Malestar y globalización – Juan José Ipar

2020

Debemos a Freud la idea de que no existe cultura sin malestar (Unbehagen), y que, de modo general, toda organización social contradice y restringe los deseos del individuo en algún grado, siempre considerable. Además, en todas las sociedades se da el fenómeno de que una minoría dirige y explota de muchos y diversos modos a la mayoría, cosa que genera complicaciones interminables y muy difíciles de disimular. Todas las naciones que nos muestra la Historia han adolecido de esta falta de equidad y es por eso que, en la percepción del maestro vienés, han estado y están de alguna manera merecidamente condenadas a desaparecer. El malestar de marras nada tiene que ver con la Naturaleza y las muchas calamidades que ésta es capaz de ocasionar al hombre, sino, más bien, con la relación interhumana, con el lazo social en términos lacanianos. Freud finaliza la corrección de su Das Unbehagen in der Kultur[1] apenas una semana después del famoso “martes negro” del 29 de octubre de 1929, en el que se registró el sonado crack de la bolsa neoyorquina. La atmósfera del texto es ciertamente ominosa y podría resumirse en el hecho de que la persistente crisis económica y política no encuentra una salida. La pequeña y convulsionada Austria, por su parte, se debate entre una izquierda inoperante y la amenaza de la derecha nacional socialista, que culmina con la Anschluss– unión con la Alemania nazi- en marzo de 1838, cuestión expresamente prohibida por el Tratado de Versailles[2], firmado al término de la Primera Guerra Mundial.

Se trata, en último término, de la inadecuación del hombre a la cultura. Freud intenta escapar al conformismo y al nihilismo, resaltando el carácter trágico del hombre y buscando aceptar las durezas de la vida sin recaer en la utopía (socialista) o en la idealización pacifista promovida por personajes como Romain Rolland (1866-1944), tan influido por el hinduismo y la filosofía oriental[3]. Tanto las actitudes decadentes como las revolucionarias le parecen a Freud no más que diferentes modalidades de escapismo de la realidad trágica del hombre. Para él, lo esencial es no consentir la injusticia.

En este campo, la teorización acerca del Superyó es determinante: un problema no menor es que su instalación en la subjetividad no es algo que se da por completo o no se da en absoluto. Hay muchas modalidades de Superyó, en ocasiones típicamente tortuoso y excesivo, como en los pacientes obsesivos, o débil pero parejamente cruel, como en los histéricos. Si las cosas se desenvuelven medianamente bien, el Superyó se erige en una autoridad interior (innere Autorität) que deniega satisfacción y culpabiliza al yo[4]. El problema surge cuando esta agencia funciona defectuosamente y resulta ineficaz. Sólo restaría, para Freud, una difusa autoridad exterior (äussere Autorität), cuyo amor teme el sujeto perder, como en la posición femenina[5]. En estos casos, el temor se centra en la pérdida del lazo social, situación abrumadora que amenaza arrojar al sujeto en el terrible desamparo (Hilflosigkeit). La vacilación superyoica estimula la identificación imaginaria al semejante, cosa que le permite sostenerse como deseante y expulsar todo lo displacentero fuera de ese precario “nosotros”, como era el caso del primitivo yo de placer purificado (purifiziert Lust-Ich), que precede a la instalación de los dos principios de la vida anímica. Todo lo malo es ubicado en un brumoso y elemental afuera, circunstancia terrible para cualquier sociedad, puesto que nos vemos ante una posición subjetiva volátil y simplista, pero impermeable a toda crítica o negociación. Los judíos para los nazis, la burguesía para los comunistas, los gentiles para los cristianos ya desde San Pablo, la  demonización de algún grupo vuelve a presentarse en los tiempos de la globalización, con sus periódicos rebrotes de regionalismos y xenofobia. Ya no nos abruma la culpabilidad tradicional frente a lo sexual, ni nos desvela la adhesión a un Ideal sublimado e inalcanzable y ha desaparecido toda agencia reguladora de la conducta, como no sea la asfixiante corrección política, que locamente recomienda ser transgresor y educado. Lacan reformula la concepción freudiana del punitivo Superyó y ahora éste ordena y exige gozar: sólo se es culpable de no acatar este desmesurado mandato. Por su lado, y en consonancia con ello, el mercado se aboca a estandarizar los modos de gozar, saturando al sujeto con objetos descartables. Paralelamente, la división subjetiva pierde su sentido defensivo y protector y se generan conductas adictivas compulsivas, vistas como nueva normalidad a la que no se puede evadir. Al desaparecer de la escena el síntoma clásico en tanto retorno obligado de algo reprimido, no hay ya qué analizar y, como suele escucharse, el nuevo cometido de un análisis es, justamente, propender a construirlo, recuperar la angustia. Los postmodernos y previsibles ataques de pánico son la nueva via regia que lleva a algunos a analizarse, a interrogarse por el sentido posible de su angustia. Se trata de la monstruosa eclosión de un deseo que no puede ser mentado ni acotado, pero que marca la salida de un goce autista y aparece en escena el temor a la pérdida del lazo social que mencionamos más arriba. El sujeto ha despertado abruptamente del “sueño capitalista” de consumo irrestricto y descubre su inermidad. Es preciso y factible retrotraer el pánico a la angustia, único reaseguro que rescata al sujeto de la barbarie del goce adicto o del impacto sobre el cuerpo de los agujeros simbólicos.

