El lacanismo y su relación con el freudismo – Juan José Ipar

2010

Lo primero que hemos de señalar es que, aunque pueda parecer exagerado y aun trasnochado, Lacan y sus seguidores se han proclamado a sí mismos como aquellos que dan cumplimiento a las metas originales que supo tener en sus inicios el Psicoanálisis. En un comienzo, en su famoso “retorno a Freud”, Lacan tenía como objetivo muchas veces explicitado el de restaurar el freudismo en su pureza inicial y liberarlo de las distorsiones tanto teóricas cuanto prácticas que los postfreudianos inmediatos habían alentado. Las metas del kleinismo, quizá la escuela más importante en los ’40 y ’50, eran ciertamente más modestas: a lo sumo, se proponía extender el análisis a pacientes no neuróticos, ampliar el estudio del desarrollo psicosexual y hacer especial hincapié en la importancia de las ansiedades tempranas. Más ambicioso, el programa redentor del lacanismo aspira, por su parte, a llevar la teoría psicoanalítica a su término, casi de modo tal que ya no quede virtualmente nada por decir, como no sea repetir o comentar ad nauseam lo que Lacan tuvo a bien decir. Afortunada o infortunadamente, como los dichos del maestro son oscuros y muchas veces sibilinos, es menester, por tanto, dedicar largos años de estudio a un dudoso desciframiento de su obra. Pero, más allá de los interminables comentarios a la obra escrita y acroamática de Lacan, lo que se intenta instalar es la idea de que el Psicoanálisis ha sido agotado y no quedaría prácticamente nada por decir, puesto que lo que había que decir ya ha sido dicho sobradamente. Se nos propone, como quien gana por cansancio, una suerte de saber definitivo que no requiere mayores correcciones o enmiendas de alguna clase.

El lacanismo aspira, entonces, a constituirse nada menos que en la verdad del freudismo y quizá sea por ello que ha atacado implacablemente a todos los postfreudianos[1], a quienes llegó a considerar excluidos del campo psicoanalítico. Desaparecido Lacan, esta virulencia decayó en los ’80 y más aun en los ’90 y fue acompañada de una relativa valorización de algunos aportes teóricos de la escuela kleiniana.

Si ya no hay nada que decir puesto que todo fue dicho gracias a Lacan, podemos considerarnos posesores, si no de una verdad absoluta, al menos de algún tipo de verdad que se resolvería en un involuntario saber de la castración capaz de ponernos a cubierto de sus peores efectos. La dificultad reside en que un conocimiento tal rebasaría ampliamente los límites del Psicoanálisis y se adentraría en el inspirado campo de un saber absoluto, más allá de la representación y de lo fenoménico, más allá incluso que cualquier metafísica, aun de las más optimistas. Lacan ha dicho que su única “invención” fue el objeto a, afirmación discutible por cuanto el propio objeto a fue primero teorizado como objet perdu (S IV) y luego como ἄγαλμα, relacionado con la noción clásica de objeto parcial[2]. El objeto a aparece recién en el Seminario VI y es retomado en el X sobre la angustia[3] y, a partir de allí, tenemos lo que se denomina la “clínica del a”, con la cual no se pretende alcanzar un conocimiento del a, que sería imposible, dado que pertenece al registro de lo real y trasciende cualquier representación, pero sí se podría “decir algo” del a. “Decir algo” es una vaguedad tan deliberada como obligada y de ello resulta más que cuestionable el estatuto epistemológico de un incierto saber acerca de las vicisitudes de un objeto que se sitúa allende la representación.

De cualquier modo, el sujeto humano, el sujeto barrado en su versión freudiana clásica, se define por lo que no es ni tiene, esto es, en relación al falo por un lado, y en relación también a un objeto que se perdió illo tempore, cuando se constituyó como sujeto, el a. Para Lacan, empero, este a perdido es de alguna manera recuperado en el fantasma fundamental, representación en la que el deseo encuentra, como dijera Freud, un “origen inextinguible”. La constitución del fantasma no es sino otro modo de mentar el advenimiento del sujeto como sujeto deseante.

Ser la verdad de otro significa en términos dialécticos (more hegeliano) ser lo opuesto, la negación del otro. Esto se patentiza en muchos desarrollos lacanianos que comienzan indagando el espíritu freudiano supuestamente traicionado o tergiversado por los postfreudianos, especialmente los psicólogos del yo, y terminan alcanzando conclusiones que contradicen abiertamente afirmaciones del propio Freud. Tomemos como ejemplo la concepción del síntoma: éste es en Freud una construcción imaginaria capaz de disolverse (Lösung) por medio del trabajo interpretativo realizado en la sesión. Para el lacanismo, en cambio, en los ‘70, se trata de una forma de goce del inconsciente inmune al influjo psicoanalítico y es un efecto ineludible de la división subjetiva. Si hay sujeto, hay, pues, síntoma y lo más que puede el analizante plantearse es cierta adecuación resignada a él[4] y de ningún modo su disolución. Así, de ser en Freud el motivo de consulta del cual el paciente quiere y puede desembarazarse merced al Arbeit analítico, pasa a ser una fatalidad con la que estoicamente hay que contar. Yendo un poco más lejos, la constitución de un síntoma puede ser el logro que un análisis puede proponerse, especialmente en aquellos pacientes cuya neurosis no se ha definido aun y flotan, por decirlo de algún modo, en una especie de limbo psicopatológico.

