La radicalización – Juan José Ipar

2017

Es difícil decir con precisión qué es la radicalización, definirla, circunscribir este fenómeno tan extendido entre la juventud de nuestra época y que parece una moda como la de tatuarse o intervenir sobre el propio cuerpo por medio del llamado body art. Y mucho más difícil resulta entenderlo como un proceso susceptible de ser captado desde un ángulo psicoanalítico, esto es, desde la perspectiva del deseo.

En principio, la radicalización política o religiosa, las dos formas preponderantes de radicalización que se aprecia en nuestros días, afecta a los jóvenes, por más que unos cuantos cuarentones empeñosos y otros vejestorios  se sientan incluidos en sus filas y tomen las armas, algunas ideas trasnochadas o el Corán con fervor renovado. Formaría parte, entonces, de la rebeldía y furibundia[1] cada vez más crispada que se supone que es propia de la adolescencia o la juventud y a la cual la industria ha sabido aprovechar encumbrando estrellas rockeras, las letras de cuyas canciones incitan al desborde y al descrédito de todo cuanto tiene para ofrecer la cultura burguesa oficial. Pero la rebeldía rockera no excede en mucho el tumulto, alguna sobredosis y una cierta actitud sobradora, desafiante y descalificadora. Ahora, empezamos a ver jóvenes que se someten al rigor de un adiestramiento militar muy duro y exigente, acompañado de un adoctrinamiento político o religioso intensivo que demanda meses de esfuerzo continuado en campos de entrenamiento, alejados de sus familias y situaciones habituales, aunque recientemente se ha empezado a hablar de radicalizaciones fulminantes que se verifican en unas pocas semanas en jóvenes pacíficos y por completo ajenos a las ideologías que los captan y por las cuales no trepidan en morir.

Una primera pista nos la ofrece la política local: en Argentina tenemos un partido político, el más importante y tradicional, que se denomina precisamente Union Cívica Radical, cuya historia se remonta nada menos que a 1890 y que se formalizará unos años después. En esos tiempos, se trataba de un grupo de jóvenes que reaccionaban a lo que se llamaba el contubernio de las clases terratenientes poderosas y el capital extranjero, básicamente inglés, dueño de ferrocarriles, frigoríficos y de la incipiente industria que despuntaba. Era la lucha de la Causa contra el Régimen: los radicales del momento incluso encararon actividades violentas, al modo de los anarquistas italianos que llegaban a nuestras playas por entonces. Efectivamente, se sentían excluidos de la vida política y enarbolaban ideales sociales. Alem pregonaba: “nuestra causa es la causa de los desposeídos”, aunque no eran ellos mismos los desposeídos, como parece ser en nuestros días. Años más tarde, luego de la estrepitosa caída del régimen peronista, se escinde la Unión Cívica Radical Intransigente (UCRI) comandada por Arturo Frondizi y, unos años más tarde, llega el turno de un nuevo desprendimiento del viejo tronco radical, el Partido Intransigente, dirigido por Oscar Allende. Quiero remarcar algo que vuelve a escucharse hoy y que fuera un orgullo de los radicales de todas las épocas: la intransigencia, entendida en nuestras pampas como una no voluntad de negociar con corruptos o personas que no sostienen ideales democráticos. Tenemos, entonces, un drama entre el contubernio y la intransigencia, dos términos hoy en desuso y que bien pueden ser reconvertidos en sinarquía[2] – internacional ahora y no más vernácula- y una actitud de rechazo a toda negociación. La intransigencia radical transcurrió por completo dentro de los carriles democráticos y se expresaba en la famosa abstención electoral, tajante negativa a participar en los actos eleccionarios fraudulentos que organizaba el entonces gobernante partido Conservador.

Lo que sigue en pie de todo esto es el sucinto esquema de los viejos melodramas del XVIII: la archiconocida dialéctica entre una víctima (un pueblo, una clase social, el propio radicalizado, su madre, etc.) un villano (las potencias occidentales, el FMI, los rusos, los medios hegemónicos, los ricos, los poderes concentrados, los chiitas y muchos etc., que cambiarán según el caso que consideremos) y un salvador, Su Majestad el radicalizado. Hasta hace poco, a algunos de ellos se los llamaba extremistas, personas que profesaban ideas de extrema izquierda, algunos de los cuales tomaban las armas, pasaban a la clandestinidad y encaraban actividades terroristas como copar destacamentos militares, volar edificios u otros objetivos. Eran el brazo armado de la Revolución, noble remedio que se oponía a la explotación capitalista de las masas. Se suponía que eran jóvenes idealistas airados que elegían el camino de la violencia revolucionaria, la cual era justificada de múltiples maneras, vista la imposibilidad de acceder al poder por medio de elecciones limpias[3].

