El valor de la cultura – Juan José Ipar

2020

a OJI

En nuestra época, quizá como en ninguna otra, se cuestiona con ardor el valor de la cultura, por más que estemos entregados a ella en cuerpo y alma e infantilmente esperemos con ansia las últimas novedades de su impresionante desarrollo tecnológico. Al mismo tiempo, deseamos abandonarla o al menos situarnos en alguno de sus variados márgenes, en la medida en que la percibimos como violenta, alienante e impuesta. La cultura es, como el lenguaje, un camino sin retorno: se trata de una marcación indeleble de los sujetos, que nunca serán capaces de regresar cabalmente a un supuesto estado inicial precultural. Meramente imaginar cómo habrá sido dicho estado anterior, la horda de la que hablaban los antropólogos del XIX, es un prodigio que debemos a la simple comparación con la organización social de los primates superiores. Pero de ningún modo nos es dado reproducir en nuestra propia mente cómo pudo haber sido la vida anímica anterior al lenguaje. Únicamente nos queda, quizá como flojo consuelo, fascinarnos en la consideración de una zona turbia: la periferia de las megalópolis postmodernas, en las que sobreviven esforzadamente una cantidad de individuos a los que se denominaba otrora lumpen-proletariat[1]. Estas personas no constituyen, para Marx y Engels[2], una verdadera clase social, carecen de conciencia de clase o de vínculos de solidaridad entre ellas y no aportan fuerza de trabajo, esto es, no están incluidas en el proceso productivo. Su obligado destino es vivir de la caridad ajena y ser manipulados por la élite de turno: no pueden ser, por ende, sujetos de la Revolución. Son pobres de toda pobreza y hacen del “rebusque” su sola ocupación. Podría decirse que son auténticos hijos de Poros y Penía[3]. Volveremos sobre esto.

En esta apretada zona marginal se reúnen también lo que Sartre llamaba “los productos de desasimilación” de la cultura burguesa -gente que “se cayó” de la clase media, como solemos oír por ahí- y tuvo antaño otros nombres y otros escenarios. Entre nosotros, la “orilla”, los arrabales, los andurriales y otros parajes inhóspitos en los que imperaba la llamada ley de la calle, o la ley del más fuerte, perteneciente al hipotético estado de naturaleza que planteaban los filósofos políticos del XVII y el XVIII. La frontera con el indio en la inmensidad de la Pampa, como el Far West americano, era otro ambiente en el que se desarrollaron muchas de las historias “pintorescas”, recogidas por la literatura y la poesía gauchesca argentina. Vamos a centrarnos en dos cuentos de Borges en los que los personajes cambian de bando, uno que pasa de la barbarie germánica a la cultura bizantina en el Medioevo temprano, y otros dos cuyo tránsito es inverso y trataremos de extraer de todo ello algún que otro concepto acerca de los móviles que los impelieron a la acción. Como bonus, nos detendremos en algunos pasajes importantes del Martín Fierro.