Otro ejemplo: en sus últimos escritos[5], afirma Freud que el trépano psicoanalítico tropieza tarde o temprano con una resistencia invencible – la aceptación de la castración- a la cual alude con una metáfora geológica: el famoso lecho de rocas, de modo tal que, si el analista insiste en pretender horadar dicha resistencia, la transferencia se negativiza y el paciente se las ingenia para interrumpir y aun dar por terminado el análisis. No obstante ello, el trabajo analítico lograría según Freud “tocar” el fantasma fundamental y producir algún leve cambio en el Klischee erótico que preside la sexualidad del sujeto. Lacan percibe esta limitación de Freud como un peligro y, tensando la cuerda al extremo, pasa a plantear literalmente un atravesamiento del fantasma y supone posible un passe justo allí donde Freud acepta un impasse[6]. Esta mecánica se repite ad infinitum: si para Freud, en el análisis coinciden investigación (Forschung) y tratamiento (Behandlung), Lacan terminará diciendo que el análisis no es ninguna clase de investigación, que el autoconocimiento siempre es imaginario y no otra cosa que un desconocimiento[7]. El tedioso Arbeit analítico que tanto importara a Freud quedará excluido de la sesión y relegado a amena charla de café[8]. La Regla fundamental, que estructuraba la sesión asignando competencias a paciente y analista, deviene un cínico “Diga Ud. tonterías”. Así, “dar vuelta” el freudismo es tanto contradecir cuanto custodiar el legado que Freud les ha confiado, casi como si el maestro vienés hubiese testado explícitamente a su favor, declarando a Lacan su heredero o albacea. Curiosamente, esto -la existencia de un/a heredero/a- fue precisamente lo que ocurrió con el corpus de los Seminarios dictados por Lacan y, a casi 30 años de su muerte, no contamos aun con cerca de la mitad de tan valioso legado, el cual va siendo puesto a disposición del público según una homeopática y calculada dosificación.

Marat con Sade

En estos meses, se repone en Buenos Aires una extraordinaria obra teatral de Peter Weiss que lleva este extraño título[9], en la cual se pone en escena una imposible representación teatral escrita y dirigida por el marqués de Sade durante su internación en Charenton -corren los primeros años de Napoleón- y actuada por los pacientes del nosocomio con la venia del Director de la Institución. Sade increpa de algún modo a Marat y aun le muestra las a la vez terribles y banales consecuencias de su actividad política, o bien, por así decir, de su posición subjetiva.

Ambos contendores encarnan posiciones racionales extremas, id est, cada uno a su modo lleva las cosas hasta el final y en ambos finales aparece un mismo fantasma: la desaparición del hombre[10] [11]. Reaparece en la obra la vieja disputa de los autores anglosajones acerca de la importancia que debe ser asignada a la Nature en la vida social por un lado y, por el otro, a la incidencia de la crianza y la educación, Nurture, en la formación del ser humano. Como todo libertino mecanicista, Sade privilegia los títulos de la Naturaleza y considera la cultura toda como una imposición hipócrita que deforma negativamente al sujeto e intenta dotarlo de una espiritualidad paródica condenada de antemano al fracaso. Para él, sólo hay actos naturales; hemos de aceptar, por tanto, que somos meros seres naturales y, un paso más, adoptar una mirada fría e indiferente sobre el destino humano[12]. Este desafortunado equívoco que es el hombre está destinado a la intrascendencia y lo único que puede hacerse con sensatez es dejar que los hombres se maten entre ellos y, consecuentemente, desaparezca la especie toda. En La philosophie au boudoir desarrolla extensamente estas tesis y culmina afirmando que “la extinción de la especie humana no es otra cosa que un servicio que se hace a la naturaleza”[13] pues ésta se vería recién entonces liberada de tan incómodo inquilino.

Marat, por el contrario, es un puro, un desesperado puesto a razonar. Como su correvolucionario Robespierre, se imagina a sí mismo como poseedor de una moral incorruptible, apta para rescatar al hombre del lamentable estado de abatimiento moral en que se encuentra sumido. Piensa que la pureza es inculcable y su objetivo es “ofrecer su virtud al mundo”[14], alcanzando por tal medio una verdadera educación revolucionaria. Pero, para desgracia de todos, Marat vive en una Francia que todavía recuerda y añora los lujos y frivolidades del Ancient Régime y que es demasiado proclive a ceder a sus tentaciones y desvíos. Las malas nuevas se suceden y se nos informa que hasta el ministro de Salud se apropia de los dineros públicos. El “amigo del pueblo”[15] en el poder descubre rápidamente que hay un sinnúmero de actividades contrarrevolucionarias que es urgente enfrentar y conjurar. Se desencadena ineluctablemente el Terror y Marat debe aceptar con amargura que, una vez que mataron cientos, se dieron cuenta de que no alcanzaría con eliminar miles. En un frenesí homicida impregnado de paranoia, el Terror como sistema, casi todo termina siendo visto como contrarrevolucionario o impuro y, así encaminados, se arriba finalmente a la idea de la posible y acaso necesaria extinción de la especie, es decir, de los infinitos potenciales opositores a la pureza patriótica. Algún justificativo parecido a esto debe haber infectado la mente de Pol Pot y sus secuaces, permitiéndoles asesinar despiadadamente a la mitad de la población camboyana en nombre de una incierta revolución.

Así, pues, ambos llegan a una flagrante contradicción: Sade, hastiado y decadente, propone no hacer nada, puesto que no hay redención alguna para la inútil causa del hombre y estamos perdidos desde siempre, y Marat, decidido partidario de la acción, termina ajusticiando a aquellos a los que inicialmente quería salvar[16].

Por esos años, Kant ya había resuelto salomónicamente el dilema de la Nature/Nurture alegando que somos ciudadanos de dos mundos: de la Naturaleza, en tanto somos organismos vivientes atados a la causalidad mecánica, y de un intangible pero efectivo Reino de los Fines, en tanto seres libres cuya voluntad puede y debe determinarse racionalmente[17]. Kant distingue asimismo entre Akt, acto, y Handlung[18], acción, y dice que Akt es toda Handlung que puede sernos imputada[19], es decir, que alcanza un estatuto legal o jurídico y puede, por tanto, ser materia juzgable. Si mencionamos a Kant es porque en este tema, como en tantos otros, Freud asume una postura equilibrada semejante a la kantiana y concede a ambos términos de la antítesis una importancia decisiva sin inclinarse por ninguna de ellos. Lacan, en cambio, luego de vacilar y peregrinar de una posición a otra, en sus últimos años privilegia lo real, la pulsión y el intratable goce. Quizá la vejez y su infaltable cortejo de decepciones obraron en él y se arrimó a un punto de vista más próximo al pesimismo naturalista de Sade. Éste fue el testigo de la bancarrota de la refinada nobleza francesa que a fines del XVIII sucumbe al empuje innovador de la incipiente burguesía industrialista del momento, de modo semejante a Lacan, que asiste, en el XX, a la decadencia de la todavía aristocrática cultura francesa y al encumbramiento del tosco y decididamente burgués way of living americano. Ya Freud había estigmatizado la prosperity americana: sus devotos cultores no tienen ni tendrán nunca ojos para las sutilezas del psicoanálisis a causa de la rara mélange de pragmatismo militante y extremo puritanismo que impúdicamente profesan. Lacan, por su parte, presencia y denuncia el triunfo bastardo de lo que él llama discurso capitalista, que asegura que se puede gozar con objetos [de consumo]. Como decía el poeta: Verba animo desunt, resonat latratibus æther[20].

