Freud y compañía – Juan José Ipar

(Viene de: El problema de la libertad en Kant y Freud. La Crítica del Juicio.)

Freud y compañía

¿Cómo repercute esta discusión entre causalidad y libertad en el campo Psi? Por un lado, está claro que a Freud y a todos sus epígonos les resultó harto difícil teorizar la cuestión de la libertad y, por otro, tenemos que el padecimiento psíquico fue visto desde el siglo XVIII al menos como una limitación de la libertad personal del paciente. Este punto de vista pasó al ámbito psiquiátrico 63 y fue sostenido con insistencia por el gran Henri Ey. Fenomenológicamente, la neurosis y los diversos cuadros presentan síntomas y conductas estereotipadas y repetitivas que permiten y alientan una especie de clasificación de los mismos, aunque es preciso reconocer que no existe una única nosografía y que muchos grandes maestros han ensayado una propia privilegiando algún criterio sobre otros posibles. Como corolario de esta Babel taxonómica, el DSM IV nos presenta un abigarrado pastiche con pretensiones de sano eclecticismo que, para colmo de desgracias, se ha enseñoreado aun en ambientes académicos otrora pensantes.

La dualidad kantiana entre la interpretación causalista y, por ende, exculpatoria y la que pone el acento en la libertad y la responsabilidad del sujeto se continúa en la historia del Psicoanálisis, que respondió oscilando como pudo entre ambas posturas. Por un lado, en la línea de la causalidad, ciertos analistas con gran predicamento en los ’60 veían todo sufrimiento, especialmente el neurótico, como “una sumisión masoquista del yo a un superyó sádico” 64 y, en consecuencia, compelían amablemente a sus pacientes a no entregarse a dichas obscenidades y los conminaban sencillamente a ser felices y exitosos. Y, para su fortuna, disponían de una batería de fórmulas para definir la felicidad: ésta resultaba ser una variante más o menos lograda de la humorada norteamericana del sex and shopping 65. Esta idea de que el análisis tenía como meta señalada increpar las asperezas del Superyó, devenido causa universal de todo padecimiento, se remonta cuando menos a los años 20, época optimista si las hubo en la que las costumbres sufrieron grandes cambios 66, la revolución social era vista como todavía posible y había gran expectativa por cómo se desarrollaba el proceso político en la Rusia postzarista. Hoy en día, a la distancia, nos parece poco menos que increíble que semejantes simplezas pudieran haber sido dichas con convicción y escuchadas con respeto.

En la vereda contraria, la de la responsabilidad extrema, la militancia kleiniana de los 50 y 60 buscaba con ahínco que sus pacientes pasaran a la llamada posición depresiva, lo cual muchas veces se traducía en que éstos debían resignarse a hacer un interminable mea culpa por todas las disociaciones y proyecciones habidas 67, de las cuales, por otra parte, debían considerarse únicos responsables, liberando a sus progenitores y al resto de la sociedad del amargo peso de su infelicidad. Hubo, claro está, muchas posiciones intermedias, hibridaciones diversas e incluso extremismos alarmantes: hace unos pocos años, por ejemplo, surgió en EEUU una contracorriente que eximía al paciente y explicaba lo que hubiera que explicar en función del abuso perpetrado por padres violentos y/o seductores, quienes eran convocados a la terapia con la finalidad expresa de que pidiesen perdón por sus desmanes y excesos. Estos terapeutas, al igual que algunos analistas poco advertidos, no toman suficientemente en cuenta el status imaginario de las producciones neuróticas y pretenden operar “en la realidad” 68 y para ello aun hoy montan escenas dignas de un auto de fe medieval en el que un culpable es señalado y poco menos que forzado a confesar sus iniquidades y a solicitar el perdón de sus víctimas. Como en una película mediocre destinada a un público perezoso y poco afecto a los matices sutiles, tiene que quedar bien claro quién es la oveja y quién el lobo.

En casi todos los casos, empero, encontramos un elemento común, el voluntarismo, al cual se apelaba ingenuamente, como si estuviese en las manos del paciente interrumpir ipso facto su sumisión al Superyó o dejar de proyectar o disociar y enarbolar sin tardanza el noble estandarte de la posición depresiva. El analista, a esta altura ya con pocas ideas, terminaba cayendo“involuntariamente” en una suerte de psitacismo pseudoanalítico y se abocaba a repetir machaconamente estas supuestas grandes verdades sanadoras.

Otra variante relacionada con todos estos engendros -sustentada aquí en las lejanas pampas argentinas por Heinrich Racker, entre otros- recomendaba al analista ocupar el rol de una madre comprensiva y generosa capaz de perdonar, consolar y curar la maligna orfandad del paciente. La famosa Madame Blanche iba más lejos todavía y encaraba una nueva crianza, retomando el amamantamiento y los primeros cuidados, como si el paciente fuera un bebé que comenzara nuevamente su vida, esta vez bajo el amoroso escrutinio del terapeuta.

Notas:

63 Heinroth (1773-1843), exponente principal de la llamada escuela psicologista, que preponderó en los países de lengua alemana hasta 1860, sostenía que la enfermedad es o consiste en una pérdida de la libertad, consecuencia a su vez del pecado. En su Tratado de los trastornos de la vida anímica, publicado en 1818, dedica las primeras 143 páginas a elucidar la naturaleza de Dios.

64 Esta frase entrecomillada era como un latiguillo que se escuchaba frecuentemente en el mundillo psicoanalítico de entonces.

65 La fórmula freudiana del “amar y trabajar” es un poco más esforzada, pero no está muy lejos de ésta: sigue siendo una fórmula más o menos susceptible de desgastarse por la continua repetición.

66 Ver nuestro artículo Histéricas y mujeres en el que recordamos a Chanel y Vionnet y el surgimiento de las primeras mujeres psicoanalistas.

67 Véase más abajo la cuestión de Dora y la Verurteilung (juicio de condenación).

68 Aun Freud fue víctima de esta tentación de actuar “en la realidad” y prueba de ello son las negociaciones que encaró con el cuñado viudo de Elizabeth von R con el fin de unir a ambos una vez que la hermana hubo desaparecido de la escena.

(Continuará en: El voluntarismo.)

Juan José Ipar

Todos los derechos reservados

Autor: Juan José Ipar

Podrán leerme en el blog: "Veleidades de Verdad - Divagaciones teóricas de un psicoanalista."

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