De todo esto se desprende que los radicalizados de todas las épocas y latitudes se sienten algo así como posesores de alguna verdad indiscutible, ello explicaría su intransigencia: nada hay que negociar ni ceder[4]. Esta posesión de la verdad es más importante que la vida, sea propia o ajena, y ello es llamativo, porque demuestra que esa verdad está idealizada y es valorada como algo capaz de sostener al sujeto en situaciones de gran dificultad, aun enfrentar a la muerte, tan temida por los humanos comunes. ¿Cómo se llega a esto? ¿Cuáles son los caminos que llevan a alguien a sentirse imbuido de una verdad tan rotunda y contundente que ofrende su vida sin pensarlo demasiado? Indudablemente, no nos encontramos ante un tipo definido de personas, tal que digamos que son los unos calcados de los otros y debe ser difícil encontrar un argumento o esquema básico para estos dramas personales que culminan en un acto sacrificial, asesino y/o suicida. No podemos, pues, ensayar una clasificación de tales sujetos, pero es posible señalar al menos un rasgo común: digamos que para llegar a X, tenemos que partir necesariamente de otra cosa que X, de no-X, quizá del opuesto de X. Siguiendo esta inferencia, los radicalizados posesores de la verdad serán por fuerza personas que parten de una vacilación en cuanto a su persona, a su ser, en fin, una incertidumbre profunda y difícil de precisar, de la que emergen en no pocas ocasiones súbitamente, como quien se enamora en un segundo del ser amado. Un enganche que va creciendo velozmente y que se lleva por delante las posibles objeciones que el mismo sujeto o algún allegado pudiera hacerle notar. La radicalización tiene el carácter de una Fesselung, encadenamiento en el que aparece el sentido (Sinn), tan esquivo. Freud caracterizaba a la risa como Entfesselung des Unsinns, desencadenamiento del sinsentido. Esto sería como el negativo de un ataque de risa: se dispara casi explosivamente un sentido insensato, la cosa se pone muy seria y la vida del sujeto repentinamente toma un sesgo grave y definitivo. Cuestiones y circunstancias que no concordaban y tenían al sujeto angustiado y disgregado súbitamente encastran una con otra y producen un estado de rígida exaltación, exacto reverso de la angustia amorfa previa. Una metamorfosis ha tenido lugar y la novel mariposa, metralleta en mano, se echa a volar[5]. En algunas afortunadas ocasiones, nos es dado detectar y reconstruir intentos previos del sujeto por salir del estado de angustia amorfa permanente que venía padeciendo, ensayos fallidos que pasan desapercibidos y que ni el mismo protagonista los considera prolegómenos o presagios de esa tragedia personal que es la radicalización. Por ello, es frecuente que sus propios familiares lo ignoren todo y se asombren una vez que la epifanía tuvo lugar y el desastre se ha consumado. Esta ignorancia familiar, tan dudosa, es típica y pone de manifiesto la actitud renegatoria que todos tenemos ante este tipo de eventos. Es quizá por ello que tanto nos cuesta aceptar ciertos saltos imprevistos que los sucesos dan, en contra de aquella vieja divisa escolástica según la cual Natura non facit saltus. Humani autem faciunt. La radicalización implica un cambio de signo, un salto mortal y, en ocasiones, un acto de consagración por el cual el individuo adquiere santidad. Se convierte en un cruzado, un instrumento de Dios, quien le dispensa el honor de morir en Su nombre, de modo semejante a los kamikazes japoneses de otrora, que consideraban una muy alta distinción dar la vida por el Mikado. El pobre diablo anodino y gris que no podía consigo mismo se transforma en un ser completo capaz de darlo todo sin flojera alguna[6].