El discurso embrutecedor y simplista que campea en la civilización actual empuja a los intelectuales -y también a los analistas- a una posición subjetiva poco atractiva: la del que hace patente a los demás la pobreza conceptual de un mundo dominado por las imágenes y el vértigo de las emociones fáciles y los neurotrasmisores artificiales. Encontrando defectos a todo o prediciendo desgracias sin fin como la troyana Casandra, están -estamos- constreñidos a semejar viejas gazmoñas que han perdido la lozanía y se complacen mezquinamente en arruinarles el festejo a los triunfadores. La otra posición, claro, es sumarse a la algarabía reinante y usar el materialismo dialéctico, la teoría psicoanalítica o lo que se tenga a mano para hallarle una justificación teórica a los alegres engendros de la postmodernidad. Una tercera posibilidad -no precisamente peronista- es llamarse a silencio o, al menos, limitarse a decir alguna cosa entre amigos como para matar las ganas de hablar, que subsisten.

Dos malas noticias

Decíamos más arriba que Lacan compartía con Sade y con Marat un extremismo que los condujo a los tres a forzar toda medida humana y pretender llevar la racionalidad a su último confín, agotándola y, según su particular modo de apreciar las cosas, realizándola. No están solos en semejante empeño: Hegel, padre de la dialéctica moderna, supuso que su propia filosofía entrañaba el fin de la historia de la filosofía, la cual habría alcanzado gracias a él su perfección, y dio con ello una muestra simultánea de su genialidad y de su desmedida soberbia.

Hacia el final de su vida, Freud, en cambio, tropieza con disgusto con dos limitaciones -las dos malas noticias- que, por así decir, coronan su producción intelectual: el análisis siempre resulta fragmentario[21] y, tarde o temprano, la actividad analítica se topa con el célebre lecho de rocas, que es, como ya dijimos, una resistencia infranqueable que tiene como consecuencia el deprimente hecho de que todos los análisis, por más que hayan sido correctamente conducidos, terminan en un impasse en el que la transferencia amenaza tornarse negativa y el paciente, ante la mirada tolerante[22] del analista, opta por escabullirse del análisis como mejor puede.

Señalamos también que Lacan, lúcido lector, entiende claramente que estos “límites infranqueables” planteados por Freud supondrían a la larga la ruina del Psicoanálisis, que no dispondría de ninguna panacea salvífica que ofrecer al mercado de sufrientes. El Psicoanálisis se vería reducido a oficiar de teoría periférica y quasi filosófica al estilo de los paralipómena (παραλειπόμενα)[23] de los filósofos, antecesores lejanos aunque ilustres del degradado género de la autoayuda que prolifera en nuestros días. En apariencia, era más que necesario proporcionar una teorización que asegurase que un final decoroso era posible para los análisis, so pena de que éstos se diluyesen en vaguedades inconducentes y carentes de eficacia. Lacan se puso a trabajar y produjo una batería de conceptos por medio de los cuales intentó dar cuenta de un verdadero fin de análisis y no un mero impasse. Así, ya lo señalamos más arriba, propone un atravesamiento del fantasma y el mecanismo del pase (passe) como verdadero final del análisis. El pase aseguraría que los analizantes emerjan de él en posición de analistas, lo cual, de paso, fungiría como garantía institucional que los acreditaría como tales. En los últimos años, es evidente en las escuelas lacanianas que el interés se desplazó de la problemática del fin de análisis hacia la cuestión del pase: éste corregiría la falta de análisis y, de este modo, sería objeto del pase todo aquello que no se movilizó durante el análisis[24]. Hay que reconocer que poco antes de morir -y ya sin tiempo ni energía para proponer otra cosa- Lacan disuelve la escuela que funcionaba con el mecanismo del pase, criticando su estatuto eclesiástico. De tal modo, en un estado de tenso suspenso que perdura hasta el día de hoy, las escuelas lacanianas subsistentes vuelven a rearmarse reflotando la idea del pase, ignorando o explicando lateralmente la tardía disolución que Lacan había llevado adelante[25].

Volviendo al punto importante: no resulta muy recomendable ir “hasta el final”, pues, ni con la razón ni con el análisis, por más seductor o noble que tal propósito nos parezca. Pero, ¿cómo hacer para frenar un poco antes del precipicio? ¿Cuál es la señal de alarma del δαίμων que debemos atender para evitar la amenaza de la desaparición de la especie o de nuestro preciado arte? Los griegos, ejemplos sublimes de pasión y mesura entremezcladas nos dan una pista: el espectador que concurría al teatro a presenciar tragedias terminaba la jornada dramática asistiendo a la representación de una comedia. La tragedia trata de las grandes pasiones humanas, de su soberbia y desmesura, de los decretos inescapables de los dioses y del destino terrible del hombre, mientras la comedia se ocupa de las pequeñas miserias cotidianas que nos involucran a todos, pero en clave humorística, sin la solemnidad ni la aparatosidad de la tragedia. Ésta siempre termina -como las óperas del verismo italiano- con unos cuantos muertos y supérstites desconsolados, mientras que la comedia se las ingenia para darle al tema de que se trate -los mismos que trata la tragedia, sin dudas- un giro humorístico que provoca risa y descomprime. La tragedia debe culminar con un acto justiciero que restablezca el buen orden de la ciudad, en tanto la comedia apunta a señalar y quizá satisfacer pequeños placeres no siempre elevados o altruistas. También ocurre a menudo que cuando una tragedia o una ópera se ponen demasiado pesadas o mortíferas, suscitan hilaridad, puesto que pasan a ser vistas como una caricatura del género serio, o bien una hipertrofia pretenciosa que aburre[26]. Lo mismo pasa en el campo de la cultura popular con muchos tangos y boleros en los que sobreabundan la cursilería y las pasiones volcánicas tan exageradas que no pueden ser tomadas en serio en modo alguno y mueven a risa.

