Diversidad – Juan José Ipar

2019/20

Miscelánea. Expensive lashes

Inquietísima, la cámara ingresa subrepticiamente en un pequeño camarín de un canal de televisión y sorprende, entre risas y apurones, a un sujeto en tren de maquillarse y convertirse en una esplendorosa drag queen. La cuestión es que llega el turno de colocarse las prominentes pestañas postizas y, como de paso, comenta que son caras. Esto nos llama la atención. Ahora ya hemos dejado definitivamente atrás la época en la que, tímidos, algunos vaporosos varones daban a entender con torpes balbuceos que eran gays, o los tiempos en los que  pugnaban por un reconocimiento social inicialmente algo renuente. Un poco después, en los ’90, aparecieron como de la nada los travestis, por entonces confinados en los shows de Hidrógeno, y unos pocos años después, advino el aluvión orgulloso de las llamadas sexualidades alternativas, en feroz competencia entre ellas por ver cuál se lleva la palma de ser la más extrema, estrafalaria o transgresora. La cámara mediática progresa en paralelo y el foco se centra no ya en el proscenio teatral o televisivo, sino en el back stage, las bambalinas, y la carestía de las pestañas postizas alcanza a convertirse fugazmente en un tópico. Entramos en confianza, estamos en familia: se dejan ver en calzones. Han triunfado, han llegado para quedarse, anche para reinar y, cupos mediante, tal vez gobernar.

Si se impusiese la moda de usar pestañas postizas para todos/as/es, incluso para niños pequeños y ancianos, ello redundaría eventualmente en una disparada de compras y hasta en una espiral creciente en los precios de las mismas. Sería funcional al capitalismo, tal como tempranamente lo presentara la famosa Fábula de las abejas de Mandeville, publicada hacia 1705 y muy anterior a la paradoja de la frugalidad de J. M. Keynes de los ‘30. De acuerdo con ambas ficciones teóricas, la austeridad y el ahorro no son buenos para la economía, pues frenan el consumo y, por ende, la producción de bienes tendería ineluctablemente a decaer, junto con las ganancias de tirios y troyanos. Desde hace un buen rato, la sexualidad se ha puesto al servicio de la industria y, en su nombre y beneficio, reclama más y más objetos, cuanto más velozmente descartables mejor. Y si son biodegradables, ignífugos, hidropónicos o vegano-sustentables, mucho mejor. Una vez consumidos, los objetos son vueltos a utilizar como abono: el capitalismo se alimenta vorazmente de sus propias heces. Irónicamente, podemos decir que los desperdicios no son desperdiciados. Hemos retrogradado al igualitario imperio de la analidad, en el que tornan a enseñorear las viejas perversiones, hoy idealizadas y recomendadas como nueva normalidad. Y en buena hora: en su versión neurótica tradicional, el goce fálico resultaba perturbado y algo fallido, justamente debido a que, para mantener a raya al Otro, debía pagarse un alto precio, a saber, el de la represión de las movedizas pulsiones en un grado bastante variable pero siempre significativo. En el otro extremo del arco psicopatológico, en el de las psicosis, las cosas no funcionan mejor, dado que el Otro invade intrusivamente el campo del sujeto sin que intervenga el auxilio mediador del lenguaje. In medio veritas? Pero no es pura analidad, la pulsión escópica es muy importante: mostrarse, ser visto, advenir pura imagen inconsistente y rauda, eso es lo que se busca con inusitado afán. Es por ello que las pestañas son decisivas en este nuevo mundo: le dan relieve o profundidad a la mirada, según convenga, la vuelven sugestiva.

Además, detalle no menor, ponerse pestañas postizas no es tan fácil como parece y hace falta una habilidad que demanda años de práctica. “Producirse” para representar una drag queen lleva horas de preparación. Como las etéreas geishas japonesas, estas flamantes soberanas deben lucir atuendos complejos y un tanto torturantes, pesados pelucones, tacones mortificantes y brillos enceguecedores. Queda en pie el dicho francés acorde con el cual il faut souffrir pour être belle. Ser una drag, entonces, supone una dedicación especial que insume mucho tiempo y dinero y hasta una considerable cuota de incomodidad. Por si fuera poco, deben aprender a bailar, a moverse en un escenario y aun memorizar parlamentos que resulten graciosos. Toda una sacrificada impostación a la que se ofrenda la vida misma, a pesar de presentarse como una liberación de delicias antaño escondidas. Como sea, según una asesora de imagen que se publicita en TV, “podemos crear una nueva dinámica de autenticidad y sanar desde la imagen”. Así de simple. Para completar el cuadro, la tecnología corre en auxilio de las asesoradas y aparecen como por encanto las pestañas magnéticas, con un diminuto imán en su base, las cuales tienen algunas ventajas sobre las tradicionales, como, por ejemplo, no tener necesidad de emplear pegamento, que daña el párpado con el uso frecuente.

