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Ipar filósofo – Juan José Ipar

(In culo mundi)
2012

La Escuela de Atenas – Rafael Sanzio

Hace unos cuantos años, me resultaba difícil declarar que era analista: me daba la impresión de que era un título algo excesivo, un sayo que me quedaba un tanto holgado, por más que observaba con algún disgusto la liviandad con que personajes de lo más dispares se asumían como tales ante los demás. De un modo paulatino y algo misterioso, quizá simplemente a causa de la insistencia ajena, la nominación como analista se me facilitó y, hace unos años ya, la porto con naturalidad. Pero nunca se me ocurrió hasta estos días que podía también llamarme filósofo. Sí admitía el hecho de ser, todo lo más, un profesor de filosofía, de los muchos que galguean por allí dando clases sobre temas filosóficos e intentando hacer caso omiso de los bostezos de sus desinteresados alumnos. Excusas tenía varias: que Heidegger fue el último filósofo y después de él la filosofía se eclipsa y sólo nos quedan intelectuales refinados que exponen retazos de teorías y los aglomeran en libros que luego entregan a la voracidad lectora de grupúsculos que se reivindican como sus seguidores, que hoy en día lo único que puede hacerse es antifilosofía utilizando -¡horror de horrores!- los significantes lacanianos, mi insignificancia, la hiperinflación y el lado oculto de la luna.

Mas, de pronto, surgió en mí la súbita idea de que yo bien podía ser un filósofo, suceso inadvertido hasta para mí mismo. El hecho fue que, escribiendo ya no recuerdo qué, me abstuve de acuñar un concepto nuevo para explicar alguna cosa, pensando en no atosigar a los improbables lectores con un nuevo concepto, que llama a otros, y de tal modo contribuir a esa demasía conceptual en la que vivimos los que nos dedicamos a eso que, de modo general, podemos denominar “la cultura”. Y así concebí una extraña distinción entre los “filósofos que han acuñado nuevos términos” -o que han utilizado la jerga tradicional atribuyendo a dichos términos significaciones nuevas- y los “filósofos que no han acuñado término alguno” y, además, se me ocurrió que yo perfectamente podía pertenecer a esa segunda y todavía despoblada clase de filósofos. ¿Por qué motivo, causa o razón, como dice una amiga mía? Más allá de los nuevos conceptos, ¿qué hace filósofo a un hombre? Para Jaspers -me acuerdo de Introducción a la Filosofía, allá en la calle Independencia- bastaba simplemente con comprender el ser, es suficiente el simple hecho de ser un hombre para ser filósofo. Aquí, para decirlo sencillamente, diremos que ser filósofo es tratar cuestiones, esto es, tomar un tema cualquiera y darle un  tratamiento filosófico. Esto supone dos cosas a explicitar: ¿qué es un “tema cualquiera” y qué “un tratamiento filosófico”?

En los primeros tiempos, cuando la filosofía era una materia exclusiva de los griegos, cualquier cosa que incumbiese al ciudadano era tema de la filosofía. Y puesto que las disputas y entuertos no escaseaban, por cierto, la sola condición para ser tema de la filosofía era su pertenencia a una polis. Luego, hubo una progresiva corrosión y muchos temas y cuestiones emigraron a las diversas ciencias, a tal punto que se tuvo la impresión de que el discurso filosófico había desaparecido, fagocitado por el discurso de la ciencia, que incluso incursionaba en el campo de la moral, de los fenómenos anímicos y aun del arte. Aquí podemos introducir una fórmula que incluye la cuestión del tratamiento. Cualquier cosa puede constituirse en tema filosófico si recibe un tratamiento filosófico. Tomá mate.