La cuestión sería, entonces, ser capaz de no perderse en tan distantes y abstractas lejanías y resistir la embriagadora tentación de aspirar a resolver definitivamente los problemas que acucian nuestros insomnios. En la hoy lejana época del florecimiento de la escuela kleiniana, era usual que muchos análisis se tornasen tremebundos y analistas y pacientes se perdían durante años en especulaciones sufridas y superpobladas de objetos persecutorios y proyecciones sin fin ni descanso. El análisis no es, a fin de cuentas, más que un espacio de juego[27] y como todo juego, tiene sus reglas y sus límites, aunque, para jugarlo bien, es necesarísimo tomarlo muy en serio y aprender pacientemente sus siempre intrincadas alternativas y combinaciones. El análisis no puede, en fin, ni dejar atrás la castración ni anular sus efectos, pero es bien capaz de conducirnos ante ella y proporcionarnos una invalorable y fugaz visita al oráculo que nos cambie siquiera un poco la vida. Por ello es que ha sido tantas veces asimilado a un viaje iniciático o un descenso a los infiernos; en definitiva, es una experiencia inquietante que no ha de ser confundida con la vida misma, pero que incide decisivamente en ella. Querer llevarlo hasta el final es malentender su sentido o significación, puesto que no se trata de situar al sujeto en un más allá de toda ley o restricción que constriña su deseo, ni menos aun de presentificar la muerte como destino último del humano, sino, más simplemente, de destrabar no pocos malentendidos, realizar ciertos duelos atascados o todavía no comenzados y alcanzar alguna reconciliación con el pasado que le permita a cada quien articular algún proyecto personal. Pedir más es no entender dónde está uno parado, aun cuando tampoco hay que conformarse con mucho menos.

Dos invenciones de Lacan y un poco de filosofía

Dijimos en nuestra introducción que es un lugar común citar a Lacan y decir que lo único que aportó a la teoría psicoanalítica fue el objeto a, a lo cual Assoun agrega lo que él llama el paradigma RSI[28]. Del a ya hemos hablado más arriba y del RSI podemos decir, teniendo en cuenta un cartesianismo más o menos básico, que ya existía. Según el fundador de la modernidad filosófica, tenemos por un lado el campo de las cosas materiales (res extensæ) localizado en lo que Freud denominaba mundo exterior (Aubenwelt) y, por el otro, están los espíritus (res cogitantes) en cuyo evanescente escenario interior -el campo de la representación y, si se quiere, el de la conciencia o el del psiquismo- encontramos imágenes y conceptos, íntimamente relacionados éstos últimos a la actividad lingüística. Tenemos, entonces, las cosas, cuyo ser nouménico se nos escapa[29], las imágenes, reproductibles al infinito, y los conceptos ligados al lenguaje. En un cartesiano como Spinoza encontramos asimismo la idea de que existe un paralelismo entre cosas y representaciones, condensado en la famosa fórmula acorde con la cual ordo idearum atque ordo rerum idem est[30], afirmación que lo condujo necesariamente a sostener un segundo paralelismo según el cual todo lo real es racional y todo lo racional es real[31]. En otros autores[32], empero, la relación entre cosas e ideas es problemática y se vuelve necesario invocar la acción de Dios para salvar el abismo que las separa[33]. En Kant, si bien hay una crítica a este recurso a Dios, se va a plantear la existencia de una facultad especial, la imaginación trascendental, cuyos esquematismos “exhiben” las categorías o conceptos puros a priori y pueden éstos relacionarse con las impresiones sensibles y así adquirir lo que Kant denomina “una referencia objetiva”.

Pero Lacan da un giro a este esquema básico heredado del cartesianismo y lo real se diferencia del noúmeno kantiano en que ahora es aquello que no puede ser simbolizado o representado, y cuya presencia -ésta es la otra novedad-  produce angustia u horror y desestabiliza la relación del sujeto con la realidad consensuada. Mientras lo real está “lleno de agujeros”, lo imaginario se presenta como un continuum armónico en el que nada parece faltar, en tanto lo simbólico tiene por cometido introducir ciertos cortes en dicha totalidad a fin de tornarla dialectizable o “elaborable”, cosa que Lacan asocia con la castración y la llamada función paterna. Para Lacan hay, pues, una disparidad, un desacople primordial entre la capacidad simbolizadora del sujeto y lo real, aun cuando afirme tantas veces que la maquinaria simbólica humana va paulatinamente procesando de alguna manera lo real y el saber es precisamente ese resto que va sedimentando merced a la actividad cognoscitiva de los sujetos[34]. Como se puede apreciar, si bien hay interacción entre lo simbólico y lo real, Lacan está lejos de suscribir la tesis de que todo lo real es racional y todo lo racional es real.

