La elección de la neurosis y la elección del objeto – Juan José Ipar

(Viene de: El problema de la libertad en Kant y Freud. El voluntarismo.)

La elección de la neurosis y la elección del objeto

La neurosis y el objeto de amor son las dos elecciones relevantes que se registran en el corpus teórico freudiano. Resulta sorprendente que únicamente el Diccionario de Psicoanálisis de Laplanche y Pontalis 71 le dedique un artículo a “elección de la neurosis” y otros tres a “elección objetal”, “elección objetal de apoyo” y “elección objetal narcisista72. Son conceptos que, por lo que se ve, son esquivados por los autores por razones que quizá queden develadas más abajo. Veamos la definición que dan Laplanche y Pontalis a “elección de la neurosis”: “es un conjunto de procesos mediante los cuales un sujeto se ve inducido a la formación de un determinado tipo de psiconeurosis en lugar de otro”73. Lo que llama la atención en primer lugar es que se trataría de “un conjunto de procesos” y no de una elección puntual en el tiempo. Elegir la neurosis -o el objeto, luego veremos hasta qué punto se puede referir una elección a la otra- lleva su tiempo, pero puede y debe ser considerado como si fuera un acto único con una localización precisa en el tiempo, aunque sea un momento indeterminado e indeterminable de la infancia. Algún recuerdo de los llamados encubridores bien puede ser pensado como la escena localizada en tiempo y lugar en que un acto como el mencionado es llevado a cabo o, mejor dicho, representado. El segundo elemento de la definición es que el sujeto “se ve inducido” a realizar dicha elección y esto puede ser leído como que es coaccionado de alguna imprecisa manera a efectuarla. ¿Quién o quiénes lo inducen? ¿Serán los mismos seres anónimos que “pegan a un niño”? Y el tercer elemento es que lo que se elige es “el tipo de psiconeurosis”: esto significa que nadie puede elegir no ser neurótico, de allí que podamos afirmar que ser sujeto equivale a ser neurótico y que la neurosis no es una desgracia que pudo evitarse allá lejos y hace tiempo, in statu nascendi, sino la forma diríamos canónica de constituirse la subjetividad como tal. En el cuerpo del artículo, se aclara que Freud no tiene una concepción intelectualista de la elección, es decir, que no se trataría de un sujeto que reflexiona y pondera diversas alternativas y se inclina luego por la que estima más conveniente o placentera. Y, sin reponerse aun de su sorpresa, los autores confiesan que es extraño que “…en una concepción que reivindica un determinismo absoluto, aparezca este término que sugiere que es necesario un acto del sujeto para que los diferentes factores históricos y constitucionales evidenciados por el Psicoanálisis adquieran su sentido y su valor motivante74.  

El de elección de neurosis es, pues, un concepto curioso 75, que no encaja en lo que los autores denominan “determinismo absoluto”, el cual, además, le es atribuido a Freud sin la menor discusión. Aparece la libertad y nadie sabe qué hacer con ella. Kant la veía, bien que escondida, en todas los acciones del sujeto y, al parecer, Freud no la considera cuando tiene en cuenta la conducta habitual de un sujeto, aunque no del todo, y habla de ella al comienzo mismo de la gestación de la subjetividad. El único acto libre resultaría ser, entonces, el de la elección de la neurosis, y todo lo que sigue no es más que efecto y, si se quiere, repetición del mismo. Pero, al menos, habría en Freud un moderado optimismo: si alguna vez hubo un acto de elección en el que forzadamente elegimos alguna de las neurosis disponibles, podríamos abrigar la esperanza de que pueda darse otro acto, aunque sea uno bien modesto -pero más meditado-, que corrija siquiera algunos de los efectos penosos y distorsivos implicados en el primero. Freud alude ciertamente a esta posibilidad cuando en La dinámica de la Transferencia (1912) dice que el Klischee erótico con el cual emergemos de la infancia es susceptible de alguna pequeña modificación por obra de un análisis, que también vendría a ser “un conjunto de procesos” difíciles de referir y por el cual alguien puede poner en cuestión su propia elección de neurosis.