¿Y en que consiste el “tratamiento filosófico” mentado? Tomemos como tertium comparationis al Psicoanálisis: este saber se ocupa o puede llegar a ocuparse del deseo que eventualmente circule por cualquier experiencia humana. Por ejemplo, Freud dedica dos excelentes artículos a la telepatía. No se propone definir ni explicar qué es ni cómo funciona la telepatía: simplemente intenta sacar a la luz cuál puede ser el deseo subyacente de aquellos que tuvieron alguna experiencia de las denominadas telepáticas. La ciencia positivista, por dar otro ejemplo, tampoco se ocupa de decir qué es la telepatía o la electricidad, sino cómo es que funciona aquello de lo que trata, esto es, cómo se comportan los fenómenos eléctricos, telepáticos o los que fueren. A partir de Descartes, la ciencia ve el mundo como una gigantesca máquina compuesta de máquinas más pequeñas y busca desentrañar los mecanismos de su funcionamiento. La filosofía, por su parte, al menos desde Sócrates, se ocupa del ser, naturaleza o esencia de cosas y cuestiones, vista como idea,οὐσία, etc. Aquí es donde es necesario introducir una distinción porque estamos hablando de un argentino, este servidor. En la Argentina decrépita de hoy, tierra corrupta y despiadada a pesar del radiante sol que cotidianamente la purifica y los caudalosos ríos que la bañan sin descanso, nada puede ser serio. Buscarle a algo la esencia sería por estas tierras una tarea por completo inútil, tal y como le ocurre al augusto Platón en el Sofista, cuando quiere alcanzar una definición y decir qué es un sofista. Imagine el lector qué ocurriría si algún descolgado se propusiera desentrañar la esencia del kirchnerismo o de la revolución productiva o del peronismo en general, o descifrar qué tienen en la mente nuestros últimos gobernantes, sólo por dar ejemplos de veinte o treinta años a esta parte. Los argentinos hemos sido y seguimos siendo un quebradero de cabeza y un desafío intelectual para cuantos politólogos, nacionales o extranjeros, se han atrevido a estudiar nuestra realidad nacional.

Así, pues, olvidemos las esencias, que en Argentina no prosperan. Pero existe en nuestra jerga castellana una expresión que, me parece, conviene al esquivo ser nacional y que me habilitaría a mí y a unos cuantos más a condecorarnos con el mote de filósofos. La expresión, bajo forma de pregunta, es “¿cuál es el chiste de…?” y ponga el lector el tema que se le ocurra en lugar de los puntos suspensivos. “¿Cuál es el chiste?” se parece remota y ciertamente al ¿qué es (la justicia, la virtud, etc.)? de Sócrates. ¿Cuál es el chiste de la renacionalización de Aerolíneas Argentinas, del pago al club de París, de la apropiación de los fondos del Ansés? Preguntar por el chiste de algo es preguntar quién sale beneficiado con ello, cuál es el curro o el guille que tales hechos encubren. Puesto que los actos de gobierno son ciertamente oscuros y rozan continuamente el delito, el sufrido candidato a filósofo, para sobrevivir a esta no demasiado novedosa forma de barbarie que nos asuela, se ve llevado a desarrollar un extraño y cáustico sentido del humor que lo ponga a resguardo de la depresión o directamente del suicidio. Un pueblo de filósofos de tres al cuarto, de estoicos decadentes con humor, que entroniza periódicamente a algún macho bravo y lo deja caer un tiempo después, cada vez con mayor celeridad, en el olvido y la intrascendencia. La turba de adoradores que otrora lo elevó, se ocupa en transformarlo impiadosamente en un ser mustio, amariconado y silencioso y hay que admitir que los innobles integrantes de la clase política todavía no se convencen de la realidad de tan triste y justiciero destino, como si creyeran en lo más recóndito de sus negros corazones que sus tropelías y desmanes no merecen sino la gratitud y el bronce. Allá ellos y acá nosotros.

Los franceses toman en serio su cultura, se citan y critican unos a otros, la difunden con orgullo y existe entre ellos un acuerdo general en que ocupan merecidamente un sitial de privilegio en el concierto mundial de las naciones justamente merced a su refinada cultura. Nosotros, en cambio, estamos en lo que en un mal latín denominamos “culis mundis” (in culo mundi sería el latinajo correcto, como reza el subtítulo), esto es, lejos de todos y de todo, lo cual significa lejos de Europa, y porfiriescamente lejos tanto de Dios cuanto de los EEUU. Lejos de poder armar un proyecto común. Perdimos a los ingleses que nos administraban, a los franceses que nos refinaban e ingresamos a regañadientes en el patio trasero de los norteamericanos y nos ganó el anonimato del que apenas nos rescata de tanto en tanto la estrella efímera de algunos contados deportistas. Necesitamos con cierta urgencia un tábano que nos despierte y nos ponga a trabajar, pero la seducción omnipotente del letargo justicialista combinado con excelente literatura y buenos vinos puede más.

