Elogio del impasse – Juan José Ipar

Monje a la orilla del mar (Der Mönch am Meer), 1808–1810, 110 x 171,5 cm, óleo sobre lienzo, Berlín, Palacio de Charlottenburg
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2012

Hace ya unas décadas que puede observarse que la llamada cultura occidental, única con vigencia en nuestro globalizado mundo, pasa por un llamativo impasse, esto es, un marcado estancamiento de la producción intelectual. Muerto Heidegger, desaparece con él la gran filosofía y, en su lugar,  registramos un nutrido y variopinto grupo de filósofos dependientes de sus escritos, que disputan la primacía a otros autores mediáticos que apenas sobrevuelan el nivel de la autoayuda más elemental. No hay escultores, pintores, artistas en general que planteen alguna propuesta cuya originalidad exceda la decoración y el pasatismo. El Psicoanálisis mismo sufre asimismo de un parate muy semejante a la parálisis: la única actividad visible consiste en un perpetuo y entumecido comentario -disciplina universitaria, para colmo- de lo dicho o sugerido por Lacan. Claro que todo este estado de cosas no desalienta -más bien pareciera que favorece- el despliegue de incontables eventos que celebran y recuerdan a artistas y pensadores del pasado. Multitudes acuden disciplinadamente a muestras y retrospectivas de la obra de Dalí, Bacon o Warhol, multitudes asisten a congresos y simposios en los que, con precisión litúrgica, uno ya puede hacerse una idea anticipada de cuanto será allí dicho o, mejor, repetido. Deambulan por doquier multitudes circunstanciales que son atraídas por una publicidad refinada y eficaz a encuentros en los que, para decirlo de una vez, no pasa nada trascendente. Lo más curioso es que el común de las personas de nuestra época no siente un gran respeto por toda esa gente o por su obra, cosa que no impide que sean explotados hasta el cansancio por la maquinaria cultural, que aprovecha para, de paso, desempolvar intimidades urticantes, que intentan resituar el sentido de las obras que se exhiben o reeditan y reenviarlo a la más pedestre lógica de alcoba.

¿A qué van las multitudes a dichos eventos[1]? Muchos van simplemente para decir que fueron, como si su concurrencia asegurara alguna superioridad sobre los que no lo hicieron y, por tal medio, hubiesen adquirido algo así como una endeble certidumbre de existir, de accionar, de participar de algo o, más sencillamente, de llenar un impreciso vacío. Son ceremonias de plenitud, de reaseguramiento de identidades borrosas, como los recitales, los festivales rockeros, las entregas de premios -en las que no debe faltar la red carpet– o los encuentros deportivos. Arquímedes suspiraba por un punto fijo que le permitiera mover el mundo; Descartes se conformaba con alcanzar una única certeza para fundamentar el edificio del conocimiento; nosotros somos, desgraciadamente, bastante más modestos: un logo en la indumentaria o un tatuaje en la piel bastan para ubicarnos en algún escenario.

Las verdaderas novedades que son realmente esperadas hasta con ansiedad son las implacables miniaturas que provee la industria cibernética o engendros pseudoculturales como los de Harry Potter, El señor de los anillos o las intragables sagas del nuevo género de films de animación, que cuentan, eso sí, con el doblaje de las más conspicuas estrellas del cine americano. Allí están las novedades que todo mundo ansía ver, poseer y exhibir. De todo ese lote de bagatelas se puede y se debe hablar. Hermíone ya no es más la heroína del mito griego cuyos celos desvelaron a Eurípides y aun a Rossini[2]: de ahora en más -y quién sabe por cuánto tiempo- únicamente se limitará a ser la sabihonda condiscípula de Harry Potter.

Pero no estamos aquí para quejarnos o despotricar contra la pobreza conceptual o la decadencia simbólica postmoderna, sino, por el contrario, para ensalzarla en la medida en que esta atmósfera decontractée nos resulta beneficiosa y aun preferible a la terrible Modernidad. Elogiando, entonces, el impasse postmoderno, haremos una crítica indirecta al mesianismo y pacatería de los tiempos que nos han precedido. Y tomaremos como eje de dicha crítica la teoría psicoanalítica del fin de análisis.

Partiremos del hecho de que, para Freud, el análisis culmina cautamente en un impasse, a partir del cual la transferencia comienza a negativizarse, el paciente pierde interés en la labor analítica y se escabulle del análisis como mejor puede ante la mirada benevolente del analista, si éste es capaz de soportar la situación y no sentirse desairado por el abandono. El final del análisis pone a prueba la capacidad del analista de soportar la frustración, puesto que para él será evidente que el análisis aun no debía terminar y se encontrará, por tanto, ante una interrupción que casi invariablemente tenderá a ver como arbitraria e inoportuna.

