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El problema del sujeto en la psicosis – Juan José Ipar

Photo by Alex Conchillos on Pexels.com

(vía studylib.es)*

¿Hay sujeto en la psicosis? Esta pregunta viene martillando nuestros oídos desde hace décadas quizá debido al hecho de que siempre es respondida en forma ambigua o poco clara y nunca terminan de ser despejadas las dudas e incógnitas que suscita. La psicosis no era una preocupación inicial de Freud quien sólo después de la Gran Guerra comienza a ocuparse de las «neurosis narcisistas» y más propiamente de las psicosis. En la perspectiva de la segunda Tópica (1923), teoriza que se trataría de un yo débil incapaz de contener las exigencias de un ello acaso demasiado fuerte constitucionalmente y que termina cediendo y construyendo un mundo (delirante) acorde con sus dictados. La distinción yo/sujeto no es clara en Freud. En Lacan, la situación es compleja debido a los múltiples desarrollos nunca armonizados entre sí en los que se ocupa del sujeto y del yo: tenemos la distinción entre je y moi, la cuestión del sujeto de la enunciación y sujeto del enunciado tomados de la gramática, el tema de la muerte del sujeto y otros muchos lugares en los que habla de la cuestión del sujeto y, más precisamente, de la del sujeto en las psicosis. Es asimismo relevante la distinción que hace Ronald Winnicott entre verdadero y falso self en relación a lo que podría llamarse la verdad del sujeto y su defensa.
En la clínica de los pacientes neuróticos ser un sujeto es ser un sujeto barrado, como si la presencia y eficacia de la barra fuese decisiva para su designación como tales. Algunos autores sajones –Laing y sus seguidores- hablaban de un yo parejamente dividido e incluso uno de sus textos más importantes lleva dicho título. Y también Freud habló en su segunda tópica de un yo consciente y de un yo inconsciente, aportando más confusión terminológica a la confusión conceptual. De cualquier modo, partamos del hecho básico de la división subjetiva y de la concepción del Inconsciente como estructurado y manifestándose según las formas canónicas que Freud estudia en la Traumdeutung y en Psicopatología de la vida cotidiana, eso que de forma general denominamos las formaciones del Inconsciente. Quedaría como pregunta si es lícito hablar de un sujeto no barrado, no sujetado a alguna figuración de la Ley. Existe, sí, la pretensión de algunos perversos con capacidades discursivas, que afirman en su misma persona la existencia de un Amo que no reprime sus deseos y que, por si fuera poco, se gloria de ser capaz de poner su yo al servicio del ello. Sade se pregunta por qué reprimir nuestros malos deseos: a sus ojos, lo mejor es, indudablemente, cumplirlos y usar luego la inteligencia para evadir el castigo. Pero el mentado Amo sadiano no es más que un sujeto que teme a la policía y gasta muchas de sus energías en perpetrar sus mecánicas atrocidades a salvo de las fuerzas del orden en recónditos escondrijos con una invariable estética de novela gótica. Además, Freud no deja de recalcar que también la represión actúa en los sujetos perversos desde que los fetichistas, por ejemplo, desconocen cuál es el valor de su fetiche.

Siguiendo este raciocinio de la falta de barra en la psicosis, los contenidos inconscientes estarían, por así decir, «a cielo abierto», en la superficie, y serían visibles con escasa o nula deformación defensiva lo que en las neurosis queda oculto. En el campo de la sexualidad, se dice que en las escenas perversas también se manifiestan «a cielo abierto» los contenidos de los ensueños diurnos de los neuróticos. Ambas afirmaciones son, cuando menos, dudosas: siempre hay defensa y, aún en la psicosis, la escisión y la proyección son mecanismos infaltables que impiden ver claramente qué es lo que está en juego, tal y como la escuela kleiniana resaltara tantas veces[1]. Empero, la conducta de los psicóticos permite decir que hay allí elementos «a cielo abierto»: sus acciones son erráticas y desprejuiciadas, esto es, poco atentas a la consideración ajena, y muchas veces son abiertamente perversas, cosa que contrasta con la escena clandestina de las verdaderas perversiones.

