Nota sobre la seducción – Juan José Ipar

(Ὁ τετράλογος)

2021

Caído el Psicoanálisis, por el momento nos queda como actividad remanente casi exclusiva volver a la observación psicológica y al estudio de los caracteres humanos, cantera inagotable para breves monografías como la que sigue. Un paciente joven algo amedrentado ante sus amistades femeninas y con razonables y esporádicas reticencias eréctiles trasmite un pequeño descubrimiento que ha hecho: cierta vez, estando en plena actividad erótica, se dio cuenta de que, si se enroscaba en la idea de estar enamorado de la señorita que tenía delante, su tonicidad fálica aumentaba notoria y satisfactoriamente y, si no, menguaba tan notoria como insatisfactoriamente. Lo destacable era que, aun sufriendo un tanto, el sujeto podía ensayar y migrar de una posición a otra, verificando las diferencias. Comenta todo esto en sesión y, sin proponérselo, arrojó cierta luz sobre qué puede tener un seductor en la cabeza. La cuestión de fondo para mi paciente, sin embargo, se presentaba como siendo de carácter dudosamente ético: estar “enamorado” es una manera de legitimar la pretensión sexual, mientras que, en el caso contrario, se trataría de un uso inmoral del cuerpo femenino, una condenable cosificación de la señorita de marras. El quidam es un seductor en ciernes y, si desarrolla esta habilidad de creerse enamorado cuando no es seguro que lo esté, será un verdadero peligro en un futuro próximo. A esto se suma el hecho de que, como él mismo detesta sufrir, le parece más práctico y sencillo hacer sufrir a otras de antemano. Para muchos varones, el dilema es de hierro: o se es un poco recio y castigador, o termina uno enredado en la culposidad más pedestre. Así de simple. Lo primero es salvaguardar la artillería y, dijera un barrabrava, hay cosas, entre ellas la mentada tumescencia fálica, que no se manchan ni se entregan.

De tal modo, nos venimos a enterar lateralmente de que uno puede convencerse y “desconvencerse” a sí mismo de lo que fuere con relativa facilidad. En nuestra hoy envejecida tesis doctoral, examinábamos la noción freudiana de convicción (Überzeugung) en el historial del Hombre de las ratas y veíamos allí que el paciente adquiría justamente una convicción acerca de la importante cuestión del “odio inextinguible al padre arruinador de placeres”, solamente luego de que todo ese material ingresara en el minado campo transferencial[1]. La convicción suponía, pues, laboriosidad y, sobre todo, tiempo. En el caso de mi paciente, esta novedosa y voluble convicción de estar enamorado lo autoriza -no todo el tiempo, no a voluntad, todavía- a tener relaciones sexuales sin mayores complicaciones, dentro de lo que tal cosa es posible, si es que acaso existe tal cosa. El problema más evidente que emerge de todo esto es que sostener un enamoramiento fingido y artificial es ciertamente arduo. Por lo común, este mecanismo exculpatorio comienza a fisurarse casi de inmediato y termina naufragando a las pocas semanas. No debe ser casual que, en paralelo, nuestro sujeto, que es bastante perceptivo, vaya percatándose de ciertos rasgos de carácter negativos de las fulanas que va conociendo y eso lo habilita a ganarles la delantera y decepcionarse él primero, para luego despedirlas “sin mayores complicaciones”. Del otro lado, un baldazo de agua fría: la joven ha creído haber encontrado un amor duradero, mientras él empieza a mirarla con expresión cada vez más extraña y angustiada. Todo un desencuentro, como el tango. Es relativamente frecuente la variante que se da cuando nuestro héroe tropieza con una como él, esto es, una que histeriquea y afirma que quiere amor pero no compromiso formal alguno: la cosa se torna casi inmediatamente tóxica y crispada y el fantasma de los cuernos o los cuernos mismos aparecen en escena y la destruyen. Pero, tranquilos, entre ellos se entienden. Más tangos.

Si nos fijamos con atención, podríamos ver que, en otros campos en principio bastante alejados de los del amor, esto de autoconvencerse con rapidez sucede continuamente. Se trata de otra categoría de personas seductoras, nuestros amigos los políticos, que no trepidan cuando miran a la cámara y hacen una cantidad de sentidas promesas, que más tarde irán cayendo una tras otra a una velocidad pasmosa. Unas pocas semanas, también. El seductor, claro está, hace pendant con otra especie que ya hemos estudiado suficientemente: el tonto que le cree, que se traga sus encendidas palabras, que quiere creer y se ilusiona.