Claro está que alguno podría objetar esta sumaria descripción de los hechos y afirmar que Freud dijo otra cosa -Freud efectivamente dijo otras cosas- y que su concepción del fin de análisis debe ser entendida de una manera tal vez harto diferente de la que aquí ensayamos. Pero no estaría yo presente para continuar la discusión de lo que el maestro dijo o dejó de decir y por ello solicitaré al lector que preste su aquiescencia transitoria a estas afirmaciones que vengo de hacer.

Así, pues, el análisis quedará interrumpido en algún punto más o menos crucial y por ello resultará fragmentario, toda vez que raramente -nunca en realidad- no es dado asistir a la completa resolución o esclarecimiento (Aufklärung) del caso. Claro que si nos preguntasen en qué consiste exactamente “la completa resolución del caso”, nos pondrían en un aprieto del que únicamente podríamos escapar esgrimiendo argumentos un tanto imprecisos y ambiguos. Freud mismo recurre a vaguedades tales como que el final del análisis es “una cuestión de oportunidad” y que su precondición era la famosa capacidad de “amar y trabajar”, que en corrillos rioplatenses, con seguridad algo chabacanos, se tradujo como “tener sexo y ganar plata”. Se aprecia que el maestro vienés no sabía bien qué decir sobre tópicos tan relevantes, y optaba por salir del paso apelando a afirmaciones que hoy calificaríamos de “políticamente correctas”, pero que distan de autorizar alguna técnica reproductible por la cual un verdadero final de análisis pudiera ser alcanzado.

Lacan advierte claramente que con semejante teoría de fin de análisis se corría el riesgo de que la crítica se ensañase con el Psicoanálisis y lo denostase como una técnica cara y prolongada de la cual no se pudiese extraer más que un resultado dudoso e incierto. Había que escapar a tan cruel verdad. Pero, ¿es eso verdad? Más abajo examinaremos estas importantes cuestiones, a saber, qué beneficios puede entrañar un análisis a un consultante que se avenga a internarse en los vericuetos de su propio laberinto anímico. Por de pronto, el lacanismo se aboca a desarrollar una batería conceptual que dé cuenta de un verdadero fin del análisis, en el haya passe en lugar de impasse. Llegamos actualmente a un estado de cosas en el que las instituciones lacanianas despliegan el complicado ritual del llamado pase, por el cual el pasante se entrevista varias veces durante todo un año con sus pasadores y éstos concurren al cierre de dicho período al cartel en el que se debate la posibilidad del pase. Todo esto es reflotado después de la muerte de Lacan en 1981, a pesar de que éste había desistido del mecanismo del pase y hasta había cerrado su escuela poco antes de morir. Algunos autores como Carlos Faig, entre otros, han señalado que el pase -un mero dispositivo- viene a fungir como sustituto de una doctrina sobre el fin de análisis y que, cosa aún más grave, únicamente sería viable para todos aquellos que, por los motivos que fueren, desearan ser analistas, lo cual excluiría a los ciudadanos comunes que optaron por analizarse llevados por motivaciones menos ambiciosas. Habría, pues, pase y no fin de análisis, a menos que uno declare que el fin del análisis es convertir a los analizantes en analistas y acepte, además, que hemos venido engañando a la gente en relación con dicho tema. El análisis se interrumpiría simplemente una vez que haya germinado en el paciente el misterioso deseo de ser analista, y le quedaría a la institución chequear que tal germinación ha tenido un sesgo positivo y no se trata de un arresto voluntarista achacable a la neurosis del analizando. Ello, claro está, supone que los miembros del cartel examinador saben perfectamente no sólo qué es y cómo se manifiesta el deseo de ser analista, sino que, por añadidura, disponen de un método efectivo para testearlo a distancia en cualquier persona.