Eric Laurent lanza una pregunta pertinente: “¿En nombre de qué se le puede pedir a alguien que no goce?”. Si el Otro ha perdido su eficacia y hasta su existencia se ha tornado dudosa, acorde a la matemática lacaniana, se desacoplan el S1 y el S2 y queda el campo del sujeto invadido por inapelables e imperativos S1 (significantes Amo), típicos del preponderante discurso capitalista. Si no hay un Otro operando -decimos nosotros- uno podría decir que, del otro lado, tampoco hay sujeto barrado en su versión clásica y éste se ve reemplazado por lo que en otros lugares denominamos sujeto masificado, atrapado en una vorágine de imágenes y lógicamente caracterizado por su pobreza simbólica. No hay un Ideal en cuyo nombre se renuncie a nada y el sujeto masificado transcurre en la intrascendencia más completa. El Mercado no es un Otro y resiste las posibles tachaduras. En Malestar…, Freud habla de un Superyó cultural, concepto que se acerca al de Inconsciente colectivo de Jung y aun al de Otro en Lacan. Ésta sería la institución que ha entrado en decadencia, suplantada por un Mercado que soborna al sujeto y le tapona el deseo con gadgets progresivamente más atrapantes y económicos.

Otro punto que desarrolla Freud en Malestar… es el de la distinción entre los impulsos eróticos y los agresivos, tomando de Empédocles la dialéctica entre Ἔρως y Τάναθος, fuerzas cósmicas que tienden a la unión y separación. Y surgen preguntas: ¿están estas dos fuerzas en oposición y es menester conciliarlas?, o bien, ¿es ésa, el dominio las pulsiones agresivas, una tarea a cargo de la cultura? Ya con las sexuales solas estamos en problemas y el expediente usual es imponer tabúes y restricciones que tornan la vida sexual de los individuos en una intrincada ceremonia que conforma a muy pocos. Además, ya lo hemos visto en alguna parte, está la oposición entre goce (Genuβ) y trabajo (Arbeit) y apenas una minoría llega a alguna feliz conjunción, la del amor al trabajo. Se supone que la tendencia que nos empuja al Genuβ es “natural”- se supone asimismo que los animales no trabajan- y el Arbeit resultaría una imposición cultural. Por si todo esto fuera poco, cabe la pregunta por si la vida en común y la necesidad de tomar en cuenta los deseos ajenos también impone al sujeto limitaciones severas a su accionar, sin mencionar más que de refilón los intensivos cuidados que requiere por años el infante humano, con su consecuente e inevitable agenda traumática. Son demasiados condicionamientos como para que la felicidad se presente como mucho más que momentos pasajeros y esquivos y el magro consuelo de alcanzar de vez en cuando la kantiana satisfacción del deber cumplido (duty done), única recompensa válida que el de Koenisberg concede a los sacrificados humanos.

Hoy en día, en la postmodernidad de nuestros días, en los que los Otros se han multiplicado vertiginosamente, nos encontramos en una nueva época del Psicoanálisis, al decir de Lacan, la de los desengañados y de la heideggeriana errancia. Proliferan las apariencias y éstas generan un efecto de desorientación que se resuelve en una depresión generalizada, comúnmente encubierta por las múltiples adicciones. Asoma una nueva clínica, una fauna crispada y desorganizada, sin un Amo que prohíba u ordene la satisfacción o, directamente, regimente siquiera un poco las costumbres.