En el campo religioso, se dice muchas veces que el sujeto se inmola, buscando arrastrar consigo a personas que circunstancialmente se encuentren cerca suyo en el momento en que se hace volar. Hay una evidente identificación con la víctima de un sacrificio y en su persona coinciden cristológicamente salvador y víctima. Una novedad más reciente es que los muertos no son específicamente miembros de la estructura de dominación a la que se combate, sino transeúntes ocasionales por completo ajenos a lo que sucede. En su particular óptica, son igualmente culpables, puesto que nada han hecho en favor de la causa: nadie está por fuera de la lucha, no se puede meramente observar sin participar en ella.

Si se siente uno poseedor de la verdad es porque uno está seguro de que la verdad existe y, por si fuera poco, se corporiza en algún texto determinado o en la persona de un maestro, profeta o gurú, de cuyos labios generosos y certeros emana la ansiada verdad[7]. Integrarse en un grupo también es importante: el iniciado ya no está más solo, depresivo y aislado del resto de la sociedad y encuentra un grupo de correligionarios que son un espejo en el que mirarse y confirmarse en la existencia y con los que comparte la posesión de dicha preciosa verdad. En clave lacaniana: hay un A no barrado y unos cuantos semejantes, suficiente como para que los resortes básicos de una intersubjetividad sectaria funcionen sin las habituales fisuras que todos solemos encontrar en ella con obligado disgusto.

Siempre decimos que la gente necesita llevarse algo a la boca, aunque no nos referimos a alimento alguno con que nutrirse, sino a algo más evanescente: opiniones. Todos padecemos de una acuciante necesidad de estar medianamente seguros de que tenemos idea de cómo es que las cosas son o se desenvuelven y aun de anticipar circunstancias bastante peregrinas. En ese aspecto, el radicalizado vive ya en un paraíso personal que gustosamente da a conocer: vocifera, implacable, slogans y pensamientos predigeridos que le dan una suficiencia yoica impactante. Hace un par de años circulaba un pequeño manual hecho para los jóvenes militantes miembros de La Cámpora, en el cual se expresaba en forma comprimida todas las grandes verdades que el grupo sostenía y se contestaban por anticipado las objeciones que podían serle hechas[8]. Por supuesto, disponer de un perseguidor simplifica notablemente la tarea, pues se le achaca a dicho enemigo toda suerte de malas intenciones, cuando no crímenes de toda laya. La paranoia se torna panfletaria, hace sistema, saca chapa de salvadora y explica el mundo en su totalidad. No hay secta que no recurra a esta fórmula simplificadora y ganadora: la formación filosófica o de cualquier índole[9], en cambio, demanda años de estudio y debate y más años todavía de introspección, práctica y rumiación para ponerla en perspectiva, considerar sus defectos e inconsistencias y arribar a alguna forma de escepticismo zumbón que no dañe al propio escéptico, ni le afecte las ganas de vivir y alternar con el prójimo.

Vale decir, la radicalización no es nada nuevo; es, como se decía cuando era niño, más vieja que andar a pie. Lo nuevo es que haya prendido con tanta virulencia entre la juventud de todas las latitudes, especialmente entre los jóvenes de origen musulmán que vagan en la periferia en las grandes urbes europeas sin un destino fijo[10]. En los suburbios de las megalópolis norteamericanas, en cambio, se dedican al rap, al hip hop u otra danza callejera, a las infaltables drogas y a los delitos menores, mientras en las grandes ciudades latinoamericanas, son absorbidos masivamente por el narcotráfico. Combinaciones y mixturas diversas son muy comunes. Los talibanes afganos, por ejemplo, fundamentalistas religiosos en un comienzo, terminaron copando el tráfico internacional de heroína y otros casos como éste pueden encontrarse por doquier. Increíblemente, radicalizarse devino moda, junto con los tatuajes profusos. Marca tendencia[11], le dicen, o, lo que es lo mismo, se trata de un epifenómeno de la Modernidad avanzada y decadente, por más que se reivindiquen reactivamente modos de pensar y sentir medievales. Debido al impasse cultural en el que vivimos, es común ver cómo se reflotan ideas y sistemas que periclitaron o colapsaron hace ya siglos, y no por nostalgia, ni por anhelo de algún viejo amor semiolvidado. Es la pura y simple falta de ideas[12] que reutiliza restos casi irreconocibles de cosas que tuvieron su floruit hace ya tiempo y se los convoca para dar respuesta a los problemas identificatorios de la multitud de sujetos que transitan por la marginalidad sin gran cosa que ser o hacer. La paranoia y el fanatismo también lidian con la falta, después de todo, desmintiéndola a voz en cuello y encarando la reforma total del mundo desde una certeza inapelable y disparatada.