¿Miente el seductor? No es tan difícil decidir. Él supone que está diciendo la verdad, por eso es que el descubrimiento de mi paciente es importante, porque sorprende in statu nascendi lo que no es sino una mentira deliberada e interesada. Luego, insensiblemente, se instala el hábito de falsear las cosas y el sujeto creerá ser enamoradizo o el político se sostendrá medianamente bien como secuaz de un credo allende las críticas. Aunque suene contrafáctico, Freud desconfiaría y diría que en su fuero íntimo sabe que miente, sólo que uno puede afectar por décadas una “candorosa ignorancia”, pétrea e inconmovible. Sabe perfectamente y no quiere saber demasiado de ello; diríamos que aprende a desentenderse de lo que sabe: convive con sus mentiras, nuevamente, “sin grandes complicaciones”. Lo dijimos, evade la culpa. Y, de paso, la castración, que viene a ser un equivalente. De tal modo, la sinceridad y aun la autenticidad, conceptos tan en boga en los años existencialistas, pierden sustancia: uno bien puede ser veraz cuando posa.

Así, muchos seductores desarrollan con los años una filosofía elemental y complaciente: ¿qué sería del mundo si no hubiese un poco de ilusión? Por lo demás, las decepciones amorosas curan rápidamente y la tonta de turno aprenderá a no ser tan ingenua, etc.  Una psicopatía minor no sería tan dañina y le vendría a dar un poco de color a la existencia, de por sí tan prosaica y aburrida. En fin, el mecanismo exculpatorio deviene una compleja trama ideológica cínica, plena de medias verdades capaces de disfrazarse de sabiduría práctica y hasta de psicología berreta.

No pocas veces pasa, incluso, que la propia abandonada justifica indirectamente al seductor, haciendo gala de su rencor en las redes, donde lo denuesta y persigue con ahínco. Mi joven paciente dice temer dicha eventualidad, aunque reconoce por lo bajo que lo envanece y que, cuando ello ocurre, se siente un poquitín más valorado e importante. El sujeto aprendió a surfear el bullying, como lo hacía Tita Merello en el famoso tango cómico “Se dice de mí” y se preguntaba: “¿Por qué pierden la cabeza, ocupándose de mí?”. Como todo buen argumentador, el tipo está en vías de ser invencible. Invencible y barato, por más que sea un “chico fino” de Barrio Norte, porque la seducción siempre utiliza recursos primarios y obvios: son los más efectivos. Impacta, lo dijimos, en la tontera del otro, que, como la ambición, no descansa jamás. Otro tango, “Silencio”.

He aquí que tengo un paciente más, un experimentado loup de mer y asimismo un seductor, que se encuentra en el otro extremo del carretel. Tiene una larga historia, por supuesto: es hijo de una madre diríamos “sumamente difícil”, para ser suaves, y las mujeres y los negocios no le escatimaron sinsabor alguno. Casi todos los más trillados, claro está. En suma, un hombre cascoteado. Vive certificando lo archisabido, a saber, el hecho sobradamente comprobado de que las mujeres “son todas locas”. Sucesoras de mamá, evidentemente. Ese apotegma soberano preside su mente e, increíblemente, le otorga cierta consistencia, porque la cordura queda de su lado, es toda suya. Y, desde luego, pasa de una a otra fémina sin remilgos ni grandes consideraciones, aunque puede afirmarse que es un hombre fiel, porque lo es a lo único que se puede ser verdaderamente fiel, a un fetiche. Como el paciente anterior, el cuerpo femenino -o algún detalle suyo todavía no precisado- es altamente valorado por él y ocupa el centro de una fascinación que no decae ni se desgasta. Parafraseando a Oliverio Girondo, “ellas los venusafrodean con sus melimeleos”, cosa tristemente constatable cuanto se desee. La buena noticia es que, como desliza Freud en Fetischismus (1927), el fetiche del cuerpo femenino opera como una barrera contra la homosexualidad. Un disgusto menos, a fin de cuentas. Y como lo sienta allí mismo, el fetiche simplifica las cosas y vuelve aceptable a la mujer como objeto erótico y, agregamos nosotros, es el recurso habitual que el contingente masculino encuentra a mano para resolver positivamente la incógnita de la sexualidad y el horror ante la mujer. No hay nada que hacerle: los fetiches son cosa de hombres, a pesar de que Freud mismo señala que hay entre las mujeres un fetiche universal, la ropa, cosa que semeja más un dardo a la vanidad de ellas que un comentario psicopatológico. El mecanismo del fetiche neutraliza la espantosa castración femenina y funciona como una sinécdoque: en primer lugar, como la más común pars pro toto, un elemento particular vale por un todo (un cuerpo no castrado), y, a la inversa, tendríamos un totum pro parte, en el cual el cuerpo femenino en su totalidad vale por un falo/parte. Estos dos sufridos varones reaccionan como pueden a la sofocante atracción que emana del portento femenino y que se instala en forma disociada con el enigma del alma femenina, típicamente abstrusa y volátil. Nos fuimos del tango a la ópera, al airoso duque de Mantua y sus tribulaciones con las mujeres[2]. Pero, como premio consuelo, dijera un kleiniano, a pesar de la necesaria escisión, pudieron alcanzar y lograron mantenerse dentro de la relación de objeto y no retrocedieron a la identificación, avatar más complejo y drástico, que, sorprendentemente, parece haber ganado innúmeros adeptos y hasta puede decirse que se ha puesto de moda en nuestros días. Por fortuna para ellos, en ambos casos, un padre que se hacía notar rondaba la escena y moderaba.