Ambos cuentos están incluidos en El Aleph (1949) y el primero se intitula Historia del guerrero y de la cautiva. Con respecto al guerrero, Borges asegura que en un libro de Benedetto Croce (1866-1952)[4], y citando a Pablo Diácono (710-789)[5], el filósofo italiano narra la suerte y el epitafio de un lombardo llamado Droctulft, que en el asedio de Ravena, “abandonó a los suyos y murió defendiendo la ciudad que antes había atacado[6] [7]. Fue debidamente enterrado en una iglesia y su epitafio comenzaba: Terribilis visu facies mente benignus/ Longaque robusto pectores barba fuit. En un latín un tanto degenerado, los piadosos habitantes de Ravena describen a Droctulft: cara terrible de ver[8], larga barba y pecho robusto [pero] benigno de mente. Así lo vieron. Borges, en cambio, prefiere contemplarlo sub specie æternitatis, en lo genérico, en lo que nuestro buen longobardo tuvo de universal y lo imagina proveniente “de una oscura geografía de selvas y de ciénagas”, en las márgenes del Danubio o del Elba. Lo supone arriano, uno que no pone en pie de igualdad la gloria del Hijo con la del Padre, aunque admite que tal vez sea más lógico pensarlo como devoto de la Tierra, de Hertha, o de “los dioses de la guerra y del trueno”. Como el germano promedio, era “blanco, animoso, inocente, cruel, leal a su capitán y a su tribu, no al universo”. La guerra incesante y los desplazamientos lo han traído ante Ravena y allí tiene una visión que jamás siquiera soñó. “Ve el día y los cipreses y el mármol. Ve un conjunto que es múltiple sin desorden, ve una ciudad, un organismo hecho de templos, de estatuas, de jardines, de habitaciones, de gradas, de jarrones, de capiteles, de espacios regulares y abiertos[9] [10].  Sale de la noche de la barbarie y “ve el día”, es lo primero que dice Borges: un Fiat lux que ilumina su animosa y rudimentaria alma. En este punto, se percibe claramente el parentesco de esta repentina epifanía con la del aleph, se comprende su inclusión en el libro. Borges da a entender que la vista de Droctulft no se pasea por Ravena, no la recorre como en un paneo cinematográfico, sino que se le da toda ella en un acto. Droctulft tiene ante sí la revelación instantánea y unánime de un κοσμος, un mundo ordenado. Pasa del estrepitoso revoltijo de los carromatos en movimiento a la serena quietud de la ciudad. No la ve como un hormiguero humano febril y caótico, como es usual que ocurra, sino como un conjunto apaciblemente acondicionado. Tiene una palmaria captación de algo  trascendente y, por ello, deja de estar atrapado en la anécdota sumaria de lo inmediato y particular. Borges trata de precisar aun más qué está ocurriendo: el impacto de Droctulft no es del orden de lo estético; es, más bien, como si estuviese ante una máquina compleja cuya finalidad se le escapa, pero cuya existencia permite inferir “una inteligencia inmortal”. Algo superior entra en escena, algo que no será capaz de comprender medianamente, en donde sería “como un perro o un niño”. No puede imaginar un lugar definido para sí mismo en esa ciudad, pero sabe instantáneamente que debe defenderla, porque “vale más que sus dioses y que la fe jurada y que todas las ciénagas de Alemania”. En su sepultura, incluso, son grabadas “palabras que él no hubiera entendido”. El epitafio concluye: Contempsit[11] caros, dum nos amat ille, parentes/ Hunc patriam reputant esse, Ravenna, suam. Algo así: “en tanto nos ama, despreció a sus parientes queridos, / reputan que su patria es Ravena”. ¿Fue un traidor, un tránsfuga? De ninguna manera: hizo lo que luego hicieron todos los longobardos: se hicieron italianos y, desliza Borges, hasta es posible que, con las generaciones, hayan engendrado un Alighieri.

Podríamos agregar a lo dicho por Borges que hay asimismo un salto ético en la decisión de Droctulft, en la exacta medida en que la contemplación de Ravena lo impulsó a la acción, lo decidió. De la lealtad elemental a su jefe y a su tribu, pasa a sentirse llamado por el deber de defender la ciudad. Efectivamente, ser leal a una causa es una gran virtud, pero el deber es algo muy superior, es un mandamiento racional, impersonal, sin un rostro visible. Ya señalamos en otra parte[12] cómo Freud conceptualiza un momento crucial del desarrollo del Superyó, cuando éste se vuelve impersonal y constriñe al sujeto no ya por el temor, sino por algo más evanescente y abstracto, precisamente el sentido del deber.

