La papa – Juan José Ipar

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2020

He aquí, ante nos, la papa. Desnuda e impúdica, exhibiendo al mundo su mero ser de papa, como un objeto empírico más, de los muchos que circulan por allí, portando sus cualidades inherentes y accidentales como si tal cosa, impunemente. ¿Por qué no? ¿Acaso debemos atribuirle alguna culpa ontológica, que arrastraría desde hace quién sabe cuánto tiempo? No, no necesariamente, al menos. Asumiremos, pues, que no es sino una inocente papa o de una papa inocente, lo mismo da. Que no es lo mismo que un Papa Inocencio, que los hubo. Por otra parte, ¿es una papa ideal o se trata, más bien, de una de sus innúmeras copias, de las que pueden ser apreciadas en cualquier mercado? Imposible decidirlo, hemos de permanecer en la duda. Toda papa, sin embargo, es una y es tan papa como la que más, eso es seguro. Es ella. Aunque nos pese o nos disguste.

Habremos de concederle que no pretende más que la pura existencia, con poca o nula actividad que exceda su mero pasatismo de papa indolente. ¿Qué puede hacer una papa, en el mejor de los casos? No hay muchos registros de sus proezas, de sus andanzas, de sus trabajos, de sus aventuras. ¿Será un tópico olvidado por la literatura? ¿O silenciado, vaya uno a imaginar por qué motivo? Quizá seamos los primeros en interesarnos en ellas. Pioneros.

Excediendo el plano empírico, remanido y prosaico, nos internamos en el campo trascendental, con sus categorías y sus esquematismos. Nos interrogamos por las condiciones de posibilidad de la papa, por su idealidad, por su realidad objetiva, por los principios a priori por medio de las cuales la papa adviene pensable y tratable por el intelecto. Si no lo hiciéramos, quedaríamos capturados en la vorágine de imágenes, en cuyo torbellino raudo nos perderíamos seguramente. A lo sumo, en un rapto lírico, podríamos enamorarnos de la papa, cautivarnos con lo que tiene de efímero e ininteligible. No es el punto, ciertamente. ¿Con qué objeto nos perderíamos en la consideración amorosa de la papa? ¿Con qué beneficio? Además de indolente, la papa luce indiferente y podríamos frustrarnos cruelmente al amarla sin ser correspondidos. Acaso se trate de una papa ingrata, que no hace más que mirarse el ombligo, si es que lo tiene. Ya dejamos sentado que era indolente.

Lo que sí tiene es ojos, pero son ciegos y ya lo dice el refrán: “ojos que no ven, corazón que no siente”. Es ingrata, nomás. O insensible al embrujo del amor o del arte o… Mejor para ella, ¿para qué sufrir? ¿Cuál sería el beneficio para ella en caso de ser amada? Los amantes suelen ser celosos y controladores y su posesividad podría resultarle asfixiante a la pobre papa. Vigilada, sometida, su vida de simple papa devendría un infierno, un calvario que debería serle ahorrado. Dijimos antes que era un ser inocente y no tenemos por qué decir otra cosa ahora.

Semisumergida en agua, la papa florece precisamente por los ojos. Brotan de ellos gráciles ramificaciones que pronto se llenan de verdes hojas que alegran el entorno. Es su regalo al mundo, un presente que exterioriza su potencia vital, su afán de trascendencia, su energía.

Nuestra papa tiene, sin embargo, un costado sombrío. A nivel media o zoquete, la papa es signo de un vacío difícil de enmendar, ominosa representación del no-ser. Ya sabemos que el no-ser preanuncia el desorden: la papa, agorera, resulta caótica. Además, para completar este dark side, tener una papa no presagia nada bueno. Mejor que la tenga otro.

Olvidemos todo esto último y retengamos solamente el aspecto luminoso de la papa de marras. Reparemos en su capacidad inspiradora de buenas acciones y su temple amable y protector. La papa, como lo hacía el enano Bes en el Antiguo Egipto, preside la sexualidad, tutela a los niños y vela por todo aquello que resulte grato y placentero. Con esa imagen benigna nos despedimos de la papa, que pacientemente ha oído nuestra perorata, floja de sentido pero emocionada.  

Juan José Ipar – 2020

Todos los derechos reservados.

Autor: Juan José Ipar

Podrán leerme en el blog: "Veleidades de Verdad - Divagaciones teóricas de un psicoanalista."

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