Nota etimológica y berenjenal clasificatorio

Diversitas viene obviamente de diversus, que quiere decir “que va para otro lado”, “que va para direcciones opuestas”, “que se oponen unos a otros” y, en fin, diverso. No se sabe bien para dónde va y connota fragmentariedad y pluralidad. Se opone a universus, “todo entero”, “conjunto” y que implica, como su abstracto universitas, totalidad y unicidad. La oposición diversus/universus se correspondería con el hoy detestado sistema binario de oposiciones, supuestamente estudiado y criticado por Derrida, y que consagra un término como valioso y el restante como disvalioso. Así, de manera general, sería buena la universitas, ya desde el Medioevo cristiano, y mala la diversitas, aunque, por dar un único ejemplo, la variedad de especies biológicas es preferible para los ecosistemas. Habría que ver en qué contextos se piensa la oposición binaria, pues el acento podría variar según ellos.

Por otra parte, las oposiciones se contraponen y superponen, por decir lo menos, y, por ejemplo, tendríamos que bello se opone básicamente a feo, su “opuesto”, pero también se nos ocurre el contraste bello/bonito, el de bello/bellísimo o el de bello/útil y aun el kantiano bello/sublime. Lo binario será binario pero es complejo, como se puede apreciar. El improbable lector podría agregar alguna oposición de su cosecha. En el campo de la sexualidad o de la identidad genérica, como se dice ahora, encontramos las trilladas oposiciones heterosexual/homosexual o gay/lesbiana, según el género al que adscriba el homosexual, y también la de bisexual/monosexual, si se nos permite el neologismo, de acuerdo con la/s preferencia/s de cada cual. Pero tanto monosexual como bisexual entrarían en contraste con sexualidad fluida, que va y viene entre todas las opciones que el espectro sexual puede ofrecer y que parece ser el dernier cri en la materia. Travesti se opone a transexual, en el sentido de la identidad genérica a la que adscriben y en la necesidad de una cirugía de reasignación sexual. En otro lugar, consideramos el mundo pequeño y multifacético de los llamados osos: hay osos machotes y motoqueros, con bandana, sun glasses, tattoos y ropa de cuero con tachas, mientras otros son como tías modosas y regordetas, de las que usan mañanitas y toman el five o’clock tea con scons. Y están los cazadores, que son delgados y gustan de los osos, quién sabe por qué. Luego, vienen los chubbies, que también son gorditos, pero lampiños, y tienen un mercado de admiradores restringido pero constatable. Nos hace falta un nuevo Linneo con paciencia y estómago, aunque esta proliferación de oposiciones no pueda seguramente reunirse en una clasificación sistemática que los abarque a todos: eso ya lo sufrió Kraft-Ebing. Lo vimos en otra parte: la sexualidad -la actual y posiblemente la de siempre- es freacky, anómala y variopinta. Decía Freddie Mercury que no quería que le pusieran etiquetas e hizo de todo para confundir al público y a la prensa acerca de sí mismo, de sus preferencias, de sus anhelos. La cosa es que el pobre Freddie terminó él mismo enredado en su elusiva índole. Lo diverso es, pues, lo que resiste ceñirse a las estrecheces y fijezas del concepto y permanece tras una escondedora nube de purpurina. Lo femenino gusta de ocultarse y mostrarse alternativamente, desconcertando siempre. Antes, buscaban deslumbrar, hoy despistar, impedir el encasillamiento conceptual. Deberíamos hablar de desorientación sexual: todo el mundo quiere ser único y ése debe ser el modo contemporáneo de escapar a la fatalidad de la castración. El nuevo ideal viene a ser un sujeto no marcado, exento de las odiosas fijaciones (Fixierungen) que estudiara Freud en sus pacientes, y que transcurre libre y camaleónicamente.