Volvamos a la cuestión del “tratamiento” y uso esta palabra con intención: la filosofía argentina de hoy debe por fuerza exceder el mero tratamiento formal o cosmético de las cuestiones y tiene que ser salutífera, pues se aplica a seres valetudinarios atravesados por la destitución subjetiva propia de la decadencia postmoderna. En medio de la contaminación universal de mentes y ambientes, hay que rebuscar en el cinerario de los genios del pasado algo que pueda servirnos: picotear en los griegos y latinos, que ya dijeron casi todo lo que hay que decir, y reelaborarlo en clave postmo para hacerlo asequible a los delicados y holgazanes espíritus de nuestra época. Un poco de marxismo y psicoanálisis -citar a Freud y jamás, jamás, jamás olvidar a Lacan- no deben faltar en el cocktail, amén de otros franceses del XVIII para acá. Claro está que agregar algún otro autor poco frecuentado nunca está de más y, si es posible, descubrir algún autor olvidado, como hizo Heidegger con Kierkegaard o algo así. Revalorizar el paganismo o el Medioevo y algún poeta y/o novelista norteamericano invariablemente alcohólico o gay también sirve.

Pero lo que no debe faltar es, precisamente, el chiste y ello se debe a su indudable valor explicativo. Ninguna cuestión puede ser cerrada hasta que no se haga un buen chiste, cosa que se debe a su poder conclusivo, de cierre. Ello supone, bien entendu, la tesis de que nada puede escapar al humor. Hace unos años, al estrenarse un film italiano, cuya acción transcurría en un campo de concentración nazi, se planteó el problema: ¿puede un horrible genocidio -o cualquier otro crimen abominable- advenir materia humorística? ¿No implicaría acaso una falta de respeto hacia las víctimas? Se cuestionaba también si tales horrores eran perdonables. Aquí, sencillamente diremos que el humor y su infaltable irreverencia es en esas circunstancias no sólo posible sino necesarísimo, toda vez que rompe o por lo menos resquebraja y desactiva la fascinación que esas atrocidades producen tanto en los que tuvieron la desgracia de padecerlas, cuanto en los que asisten a su relato o evocación. El humor no impide la solidaridad, antes bien, mueve a la reflexión: después de reírse de algo, uno bien puede dedicar un momento al valor trágico de lo dicho, visto u oído. Lo monstruoso, en cambio, captura la imaginación, hace que uno no pueda desalojar de su mente un cúmulo de imágenes truculentas, reales o ficticias, y se eternice en el espanto.

El humor supone una suerte de toma de distancia respecto de aquello que pueda traumatizarnos, comporta un cambio de signo y brinda la oportunidad de extraer algo positivo -la risa y sus piadosas endorfinas- de experiencias dolorosas. En otro lado, hemos desarrollado la tesis de que el chiste y la liberadora interpretación psicoanalítica son isomorfos y funcionan muchas veces unos por otras y viceversa. En ambos, algún término desliza su significación y lleva las cosas a un lugar novedoso e imprevisto, relanzando la asociación de ideas detenida por la fascinación. Decía Machiavello que lo propio de las cosas humanas es moverse sin alcanzar nunca el ansiado reposo, que tanto deleita a reaccionarios de toda laya. Pero, dijera un lacanioso, el movimiento no es sin angustia. Poder hacer una humorada cuando se está angustiado, ¡he ahí la cuestión! Hacer de tripas corazón o juntar coraje, como se repetía cuando yo era niño, y transformar el mal suceso en una enseñanza. Todo lo otro no sirve, no puede ser y no será. Salvar a la patria de la voracidad de las corporaciones trasnacionales, conjurar los insidiosos intentos de la derecha “neofascistoide” de alzarse con el poder, ilustrar a las masas y despertarlas al deseo y la liberación, desalienar al ciudadano, recuperar la identidad nacional. No ocurrirá nada de todo esto. Y no es que uno sea adivino: el punto es que se trata de una lista interminable de buenas intenciones. Siempre repito el sabio dicho según el cual el camino del infierno esta empedrado de buenas intenciones. Las buenas intenciones conducen, pues, al infierno, justo adonde se supone que no se quiere ir, o, al menos, de donde se pretende salir. ¿Por qué? Pues bien, porque son mentirosas, no hay en verdad tales buenas intenciones[1]. Por ello es que no es casual que todos los que se propusieron buenamente el salvataje de la patria del cuco de turno finalmente la hundieron un poco más y no pocos de ellos terminaron trabajando para las mismas corporaciones a las que otrora habían jurado combatir. Los que decían empeñarse en rescatar a las masas del oprobio y la explotación capitalista fueron luego los que convirtieron dicha explotación en un infierno aun peor que el que enfrentaron en un comienzo. Lo decía el cáustico Jorge Luis Borges en algún lado: “tenga Ud. cuidado en elegir a sus enemigos, pues fatalmente terminará pareciéndose a ellos”.

