El voluntarismo – Juan José Ipar

(Viene de: El problema de la libertad en Kant y Freud. Freud y compañía.)

El voluntarismo

Mencionamos el voluntarismo en ocasiones hiperbólico que muchas escuelas psicoanalíticas y no psicoanalíticas han profesado, casi siempre escondido detrás de teorías que intentan explicar cómo es que la gente cambia sus actitudes y conductas. Aristóteles, lo dijimos, había puesto límites al voluntarismo al decir que existe eso que llamaba el carácter, cosa que fue de alguna manera registrada por muchos analistas y hasta hubo quienes llegaron a plantear que el análisis no era otra cosa que un análisis del carácter, visto éste como un conjunto de rasgos distintivos de cada sujeto particular y que se correspondía con un uso rígido y estereotipado de un repertorio limitado de mecanismos de defensa. Ronald Fairbairns sostenía, y distaba de ser el único, que una personalidad sana era una personalidad plástica y armoniosa, esto es, una capaz de implementar defensas paranoides, fóbicas, histéricas y obsesivas según la ocasión lo pidiese. Todo esto ha sido desterrado del análisis en el empíreo lacaniano, justamente, se nos dice, a causa de la índole imaginaria de los buenos propósitos con los que tantos pretenden engañarse. Como el santo con sus limosnas, sin embargo, podemos nosotros hacer una distinción y decir que sólo los buenos propósitos exagerados dan motivo a la suspicacia. Aunque no abunden y sólo puedan ser inferidas a partir de declaraciones muchas veces encontradas, algunas buenas intenciones todavía podemos encontrar por allí.

El problema no es determinar si dichos buenos propósitos son un producto imaginario, lo son, sino si son sinceros o creíbles, si tienen lo que Freud llamaba Echtheit, autenticidad 69.  Acoger los productos imaginarios es el único modo de exponer las determinaciones simbólicas de un sujeto. Si se aspira a que un análisis únicamente se limite a alguna operatoria simbólica, el famoso “corte”, por mencionar la más conspicua, desaparece de la sesión la dialéctica analítica y eso que Freud llamaba Arbeit o trabajo psicoanalítico y, con ellos, la sesión misma 70. El artefacto de la sesión breve es una consecuencia de esta posición extrema que rechaza todo despliegue de lo imaginario por tedioso e inconducente. Así, el análisis se torna una práctica tibetana en la cual el analista desatiende y desalienta cualquier intento del paciente por comprender lo que sea que lo llevó hasta allí, puesto que toda comprensión es imaginaria, alienante y defensiva. El análisis deviene un incesante ejercicio de abstinencia, o bien, un coitus interruptus perpetuo. Eso, se repite, es llevar el análisis hasta el final, superando todo intento voluntarista de resolver falsos conflictos.

Todo este desarrollo técnico ultraísta se funda, lo entrevimos, en la idea de que el análisis ha de ser una práctica que debe poner límites a toda expansión de lo imaginario, a menos que se trate de un paciente psicótico, cuyo delirio es preciso “poner a trabajar”. Es cierto, sí, que los sujetos neuróticos son dados a insufribles efusiones sentimentales, a racionalizaciones interminables o a plantear intrincados enigmas que se complican cada vez más y nunca se resuelven y que esta sempiterna indecisión de sus ánimos irrita al más pintado y exige alguna clase de intervención por parte del analista, pero también es cierto que dicha intervención requiere por lo menos alguna preparación (Vorbereitung) y que no es recomendable anteponerla a las asociaciones del paciente. La sesión breve prescinde de las mismas y sólo cobra relevancia el acto analítico que las interrumpe. Por lo demás, también el corte puede imaginarizarse y ello efectivamente ha ocurrido y ocurre toda vez que, por ejemplo, se le atribuyen poderes sanadores y tal verdad circula de boca en boca suscitando admiración y deseos de emulación. Freud ya había establecido en sus escritos técnicos que con el mero deseo de curación (Heilungswunsch) no era suficiente para hacer progresar el análisis y que era necesario el concurso de la fuerza sugestiva de la transferencia para inclinar hacia la curación el juego de fuerzas (Kraftspiel) que intervenían en una cura. Por ello es que toda teoría analítica acerca de cómo es que los pacientes cambian durante un análisis será, en último término, una teoría sobre la transferencia y la instalación de ésta, sin dudas, lleva tiempo. Y otra cosa que lleva tiempo es el Arbeit analítico, que no debe ser abreviado, puesto que es lo único que nos pone medianamente a salvo del gran peligro de la sugestión. Las interpretaciones profundas ab initio de los kleinianos o el famoso corte pueden perfectamente ser vistos -y utilizados- como meras maniobras sugestivas.

Notas:

69 La autenticidad, muy en boga entre los existencialistas de los ´50, es una categoría ciertamente dudosa, toda vez que alguien puede decir de sí que es auténticamente neurótico o lo que sea y encontrar en ello el rasgo que mejor le cuadra.

70 ¿Qué es lo que se cortaría?

Juan José Ipar

Todos los derechos reservados

Autor: Juan José Ipar

Podrán leerme en el blog: "Veleidades de Verdad - Divagaciones teóricas de un psicoanalista."

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