Deconstruyendo restos

Escuchamos desde hace añares afirmar que la identidad se construye y que es un trabajoso proceso que atraviesa la infancia y la juventud, pleno de incidentes que modifican al sujeto de variadas e impredecibles maneras. Hemos crecido ligados al acaso del trauma, que se nos revela tardíamente en un Nachträglich y un llamado fantasma fundamental opera como cliché básico de nuestro erotismo. Este esquema al que hacemos apretada referencia y que constituyó el nervio de los desarrollos teóricos del psicoanálisis desde hace más de un siglo, ha periclitado de muchos modos: la globalización ha producido una amalgama cultural de elementos dispares y confusos. Tenemos ahora una cantidad de Otros jumping about, que se manifiestan à l’unison y el resultado es que las personas exhiben sin grandes tapujos una cantidad de rasgos considerados hasta ahora incompatibles entre sí[1]. Por su parte, la ciencia ha posibilitado una manipulación del cuerpo biológico hasta límites que exceden lo concebible y que, previsiblemente, seguirá su curso ascendente[2]. Todo ello pide una tolerancia más que volteriana. Hemos de aprender a convivir con personas cuya sexualidad o género es una mescolanza leibnizianamente indiscernible[3] en la práctica. Lo que interesa ahora es quién se es, no importa tanto la elección de objeto, cuya contingencia desvelara a Freud y los suyos, o la relación de objeto, concepto central del modo kleiniano de entender la clínica. La Postmodernidad glorifica al sujeto y los habitantes de estos cuerpos sinuosos y quirúrgicos se dirigen a una incierta mirada: su objetivo es ser vistos, quizá deseados, aunque esto último es poco claro. Esse percipi, como decía Berkeley. Y era nada menos que Dios el espectador ante el cual se esmeraba el mundo entero. Ahora es una cámara, un ojo dudoso y efímero que no está en condiciones de asegurar gran cosa. El monótono acting ante esos Otros se ritualiza y acapara la escena. El desear mismo es puesto en duda: es bueno ser deseado, porque eleva la autoestima, pero, correlativamente, es malo desear, porque estimula la posesividad y nadie quiere ser el objeto de ningún otro.

En consonancia, se escucha por todas partes cosas tales como que el patriarcado -pacato, autoritario y discriminador- debe ser deconstruido en nuestro interior, como si se tratase de una ideología dominante que todo lo impregna. Tenemos que renunciar, deshacernos o abjurar de él como si fuese una peste imposible de desalojar de nuestro interior. Inextirpable y exasperante, hay que admitir que se mantiene vivo en nosotros merced a un goce secreto e inconfesable, que aquí no desnudaremos[4]. Acostumbramos a decir que los femicidios y abusos denunciados en los media son resabios del machismo residual y nos resistimos a aceptarlos como producciones propias de nuestra época. De tal modo, la concepción del execrable patriarcado se ha vuelto inesperadamente un cruel espejo de nuestra índole: puro egoísmo y violencia. Recordamos nuevamente a Borges cuando prevenía: tenga Ud. cuidado cuando elija un enemigo: fatalmente terminará Ud. pareciéndose a él. Condenándolo, no hacemos sino reproducirlo y multiplicarlo, como le pasaba a Hércules con la fastidiosa hidra de Lerna[5]. Para colmo de males, no se trata del patriarcado propio de la llamada sociedad tradicional, sino del patriarcado victoriano, con un Padre que, como decía Lacan, era la imagen viva de la renuncia (Verzicht)[6]. Y hablamos de renuncia libidinal, la más difícil. En suma, creamos un estereotipo falseado del cual debemos desdecirnos. ¿Cómo podría ser hecho tal prodigio? Sería como curarse de una enfermedad meramente fantaseada. Y, puesto que ya nadie busca detenerse a anoticiarse de lo que le aqueja, hemos de encomendarnos con resignación a los buenos oficios de algún placebo mirífico, sin posibilidad alguna de evadir la cortedad e intolerancia de la corrección política.

La fase fálica consagraba la oposición binaria fálico/castrado y generaba el mandamiento de que “la mujer ha de buscar el falo que ha perdido en un hombre, por el ambiguo hecho de que éste posee un pene y puede menearlo ante ella, como si se tratase de un falo”. En síntesis, un quid pro quo funda la heteronormatividad y, merced a él, como decía Freud, la anatomía debe tornarse un destino, esto es, en un punto de referencia al que ha de arribarse, la heterosexualidad “normal”. Así, pues, toda la ordenación sexual falocéntrica se funda en un malentendido: más lacaniano, imposible. Por ello, ha sido y es verdaderamente un éxito. Pasa un muchacho de barrio algo guarro y suelta: “Deconstruime ésta”. Y, dado que es posible añadir la cuestión de ser/tener el falo, podemos estar ciertos de encontrarnos en un laberíntico imbroglio del que no terminaremos nunca de salir. No pronto, al menos.