Kant nos habla de un sujeto que debe -o, más bien, debería- meditar continuamente acerca del valor moral de sus acciones, mientras que Freud nos presenta a alguien que vive más o menos mecánicamente luego de haber elegido su neurosis illo tempore, esto es, en el momento señaladísimo en que se constituyó como sujeto. El acto de la elección de la neurosis es el acto mitológico por el cual el sujeto adviene tal y por ello es que lo emparentamos con el tema de la elección del objeto de amor, puesto que, como es lógico, sólo hay sujeto si hay objeto (representado) y viceversa. El nacimiento del sujeto debe por fuerza coincidir con el encuentro del objeto. Pero, aclarémoslo ahora mismo, no se trata del momento mítico de la Findung del objeto en la experiencia de satisfacción (Befriedigungserlebnis) sino en el momento en que dicho objeto mítico puede ser representado y vuelto a encontrar (Wiederfindung) 76. Claro está que para que algo pueda ser representado, debe ser antes perdido y, a partir de dicha representación, todo encuentro será en realidad un reencuentro fallido con el objeto original perdido. La importancia del amor radica en que permite salvar más o menos airosamente esa distancia que media entre el objeto perdido en la prehistoria del sujeto y el hallado más tarde.

Una paciente a la que nadie vacilaría en diagnosticar como psicótica me cuenta que las voces la atormentan insultándola y exigiéndole imperiosamente que deje de fumar. La paciente concuerda en que fumar es perjudicial para su salud, pero le indigna recibir órdenes inapelables sin tener la posibilidad de discutir de alguna forma el asunto. Si deja de fumar, las voces se apaciguan y puede vivir más tranquila. Otro médico le ha dicho que sería mejor que no fume y que, si lo hace, deberá arrostrar las consecuencias. Me mira fijo y me pregunta qué me parece lo que le dijeron. Intuyo que ella no suscribe el consejo recibido y pregunto por qué las voces se arrogan el derecho de decidir si ella debe o no fumar, más allá de que sea mejor no fumar. Muy aliviada, me responde: “Es lo que yo digo” y, a continuación me pregunta: “¿Soy loca yo?”, a lo cual respondo cautamente que fumar no enloquece a nadie. Más adelante, refiere que las voces aparecieron hace unos años en el momento en que había comenzado una relación de pareja con un hombre y que se habían ido cuando unos meses después la pareja se rompió y que ahora habían retornado en una situación semejante. Se aclara, entonces, el sentido de la pregunta de la paciente. “¿Tengo derecho a fumar?” remite a “¿Tengo derecho a tener un hombre?” o, lo que es lo mismo, a “¿Tengo derecho a amar y ser amada?” y a “¿Tengo derecho a ser un sujeto?”. Loca sería si renunciase a ser sujeto y se aviniese a que las voces se la fumen a ella. El derecho a ser sujeto es irrenunciable, aunque sea ser sujeto de un goce malsano, y sostener o no ese derecho elementalísimo marca el límite con la psicosis. El psicótico 77 se ha allanado a ser la cosa de otro, a ser gozado por otro y por ello es que siempre se pregunta si hay sujeto en la psicosis 78. Hay, por lo pronto, una queja psicótica, justamente la de ser importunado, acorralado y sometido por otro 79 inapelable y tiránico. Afánisis (del griego αφάνισις, desaparición) es un término creado por E. Jones que, reelaborado por Lacan, denota precisamente esa desaparición del sujeto que tiene por efecto lo que Winnicott llamaba angustia inenarrable y que acarrea un grave disturbio de las relaciones del paciente con la realidad consensuada. Por otra parte, todo aquello que se presenta como un quid iuris 80, como una cuestión de derecho, tiene que ver en Psicoanálisis con el falo y es, por tanto, materia a discutir, a negociar y, eventualmente, a distribuir. Lo que suscita la justa indignación de la paciente de la viñeta es el carácter intransigente de las voces más que el contenido concreto de sus imperiosas exhortaciones.

Para concluir, entonces, una vez que tenemos al objeto representado y que la neurosis ha sido elegida a los empellones, hay sujeto y no más yo de placer purificado (Lust purifiziert Ich) 81. En otra época, se decía con razón que la representación mata la cosa, la anula y no sólo la hace desaparecer, sino que la sustituye para siempre. Cuando la cosa 82 no ha sido convenientemente expulsada y vuelve a presentarse en el campo del sujeto, éste entra en el estado afanísico que mencionamos más arriba. Hay, pues, sujeto, pero, para Freud, es un sujeto barrado, un sujeto dividido por una Spaltung sin retorno: nunca habrá una unificación (Vereinigung) del sujeto. Tenemos, entonces, tres “mitos”freudianos, tres momentos cruciales, que narran el nacimiento del sujeto: el de la elección delobjeto, el de la elección de la neurosis y el del desdoblamiento (Sonderung) subjetivo y es muy posible que sean tres versiones o facetas de un mismo suceso fundacional.