Todos estos incordios son el efecto necesario de la división subjetiva, que sigue operando, impertérrita, aun en el propio seno del cinismo postmoderno. Por ello es que no conviene archivar a Freud y es necesario tener en cuenta que por más que el ropaje cambie, los disfrazados siguen siendo los mismos. En los últimos decenios, cada generación hace esfuerzos sobrehumanos por diferenciarse de la anterior, viéndose a sí mismos como seres de excepción que rompen con los esquemas consagrados. Por lo demás, gustan considerarse inclasificables y condenados a la incomprensión del Sistema, al que, obviamente, hay que destruir, mientras se complacen en plasmar sus reivindicaciones investigando a fondo cuánta degradación puede soportar una persona. Jóvenes. Así, pues, la simple ignorancia de la división subjetiva, que al parecer nunca será verdaderamente aceptada por ser humano alguno, nos asegura una fuente inextinguible de malentendidos que hacen sentir su presencia doquiera uno vuelva la vista. Pero como señalar el valor inconsciente de nuestros pensamientos y acciones ya perdió vigencia y la moda endereza sus proas rumbo a nuevas playas, volverá quizá en breve a hacerse sentir su momentánea ausencia, generándonos nuevas consultas y trabajo.

Yo vendría, entonces, a nominarme filósofo en el momento en que tal nominación importa muy poco, tal y como ocurre con la nominación como analista. Son cosas que no le importan demasiado al común de las personas, aunque cuentan para mí, y mucho. Un viejo gris y trasnochado, un romántico en decidida decadencia, un iluso a contramano del imperioso y reluciente tren bala de la historia, un francotirador, una momia intempestiva y descolocada, un resto descartable que se aferra a una persistencia estéril y demodée. En síntesis, un fouineur[2]. Todo eso, sí, pero con un estilete bien puntudo y presto para ser hincado en las carnes putrefactas y avergonzadas de mis preciados congéneres. Y, por si fuera poca artillería, una inteligencia viperina que descubre prontamente debilidades e inconsistencias ajenas. De todo este lote de maldades me hubiese salvado posiblemente pertenecer a alguna escuela o grupo, de esos que se encargan de encuadrarlo a uno y proveerle alguna clase de asistencia financiera. No pude o no supe sumarme a ellas durante mucho tiempo, o bien, acaso con razón, nunca tuvieron interés en mí. Y no por contestatario o díscolo: creo que es la estética lo que me aleja de ellos, el no poder soportar el espectáculo reiterado y monocorde de la obsecuencia y la genuflexión imprescindibles para sostener tales adscripciones. Es preferible vegetar por allí, en escasa y noble compañía, y dedicar el ocio y el negocio a las cosas que se van presentando según el azaroso orden en que la existencia las va engendrando, en lugar de defender con desmayado empeño magros intereses de escuela declinantes. Así hay que vivir: lejos de los dorados campi de universidades opulentas y fatigando los sinsabores de la intersubjetividad con el maligno consuelo de poder asestar -chistes mediante- alguna que otra estocada corrosiva a la presunción del prójimo.

Es posible que justamente eso sea ser filósofo: merodear en la periferia sin gran cosa para enseñar como no sea la moderación, el correcto uso de los términos y las facultades que hayamos logrado cultivar, esto es, lo que en otra época se llamaba la formación (Bildung), disciplina que se ocupa justamente del tratamiento de las cuestiones, del que hablaba más arriba. La formación, al igual que el dáimon de Sócrates, es lo que previene al sujeto de infatuarse y pretender sobrepasar la medida humana. En su maravilloso Santos Vega, Obligado poetiza el triste fin del payador en un duelo con Juan sin ropa. ¿Quién otro que Santos era la sombra doliente y perdidosa que recorre la pampa argentina huyendo de la luz radiante y serena del sol? El payador alcanza su melancólica esencia -hay alguna esencia, al fin- deviniendo alma errante cuyo solo afán es el de la pena y, al mismo tiempo, se transfigura en recuerdo señero que el paisanaje venera y respeta. Y todo ello porque no rehúye enfrentarse al Malo, quien sabe como nadie recubrirse con las más dulces palabras. Vega sabe perfectamente que va al muere y en esa angustiosa circunstancia da prueba de que es capaz de vérselas con su propia finitud. Finalmente, como quería el viejo Jaspers, allá en la calle Independencia, de esto se trata la filosofía.


[1] En realidad, las hay: buenas intenciones conscientes y malas inconscientes. ¿Qué esperaban?

[2] Un fisgón, un buscavidas, un entrometido.

Juan José Ipar / 2012
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