Un problema importante surge cuando estas sexualidades o identidades de género nuevas buscan legitimarse: deben discurrir, esto es, armar un discurso bajo el cual ampararse y desde el cual reclamar. Lamentablemente, carecen de la imaginación suficiente como para exceder el incómodo papel de víctimas de anticuados prejuicios y se ven llevados a suponer un enemigo, un opresor, un amo, un torturador,… un Otro, un padre, al que necesariamente hay que desactivar, anular o suprimir. Pero se ve enseguida que será una tarea infinita, sin un punto de partida preciso ni un objetivo claro. Siempre estaremos a medio camino en esto de ser modernos o amplios o inclusivos. Recientemente, recordábamos que Schiller decía que el alma bella -el neurótico, en clave analítica- cree que debe hacer un esfuerzo y advenir un alma sublime. Un planteo destinado al bochorno: un poco de modestia o realismo resultaría balsámico.

Los dos pilares del fenómeno diverso son el rechazo al mandato de la heteronorma y la certeza que brinda la autopercepción, verdadero dato originario e indiscutible. La infalible autopercepción supone un yo prácticamente d’emblée capaz de tomar decisiones en materia de identidad. Por si esto fuera poco, no tiene prehistoria, no se relaciona con el deseo de los padres, ni es deconstruible en modo alguno y, según ella, no se debe ser nada, ya se es… lo que fuere. Es el mundo el que discrimina y debiera mejorar. En función de esta magna proyección, estos sujetos diversos podrían ser incluidos en el vasto grupo de las almas bellas que venimos de estudiar, precisamente por ubicar su malestar en el mundo exterior y experimentar, eso sí, un malestar llamémosle segundo, derivado del mal juicio ajeno, cosa que, afortunadamente, se subsana con educación.

Poniendo blanco sobre negro, la así llamada heteronorma no es más que un intento de darle una forma a la imposible relación sexual, hacerla existir. Por ello, por llenar el hueco incierto de qué hacer con la sexualidad, se presenta necesariamente como un mandato de algo que ha de ser. Y, puesto que la relación sexual entendida como coito heterosexual tenía por finalidad inicial asegurar la continuidad de la especie, no debe ser casual que la presente exuberancia de sexualidades alternativas tenga como correlato un avance científico radical en lo referente a la fertilización, y el vetusto coito no es ya más imprescindible para arribar a la maternidad o la paternidad, ahora disociadas una de la otra. Concluimos con que el simulacro de la relación sexual ya no hace falta, en ambos sentidos: no es más necesario para la reproducción, ni engendra u orienta el deseo.

La lectura de los clásicos en la China de los Song del Sur

En su informativo libro intitulado La China imperial[7], Jacques Gernet (1921-2018) se concentra en la cultura china entre los siglos XII y XIII, bajo la dinastía Song del sur, antes de la caída de su capital Huancheú[8] en 1279 en manos de los mogoles, quienes previamente habían ocupado la China del Norte (Catay) desde 1234, terminando con la dinastía Kin de origen manchú[9], quienes, a su vez, habían relegado a los Song a la China meridional (Mangui)[10].

Fue un período de esplendor para China, que por ese entonces se encontraba a la vanguardia mundial en cuanto a tecnología y desarrollo comercial. Fue el primer Estado en utilizar papel moneda y en disponer de una armada nacional y por esos años comenzó el uso de la brújula y de la pólvora. Gracias al mejoramiento de las técnicas agrarias, aumentó considerablemente la producción de arroz y se duplicó la población, que pasó de 50 a 100 millones de almas. La educación china de los siglos XII y XIII tiende a producir caracteres “agradables, dulces y obedientes”[11], y la discreción y la cortesía son dos valores fundamentales, porque reflejan el carácter apacible de las personas. El buen orden y la armonía cósmicos son asimismo la preocupación más importante de la religiosidad de los chinos, junto al culto a los antepasados. Se inculca desde la más temprana infancia el respeto a los mayores y a los superiores, cuestión esencial en el mandarinato, la jerarquía burocrática estatal que vertebra el cuerpo social chino. Los ideales que se proponen a la juventud son el del hijo piadoso o el de los esposos fieles hasta el grado del heroísmo. No se ve con buenos ojos el individualismo o los caracteres rebeldes y ambiciosos[12]. La vocación militar tampoco es bien considerada y sólo germina entre los iletrados y las gentes del bajo pueblo, que lo perciben como un medio de ascenso social. Unos pocos años más tarde, ya bajo la dinastía mogol (1271-1368), Marco Polo (1254-1324)[13] se asombra de que los habitantes de Huangcheú no sepan manejar armas, ni las tengan en sus casas. A diferencia de las belicosas sociedades europeas del momento, en la capital china reinan la amabilidad y la buena vecindad y no se registran enfrentamientos “ni aun entre mujeres”[14]. Por ello, jamás se golpea a los niños: todo lo más, se los amenaza con algunos cucos o personajes temibles, siempre “de tez oscura, como los malayos o los hindúes”[15], induciendo en ellos el temor a los incontables demonios y pestilencias. Así ven Gernet y Polo a sus chinos de aquel entonces: corteses, ordenados, prejuiciosos y sumamente supersticiosos.