La caricatura de este sujeto unánime, que es puro deseo[13] decidido, es el zombie, personaje elemental alrededor del cual ha sido creado un subgénero bizarro dentro de la industria cinematográfica para adolescentes, que cabalga entre el horror y el humor. El zombie deambula sin rumbo con un único deseo que monopoliza su reducidísima vida mental: busca alimentarse de un cerebro. Es la personificación de la voluntad de no pensar, solamente desear. Si bien vaga sin dirección, su objeto es, curiosamente, muy preciso. Por supuesto, el zombie de Hollywood no dista demasiado de su original haitiano, que era un sujeto embrujado y privado de su alma con el fin de utilizarlo como esclavo autómata, mientras que ahora se lo presenta como el efecto de una virosis tal vez venida de otro planeta o salida de las entrañas todavía misteriosas de la selva ecuatorial. Se trata de una nueva y torpe amenaza a la cultura humana, que encubre un ideal completamente banal y pedestre, no otro que la transformación del ciudadano promedio en un consumidor obediente – o un soldado de una causa, lo mismo da – que no se distrae de su monocorde objetivo, un sujeto perfectamente alienado en un único propósito.

El problema de la imbricación de la falta de destino y la droga ya tiene sus años: sin remontarnos a la generación beat de los ’50, de la que ya hablamos en otro lugar[14], podemos apreciarla en una novela famosa en los ’80 y hoy relativamente olvidada: Less than zero, de Bret Easton Ellis[15]. La acción, si es que la hay, trascurre en la Los Ángeles de esos años entre adolescentes hijos de acaudalados miembros de la industria del espectáculo norteamericano. Padres narcisistas y ausentes, física o psicológicamente, jovenzuelos quasi zombies abandonados al acaso en mansiones con grandes piscinas, difusamente estudiantes en universidades prestigiosas y ligados estrechamente a un dealer, que se presenta como otro muchachón del grupo, aunque puede tornarse un personaje siniestro, que no duda en prostituir a estos delicados y desorientados hijos del poder para saldar sus deudas de drogas. El autor pone al sufrido lector en el lugar de testigo de un drama particularmente desesperante: los personajes son incapaces de sostener una simple conversación, no pueden hacer contacto emocional uno con otro. Tampoco es que lo deseen o lo consideren como algo placentero o necesario, eso aparece muy lateralmente hacia el final de la novela, cuando una especie de ex novia del protagonista insiste una y otra vez en preguntarle si alguna vez la quiso o le importó un poco. Él es incapaz de responder, sencillamente no lo sabe, no capta bien qué es lo que la otra quiere saber, ni alcanza a percibir la importancia de la cuestión. En otra época se decía: hacer mella en el otro. La sobredosis – una insistencia – es el intento usual de salirse del dorado orfanato en el que habitan. Lo decía un rapero local imitando los modos de un modelo americano: “A nadie le importa de mí, por lo tanto, a mí no me importa de mí”. La enseñanza elemental del prestigioso cuidado de sí () de la filosofía helenística, época de decadencia y globalización como la presente, no se verifica ya más. Desaparecido o en vías de desaparición el llamado Estado de bienestar, no hay quién se ocupe de la gente y los particulares son arrojados a su suerte, tanto en las barriadas lúmpenes como en los distritos caros y elegantes. Everybody drifting. Hannah Arendt y Giorgio Agamben[16] describen detalladamente esta paulatina desaparición del Estado nación y la consecuente desaparición del ciudadano, sujeto de los famosos Derechos del Hombre de la Revolución Francesa. Quedamos todos en la posición de refugiados, gente que ha perdido su nacionalidad y no sabe bien qué es, ni dónde le corresponde vivir[17]. Irónicamente, los adolescentes de Less than zero, reconocen las marcas de la ropa que usan los demás y exhiben una inesperada erudición acerca de las bandas de rock que oyen a toda hora en la radio o en los videos. En American psycho[18], otra novela icónica de los ’90, el protagonista concurre a los after hour y allí se encuentra con quien cree que es Fulano de tal, que viste un traje de Armani, una corbata de Hugo Boss, etc. Reconoce de inmediato las marcas, no las personas, de las cuales poco puede decir. Colapsó la intersubjetividad, tan criticada por el lacanismo[19], y ahora, la transferencia es directamente con el Otro, con el sistema, que se traga al sujeto en la indiferencia más absoluta. La gente acepta pasivamente dejar de ser una persona, por más que sufra esa situación indeciblemente, quizá debido a que es difícil precisar qué es lo que se está sufriendo. Suele escucharse.: “Si no te cuidás vos, no te cuida nadie”[20], sólo que el cuidado es objeto de una trasmisión específica y compleja y son muy pocos los que aprenden a cuidarse sin haber sido cuidados amorosamente antes. En freudiano básico, la decadencia del patriarcado (Estado nación) trae bajo la manga la bancarrota de la función materna y el destete precoz y universal pasa a ser la marca más conspicua del nuevo estado de cosas: la orfandad como destino feroz. Y todos estos huérfanos son serios candidatos o bien a deslizarse por la pendiente de alguna adicción, o bien a radicalizarse y emerger más o menos abruptamente de su lastimosa situación y ser tomados por sectas, cuyas grandes verdades los proyectan a un paraíso sin fisuras por el cual – pequeño detalle – es menester inmolarse. Pareciera, entonces, que la droga y la radicalización vendrían a ser dos sustitutos monstruosos de las hoy claudicantes funciones materna y paterna. En contraste, los radicalizados políticos o religiosos, como los sicarios y soldaditos del narcotráfico exhiben también una erudición ortopédica y pobrísima del mundo e imaginan saber muy bien qué hacen y adónde van. Lo cierto es que nadie sabe qué hacer con los jóvenes y, se supone, como se decía antaño, que “la juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo”[21].  Como solía decir Papá Grandet: “On verra”.