La segunda historia de este primer cuento de Borges, la de la cautiva, es más compleja, es doblemente femenina. Tiene la forma de un relato que oyó de su abuela inglesa, ya muerta, de cuando, hacia 1872, el abuelo era Jefe en Junín de la frontera norte y oeste de las provincias de Buenos Aires y Santa Fe. La cadena de fortines estaba cercana y más allá, Tierra Adentro, como aun se la llama, por ese entonces la tierra del indio pampeano[13]. La abuela comentaba con frecuencia “su destino de inglesa desterrada a ese fin del mundo[14], hasta que alguien le hizo notar que no era la única y un buen día le señalaron a una muchacha india que cruzaba la plaza, vestida con dos mantas coloradas y las crenchas rubias, como pudieron ser las de Droctulft. “Un soldado le dijo que otra inglesa quería hablar con ella” y allí, en la Comandancia, se entrevistaron ambas mujeres. Una, “sin temor pero no sin recelo, (…) la cobriza cara, pintarrajeada de colores feroces”, ojos claros descoloridos “que los ingleses llaman gris” y manos fuertes y huesudas; “todo parecía quedarle chico: las puertas, las paredes, los muebles[15]. A la otra, la adivinamos expectante, curiosa.

La india inglesa refiere lentamente su historia: hace quince años que no habla inglés, es de Yorkshire y vino con sus padres a Buenos Aires; añade “que los había perdido en un malón, que la habían llevado los indios y que ahora era mujer de un capitanejo, a quien había ya dado dos hijos y que era muy valiente”. Todo esto fue dicho morosamente, en una mezcla de inglés y de araucano, con extrañamiento y repeticiones. Detrás del relato, “se vislumbraba una vida feral: los toldos de cuero de caballo, las hogueras de estiércol, los festines de carne chamuscada o de vísceras crudas, las sigilosas marchas al alba; el asalto de los corrales, el alarido y el saqueo, el caudaloso arreo de las haciendas por jinetes desnudos, la poligamia, la hediondez y la magia”. Todo esto que entrevé dificultosamente la abuela de Borges es una visión opuesta y complementaria de la que tuvo Droctulft. Es la manifestación apenas barruntada de un mundo desordenado, excesivo, anárquico y fogoso, en perpetua agitación. La abuela se apena: “A esa barbarie se había rebajado una inglesa”. La instó a quedarse con ella, le prometió recuperar a sus hijos… Pero “La otra le dijo que era feliz y volvió, esa noche, al desierto”. Tan sólo un par de años después, muere Francisco Borges en una de las muchas asonadas de esta tierra increíble y la abuela “pudo percibir en la otra mujer, también arrebatada y transformada por este continente implacable, un espejo monstruoso de su destino…”. Esta última frase pareciera funcionar como una especie de epitafio, como la síntesis y el colofón de la historia de la cautiva.

Hay, sin embargo, un capítulo más de esta triste historia: varios años han pasado sin que la india inglesa se deje ver por las pulperías de Junín o de Fuerte Lavalle en procura de baratijas o de sus “vicios”, hasta que un día la abuela sale a cazar y pasa por un rancho en el que un hombre degollaba una oveja. En ese instante, “como en un sueño” aparece la otra a caballo y “se tiró al suelo y bebió la sangre caliente”, sin que se sepa si “ya no podía actuar de otro modo, o como desafío y un signo”. Pudo haber sido una alucinación, un espejismo, en efecto, un oculto deseo de volver a encontrar a la otra mujer crudamente realizado. Es un agregado desconcertante, eriza la piel. Beber sangre es la prueba más palpable de salvajismo, de animalidad. Ya pertenece a un mundo en el que lo aberrante no es tal, forma parte de él y es normal, si es que puede decirse semejante cosa. Ahora, la india inglesa poco o nada tiene de inglesa y deja de ser el espejo de lo que pudo ser el “monstruoso” destino de la abuela. Es un espejo roto en el que resulta imposible reflejarse. ¿Sería, acaso, un desafío? ¿Un modo de reivindicar ante la inglesa melancólica su nueva pertenencia, como si se tratase de un bizarro síndrome de Estocolmo? ¿O signo de qué? Sin dudas, hay un tufo a orgullo en el remate del relato, herido, pero orgullo al fin.