Lacan agrega dos temas clínicos en referencia al sujeto en la psicosis: la afánisis (…), literalmente, desaparición del sujeto, y el de la muerte del sujeto. La afánisis del sujeto se manifiesta cuando éste entra en contacto con lo que Lacan llama la Cosa materna, el «Otro prehistórico», cuya cercanía desestabiliza las relaciones del sujeto con la realidad consensuada (perplejidad, despersonalización, desrealización y síntomas llamados «negativos»). La muerte del sujeto aparece claramente en el Sindrome de Cotard, en el que el paciente declara que está muerto y es inmortal a un tiempo, que carece de vísceras, etc. o cuando Schreber, por ejemplo, asegura que ha leído en un periódico la noticia de su propia muerte o comenta que tiene órganos putrefactos y afirmaciones por el estilo. De cualquier modo, podría decirse sintéticamente que para Lacan lo que hace diagnóstico de psicosis es el hecho de que el lenguaje se desordene y aparezcan los neologismos. Cabe preguntarse qué pasa con los pacientes antes de su desbarrancamiento psicótico. Es un punto oscuro de la clínica teorizar correctamente eso que usualmente se llama personalidad prepsicótica, de la cual sabemos poco y recibimos información indirecta dado que es poco frecuente que los pacientes consulten antes de su brote.

El sujeto adviene tal, entonces por su relación con el lenguaje y es frecuente oír en nuestro medio la fórmula según la cual el psicótico se encuentra en el lenguaje pero fuera de discurso. Las producciones delirantes vendrían a ser, por tanto, un intento fallido de hacer discurso[2], aunque hay que reconocer que muchos discursos religiosos o pseudicientíficos, a los que Freud y tantos otros han comparado con los delirios, tuvieron cierto éxito y generaron relaciones intersubjetivas y multitud de subdiscursos entrelazados y congruentes unos con otros. El discurso tiene indudable importancia al posicionar al sujeto en la perspectiva de la intersubjetividad, puesto que, en su nervio, no es sino una alocución a un otro según las reglas de un Otro. Este Otro se vuelve especialmente omnipresente, opresivo y peligroso en la paranoia.
Otra característica relevante del sujeto psicótico es la pasividad: él está, quedamente, dice Lacan, «al lado de la madre». Es alternativamente observado, vigilado, perseguido o perjudicado, pero la acción siempre está del lado de «ellos», que envidian, escudriñan minucias y peroran en interminables comentarios condenatorios. Resulta ser, pues, un sujeto pasivo como el de la gramática opuesto al sujeto agente de la voz activa. Podría pensarse que esta pasividad es, de algún modo, una consecuencia más o menos alejada de la ineficacia o inexistencia de la barra. En términos de la Traumdeutung -un tanto antiguos- el polo motor se vería, por la ausencia de censura, abrumado por la intrusión del proceso primario en las estructuras próximas a la consciencia. No habría, entonces, acción eficaz o descarga propiamente tal y una notoria incapacidad para actuar sería el obligado resultado de todo ello. Desde luego, es necesario distinguir la pasividad psicótica de la Unfähigfkeit zu agieren de los neuróticos que Freud señalara en el Hombre de las ratas, cuando su neurosis se desencadena inmediatamente después de que la madre le anuncia la posibilidad de un casamiento ventajoso.