Mais, qu’est-ce qu’on va voir? Quelque déluge, comme d’habitude?

Por lo que puede apreciarse, y dicho un poco en solfa, la misión de todo joven es arruinarse la vida y, si cuadra, incomodar a los demás, hacer ruido, hacerse notar y, de un extraño modo, afirmarse. Decir que no, imaginarse libre y determinado. Renegar y hacer renegar. Y quedarse así: no madurar. Decía James Dean que hay que vivir rápido y morir antes de los 25[22], a lo sumo a los 27. Es muy posible que por estos tristes motivos, se los envíe periódicamente a la guerra, para que mueran unos cuantos y retornen los demás, escarmentados y apaciguados luego del espectáculo de la masacre bélica. Calmados los ardores, traumatizados los ánimos, están ahora en condiciones de incorporarse a la vida civil, encontrar su “cada cuala”, engendrar y cuidar como puedan de sus niños, pagar impuestos y ocupar sus lugares asignados en las diversas ceremonias que la vida social requiere. Zombies adaptados que ya no merodean incomodando a la población. Hay que recalcar que, si bien pareciera que sólo nos referimos a jóvenes varones, estamos empezando a ver muchas muchachas guerrilleras, boxeadoras, drogonas tatuadas y con anabólicos, que disputan a los varones el monopolio del mando y del arrojo.

Pueden verse en TV documentales de la época de la declaración de guerra de Austria-Hungría a Serbia en 1914 y la inmediata movilización de tropas de todas las grandes potencias europeas envueltas en la contienda. Trenes repletos de jóvenes alborozados y triunfales, yendo como obedientes ovejas al matadero. Multitudes reclamando a voz en cuello la guerra liberadora de las pasiones contenidas durante 40 ó 50 años de relativa paz. Empenachados emperadores y un exultante coro de militares y civiles con empaque guerrero, segurísimos de que iban en derechura hacia una victoria redituable, rápida y gloriosa. Uno contempla todo ese dislate y ve claramente que hay algo en el ser humano que no funciona bien. Llámeselo prudencia, anticipación, previsión, juicio o como se quiera. Toda esa infatuación, ese artificioso ímpetu, esa grandilocuencia, esa estupidez, esa feria de vanidades, esas medias verdades vociferadas con impostada convicción. Uno mira y vuelve a mirar y acepta tristemente que no tiene remedio y que se va a repetir en el presente y, para peor, en el futuro[23]. Eso no cambia.