Los concursos oficiales para llenar los cargos estatales son el nervio de la educación: toda la buena o mala fortuna de los individuos y de sus familias se juega en el buen desempeño de los cargos públicos, a los que se accede por estos decisivos exámenes. De tal modo, la educación entera “está orientada a la formación de candidatos aptos para los concursos oficiales”[16] y se basa en el estudio de los clásicos[17]. Éstos tienen dos características: la concisión y el uso de un lenguaje arcaizante, que remite al papel similar que cumplió el latín en la cultura de Occidente hasta bien entrado el siglo XVIII. Los alumnos deben imbuirse del espíritu de los clásicos, en cuyos textos encuentran una florida cantera de imágenes y fórmulas, en cuyo conocimiento y frecuentación se reconoce al hombre letrado. Además, es necesario memorizar ciertos clásicos y ser capaz de imitarlos a la perfección[18]. La repetición calculada alcanza a constituirse en un ideal. Pero, claro está, no se trata de la repetición mecánica de un modelo preestablecido y considerado superior, sino de alcanzar un virtuosismo intelectual, hijo del estudio y la disciplina. El peligro evidente es el de salirse de la historia y quedar capturado en un estado de adoración a las grandes mentes del pasado, sin poder trascenderlas y atender a las exigencias del propio entorno. Pero la postmodernidad también tiene problemas con su historicidad y tiende, por el contrario, a olvidar la deuda con los logros y glorias del pasado y las cosas se resuelven recurriendo a gadgets cada vez más sofisticados y absorbentes. El propósito más evidente del libro de Gernet es desmentir la idea de que la sociedad china estaba fosilizada y en perpetua recordación de su gran pasado, y mostrar el dinamismo y novedad que tuvo al menos en su florecimiento de los siglos XII y XIII, apenas un poco anterior al Renacimiento occidental. Es menester reconocer, empero, que, expuesta a vecinos culturalmente más rústicos, China fue, como Roma, repetidamente invadida por ellos, que cayeron fascinados ante el encanto más elevado de la cultura tradicional china y la adoptaron como propia, interrumpiendo su desenvolvimiento[19].

El punto al que trabajosamente queríamos arribar es el de que, entre los Song del sur, prevalece la remanida idea de que “la naturaleza humana debe ser educada”, mientras que entre nosotros, se resalta permanentemente el valor supremo de la espontaneidad. Dejar fluir lo que sale naturalmente del interior de cada cual es el dudoso objetivo de la educación actual, esto es, se busca no interferir en el desarrollo de las potencialidades que traemos de no se sabe dónde. La cultura pasa a portar un valor negativo, una carga de la que hemos de desembarazarnos lo más pronto que podamos, pues obstruye, deforma y ahoga nuestra creatividad, que no hemos adquirido laboriosamente, sino que brota sola y constituye nuestra verdad última. La educación china de los Song, en cambio, apunta a la formación moral del individuo, futuro padre y funcionario, y dicha formación se nutre de los ejemplos que nos han dejado en herencia los clásicos, razón por la cual su estudio era tan necesario: ellos proveen el modelo a seguir en todo, un conjunto de estereotipos que ha sido decantado y puesto a prueba por siglos[20]. Hay, sin embargo, un optimismo moderado en ellos: solamente “los malos ejemplos y la miseria material pueden alterar la bondad natural de las personas”[21] [22]. En la perspectiva del nuevo milenio, esta deuda simbólica con el pasado, que los chinos Song honraron prudentemente, ha sido cancelada y la historia no es más una fuente de inspiración, sino un escenario ya caduco, que exhibe los desaciertos y execraciones de los humanos que nos precedieron y que no deben repetirse.