Cambiemos de escenario…

La κένωσις cristiana[6]

En Filipenses 2, 6/7[7], San Pablo dice que Jesús, “vaciándose a sí mismo (ἑαυτὀν ἐκένοσεν[8]), tomó forma de siervo”, haciéndose semejante a los hombres[9]. El apóstol se está refiriendo al misterio de la Encarnación, el de la transformación del Cristo en un hombre. Por supuesto, mucho se ha discutido, especialmente en los primeros siglos cristianos, acerca de si acaso Jesús tiene una o dos naturalezas -divina y humana-[10] o cómo debe ser entendida esta primera venida del Verbo. Al encarnarse, pasando de Λόγος a σάρξ (*sarx, carne), Jesús renuncia a algunos atributos divinos tales como la omnipresencia, la omnipotencia y la omnisciencia. Así, en los cuatro evangelios canónicos, cuando sus seguidores próximos le preguntan con ansiedad cuándo es que ha de retornar, no sabe cómo responderles. Este acto supremo de encarnarse tiene una profunda significación: Jesús se vacía y se abandona blandamente a la voluntad de Dios y, de tal modo, se constituye en un ejemplo para el cristiano. Vimos en otra parte cómo tantas sectas cristianas, el quietismo por ejemplo, retoman estas ideas paulinas y su ideal de vida es una completa pasividad como acto de entrega y sumisión a la voluntad de Dios. Claro que todas estas agrupaciones un tanto extremas aseguraban estar viviendo tiempos apocalípticos, en los que la segunda venida, la Παρουσία (presencia), de Cristo era considerada inminente. Sin embargo, cuando asciende a los Cielos, Jesús reasume estos atributos de los cuales se había desprendido. Otro tema de discusión fue que hay otros atributos divinos incompatibles con la naturaleza humana, tales como la aseidad (a se esse, ser por sí), la eternidad, la infinitud, la impasibilidad y la inmutabilidad de los que también se ha desprendido. Para un lector moderno, es difícil representarse el ardor y el tesón con que estos temas eran discutidos en los concilios, provocando cismas y condenaciones interminables[11]. Finalmente, privó la idea de que cada una de las personas de la Trinidad son unidades hipostáticas de una esencia inmaterial, que se da en Jesús la unión hipostática de las dos naturalezas (φύσεις) y que la Encarnación del Verbo no mengua en modo alguno la Gloria del Padre.

En otro lugar[12], hemos entrevisto el valor del episodio de la transfiguración (μεταμόρφωσις) de Jesús en el Monte Tabor, momento supremo en que el Ungido da a conocer a tres de sus seguidores su naturaleza divina, mientras departe con Moisés y Elías. Jesús resplandece anticipando la Gloria del Padre, quien se hace presente como una voz que lo reconoce como su Hijo muy querido. Es la única circunstancia en que Jesús suspende su κένωσις y manifiesta su naturaleza divina. A pesar de la encarnación, empero, Jesús sigue siendo perfectamente santo, justo, misericordioso, clemente y amoroso[13]. Además, nunca se enfermó ni su cuerpo se corrompió: muere pero no peca, se abstiene, justamente, de la carne. Jesús deviene carne casta y pura. En Filipenses, entonces, Pablo exhorta a los cristianos a seguir el ejemplo de humildad del Cristo: porque se rebajó, cargando con todas las debilidades humanas excepto el pecado, Dios lo elevó a Su Gloria.

El sagaz lector habrá hecho con seguridad la conexión: el sujeto masificado del que hemos estado hablando viene a ser la realización bizarra y tardía del ideal del buen cristiano. En tropel, los ciudadanos postmodernos se avienen mansamente a que el Sistema haga con ellos lo que se le frunza, como se dice popularmente, renovando una extraña servidumbre. Sólo que no saben que se están vaciando de iniciativa y de trascendencia: antes bien, creen ser libres, decididos, trasgresores y progresistas. Unos vivos bárbaros.