Borges cierra su cuento doble y adopta un aire reflexivo: hay mil trescientos años de diferencia y un océano de por medio entre ambos destinos y, aunque parezcan antagónicos, “a los dos los arrebató un ímpetu secreto, y los dos acataron ese ímpetu secreto, un ímpetu más hondo que la razón”. Y remata: “El anverso y el reverso de esta moneda son, para Dios, iguales”. La conclusión es, digámoslo, algo convencional: los opuestos son lo mismo, de alguna manera se igualan, al estilo presocrático[16]. Hay una diferencia, sin embargo, entre ambas historias: hasta donde le es dado, Droctulft elige libremente su destino, puesto que la contemplación de Ravena, aunque casual, no es compulsiva, mientras que la de Yorkshire es arrebatada en un malón. Por eso mismo, es necesaria la escena que la muestra bebiendo sangre: allí, se supone que actúa por decisión propia. A pesar de todo esto, hay un “ímpetu secreto” que los anima a ambos y, ya se sabe, todo ímpetu es, en su raíz, enigmático, tanto, que podemos decir que un impulso irracional empujó a Droctulft a ponerse del lado de la quieta razón.

Podemos ir al segundo cuento de Borges, intitulado Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874). Solamente nos ocuparemos en detalle del último y extenso párrafo, en el que se resuelve el destino del personaje. Lo que precede -dos de las tres páginas de las que consta el texto- es el casi anónimo relato de las andanzas de un sujeto más de esa zona limítrofe con el indio. Es diríamos esencial que no haya mucho que decir de él: no sobresalió en nada de lo que pudo ser la vida de cualquier otro gaucho. Como Droctulft, es un individuo promedio, como hubo tantos. Un poco como ese cuento de Flaubert, Un coeur simple[17], en el que se refiere la rasa vida de Félicité, irónico nombre de una empleada doméstica en la Normandía del XIX, intocada por el universal. Pero a Tadeo Isidoro lo estaba esperando un destino, sin que él mismo siquiera lo palpitara. Corre junio de 1870 y, ya nombrado sargento, casado o amancebado y hasta con un hijo en el Pergamino, recibe la orden de apresar a “un malevo, que debía dos muertes a la justicia”. Era un desertor que había sabido estar a las órdenes del coronel Benito Machado y “en una borrachera había asesinado a un moreno en un lupanar; en otra, a un vecino del partido de Rojas”. Algunos recuerdos imprecisos comienzan a agitar la mente de Tadeo Cruz y también la nuestra. “El criminal, acosado por los soldados, urdió a caballo un largo laberinto de idas y de venidas[18]; éstos, sin embargo, lo acorralaron la noche del 12 de julio”. En un pajonal, tiene lugar una pelea despareja. “Tadeo Isidoro Cruz tuvo la impresión de haber vivido ya ese momento”, nosotros, lectores, también. El forajido tiene algo de león cercado: “la crecida melena y la barba gris parecían comerle la cara”. Borges prefiere cautamente abstenerse de detallar los pormenores de la pelea, le basta recordar que el fugitivo “malhirió o mató a varios de los hombres de Cruz”. Y es entonces que, “mientras su cuerpo combatía en la oscuridad”, Cruz comenzó a entender una serie de cosas: que “un destino no es mejor que otro, pero que todo hombre debe acatar el que lleva dentro. Comprendió que las jinetas y el uniforme ya lo estorbaban. Comprendió su íntimo destino de lobo, no de perro gregario, comprendió que el otro era él. Amanecía en la desaforada llanura. Cruz arrojó por tierra el quepis, gritó que no iba a consentir el delito de que se matara [ansí[19]] a un valiente[20] y se puso a pelear contra los soldados, junto al desertor…”. Ya lo sabemos, Martín Fierro. No es más Tadeo Isidoro, pasó a ser escuetamente -irónicamente, si se quiere- Cruz.