Hay, entonces, un hiato, una grieta (béance) que separa lo real de sus posibles simbolizaciones, o bien, una insuficiencia de la maquinaria simbólica en la manipulación o en la constitución misma de sus representaciones. El interés del psicoanálisis en la filosofía crítica kantiana reside fundamentalmente en que ésta intenta describir en detalle cómo y bajo qué condiciones funciona ese aparato simbólico que Kant denomina sujeto trascendental. El filósofo de Königsberg concibe este sujeto en términos de pensamiento[35] y, según sus fórmulas, pensar es juzgar, esto es, operar con conceptos atribuyendo un predicado a un sujeto, de allí que toda la lógica trascendental gire sobre el eje de las diferentes maneras en que sujeto y predicado pueden ser enlazados en un juicio[36]. Si bien es cierto que juzgar es una actividad esencialmente lingüística, falta en Kant una verdadera filosofía del lenguaje, que sí está presente, por el contrario, en los autores sajones ligados al empirismo, desde Hobbes en adelante. Para ellos, además de imágenes y objetos, hay en la mente signos que los mientan[37]. Para Freud, y mucho más para Lacan, el sujeto se sirve de los signos pero, cuanto más se profundiza en esta dirección, se aprecia progresivamente en qué gran medida la situación se invierte y el sujeto mismo se muestra como alienado en los signos y manipulado por ellos hasta el punto de llegar a concebir al propio sujeto como un efecto, quizá indeseable, de dichos signos. Aparece en Lacan la noción de un Otro, al que muchas veces llama “tesoro del significante”, con el cual el sujeto se relaciona, por lo regular en forma indirecta[38], aun cuando pueda encarnarse transitoriamente en sujetos particulares[39]. Apuntemos también que la Postmodernidad ha puesto en cuestión la existencia misma del sujeto. Desde el campo literario se ha atacado la noción de autor y la crítica especializada prefiere apartarse de la manera tradicional de entender una obra en relación a la biografía circunstancial y contingente de su autor[40]. Se dice y se machaca que, puesto que nadie puede escapar espiritualmente a su siglo, vendría a ser éste quien se piensa hegelianamente a sí mismo a través de las personas individuales cuyas obras consideramos. Por su parte, el programa científico del estructuralismo de los ’60 -que tanto influyera en Lacan- incluía el abandono de la psicología centrada en la introspección que preponderaba todavía en la otra escuela importante de la época, la fenomenología. El tan mentado sujeto psicológico -al igual que el ὑποκείμενον aristotélico- no es otra cosa que una X, una incógnita a la que es lícito invocar, pero de cuya realidad podemos cuando menos tomar prudente distancia. Después de todo, bien puede haber acciones sin autores[41].

¿Qué es el lenguaje para el Psicoanálisis? ¿Se aproxima a él acaso del mismo modo que la Filosofía? Desde luego, lo que hoy llamamos filosofía del lenguaje es un esquivo tópico que debe ser rastreado pacientemente aquí y allá en los escritos de toda la tradición filosófica desde el Cratilo en adelante y es difícil concluir en alguna doctrina sencilla que concentradamente exponga qué es el lenguaje para la filosofía. Grosso modo, diremos que para Freud el lenguaje es ciertamente mucho más que un instrumento supuestamente útil a los fines de la comunicación: considerando los malentendidos casi como una regla, resulta claro que estamos como enredados en el lenguaje de muchos y extraños modos y que esos jeux-de-mots y similisonancias que están a la base de las interpretaciones que aclaran los síntomas y formaciones de compromiso que infestan la vida cotidiana, aunque inatendidos por la tradición académica, tienen para el Psicoanálisis una importancia (Bedeutung) soberana. Aun así, Freud procura cautamente permanecer en el campo de la subjetividad en el que lo Inconsciente es concebido todavía como un segundo sujeto que habita oculto en las profundidades del psiquismo y que se manifiesta oblicuamente por medio de mensajes cifrados. Lacan, por su parte, aparentemente harto de las cursilerías de la introspección, aspira a ir un paso más allá de la subjetividad y acaso de la humanidad misma y en ello se asemeja a Sade, quien, como vimos, ansiaba sobrepasar las estrecheces de la simple y pura Psicología egológica del XVIII y asumirse como un autómata indiferente y hasta desvitalizado, pero por fin liberado de la opresiva y ñoña moralidad burguesa que tanto apasionaba a Kant.

Otra vez el yo

El giro copernicano realizado por Descartes al que aludía Kant[42] supone nada menos que el pasaje del objetivismo antiguo, que culmina con la noción aristotélica de sustancia (οὐσία), al subjetivismo moderno. El ego es ahora el fundamento del ser fenoménico de las cosas y la Modernidad se aplica con ahínco a desentrañar cómo funciona esta auténtica maquinaria representativa. El yo es un acto radical que no remite a nada más que a sí mismo y ello se patentiza regularmente en los cuadros psicóticos en los que la autorreferencia es el rasgo cardinal. Lo que caracteriza como nada al yo es ese Yo pienso kantiano que se adhiere a todas mis representaciones, cosa que otros autores han teorizado como apercepción o autoconciencia. Kant distinguía entre el yo empírico, sujeto de la percepción, y un yo puro, sujeto de la apercepción[43]. Ésta última no consiste en una simple conciencia de un objeto, sino, más bien, en conciencia de estar considerando dicho objeto. Esta concepción unitaria del yo es carcomida por Freud al mostrar que la conciencia es una cualidad psíquica entre otras y no justamente la decisiva a la hora de comprender la conducta humana. Pero Freud sigue atado a la primacía del yo y la conciencia de sí que le es propia en la medida en que para él la consigna capital del psicoanálisis es “hacer consciente lo inconsciente”, fórmula que resume el cometido final del análisis. Alcanzar cierta conciencia de la propia neurosis y del infatigable mecanismo formador de síntomas es todo a lo que puede aspirar un paciente, una lucidez que le permita aceptar medianamente lo que la vida tiene de pesaroso o mediocre. En este punto, se asemeja Freud al materialismo marxista coetáneo suyo, que apuntaba a que cada cual pudiese tomar noticia o conciencia de sus prejuicios pequeñoburgueses. Esta cuestión de la importancia central de la “toma de conciencia” es luego increpada por Lacan y sus seguidores, para quienes la eficacia terapéutica del psicoanálisis no depende de dicho pasaje por la conciencia o de lo que se teorizaba otrora como insight (Einsicht). Dado que ese “darse cuenta”, especie de iluminación a veces súbita del paciente acerca de algún punto importante de su vida, es invariablemente engañoso -como toda comprensión o conocimiento de sí[44]-, queda por saberse cómo es que cura el análisis, si es que cura.