Para cerrar el tema, el otrora popular Lin Yutang (1895-1976)[23] nos acerca una solución intermedia: lo que verdaderamente puede llegar a tener algún valor es que cada cual encuentre y adhiera a sus propios clásicos, sean los consagrados por alguna tradición más o menos ilustre o simples hallazgos fortuitos que nos han sorprendido de alguna manera. Esos clásicos personales nos marcarán, nos moldearán como puedan -o como podamos nosotros ser afectados por ellos- y serán los textos u objetos artísticos cuyo ingreso en nuestro espíritu habremos aprobado. Su función será la de arrancarnos de nuestro trajín diario en el que estamos alienados y procurarnos dos bienes sencillos, aunque escasos y arduos: un cierto solaz y discreta compañía. Dijera Aristóteles: un poco de contemplación. Quizá sea un exceso de optimismo el nuestro y debiéramos conformarnos con dejar nuestros clásicos a buen recaudo, en reserva, a la espera de tiempos mejores y homenajearlos de modo epicúreo, entre amigos. Por las dudas, inclinamos la cabeza y aceptamos que las estridencias de la diversidad ya se han vuelto hábito, sostenidas por el discurso políticamente correcto, que las ha adoptado como estandarte y raison d’être.

El caso Matzneff

Volvamos a los media, pero no a los camarines, sino a los titulares. Por estos días se agitan las aguas con el caso del escritor francés Gabriel Matzneff[24], de 83 años, quien es autor de numerosos libros en los que describe con detalle sus relaciones sexuales con menores de edad, cosa que fue defendida y hasta festejada en Francia no sólo por el periodismo, sino también, en su momento, por celebridades como Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir y Michel Foucault. Al calor del Prohibido prohibir del mayo francés del ’68, la pedofilia era saludada como una forma de liberación y de acceso de los niños a la sexualidad, que aparecía como injustamente vedada para ellos debido al opresivo control, otra vez, del patriarcado. Además, había que proteger a una nueva aristocracia integrada por intelectuales y artistas contestatarios de la ñoñería y memez de la cultura burguesa. Como se echa de ver, razones para lo que sea, sobran y son dichas con gravedad y escuchadas con reverencia, especialmente por provenir de voces autorizadas. Los intelectuales de la izquierda existencialista de los ’60 y los ’70 apoyaban la violencia revolucionaria y, por lo que parece, la pedofilia minor integraba el menu de sus opciones[25]. Aun el periódico del PC francés, llamado obviamente Libération, apoyó desde sus columnas estas no muy nobles causas, que hoy son denostadas por lo que queda de la izquierda, la derecha fascistoide y tutti quanti, aunados en el escándalo ante el tema de la violencia en cualquiera de sus formas. La corrección política opera milagros, hay que reconocérselo. Roma ahora sí tiene un solo cuello.

Lo esencial en este caso -como en muchos otros- es la aparición de alguien que se asuma como víctima. En un après coup, surgen instantáneamente el victimario y el crimen o abuso. De la noche a la mañana, la cosa toma estado público y se debate a toda hora en los medios y, eventualmente, en los estrados judiciales. La víctima se llama Vanessa Springora y, previsible y previsoramente, ha escrito y publicado un libro[26], intitulado sugestivamente Le consentement, como remarcando la falta. Hasta ese momento, lo dijimos, la sociedad francesa exhibió una tolerancia notable respecto de la pedofilia: en un programa de TV literario de 1995, varios concurrentes sonrieron ampliamente cuando el mismo Matzneff expuso su afición por el sexo con menores de edad: se lo veía como una rareza tan pintoresca como inocua. Ahora, ha pasado a ser considerada un crimen deleznable y el deslenguado Matzneff  bien puede terminar con sus huesos en la cárcel. Casi con certeza, la prisión domiciliaria le será otorgada a la brevedad, aunque más no sea por su avanzada edad. Luego de muchos años de indecisión y silencio, el disparador de la denuncia de Springora fue el hecho de que Matzneff recibiera el Premio Renaudot en 2013[27]. Temblamos de sólo imaginar cuál podría ser la significación (Bedeutung) de ese premio en el Inconsciente de la sufrida Vanessa. Lo que es casi seguro es que se avecina una avalancha de nuevas víctimas. Los implacables media huelen sangre: han encontrado un filón y lo van a explotar hasta la extenuación, la del espectador, claro. Hasta que deje de ser tema, hasta que no reditúe y una nueva fiera deba ser arrojada a las voraces arenas mediáticas. Se hablará todo el tiempo de la verdad y no faltará alguno que recuerde ese lugar común según el cual “en toda guerra, la primera víctima es la verdad”. Aunque se negó a hacer una denuncia formal y los fiscales actuaron de oficio, Vanessa ha sufrido una metamorfosis a partir de su valiente libro y Matzneff ha finalmente encontrado su merecida némesis, su bête noire, que lo perseguirá hasta el descrédito y aun la tumba. No llegará a ser un clásico, a no ser de la pederastia.