La teoría de la locura femenina, más allá de lo cierta que pueda ser, resulta útil para ubicar allí una brumosa responsabilidad. ¿Qué puede esperarse de ellas, como no sean caprichos y chifladuras? Además de locas, son demandantes: ellas exigen sin cesar atención, respeto y consideración. Pero, ¿merecen tales cosas?, ¿acaso retribuyen lo que solicitan tan imperiosamente? La respuesta obligada es un rotundo no. Se constituye de tal suerte una verosímil mitología neurótica y machista sobre la tiránica y manipuladora alma femenina, destinada, otra vez, a controlar y aventar la omnipresente culpa por el simple expediente de achacársela a ellas. Una devolución de gentilezas, en verdad. Por si todo esto fuera poco, continúa el speech, ellas son seguramente la causa última de cuanto entuerto y desaguisado hay en este mundo y por ello es que los franceses recomiendan su famoso cherchez la femme. Por último, es cuestionable que sufran realmente y hasta es posible que no lo hagan en absoluto y sean puros manejos; como dice el Martín Fierro: “el hombre no debe creer/ en lágrimas de muger/ ni en la renguera del perro[3].

El destino final de esta mala comedia termina siendo -enhorabuena- el escepticismo, que huele a derrota si no va acompañado de una dosis considerable de buen humor. Un cascotazo más y el sujeto completa su formación (Bildung) y se dedica de una buena vez a la contemplación, según recomiendan desde siempre los sanos preceptos de la tradición.

Recapitulemos y vayamos, entonces, al τετράλογος del seductor que prometimos en el subtítulo: 1) ser enamoradizo, decidor y buen mozo es una fatalidad que uno no ha buscado, por el contrario, bien podría ser considerado como una carga; 2) salir picaflor es una gran virtud: no se desaíra a ninguna y se cumple con todas; 3) hay que admitir que las mujeres son harto noveleras y algo de la femineidad se juega en el masoquismo y, especialmente, en el sufrimiento amoroso: locamente necesitan su cuota de castigo, mudamente lo piden; y 4) como estamos hablando de personas mayores de edad, si no la pasan bien -como es la idea-, es estricta cuestión de ellas y punto; un poco de recato y circunspección siempre es bienvenido. Una pequeña ayuda extra: un quinto punto podría decir algo así como que “uno será inconstante, pero es volvedor”, como si se tratase de alguna forma de compensación tardía que  atenúa la mencionada inconstancia. Ahora sí, luego de este envión suplementario, el improbable lector puede acudir a su imaginación e inventiva y estirar el asunto hasta completar un δεκάλογος como Dios manda.


[1] La convicción advino cuando el paciente desarrolló sentimientos de odio hacia el propio Freud, cosa que lo dejó perplejo y horrorizado. Sólo entonces se persuadió de lo que Freud le venía diciendo del odio al padre, etc.

[2] En Rigoletto, el duque canta dos arias muy irónicas dedicadas a las mujeres, la famosa La donna è mobile y la no menos conocida Questa o quella, además de volver sobre el tema en el cuarteto Bella figlia dell’amore.

[3] Parece, sin embargo, que este τόπος está en el Quijote y aun en otros poemas de la época. Aquí, es Vizcacha el que habla y previene, en Vuelta, 2346-8.

Juan José Ipar

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