La sexualidad, ella, se torna paroxística y el sujeto deviene carne desenfrenada que ya no cree en el pecado ni en la santidad. Carne estúpida. Curiosamente, la castidad, llamada ahora anhedonia, tiene cada vez más cultores, dada la saturación alcanzada. Tenemos, pues, un malestar paradójico: la gente es libre de hacer de su vida lo que le cuadre, pero encuentra obstáculos imaginarios y arcaicos -como el depuesto patriarcado o el machismo, o lo que sea- a los que sufridamente tiene que sobreponerse. Es, por consiguiente, un malestar light pero infinitamente irritante e inextirpable. Ya el agorero Freud vaticinaba que a más cultura, más malestar. Hemos llegado a un perfecto atolladero, como tanto nos gusta. Sin embargo, y por excepción, daremos una pista al improbable lector de qué hacer o esperar en una situación semejante. Y lo encontramos, como de pasada, as usual, en…

Un cuento de Julio Cortázar

El cuento al que nos referiremos se intitula Una flor amarilla e integra un tomo de relatos breves, Final de juego,  editado en 1956 y ampliado en 1960. Resumimos la trama: en una charla con un borracho en un bistrot de París, el relator toma noticia de que los humanos somos inmortales. El parroquiano comienza a referir cómo lo supo: un día, en el colectivo 95 se encuentra con un niño de unos trece años, Luc, en el cual creyó encontrar un estrecho parecido con el recuerdo que tenía de sí mismo en su pubertad. De alguna manera, se las ingenió para presentarse al niño y hasta se introdujo en su familia, de una “miseria decorosa”, con una madre avejentada, un tío jubilado y dos gatos. Por los comentarios de la madre, va viendo cómo Luc ha vivido  una multitud de situaciones muy semejantes a las que él tuvo que pasar.  Arriba a una conclusión inquietante: “Luc era otra vez él, no había mortalidad, éramos todos inmortales”. Hay, sin embargo, una incongruencia: Luc debería haber nacido después de que él hubiese muerto. Se trata de un pequeño error, un “pliegue del tiempo”. A pesar de ello, y de la fantástica casualidad de haber tropezado con él en un colectivo, la certeza de que la vida del muchacho es una repetición de la suya es indubitable. Y más aún, Luc no solamente era él, sino que también iba a ser “un pobre infeliz” como él. Muchas otras alternativas de la vida de Luc coinciden, casi como si hubieran sido calcadas de experiencias propias con ligeras variantes. Empezó a preocuparse por la suerte de Luc. No importan los planes de su madre o de su tío para él, “el resultado sería el mismo, la humillación, la rutina lamentable, los años monótonos, los fracasos royendo la ropa y el alma, el refugio en una soledad resentida…”. Pero lo peor era pensar en que Luc, a su turno, moriría y otro tomaría su lugar y repetiría su vida, y luego otro, y otro… Una rueda monstruosa de pobres diablos creyendo tener su vida y ser libres, como nuestros sujetos masificados. ¿O no? Don Julio comenta: “El hombre tenía un vino triste, no hay nada que hacerle”.

Apuremos el paso: Luc se enferma de una bronquitis, él logra ocupar el lugar de enfermero y, previsiblemente, el pobre muchacho termina muriendo en circunstancias que, aunque disimuladas, llevan a pensar que, indudablemente, el hombre tuvo que ver con ella. Un parentesco lejano con Raskolnikoff[14]. Semanas después del entierro de Luc, empezó a sentir algo parecido a la felicidad: se sentía el primer mortal, que podía llevar su degradación hasta el último vino y morir miserablemente, pero sin un Luc para “repetir estúpidamente una estúpida vida[15]. La mortalidad asegurada, puede saborear su mediocridad a sus anchas. Hasta que… una tarde -siempre es una tarde cualquiera, un momento perdido-, “cruzando el Luxemburgo, vio una flor”. Una flor amarilla, sin nada en particular que la destacase de su entorno. Se detiene a encender un cigarrillo, cosa perfectamente banal, y la vio.  “Fue un poco como si la flor me mirara (…) Ud. sabe, cualquiera lo siente, eso que llaman la belleza”. Una flor bellísima… Y de repente comprendió. Se encontró ante una nueva epifanía que anulaba la anterior: Ahora yo me iba a morir y Luc ya estaba muerto, no habría nunca más una flor para alguien como nosotros, no habría nada, no habría absolutamente nada y la nada era precisamente eso, que no hubiese nunca más una flor. El fósforo encendido me abrasó los dedos.” Sube a un autobús, luego cambia a otro y otro hasta llegar la noche. Busca a Luc, a “alguien que se pareciera a mí o a Luc, a alguien que pudiera ser yo otra vez (…) para que pudiera seguir con su pobre vida estúpida, su imbécil vida fracasada hacia otra imbécil vida fracasada…”. El relator paga y, suponemos, huye.