Lacan se sitúa como un pensador que pertenece a la Postmodernidad y lo que caracteriza a ésta es, como ya dijimos, el abandono -quizá superación, que es mala palabra ahora- del subjetivismo moderno dominado por la noción de un yo como eje de la vida anímica toda. Si el objeto era una construcción del sujeto, éste, a su turno, resulta ser un efecto del lenguaje. El sujeto[45], si es que se nos permite hablar de él, “está hecho de palabras”, está constituido desde y por el lenguaje. Cuando digo que soy Fulano de Tal, me asumo como un nombre propio, una palabra por la cual puedo ser convocado, amado, perseguido o despedido. Pero palabra encarnada, lo cual lleva al problema no menor de teorizar esa intrincada relación de todo sujeto con un cuerpo[46]. En Psicosis de Hitchcock, por dar un ejemplo, el problema de Norman Bates, nombre del protagonista del film, es que la madre asesinada no termina de desaparecer y perdura como una voz que requiere de un cuerpo en el cual encarnar, y que cada cierto tiempo usufructúa intrusivamente del suyo. Por otra parte, tener voz o palabra solemne, eso que los latinos denominaban fides, es lo propio del sujeto humano y de tal modo se confunden el yo cartesiano y el sujeto como sujeto capaz de empeñar su palabra. Para Lacan, el yo está del lado de lo imaginario -por la completitud que supone tener- y el sujeto en tanto sujeto de deseo está del lado de lo simbólico y con ello divide las aguas que estaban confundidas en Freud. No se trata de reforzar imaginariamente al yo, al que en principio nada le falta, sino de permitirle al sujeto expresarse (desear) y, para poder desear, es necesario pasar por la castración, perder algún objeto que deje al sujeto en posición de carente.

Con todo lo llevamos dicho acerca del yo, queremos poner en perspectiva el intento lacaniano de concebir un psicoanálisis centrado en la noción de sujeto y simultáneamente expurgado de toda referencia al yo, objeto privilegiado de las distintas psicologías y de las psicoterapias derivadas de ellas. Quizá haya llegado la hora “de hacer un hueco para el yo” y sus dramas, tal como Kant planteara respecto de la fe, y ocuparse siquiera un poco de él. No hay sujeto sin yo, como no hay Inconsciente sin conciencia, yo sin ello, etc.

Final: el archianálisis y su paradoja

Vamos a considerar ahora una paradoja del psicoanálisis que se agudiza sobremanera en el empíreo lacaniano: la dificultad en resistir la tentación de ser demasiado inteligentes. Claro está que los analistas en general solemos ser la mar de inteligentes, y también resulta poco menos que evidente que cuando alguien es demasiado inteligente, es casi seguro que recaerá a su pesar en la tontería más supina, a menos que se las ingenie mediante alguna engañifa para que otro ocupe el lugar del tonto. En nuestro caso, ser demasiado inteligente consiste en convertir un vulgar análisis en un archianálisis, neologismo un tanto irónico que homenajea a un conocido pintor, Archimboldo[47], quien desarrolló una manera muy original de pintar retratos. En ellos, el artista representaba una colección de hortalizas, frutos y vegetales diversos dispuestos de tal modo que, en dicha nature norte, se dejaba ver un rostro humano, en el cual, por ejemplo, la nariz era una zanahoria, los ojos uvas, el mentón una papa, etc., y así, pintando una cosa (hortalizas, etc.), pintaba otra (un retrato alegórico de las estaciones del año). De igual manera procede el analista, sea éste freudiano, kleiniano o lacaniano y, en esta misma dirección, el propio J-A. Miller declara que la curación se da por añadidura. Haciendo su trabajo -tema éste problemático, como vimos-, el analista hace, sin saberlo a ciencia cierta, otra cosa: produce, digámoslo así, la cura.

Esto significa que el analista ha de ocuparse de conducir el análisis como mejor crea -es decir, con o desde alguna estrategia o convicción teórica[48]– y al mismo tiempo tener en cuenta que, haga lo que haga, terminará indefectiblemente por comportarse como un pobre tipo que hace otra cosa que la que cree estar haciendo. A lo sumo, Freud concede que, si el analista tiene algún interés en ello, puede, una vez terminado el análisis, hacer lo que él llamaba una síntesis de lo ocurrido durante la cura. Pero, lamentablemente, no se puede confeccionar dicha síntesis durante el análisis[49]. Ése es el problema, el límite a nuestra inteligencia y sólo nos resta confiar en poseer cierto grado, variable según cada caso, de sagacidad, valiosa cualidad que Lacan reconoce a regañadientes a su vilipendiado Otto Fenichel[50]. ¿Qué es la sagacidad? La etimología nos lo revela: es tener buen olfato y, metafóricamente, usar la experiencia y ser capaz de seguir una pista y tomar decisiones cuando uno no dispone de mucha información o se encuentra en medio de alguna urgencia. Se es sagaz por puro pálpito, antes de cualquier concepto, pero con un cierto margen de seguridad de estar procediendo correctamente. Desde luego, un punto difícil de teorizar y que no funciona mecánica sino intuitivamente recién cuando uno adquiere eso que suele llamarse oficio.

Algunos lacanianos, los más audaces, dan o pretenden dar la impresión de saber qué están haciendo con exactitud a cada paso, especialmente aquellos que analizan con sesión breve, la cual requiere que el analista produzca un corte que la dé por finalizada, en general por medio de una intervención que deja algo confuso al analizante y le proporciona cierta materia para la reflexión durante el intervalo entre una sesión y la siguiente. Esa intervención que corta la sesión siempre es presentada como un producto del ingenio o talento del analista en detectar algún juego del significante o alguna cosa más misteriosa aun e imposible de extraer de alguna enseñanza. En definitiva, un arte oscuramente trasmisible.

Así, pues, hemos de aceptar con desgano que no sabemos cumplidamente lo que hacemos y que, a lo sumo, podremos darnos una idea de ello una vez que las cosas hayan finalizado…. ¡en un impasse! Semejante lote de limitaciones sólo puede estar bien para un tonto sin pretensiones, rara avis que no abunda en el mundillo psi.

Pero afortunadamente, el vulgo es, en fin, obtuso y ramplón, y todos ellos, Marat, Sade, Freud, Lacan y el distinguido club de los filósofos, en el fondo de sus corazones, detestan esa vulgaridad, esa cortedad de miras, esa mezquindad hecha de cálculos miopes, interesados y simplistas, esa grosería y falta de aprecio por las delicadas filigranas de la dialéctica. El populacho, los muchos, la gente común y corriente que vive alrededor, que vota sólo para poder despotricar luego, y hasta en ocasiones pide análisis, no quiere ni se plantea la revolución o la autonomía de la voluntad, ni el atravesamiento del fantasma: esas no son más que paparruchadas que le sorben el seso a un grupúsculo de preciosistas e infatuados que se creen intérpretes de la historia, del pueblo o de alguna otra cosa con mayúscula. Esto sí hay que admitirles: sus intrincadas teorizaciones entretienen el tedio pampeano, ofrecen un objeto al deconstructivista spleen porteño y aportan su cuota de snobismo a las almas perdidas de Recoleta.