La radicalización no viene a ser, en definitiva, más que una de las muchas formas de exaltación que las personas pueden padecer. Se parece un poco a la Verliebtheit freudiana en su desborde libidinal, al brote psicótico en su certeza paranoide y quién sabe a qué más. Todas esas imágenes triunfalistas iniciales hacen pendant con su contracara: filmaciones en blanco y negro, en las que se ve a civiles en interminables filas por las desanimadas carreteras de media Europa, arrastrando como pueden sus pertenencias. Ancianos y caballos flacos, niños de grandes ojos mirando inexpresivos a la cámara, sin pregunta alguna, la imagen misma de una desolación más allá de las palabras. Pueblos arrasados, iglesias derruidas, cadáveres a la vera de los caminos, soldados embarrados fumando un improvisado cigarrillo y sonriendo lastimosamente a la cámara. No pasaron un par de años de semejante carnicería y ya teníamos los años locos, el charleston y a Rodolfo Valentino humedeciendo ansiedades. Y en otro par de años más, los disciplinados y masivos desfiles nacionalsocialistas. ¿Para qué seguir? Ahora podemos contemplar las nuevas masacres a todo color en la comodidad de nuestros hogares, mientras hacemos la digestión, antes de irnos a dormir gracias a los buenos oficios del Zolpidem. Ya no producen horror, o bien, el horror se vuelve gótico y estético. La industria cultural denuesta e idealiza el neonazismo, mezcolanza intragable que apenas nos inmuta. Ya estamos impermeabilizados a la angustia, hemos dejado de sentirla y apreciarla y transitamos alegremente de un extremo al otro sin mayor problema. Todo está en el mismo plano, nada se opone a nada. No por mucho tiempo, al menos.

En lacanés básico – muy básico, asumo – tienden a desanudarse los nudos borromeos, se escapa como un globo de helio el de lo simbólico y el sinthome que el prójimo logra armar apenas logra reunir el de lo real con el de lo imaginario. Este eclipse simbólico sería un modo de teorizar el hecho perceptible y constatable de que todo el intercambio entre los humanos quede en el mismo y chato plano que decíamos más arriba y que se manifiesta en el rechazo a toda ordenación clasificatoria, a toda jerarquización o discriminación conceptual. Los significantes amo nos inundan de imágenes imposibles de resistir y producen en las desprevenidas personas un embrujo especial – como el que padecen los zombies – que se traduce en identificaciones masivas que nos dan la precaria impresión de ser alguien, de estar en algún escenario concreto. Y la marca de tal furor imaginario es, justamente, su infatigabilidad, si se permite el término. Como venimos de ver, el asesinato se torna el corolario inevitable, casi necesario de este cul de sac identificatorio y se ritualiza de muchas maneras: femicidios, salideras bancarias, actos terroristas, ejecuciones de periodistas, matanzas entre grupos narcos, tiradores solitarios, etc, en reemplazo de las masacres de las guerras o los genocidios. Como entreviera el divino marqués en la farragosa culminación del barroco, el asesinato es lo único capaz de producir un stop a semejante desborde narcisista. El cadáver se erige en una especie de droga que congela un poco las imágenes, las atempera al menos por un rato.

La solución a estos arduos problemas en la próxima entrega….

Pero, ahora, varios estiletazos y algunas conclusiones:

Omnia fert aetas, como decía Virgilio[24]. También se llevará la radicalización, a sus propulsores y también a sus detractores. Pasará, es bien probable que queden algunos recuerdos, testimonios fílmicos, etc. Ergo, no nos hagamos tanto problema: limitémonos a lamentar la cantidad de víctimas que este disparate, como todo disparate, produjo y seguirá produciendo por quién sabe cuánto tiempo más. “¿Dónde están los infantes de Aragón?/ ¿Qué se fizo de tanta invención como truxeron?” preguntaba Manrique en sus famosas Coplas. El tema era la fugacidad, la famosa fugacidad, hoy olvidada en el vértigo de imágenes que la presentifica como nada. Una verdadera ironía. La tenemos delante del morro y la vemos todo el tiempo y, al contrario de lo esperable, nos cautiva y encanta. Acaso ello se deba a que no vemos más que eso, no tenemos con qué compararla. Inmersos en la intrascendencia, nos divertimos con ella: hemos dejado de sufrirla. Pedimos más.