Es una ardua tarea contar un cuento de Borges, hemos vuelto a contar dos y lo hemos hecho como hemos podido. Se decía antaño: la concurrencia sabrá disculpar. A no dudarlo: lo mejor es dejar que el hombre hable él y por ello es que abusamos de las comillas. En este último cuento, empero, hay un elemento agregado: Cruz se desdobla: en medio de la noche, su cuerpo lucha y su alma también, pero son dos luchas antagónicas. Vislumbra como la abuela, se le aclara la mente como a Droctulft. Pero va, por así decir, de a poco, mientras su cuerpo todavía está en la otra pelea. Clarea y la visión que va surgiendo es la de sí mismo: ¿quién es Cruz?, ¿cuál es su destino? ésa es la cosa. Y, finalmente, salta el cerco que lo separa de Fierro: terminan yéndose juntos a la tierra de los mapuches.

De modo que Borges nos sorprende con lo que hoy llamaríamos una precuela, relatando la prehistoria de un personaje[21], además, escrito y pensado por otro, por José Hernández. Logró -nada menos- sumarle tres páginas al mítico Martín Fierro, exponiendo a través de la metamorfosis de Cruz, lo que pudo haber estado antes en la mente de Fierro, de todo desertor de la cultura, de un resertor[22] promedio. La cultura termina siendo una molestia de la cual debemos desembarazarnos y, como en los sesenta, ser uno mismo, ser libre, es retobarse, allanarse a una vida cerril y cimarrona, dando cumplimiento a un ideal romántico encarnado precisamente por Fierro. Vivir en comunidad resulta ser una pesada carga de sinsabores e injusticias de la que deberíamos aligerarnos. Y aquí es pertinente recordar una disputa que ya examinamos someramente en otra parte[23], la de Ezequiel Martínez Estrada con Carlos Astrada acerca del valor de la continuación del poema de Hernández: la Vuelta de Martín Fierro a la sociedad argentina por esos años en formación, la reunión con sus hijos y con el de Cruz. Martínez Estrada repudia el regreso de Fierro y lo considera casi como una traición a la crítica social planteada en la Ida, mientras Astrada lo ve como una reconciliación que apacigua y supera dicha posición crítica[24]. Todos tenemos, como Cruz, como Fierro, como Borges, una cierta ambivalencia entre el valor supremo de la cultura y sus grandes creaciones y el espíritu áspero e indómito que parece bullir en lo más profundo de nuestro ser. Quizá sea la misma ambivalencia que Freud encontraba en sus neuróticos frente a la figura del padre: una amorosa sumisión a él y, en simultáneo, una tenaz rebelión que nunca termina de desaparecer del todo. No tiene mucho remedio: hay que lidiar con la pulsión/ ímpetu como se pueda.

No hay retorno de la cultura, dijimos, pero ésta puede degradarse, corromperse, y aun disolverse, tal y como el gran Polibio lo afirmara y con él toda la tradición antigua. Hoy asistimos a la declinación de las democracias liberales, que van paulatinamente derivando en regímenes autoritarios con una fachada democrática. El proletariado también entró en decadencia a causa del progreso tecnológico que lo vuelve progresivamente superfluo y, como consecuencia de ello, hoy vemos apiñarse en los barrios de emergencia al variopinto lumpen-proletariat del que hablamos más arriba. Se da la constelación de la demagogia, esto es, la sinergia entre un autócrata carismático y omnipresente y el lumpenaje que se identifica groseramente con él y lo apoya en el simulacro de democracia que llevan adelante[25]. Se cierra un círculo que va de la sociedad en ciernes de la segunda mitad del XIX, cuyas penas poetizara Hernández, al fracaso del proyecto de industrialización de la segunda mitad del XX. No pasaron para nosotros, argentinos, trece siglos, apenas uno. ¿Será poetizable nuestra penuria actual y su inseguridad? En otros países, hay “narcocorridos” en los que se celebran las rocambolescas andanzas de personajes directamente delictivos, que encarnan las esperanzas y las fantasías de los más desposeídos. De cualquier manera, la droga parece ser un eficiente recurso para mantener dominada a la masa de lúmpenes que deambula perdida por las calles de las urbes postmodernas. Un posible próximo paso es la generalización del aborto -no solamente su despenalización-, cosa que se sumará a la baja de la natalidad y hará que la progresiva desaparición de la pobreza sea una burlona realidad.

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