Hay, por supuesto, varios temas que se imbrican. Ante todo, se nos permitirá un tic de la profesión. ¿El borracho es solamente un borracho más, que desgrana las frustraciones de su existencia, o un síndrome de Cotard? Está la cuestión de la inmortalidad y la del asesinato altruista, a fin de ahorrarle al pobre Luc una vida positivamente desgraciada. Lo otro es la irrupción de la belleza por medio de un suceso perfectamente baladí, el encuentro con la flor en el Luxemburgo. París tiene esas cosas. Ahí descubre que la estúpida vida puede tener un sentido, cosa que no entraba en sus cálculos. Si esto es así, la muerte de Luc ha perdido su razón de ser y sale desesperado a buscarlo, a buscar un sucesor, un doble, un hijo. De repente, de sentirse cínicamente satisfecho con su miseria neurótica, pasa a ser alguien desesperado por su descendencia, por perpetuar aunque más no sea una sucesión de mediocridad y fracaso, que pueden no ser tales. Hay una chance. La flor parece mirarlo, lo interpela. El fósforo lo quema, lo despierta. Parece una escena de amor, un encuentro. Con que Ud., improbable lector, también tiene una oportunidad de exceder la masificación a la que ha sido inclementemente arrojado, a su destino cárneo, estúpido y resentido. No es poco. He allí el pobre pero sutil consuelo que podemos arrimarle, sin muchas esperanzas de que Ud. sea mirado alguna vez por una flor de cualquier color. ¿Tendrá Ud. ojos para ella? Estese atento, no vaya a ser…

Da la casualidad de que pasa un autobús, lo tomamos, y al través de nuestros auriculares viene a nosotros una selección de boleros de don Agustín Lara, entonados por su cantante predilecta, la también mejicana Toña, la negra. Nadie, Azul y Limosna. Y otro, y otro…


[1] Fue publicado al año siguiente.

[2] Luego de la guerra, el imperio austro-húngaro fue disuelto y emergen las modernas repúblicas de Austria, Checoeslovaquia (luego dividida a su vez), Hungría y Yugoeslavia (también disuelta en los ’90). Desaparece asimismo el Imperio Alemán y las potencias triunfantes se reparten el viejo Imperio Otomano.

[3] Rolland tenía, también, sus esperanzas puestas en la Unión Soviética y en 1935, invitado por Gorki, visita la URSS y conoce a Stalin.

[4] Si se nos permite la licencia, en este tramo, utilizamos los términos yo, sujeto, individuo y aun persona como si fueran equivalentes.

[5] La Kastrationsdrohung se refiere a la pérdida del amor entre las mujeres, en las que no funcionaría la amenaza directa sobre el órgano sexual.

[6] Tomo como referencia la entrada pertinente del Diccionario crítico de Teología dirigido por Jean-Yves Lacoste, París 1998 y traducción al castellano de Akal Ed., España 2007.

[7] La Epístola a los filipenses fue escrita entre el 54 y el 61, al parecer en su primera prisión en Roma (60-62), aunque otros autores la dan por escrita en Éfeso o Cesárea. Filipos era una ciudad de Macedonia en la que Pablo fundó una iglesia en el año 50, durante su segundo viaje misional. El tema básico es la humildad y la vida cristiana (cap. 1 y 2), aunque el capítulo 3 parece formar parte de otra epístola más polémica.

[8] Cristo se vacía a sí mismo, se trata de una acción reflexiva: si hablásemos de un “vaciamiento de Cristo”, sería un genitivo tanto subjetivo como objetivo.

[9] En 2, 6, dice que “no retuvo ávidamente el ser igual a Dios”.

[10] Para Arrio, por ejemplo, el Hijo no es igual en dignidad al Padre y, para Nestorio, Jesús es un hombre promovido al rango divino y, así, ad infinitum.

[11] Atanasio contra Arrio, Cirilo contra Nestorio y León contra Eutiques coinciden en que la Encarnación es un verdadero “abajamiento” del Verbo.

[12] En El arte y el artista, del año pasado.

[13] En el Evangelio de San Juan, es muy clara la idea de que el derrotero de Cristo es un descenso al siglo y a la carne y, luego, un ascenso a la Gloria del Padre.

[14] Explico: uno que razona torcidamente y termina autorizándose un asesinato.

[15] Vide supra la cuestión de la carne estúpida.

Juan José Ipar /2020
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