Apéndice

La crítica lacaniana a la técnica freudiana

Es conocido por todos el abandono de los analistas lacanianos de la técnica clásica descripta por Freud en sus escritos técnicos a favor de una sesión breve, en ocasiones brevísima, la cual es “cortada” por el analista por medio de una intervención magistral que deja pensativo al analizante, forzado a elaborar como pueda lo que ha recibido. Esto parecía enderezarse a los pacientes obsesivos que aprovechaban la invitación a hablar para despacharse a sus anchas con extensas y fatigantes lucubraciones. Los analistas freudianos ya habían visto que el método clásico favorecía la resistencia de este tipo de pacientes, y por ello es que el encuadre debía ser modificado de alguna manera, sin que se alcanzase un acuerdo general en cómo dicha modificación podía ser plasmada. Lacan comenzó proponiendo practicar un corte más o menos abrupto a la interminable asociación del analizante. Para algunos, dicho corte es visto como una interrupción sorpresiva, que viene a sustituir a la interrupción ritualizada de la técnica clásica, y que se presenta como una manifestación algo tardía de la postmoderna cultura de lo instantáneo. Ya no más análisis cuya duración se extienda por años y años: llegó el tiempo de la sesión breve y, por si ello fuera poco, eficaz.

Esta práctica del corte de la sesión tuvo un sinfín de críticas desde el campo no lacaniano, tales como que no le daba tiempo al Inconsciente para desarrollar la transferencia y metamorfosearla luego en contratransferencia, que no da tiempo para interpretar la transferencia y que, más aun, sería un acting out del analista, puesto que el actuar (Agieren) debe por fuerza quedar fuera del análisis. En síntesis, se lo ve como un intento de acortamiento (Verkürzung) de la sesión cuando no del análisis mismo, tema éste muy presente en Freud, quien solía criticar amargamente toda simplificación o reducción del famoso Arbeit analítico. En clave lacaniana, en cambio, se le critica que, como toda intervención intempestiva, el corte rompe con el pacto simbólico y el fin de la sesión queda librado al arbitrio de uno solo, el analista. A ello podría oponerse que la libertad de la cual se trata en un análisis no es la libertad de palabra sino la de desear. Y así ad nauseam.

Algunos autores más recientes justifican el corte de la sesión aduciendo que es el corte lo que, après coup, produce la sesión. Así, ésta vendría a ser un efecto retrospectivo del corte mismo, que instituye de algún modo la sesión, sustituyendo a la Regla fundamental otrora enunciada por Freud. Instituye, sustituye y, ya que estamos, destituye, cerrando el paronomástico círculo del análisis. Y se presenta todo el conjunto como una muestra de isomorfo respeto a la escansión de lo Inconsciente, argumento gratuitamente verosímil que excede toda comprobación.

De tal modo, la técnica lacaniana del corte -que quizá no sea aceptada como técnica- suprime y realiza a un tiempo el legado técnico de Freud y el lector no sabe con cuál parte del mensaje quedarse. La perplejidad es, a fin de cuentas, el umbral de la filosofía, su via regia, y eso no está para nada mal.


[1] Véase el Seminario IV, en el que autores conspicuos de la época son citados in extenso y criticados.

[2] En el Seminario VIII sobre la transferencia, Lacan habla de ἄγαλμα en su comentario al Banquete de Platón y, a renglón seguido, en la segunda mitad del Seminario, se refiere extensamente al objeto parcial.

[3] Algo semejante ocurrió con Freud y el Edipo, que fue incorporado a la teoría recién en 1910 pero que fue luego incluido en las reediciones de obras anteriores a dicha fecha, de modo tal que daba la impresión de que Freud lo había “descubierto” casi al comienzo de sus investigaciones.

[4] Puntualizo: le atribuyo al “lacanismo” lo que en verdad es un desarrollo de J-A Miller, a saber, la idea de la fatalidad del síntoma y la adecuación a él. Al cerrar su escuela, Lacan deslizó que con ello había producido la disolución (Lösung) de su síntoma.

[5] Véase Análisis terminable interminable.

[6] Recuérdese que en castellano masculinizamos el término francés impasse.

[7] Lacan propone un juego de palabras al decir que el conocimiento de sí (me-connaisance) es un desconocimiento (mé-connaisance), esto es, desconocimiento de las determinaciones simbólicas de la subjetividad.

[8] Cuenta Roudinesco en su conocida biografía de Lacan que algunos de sus pacientes se reunían en un café cercano, Aux deux magots, y allí intercambiaban opiniones sobre lo que les había dicho a cada uno el Maestro, es decir, trabajaban.

[9] La obra, en realidad, se intitula Marat/Sade y se representa en el Teatro San Martín, bajo la dirección de Villanueva Cosse y con Lorenzo Quinteros encabezando el elenco. Aquí remedamos humorísticamente el Kant con Sade de Lacan.

[10] En nuestra época, reaparece el tema de la desaparición del hombre (G. Stock, D. Haraway) a causa de la biogenética y la tecnología y nuestra progresiva transformación en cybogs.

[11] El avispado lector seguramente adivinó al instante lo que estamos sugiriendo: al llevar Lacan la teoría psicoanalítica hasta el final, el psicoanálisis mismo no puede más que desaparecer, acto que simbólicamente efectuó al cerrar y disolver su escuela poco antes de morir. Dicho cierre vendría a representar el acta de defunción del psicoanálisis, por lo menos del tributario de la enseñanza del maestro francés.

[12] En otro contexto, Sade plantea ir más allá de la Cultura y el modo de trascenderla es, precisamente, el crimen.

[13] Ver La filosofía en el tocador, Ed. Letras Universales, Buenos Aires, p. 74.

[14] Es una pequeña cita de un artículo de Alejandro Bonvecchi y Marcos Novaro intitulado La derrota de la voluntad aparecido en La Nación el 14 de julio de 2009. Los autores critican a Marat -y al kirchnerismo- la idea de que “hacer política sería ofrecer al mundo las virtudes políticas de quienes militan”.

[15] L’ami du peuple era el nombre de un diario extremista que dirigía Marat y, de allí, su propio apelativo.