Una variante, digamos universitaria y light, de la radicalización la constituye un grupo social típicamente argentino que, sospecho, quizá exista en otros países, aunque no creo que en muchos. Es un padecimiento nacional: la progresía bienpensante[25]. Gente de izquierda, muchos de ellos ligados al Psicoanálisis, que se implica en grados variables en cuanta lucha social o cultural se presenta. En realidad, como dice Beatriz Sarlo, forman parte del selecto grupo de los que leen el diario todos los días para estar correctamente alineados y aliñados. Un implacable imperativo rige sus mentes: quieren justicia, libertad y, más que otra cosa, la igualdad, que, admitamos, fue un poco dejada de lado por los revolucionarios franceses de 1789. No son sans culotte[26], ni lúmpenes, ni obreros, ni “gente humilde”; antes bien, son profesionales y disponen de dinero suficiente como para comer afuera seguido y viajar a Europa cada dos años.  La culotte almidonada y planchada y el pasaporte al día. Pero se identifican con los sans culotte, y, en clave criolla, con los martirios del pueblo peronista, noble causa que combate al capital desde hace setenta años con suerte despareja. No son precisamente lo que usualmente se denomina personalidades de acción, son apenas universitarios, gente de la cultura. Se relacionan vagamente con el arte, y especialmente, intentan cultivar la escritura, que tiene fama de conceptuosa. Sin formación clásica, lo cual es una pena y una curiosidad, porque se la pasan leyendo a autores europeos refinados que sí la tienen. Será por eso que los fetichizan. La cuestión es que estos dilettanti a medio camino de todo han comprado que el kirchnerismo encarna las aspiraciones y esperanzas de los desheredados y que, por si todo esto fuera poco, suponen que eso es socialismo en su versión sudamericana y superadora del marxismo tradicional que cayó en el ‘89. En breve, deberemos devolverles a los mapuches la Patagonia, hoy en manos de arteras corporaciones trasnacionales. Nuevamente la pobreza argumentativa y las simplificaciones brutales que no inmutan a nadie. Como suele decirse, incurren en un error epistemológico que consiste en fascinarse con las teorías descuidando los hechos. Y si las teorías son conspirativas, mejor.

Estos progres bienpensantes creyeron que con el advenimiento del experimento político iniciado por Kirchner tenían una oportunidad de pasar a la acción, de trascender la charla de café e internarse en los seductores meandros y recovecos de la política. Hablarle a la Historia, interpelarla, en lugar de apenas registrarla y comentarla. Empaparse de multitud. Como decía la canción: “En la calle, codo a codo, somos mucho más que dos”. Y se codearon, nomás, con lo que ellos creían que era el pueblo, que dejó de ser una entelequia lejana y abstracta y se convirtió en una épica heroica. Unos románticos envejecidos, pero encocorados. “Polvo sí, pero polvo radicalizado”, diría Quevedo. Y – admitámoslo – pocas cosas tan patéticas como un candidato a intelectual puesto a accionar en el tramposo campo de la política. Cualquier psicópata de café o el más rudimentario charlatán de barricada los da vuelta y les sorbe el cerebro en contados minutos, sin que el desprevenido progre lo advierta a tiempo y esquive el cruel destino de ser groseramente manipulado, llevado y traído sin contemplaciones. Terminaron suscribiendo cosas que los avergonzarían si pudiesen examinarlas siquiera un poco, como apoyar la chapucera revolución chavista en Venezuela, la teocracia iraní y cuanto stalinismo posmo circule por las cercanías. Impostan convicción, retuercen argumentos y aceptan ser comprados por poco dinero con tal de adquirir un poco de notoriedad. Era ahora o nunca y, por ello, se identificaron velozmente con las consignas pobretonas que les acercaron, se convencieron de que los fallidos ’70 todavía eran una opción valedera y creyeron resucitar los ideales de entonces para plasmarlos sin tardanza y sin pérdida. Por supuesto, el enemigo a vencer era poderoso y la lucha política, en la que se mezclaba la épica con la mística, terminó siendo un berenjenal en el que los ideales se mezclaban demasiado a menudo con la mugre de la corrupción.

Hasta aquí nuestros radicalizados ma non tropo, quienes, afortunadamente, entregaron mansamente el poder para destilar su ponzoña desde algunos medios fieles. No pasaron a la clandestinidad, concurren puntualmente a sus muchas citaciones judiciales y se victimizan a más no poder. De sus viejas consignas (“Ni un paso atrás”, la más repetida) apenas queda el mal recuerdo, como en un tango nostalgioso y llorón. Cuesta decirlo: por suerte para todos, se corrompieron más de lo que se fanatizaron. Reconozcamos que tuvieron el tino de evitar un nuevo derramamiento de sangre y, en apariencia, se irán sumando al exasperante e interminable juego de negociaciones y alternancias de las democracias. Hagamos votos para que haya sido un aprendizaje; el tiempo lo dirá.