Decía Hegel que para el sujeto todo es objeto, el sujeto se hace representaciones y esa actividad representativa puede, paradójicamente, incluirlo en una autoimagen, tema éste también muy difícil de teorizar y con el que la tradición filosófica y psicológica se las arregló como pudo. La representación es siempre representación de objetos y cómo es que los demás son tan sujetos como nosotros es asimismo una cuestión muy difícil de teorizar y subsistirá siempre la sospecha leibniziana constatable en muchos delirios paranoides de que podría ser que estemos rodeados de autómatas que imitan la vida y nos engañan quizá para perdernos. La intersubjetividad es evidentemente problemática y Lacan la denostaba en relación al vínculo transferencial, que tiene apariencia de intersubjetivo pero que no debe ser confundido con una two bodies psychology[3]. El hecho es que los psicóticos no se acuadrillan, no hacen grupo, son segregados que no interactúan demasiado entre ellos. En su conocido San Genet, comediante y mártir, un irónico Sartre lo describe en forma memorable:

“Por suerte, existen en nuestra sociedad productos de desasimilación, desperdicios: niños abandonados, pobres, burgueses venidos a menos, un lumpenproletariat[4], arruinados de todas clases, en una palabra, todos los miserables[5]. Con éstos estamos tranquilos: no pueden agregarse a ningún grupo porque nadie los quiere; y como la soledad es su destino, tampoco tenemos que temer que se asocien entre ellos. Por eso, de una manera general, se les da preferencia.”

A esta ingente caterva, que aumenta con el correr de los años gracias al creciente desempleo internacional, se les da una extraña preferencia: sirven mejor que nadie para ubicar en ellos el Mal. Y, eventualmente, se los puede exterminar, puesto que cada uno de ellos es un alienus que carece de derechos. Pero han pasado 60 años desde que Sartre estigmatizara nuestro desinterés en estos desairados; hoy en día muchos de ellos se hacen notar y ocupan ruidosamente los espacios públicos y construyen lenta pero incesantemente una identidad por ahora pobretona pero suficiente como para crear alguna solidaridad entre sus miembros. Los piqueteros, los gays, travestis y lesbianas y otros subgrupos incipientes inundan los media con sus historias de vida y sus reivindicaciones. Por así decir, han entrado en alguna dialéctica o transferencia y rechazan esa encarnación viviente del Mal a la que Sartre los veía condenados. Afortunadamente, ya no estamos más tranquilos: estos miserables se han transformado en actores sociales cuya presencia novedosa es vista, por ahora, como peligrosa y potencialmente explosiva. Es muy posible que el surgimiento de esta nueva “clase” de sujetos inclasificables y poco sujetados sea el fenómeno social más relevante de los tiempos presentes y por venir. Acaso sea una consecuencia necesaria e inevitable de la caída del padre o de la radicalización del individualismo burgués, que resiste los encasillamientos y busca continuamente escapar a las limitaciones del concepto, o bien, podría tratarse de una secuela del fracaso de la democracia burguesa en extender y asegurar a todos los beneficios de la racionalidad y la civilización. Muchas otras razones verosímiles o meramente felices pueden ser invocadas y ello queda como ejercicio para el improbable lector. La desmanicomialización en curso, como ha sido nominada, podría y debería ser seguida de una progresiva integración de los psicóticos en la trama social, merced a la tolerancia cada vez mayor ante lo diferente y extraño.

Notas

1 Por tanto, es necesario someter a interpretación el material aportado por los pacientes psicóticos, lo mismo que en el caso de los neuróticos

2 El tema lacaniano de la holofrase va en esta dirección: no hay intervalo entre los significantes en el cual el sujeto pueda advenir, dada la inexistencia de un significante que lo miente.

3 Véanse las primeras páginas del Seminario VIII, en las que dice que la transferencia es una situación presunta, que en realidad no es una situación y que si lo fuese sería una falsa situación. Aquí situación, afín al inglés situation (problema) alude a la intersubjetividad.

4 En alemán en el original, se refiere a un híbrido entre lo lumpen y lo proletario en K. Marx.

5 Aquí se refiere, obviamente, a los personajes homónimos de la novela de Victor Hugo.

Juan José Ipar

Publicado anteriormente en: *studylib.es/doc/131232/b–juan-jos%C3%A9-ipar

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