En revanche, el golpeado Matzneff es reivindicado él también como víctima y algunas voces -pocas- se alzan en su defensa y declaran que ha comenzado una nueva cacería de brujas. Incluso, el acusado se apresuró a leer en público algunas de las apasionadas cartas que la pequeña Vanessa le escribió. Increíble. Los franceses parecen americanos. Pasa una señora mayor superviviente del viejo Barrio Norte y, con un dejo de disgusto, sentencia: “Un cacherío”. Más allá de la controversia alrededor de Matzneff, es evidente que, a pesar de la actual liberalización superlativa de las costumbres, hay toda una gama de conductas, especialmente las violentas y las discriminatorias, por ejemplo, que resultan vituperables para el público y los media actuales. Por ello, vemos en simultáneo un desfile de “diversos” a la moda y de culpables de haber infringido los límites de lo ahora admisible. Subsiste la dificultad de que el consentimiento al que alude la escritora es, en Francia, a partir de los 15 años, pero un niño mucho menor, cuya autopercepción de identidad de género contradiga la biología o la genética, debe ser respetado/a sin cortapisas[28]. Se nos explica que, ahora, además de mujeres con vulva y varones con pene, hay mujeres con pene y varones con vulva. Hasta están empezando a aparecer personas -quizá un poco hartas de tanta autopercepción- que no desean suscribir identidad sexual alguna. Y otros que se autoperciben como pertenecientes a otra especie…

La conjunción de los discursos

En resumen, podríamos querer saber qué fue lo que cambió el humor social no sólo respecto de la pedofilia, sino también de lo que atañe a la aceptación de lo diverso. Desde luego, no existe un hecho puntual, como no sea la caída de la Unión Soviética y el muro de Berlín y el subsecuente triunfo del capitalismo, del neoliberalismo, del mercado o como se lo quiera llamar. Nos eximimos de explicar este hecho, simplemente lo registramos. Se puede, no obstante, afirmar que hubo un cambio discursivo: aparece en escena Su Majestad, el discurso políticamente correcto, que identifica como nada a la Postmodernidad. En él confluyen, a la vez, un discurso de liberación, semejante al latoso discurso de la izquierda internacional, que bregaba por la liberación de las masas obreras oprimidas, y un discurso de víctimas, que buscan reivindicación y reconocimiento del sufrimiento por el que han debido pasar. De una extraña manera, se reúnen el discurso político, el folletín y el circo, esto es, un escenario de muchas pistas -ahora se llaman plataformas– con sus leyes especiales, los mencionados media. Son discursos y perspectivas populares, la gente los compra masivamente y participa activamente en estos dramas mediáticos a través de las redes sociales, cuya aparición marca un antes y un después de ellas. Un cambio político y un cúmulo de cambios tecnológicos de inimaginables consecuencias a un tiempo: mucho para cualquier intelecto que aspire a entenderlos. Como por un embudo universal, todo termina en el vertedero de Facebook, Instagram o Twitter. La vida misma pasa por los likes y los haters y todo el cúmulo de intrascendencias que allí se verifican a diario. Miles de millones de pequeños egos muestran sus estrías y sus llagas con inusitado desparpajo y, como el alma bella de Goethe[29], creen haber alcanzado alguna borrascosa cumbre de realización personal. En su fuero íntimo -si es que lo tienen- deben saber bien que no son sino bagatelas sin importancia alguna, pero igual se zambullen gustosos en esas turbias aguas, cual modernas sirenas de cartón piedra.

La tolerancia es presentada como un nuevo deber cívico y no más como la respuesta obediente a una exhortación o a una parénesis, como entre los clásicos. Hay, sin embargo, una notoria intolerancia hacia lo que es sentido como contrario el nuevo (des)orden universal. El tema de la diversidad va de la mano con una especie de anarquía axiológica, en la que todo rápidamente envejece y busca nuevos límites para transgredir. Uno incuba la sospecha de que lo que se discute hoy será demodé en un futuro próximo y probable objeto de repudio. En un tiovivo grotesco, todos somos figuras desvaídas dando vueltas y más vueltas sin alcanzar un destino o un proyecto personal. Como en aquella premonitoria y magnífica escena de Tiempos Modernos[30] de Chaplin, en la que una maquinaria gigantesca deglute al sujeto, que queda prisionero de sus engranajes y circulando trabajosamente entre ellos, como si se tratase de un monstruoso intestino dentado en proceso masticatorio/digestivo. Nadie puede osar oponerse a tamaña picadora de carne. No lo haríamos ni por todo el té de la China de los Song.

