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Relecturas improbables – Juan José Ipar

Photo by Emre Can on Pexels.com

2021

En alguna de nuestras reuniones sabatinas, Carlos Faig trajo a colación cierta afirmación mía más o menos reciente: me resultaba imposible volver a leer textos kleinianos. Al parecer, lo había intentado, pero no pude, aunque, afortunadamente, no retuve cuál fue en concreto el texto que abordé y debí abandonar. De allí, pasamos a considerar cuáles autores u obras no volveríamos a leer: algunos fueron condenados tajantemente y no volveríamos a ellos ni por todo el oro del mundo, como suele decirse.

En realidad, se trataba primariamente de mi nunca bien cerrada relación con el kleinismo y con los analistas kleinianos que fueron mis profesores de Seminarios allá lejos y hace tiempo, en mis años de APdeBA, entre 1978 y 1985, más o menos. El desborde imaginario de la teoría kleiniana era difícil de tragar: los penes que muerden y las heces explosivas constituían por ese entonces una artillería incontestable. Además, la seguridad con que semejantes “verdades” eran expresadas tornaba superflua toda oposición. Fui incubando poco a poco una especie de resentimiento malsano y aprendí que, increíblemente, un analista puede ser ridículo. Un descubrimiento que me excedía. Adquirí con el tiempo lo que podríamos denominar el sentido del ridículo y, merced a ello, pude contemplar in statu nascendi la ridiculez de los analistas lacanianos que vinieron luego. Y de cualquier persona en general, claro está. Este novedoso sentido lo imagino como emparentado con el sentido de la exageración, proveniente de la formación analítica misma, razón por la cual el primero vendría a ser una extensión de este último. En conclusión, así como no pude advenir kleiniano, el camino del lacanismo estuvo cerrado para mí prácticamente d’ emblée.

En el inframundo kleiniano, la gente escinde el objeto, introyecta el aspecto bueno y proyecta el malo, bien que lo introyectado puede ir al ideal del yo, al Superyó o al self, sea éste verdadero o falso. O puede melancolizarse e introyectar el objeto malo que lo castiga a uno desde adentro, circunstancia ciertamente terrible. En fin, toda una incansable dinámica de incorporaciones y eyecciones que se suceden hasta el infinito y que terminan mareando al más pintado. Como dice Lacan en algún lado, no es que todo esto sea falso, es que es inútil. A la vuelta de los años, empero, se puede valorizar retrospectivamente algunos aspectos del kleinismo: uno aprende a no hablar mal de nadie, puesto que el bravo analista kleiniano demostrará sistemáticamente que sólo es una proyección y que ese rasgo detestable que ubicamos en otro, es nuestro. Así las cosas, en unos años uno queda convencido de que es un malpensado lleno de horribles sentimientos, cosa que, en mi caso, debo admitir que es una gran verdad. Y uno empieza a poder callarse la boca, aunque más no sea un poco.

Egresado del kleinismo pour toujours, quedaba como obligada alternativa el incipiente lacanismo, en boga por esos años. Leí paciente y obedientemente los primeros cuatro Seminarios y el séptimo y hasta el octavo, todo para convencerme de que iba a ser un camino estéril. Digámoslo redondamente: no me va el estilo críptico y abstruso que enfrentaba. Me escandalizaba un tanto el pensar que a ningún autor le había dedicado la lectura de 2000 páginas para extraer tan poco. En un incierto momento de los ’90, colgué los guantes, como suele decirse, y me sentí justificado. Otro que no releería.  Los Écrits quedaron en mi biblioteca, vegetando tristemente. También cayeron en la volteada todos los autores lacanianos locales de la primera época, como Jinkis o Harari, que imitaban a la perfección el tono oscuro y vanilocuente del Maestro. Pero luego, para mi alivio, surgió una nueva generación de articulistas más escolares, que “bajaron” a Lacan al público, y hasta aparecieron diccionarios especializados en la jerga lacaniana, como el de Evans o el de Chemama, todo lo cual tornó la cosa un poco más accesible. Pero, desde luego, no me incorporé al desfile y me quedé balconeando la parada. Un destino operando, la atopía. O será la fobia, nomás. Igualmente, los leo sin placer alguno, tan sólo para apoderarme de algunas ideas que más tarde reconvierto.

Hay, por si fuera poco, una cantidad de autores de otras escuelas dinámicas que no podría releer, por el simple hecho de que no los he leído. Nunca se me ocurrió hacerlo, hasta tal punto que lo ignoro todo al respecto y, cuando soy interrogado acerca de ellos, lo cual por suerte ocurre raramente, me incomoda bastante no saber qué contestar y me escabullo como puedo del compromiso de expedirme acerca de su obra o de sus ideas. Más aun, no puedo mencionar a ninguno. Y no me genera mucho escozor: a pesar de no saber nada al respecto, considero que sus lucubraciones carecen de toda importancia. Los considero productos norteamericanos por los cuales no siento afinidad alguna, los veo como parte de la chata cultura de masas. Soy malpensado y despectivo, no hay nada que hacerle, pero supongo que algún que otro colega puede entenderme por hallarse en mi misma situación.

De mis colegas tampoco puedo hablar muy positivamente, excepto de aquellos que conozco personalmente y con aquellos con los que he podido desarrollar alguna relación afectuosa. Tampoco releería mucho de sus escritos, que no frecuento, por razones diríamos de formación. Sin rodeos, puedo decir que la falta de una formación clásica vuelve inconsistentes, a mis ojos, sus producciones. Su única autoridad es Lacan y, excepcionalmente, Freud. El hecho contradictorio es que Lacan y Freud sí tuvieron una apreciable formación en la cultura clásica durante su juventud. Recuerdo perfectamente que cuando se ocupa del Banquete, Lacan tiene delante y cita -y hasta critica- la conocida traducción de Léon Robin del texto platónico, e, incluso, imagino que tendría la edición bilingüe de Belles Lettres, porque remite en ocasiones al original griego. Presentan mis colegas, por tanto, una precariedad intelectual alarmante, de la que tienen escasa noticia. Quizá sea mejor para ellos ignorarlo, puesto que es evidente que ya es tarde para subsanar dicha precariedad. Por ello, además, me resultaba patética la altisonancia de mis viejos profesores kleinianos, una de las cuales confundía a Tiberio con el lago Tiberíades. Cosas que pasan y lo dejan a uno pensando. Pensando mal, por supuesto. 

Juan José Ipar / 2021
Todos los derechos reservados.

Autor: Juan José Ipar

Podrán leerme en el blog: "Veleidades de Verdad - Divagaciones teóricas de un psicoanalista."

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