijos, amigos y hasta el encargado subimos cautelosamente por las negras escaleras del edificio de Guayaquil. Nada nos preparó para afrontar el espectáculo que se ofreció a nuestros ojos al abrir la puerta blindada del departamento de Jorge. Nos recibió el cachetazo de un olor horrendo e indefinible, mezcla de encierro, humedad y trapo viejo, materia orgánica en descomposición y Dios sabe qué más. Todo ello en medio de un pandemonium de muebles, ropa y trastos de cocina desparramados por doquier. De pronto, escuchamos con atención y percibimos algo como un ronroneo no humano que venía de una de las habitaciones, hacia donde nos dirigimos cautamente, salvando los muchos obstáculos que se nos oponían. Abrimos con sigilo la puerta, que crujía como si algún dolor la traspasase, y pudimos ver sobre el lecho a Jorge y a su rodilla o, mejor dicho, a la rodilla, que se había apoderado del centro del mismo y, a un costado, el resto de Jorge. Imagine el lector el tamaño de esa… cosa. El que ronroneaba era efectivamente Jorge, con los ojos entrecerrados, sucio y lleno de costras. Cariacontecidos y llenos de estupor, rodeamos ese auténtico lecho de dolor, considerando el espectáculo que se ofrecía a nuestros incrédulos ojos. Pudimos apreciar con cierto resquemor que la cosa se movía ligeramente. ¿Eran espasmos, temblores? ¿Respiraba? Como hablando para sí mismo, el encargado deslizó: “Esto va a estallar”. Intercambiamos miradas: todos habíamos pensado lo mismo. Y en tono académico, como si fuera un ingeniero, agregó: “Podría comprometer la estabilidad del edificio…”. Ante la inminencia de la explosión, Leandro peló rápidamente el celular y llamó al SAME. Fue una tensa espera que se prolongó por unos insufribles 15 minutos, hasta que oímos con alivio la llegada de la ambulancia. Dos enfermeros y un médico subieron y decidieron velozmente que había que bajarlo en una camilla por la escalera. No había otra posibilidad. La cosa fue moverlo a Jorge y pasarlo a él y a la rodilla a la camilla. El sufrido Jorge pareció salir de su aturdimiento sólo para excitarse y comenzar a lanzar dentelladas al aire o a las sombras que creía percibir, como un can hidrófobo. Como pudimos, llegamos a la escalera y comenzó el penoso descenso. Jorge extrajo una de sus manos y araño la pared con sus cinco dedos, dejando una marca que todavía puede apreciarse. Hubo que detener la marcha y maniatarlo con unas oportunas correas de la camilla, esquivando los tarascones y escupitajos que Jorge lanzaba ciegamente a diestra y siniestra.

De este difícil modo descendió la lúgubre comitiva por dos eternos pisos hasta llegar al vestíbulo de la planta baja. En ese punto, milagrosamente, volvió la luz y todos nos detuvimos entre maravillados y atemorizados, como si el ansiado retorno fuera una mala señal que el Cielo nos enviaba. Inesperadamente, Jorge volvió en sí, con una calma que contrastaba con el furor previo. “Tengo sed” dijo escuetamente. Y, como de la nada, salió una botella de dos litros de agua mineral que bebió con avidez, reponiendo el líquido perdido y alojado presumiblemente en su magna rodilla. A renglón seguido, solicitó un papagayo, que hubo que ir a buscar a la cercana ambulancia. Así, Jorge tomaba y orinaba simultáneamente, como si existiese alguna conexión entre la rodilla, el tubo digestivo que recibía el agua y la orina. Atónitos, presenciábamos esa extraña escena, que se prolongó por un buen rato. La rodilla empezó a menguar ante nuestro asombro, hasta tal punto que en un rato se redujo a una más que moderada hinchazón, de ésas que uno combate con apenas 50 miligramos de Diclofenac. Llegados a este punto, Jorge hizo ademán de incorporarse, cosa a la cual nos opusimos vivamente, aunque, ante su insistencia, hubimos de retroceder, expectantes y prestos a auxiliarlo. Como pudo se paró, se alisó los andrajos que llevaba, se miró en el espejo del vestíbulo y, luego de un breve examen, concluyó: “Tengo que bañarme” y dirigiéndose por sus propios medios hasta el cercano ascensor, corrió las puertas plegadizas y se introdujo en él. Antes de cerrarlas, se asomó y, mirándome con picardía, soltó: “¿Cómo era tu nombre?”.

Juan José Ipar
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