Necesitamos con cierta urgencia alguna cosa que nos rescate de este pantano. Aguzamos el oído y, cadenciosamente, viene en nuestro auxilio Acerina y su cubanísima danzonera. Respiramos aliviados y nos hacemos humo mecidos en las románticas y dulzonas espirales de un danzón.


[1] Venimos de examinar el extraño hecho de que hay analistas (y no de sistemas) peronistas, predicados previsiblemente contradictorios pero que, en nuestra investigación, se han revelado como inesperados cuasi sinónimos.

[2] En una reunión reciente, vaticinábamos pieles fosforecentes y con habilidades miméticas en un futuro próximo, al tipo de jibias y pulpos.

[3] El Principio de identidad de los indiscernibles decía que si dos objetos son indiscernibles -esto es, comparten los mismos predicados- son uno y el mismo objeto.

[4] No digan que yo lo dije: es el placer de discriminar, análogo al de ir con chismes de aquí para allá. Chist!

[5] El afortunado hijo de Zeus contó con la ayuda del simplote de Yolao y pudo despachar a la peligrosa fiera. Todo un tópico de la retórica antigua: aun Hércules necesitó….

[6] Freud señaló hasta el cansancio que este padre victoriano no suscita puro odio como el del clan, sino ambivalencia.

[7] El título original es La vie quotidienne en Chine à la veille de l’invasion mogole (1959), editado por Hachette en 1978; la edición castellana es de Javier Vergara Editor, Buenos Aires, 1992.

[8] Es la vieja Hangchow, hoy se escribe Hangzhou y está ubicada cerca de la desembocadura del Chekiang.

[9] Los Kin ocupan Catay hacia 1127, obligando a los Song del norte a relocalizarse en la China meridional, y caen bajo el yugo mogol hacia 1234.

[10] La dinastía Song del Norte va desde 926 hasta 1127, año en que, desplazados por los Kin, trasladan su capital de Kaifong a Huangcheú, al sur de la vieja capital Nankín.

[11] Ibidem, p 172.

[12] Ibidem, p 173.

[13] En su libro Il Milione, Polo describe un viaje que realiza por Asia oriental, hasta llegar a la corte de Kubilai Khan, quinto gran Khan y primer mogol emperador de China.

[14] Ibidem, p 174.

[15] Ibidem anterior.

[16] Ibidem, p 177.

[17] Por el uso de la imprenta, ya desde el siglo X hay ediciones oficiales de los principales clásicos.

[18] Las drags del comienzo también son expertas en la reproducción, remedando crispadamente lo femenino.

[19] Ya mencionamos la dinastía mogol de los Yuan. En 1644, los manchúes se apoderan nuevamente de China e inician la última dinastía, la Ching, que terminó en 1912, dando paso a la convulsionada historia reciente del nuevo país.

[20] Ya hemos hecho hincapié en otro lado, a propósito de la embajada que Agamenón envía ante Aquiles, en el valor educativo del exemplum y de su importancia en la retórica antigua.

[21] Ibidem, p 281.

[22] Coincide con la idea de Santo Tomás de que no es lícito exigirle al pobre virtud.

[23] Ver la introducción a su florilegio El arte de comprender, editado por Sudamericana, Buenos Aires 1980.

[24] Lo que sigue es un refrito de un muy buen artículo sobre el tema, aparecido en La Nación el 12 de enero del corriente, firmado por Norimitsu Onishi, del New York Times.

[25] En una columna de Le Monde firmada por Sartre, Barthes y Beauvoir y que data de 1977, se defendía a los acusados de mantener relaciones sexuales con niños. Incluso Matzneff tuvo allí una columna semanal por años.

[26] Hace apenas unos pocos días, el 2 de enero de este año.

[27] La propia Springora pertenece al ámbito de la literatura y es directora de la Editorial Julliard. Puede leerse en la net que Matzneff nunca ganó el Renaudot, muy ligado al Goncourt, y que el ganador de 2013 fue Yann Moix, novelista y director de cine francés nacido en 1968. La página francesa de Wikipedia, en cambio, asegura que lo ganó, así como otros prestigiosos premios literarios.

[28] También se habla de nombre autopercibido, en oposición al nombre impuesto por los padres al nacer.

[29] Véase nuestro Almas bellas, pero no tanto, del año pasado.

[30] Estrenada en Nueva York a comienzos de 1936.

Juan José Ipar

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