En oposición al unánime sujeto moral kantiano capaz de acatar las exigencias del Imperativo categórico, Freud nos habla de un sujeto dividido, esto es, un sujeto irremediablemente heterónomo. Para Kant, un sujeto heterónomo es aquel que sigue las leyes de la Naturaleza, que se apoya en sus inclinaciones (Neigungen), que únicamente es capaz de seguir imperativos hipotéticos y, un paso más, un sujeto que detenta un juicio igualmente heterónomo, esto es, que se guía por los juicios ajenos. Es muy difícil dar cuenta de cómo explica Freud no ya la moralidad sino, como dice el tango, “la poca decencia que nos queda” 83, estando como estamos sumidos en la heteronomía. No hay más remedio que apelar a la identificación, tan llevada y traída en la teoría psicoanalítica, tal como lo señala Lacan en el comienzo del intragable Seminario IX. La identificación es allí presentada como el comodín de la teoría y se la invoca para rellenar cualquier bache o hueco que eventualmente surja. Los pocos valores rescatables de Dora -su escasa estatura moral, diríamos- son debidos a oportunas identificaciones con su padre y con su hermano, no importa que el padre fuera un sifilítico adúltero 84 y, por lo que se puede apreciar, bastante perverso. Pero, a pesar de todo, es un padre y en esos años victorianos la fachada funcionaba mucho mejor que ahora y eran pocos los que se atrevían a exponer su estatuto de simulacro obsceno. Dora lo hace a medias con su neurosis y por ello es que Freud se apresura a cerrarle el pico y denunciarla como cómplice más que como víctima de los turbios manejos paternos.

En síntesis, la moralidad o inmoralidad de las personas, su fidelidad o inconstancia respecto de sus ideales humanitarios y altruistas dependen de la famosa identificación con un padre ejemplar, núcleo básico del Superyó y sucesor directo del fenecido Dios judeocristiano. Y como de la cuestión del padre y de la identificación ya se ha hablado en exceso -y no teniendo nada nuevo que añadir- nos consideramos excusados de extendernos en el tema y es buen momento de recapitular lo hasta ahora dicho, aunque no sin antes dedicar unos párrafos a la cuestión del Superyó, concepto pivote en torno al cual gira la reflexión psicoanalítica sobre la moralidad.

Notas:

71 Ed. Rama, Barcelona, sin año.

72 El diccionario de Chemama y el de Evans no tienen entradas para dichos conceptos, que deben ser buceados en otros artículos.

73 Op. cit., p 107 y ss.

74 Op. cit. P 108.

75 Curioso y cambiante, por cuanto Laplanche y Pontalis puntualizan que esta problema de la elección de la neurosis preocupó a Freud durante toda su vida y que es “inseparable del esclarecimiento profundo de la estructura neurótica”. Se excusan de proporcionar una historia de la evolución del concepto y remiten al lector a otros artículos tales como trauma, fijación, predisposición, etc. .

76 Seguimos a Freud en su distinción entre el yo de placer purificado, previo a toda actividad representativa, y el yo a secas (para nosotros, sujeto), que es una agencia psíquica volcada por entero a dicha actividad representativa.

77 El esquizofrénico ha capitulado ante su Otro gozador, el paranoico lucha como puede y protege sus intereses por medio de sus delirios.

78 Winnicott decía que el verdadero self estaba como eclipsado y aplastado por el falso self en los pacientes graves, a tal punto que podía dárselo por inexistente.

79 En clave lacaniana, sería un Otro inapelable, etc..

80 La distinción quid facti/quid iuris (cuestión de hecho / cuestión de derecho) está muy presente en Kant. Es un hecho que la Física ha progresado, eso nadie puede cuestionarlo seriamente, lo que sí debe ser discutido es cómo es que ello ha sido posible. Kant, en consecuencia, investigará en la primera de sus críticas cuáles son las condiciones de posibilidad del conocimiento científico alcanzado por la Física. Aquí, el hecho son las voces mismas y lo que se objeta es su derecho a existir.

81 En la introducción, mencionamos una concepción del sujeto más bien lacaniana- o volteriana cuando dijimos que hay sujeto cuando hay sujeción a la ley, etc.

82 En clave lacaniana, otra vez la mayúscula y tenemos la Cosa, el Otro inolvidable, etc.

83 ¿Qué vachaché? de Discépolo.

84 Hay que admitir que dos adjetivos esdrújulos seguidos tienen mucho peso

(Continuará en: El superproblema del Superyó.)

Juan José Ipar

Todos los derechos reservados

Autor: Juan José Ipar

Podrán leerme en el blog: "Veleidades de Verdad - Divagaciones teóricas de un psicoanalista."

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