(Nota de 2021: No lo fue.)


[1] He inventado esta palabra; en realidad, la venía usando en la creencia de que efectivamente existía. Según el diccionario, de furibundo debe regresarse a furor y no derivar un nuevo sustantivo de dicho adjetivo. Se me ocurre que, por analogía, reina del lenguaje, imito a ira/iracundo/iracundia.

[2] Esta denominación es también un poco anticuada, puesto que se la oía allá por los ’70 y ’80 para referirse a un poder trasnacional en el que entraba toda una suerte de personas y/o empresas internacionales en alegre montón.

[3] Un motivo extra lo constituía – y constituye – el hecho de que el pueblo reclama y sostiene a sus tiranos y, eventualmente, debe ser reeducado por la Revolución, tal como ocurrió en Camboya, etc.

[4] En la era de la postverdad, estas verdades no necesitan ni siquiera ser ciertas (constatables) sino que su pregnancia es suficiente.

[5] Un pequeño chiste, por si el improbable lector lo pasó por alto.

[6] En su mito de las edades, Hesíodo habla de los hombres de la edad de bronce, que surgen de la tierra (autoctonía) ya adultos y armados y dispuestos para la batalla.

[7] Debo confesar que esta pequeña historia de que alguien se sienta poseedor de la verdad me fascina y vuelvo sobre esta idea una y otra vez. Como buen neurótico freudiano, la Unsicherheit es una de mis marcas personales más conspicuas, a pesar de lo cual me las compongo para decir unas cuantas cosas según mi estricto parecer. Vaya uno a saber cómo me gané ese derecho. Quizá la mera edad…

[8] El libro rojo de Mao, el verde de Ghadafi, Mein Kampf, La razón de mi vida, etc.

[9] Por supuesto, pienso en la formación psicoanalítica o en los estudios clásicos.

[10] Los asesinos del Viejo de la Montaña ya han sido olvidados, pero no debieron ser muy diferentes de sus émulos contemporáneos. Hasta por las drogas.

[11] Marca al fin, aunque su dimensión simbólica es pobre.

[12] Aquí está la falta, no como resultado de una sustracción, sino como un blanco, un agujero, en la significación.

[13] Más que deseo, sería un deseo degradado, no mucho más que un mero apetito, dado que hay deseo (Wunsch) en relación a alguna falta.

[14] Véase nuestro Tres discursos sobre la drogadicción de hace unos años, uno de ellos era el de William Burroughs.

[15] Publicado por Simon and Schuster en 1985.

[16] Debo a la generosidad de Raúl Courel y del grupo del Tolón el haber adquirido el recientemente editado en castellano texto Medios sin fin de Agamben, cuya lectura he encarado por estos días.

[17] Es posible que esto sea la causa del rebrote del nacionalismo y de los relatos populistas que convierten el amor en un instrumento político. Pululan líderes carismáticos que “cuidan” el empleo, la salud, etc.

[18] Otra novela de Bret Easton Ellis, de 1991. El yuppy asesino Bateman concurre en una escena perdida a ver a su madre a un sanatorio y no pueden entablar un diálogo.

[19] Esto ya lo hemos criticado hasta el hartazgo, resaltando una kantiana necesidad de hacer “un hueco” para el yo y sus desgarros y frustraciones.

[20] Esta frase la repetía Antonio Gasalla en el cierre de cada uno de sus shows cómicos televisivos.

[21] Pío Baroja decía irónicamente que el nacionalismo se curaba viajando. Por lo menos, una agudeza de las que hacen sonreír.

[22] La consigna era: Live fast and die young.

[23] Considere el improbable lector al nuevo presidente americano y sus continuas torpezas.

[24] Égloga IX, Bucólicas.

[25] Lo escribo todo junto para señalar que es un sintagma congelado, que circula desde hace ya unos cuantos años.

[26] Éstos formaron un importante partido en la Revolución hasta que la burguesía los barrió.

Juan José Ipar /2017
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Autor: Juan José Ipar

Podrán leerme en el blog: "Veleidades de Verdad - Divagaciones teóricas de un psicoanalista."

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