[16] En otro lugar hemos comentado un brillante pasaje del Seminario VII sobre La Ética en que Lacan habla de los intelectuales de izquierda, bufones que suponen decir la verdadera verdad, y los de derecha, canallas que defienden a sabiendas injustos privilegios.

[17] Véase nuestro artículo El problema de la Libertad (2008).

[18] Ver en el Lexikon kantiano de R. Eyssler los artículos correspondientes.

[19] Se deduce que el Akt es una especie del género Handlung.

[20] Ovidio, Metam., III, 231. Traduzco: “Las palabras faltan en el ánimo, el éter resuena con ladridos”. El poeta se refiere a los perros de Acteón, que despedazan a su dueño. Yo no.

[21] Ya en Dora (1905) aparece la idea de que ese análisis era apenas fragmentario.

[22] Tolerante si hay un poco de generosidad; muchas veces esa mirada es torva, agresiva, etc.

[23] Literalmente, textos “dejados de lado”, esto es, que no son vistos por la tradición filosófica como los textos medulares de un autor reconocido, por ejemplo, El arte del buen vivir de A. Schopenhauer.

[24] Véase el artículo Testimonios del film de Carlos Faig en Imago Agenda Nro. 136, 2009, en donde finaliza diciendo que “la teoría tiene por objeto el fin del análisis y no el pase. Este último no es más que un dispositivo. Por tanto, no puede ser “falso”. Se abre a una suerte de encuesta universal y sólo queda juzgarlo por sus resultados. La crítica debe focalizarse, pues, en lo que hay de incorrecto en la teoría del final del análisis que propone Lacan.” (p 61).

[25] Ver nota 9.

[26] Véase nuestro artículo El humor como defensa, en el que comentamos el texto de Freud (El Humor) y examinamos el efecto de corte que tienen las intervenciones humorísticas.

[27] Autores como Maud Mannoni y Winnicott han reconocido y teorizado ampliamente acerca de la importancia de lo lúdico.

[28] Me refiero -de memoria, me temo- a una conferencia que Assoun dio en Buenos Aires hace ya unos cuantos años y a la que tuve el gusto de asistir.

[29] Expresión kantiana que se refiere a las cosas en sí mismas (noúmenos) y las distingue de las cosas en tanto se presentan ante un sujeto y éste se las representa (fenómenos).

[30] El orden de las ideas y el orden de las cosas es el mismo. Afirmación que puede rastrearse hasta el inaugural poema de Parménides. Vide infra.

[31] Tesis retomada más adelante por Hegel.

[32] Me refiero a Berkeley, los ocasionalistas como Malebranche, etc

[33] Véase nuestro libro Ciencia y sujeto en la Modernidad, Ed, Salerno, 1997.

[34] Un ejemplo de lo dicho lo constituye el SIDA, que en un principio se presentó como un real y fue imaginado como un castigo divino a la homosexualidad masculina, más tarde pudo comprenderse el mecanismo de acción del virus, sus formas de contagio, etc., hasta que finalmente aparecieron antivirales eficaces para enfrentar la epidemia. Operó la maquinaria simbólica y del terror inicial se pudo pasar a una acción eficaz. 

[35] En su primera Crítica, Kant declara que el Yo pienso cartesiano – una variante de lo que la psicología tradicional denomina apercepción- “debe poder acompañar todas mis representaciones” y por ello es que las reconozco como mías. Vide infra.

[36] Efectivamente, Kant deducirá la lista de las categorías o conceptos puros a priori de la tabla de los juicios que la Lógica aristotélica había establecido y en la que Kant introducirá algunas modificaciones.

[37] La lingüística a partir de de Saussure concibe el lenguaje a partir de la noción de signo.

[38] Recuérdese el esquema l (lambda).

[39] Lacan dice  en algún lado que la madre se ve arrastrada a ocupar este lugar en los primeros años de vida.

[40] Este modo “clásico” de entender la crítica literaria fue iniciada por Sainte-Beuve (1804-1869) y se centraba especialmente en la intención literaria del autor y la correlacionaba con su biografía. Marcel Proust fue de los primeros en oponerse a este modo de ejercicio crítico y escribió justamente su Contre SainteBeuve.

[41] “Tanto crimen sin autor”, como reza irónicamente la canción de M. E. Walsh y puede leerse en las novelas del género llamado policial o del noir.

[42] Véase la Introducción de la Crítica de la Razón Pura.

[43] En su Lexicon kantiano, R. Eisler distingue entre un yo empirico, “en tant qu’objet du sense interne, en tant que Moi empirique, un phenomène au même titre que la chose extérieure” y un yo puro: ”il n’est pas une chose en soi, bien qu’il ne soit pas phenomène”. (P 573) Este Yo pienso o yo puro no es una cosa, “il n’est pas une substance simple ni une force, le Je signifie l’unité logique, trascendentale (conditionnant la connaissance) de la conscience, de l’aperception, une conscience pure qui accompagne ou doit pouvoir accompagner toute représentation, le foyer de la conscience auquel on peut rapporter tout acte représentatif”. (Ibidem)

[44] Sería propiamente lo que Lacan llama desconocimiento.

[45] Es pertinente dejar aclarado aquí que tenemos en cuenta, aunque dejamos de lado, la difícil distinción entre el yo y el sujeto. Véase nuestro artículo El sujeto y el yo, largo, un poco tedioso y que seguramente aporta bastante material a la confusión reinante. Véase también la nota anterior.

[46] Recuérdese a Freud señalando que el yo es un yo corporal.

[47] Giuseppe Archimboldo (1527-1593), pintor milanés célebre no por su vasta producción pictórica de temática religiosa sino por las representaciones manieristas de la figura humana.

[48] Freud, sin embargo, preconizaba una actitud absichtlos (sin intención) y Bion acuño la conocida fórmula según la cual el analista analiza “sin memoria ni deseo”, artefactos técnicos a tener en cuenta a pesar de la dificultad en precisar en qué consiste esa actitud laxa que se recomienda.

[49] Mucho menos antes, como planificación de una estrategia.

[50] Véase nuestro artículo Sobre las teorizaciones en psicoanálisis, publicado en algún Documenta laboris de la UK.

Juan José Ipar

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