Todo esto es, desde luego, poco creíble. Simplemente, no estamos trascendiendo aquella vieja idea de los postfreudianos de que el paciente se identifica con el analista y de dicha identificación provendría ese novedoso deseo de ser analista. Para Lacan se trata justamente de ir más allá de la identificación, debido a que ésta transcurre en el plano elemental de lo imaginario, mientras que la castración sería un fenómeno o un proceso que atañe a lo simbólico. ¿Cómo entender, entonces, el deseo de ser analista como algo más que un sospechoso deseo de ayudar al prójimo, bien que de una manera especialísima y difícil de definir? Por supuesto, es menester ir más allá del deseo de hacer el bien. Es un problema que arrastramos al menos desde Sócrates, quien plantea la posibilidad de la acción desinteresada y declara a un tiempo que no tiene alumnos ni seguidores, que nada tiene que enseñar, que nada sabe, para terminar derivando a Apolo la responsabilidad por su magisterio: es el dios quien le ordena que examine a sus conciudadanos, a fin de probar que su oráculo ha dicho la verdad cuando dijo que él era el hombre más sabio de Grecia. También nosotros ponemos a prueba el saber de los demás. ¿Qué otra cosa analizamos más que las teorías por medio de las cuales nuestros pacientes intentan explicarse sus pesares y desencuentros? Pero, ¿quién nos lo manda? Obviamente, nadie y es por ello que, como muchas serpientes, debemos aguardar pacientemente en alguna oquedad que algún desprevenido quede cautivado en algunas de las ocasiones en que nos pavoneamos un poco en alguna conferencia o simposio. A falta de un mandato divino, quedan nuestras resbaladizas ganas. No es mucho, aunque puede eventualmente bastar para echar a andar un análisis.

Volvamos para atrás: ya que al parecer no sería posible terminar un análisis, la cuestión del final se desplaza, chez les lacaniens, no sólo a la cuestión del pase, sino también a la sesión por medio del artificio del famoso corte, sin el cual, se nos dice, no hay propiamente sesión, como si ésta resultase un efecto a posteriori del corte mismo. No tiene más relevancia ya el trabajo (Arbeit) analítico, que tanto importara a Freud: la pericia del corte, se nos asegura, asegura que el analizante asumirá la necesidad de algún esfuerzo consecutivo a la sesión. Les ocurriría lo que antes les ocurría a los kleinianos: puesto que en un análisis se trataba de arribar a una interpretación de la transferencia[3] que desanude la neurosis transferencial, hacían interpretaciones profundas d’emblée, intentando ya en las primeras sesiones terminar el análisis. Como el corte lacaniano, es un intento de arribar al cometido final del análisis en cada sesión particular, noble propósito que es asimismo un disparate[4]. Analizarse, decía Perogrullo, lleva tiempo.

Intermezzo

En su admirable libro referido a Adriano[5], Marguerite Yourcenar se pone en la piel de un emperador romano ya viejo y presto a morir, que va desgranando recuerdos y reflexiones vagamente dirigidas a su sucesor[6]. Como perdida en medio de sus rumiaciones, hay una que tiene especial interés para nosotros: Adriano percibe que la cultura antigua se halla estancada, que después de Aristóteles y Posidonio[7] muy poco ha sucedido en el campo filosófico y que la ciencia e inventiva de griegos y latinos está como detenida, como si sus mejores momentos ya hubiesen definitivamente quedado atrás y sólo se tratase para él de hacer perdurar cuanto se pueda ese ímpetu helénico sostenido por los romanos que, como él, preferían la frescura y la profundidad de la lengua y de la cultura griegas por sobre la propia lengua latina. Adriano, como otrora Polibio, tiene la triste consciencia de que la caída de ese mundo dorado y superior es cuestión de tiempo: ya Roma se afana por mantener indemnes sus fronteras, cada vez más comprometidas por las hordas bárbaras, que rodean y acorralan al Imperio. Grecia representa el escalón más alto y sublime de la humanidad y la misión histórica de Roma es custodiar dicha herencia. Pero, como dijera Virgilio, ætas omnia fert, el tiempo todo lo lleva, y Adriano se ve forzado a aceptar la resignada esperanza de que los bárbaros que ineluctablemente derribarán a Roma sean capaces de apreciar la excelsitud griega y hagan suyo su legado[8].

Adriano se encuentra, pues, en un impasse: los bárbaros merodean, aunque todavía funciona aceptablemente bien la fusta latina que los hace retroceder una y otra vez. Pero no se deja ganar por el pesimismo y es capaz de sostenerse como un hombre de acción, acometiendo infatigablemente una ordenación escurridiza y perpetuamente provisional. Sin desbordes emocionales, simplemente hace su trabajo conteniendo como puede a los fanáticos judíos, que desprecian la cultura griega y la paz romana, a los díscolos reyezuelos orientales, imperfectamente helenizados, a los partos, que son como un tábano allá en Oriente, y a los innúmeros bárbaros que pululan en la infinita frontera del Norte.

En la edición de Sudamericana, pequeños textos de la propia Yourcenar son agregados a modo de indirecto comentario de la autora a su libro sobre Adriano. El segundo de ellos produce un impacto directo; reza:

“Encontrada de nuevo en un volumen de la correspondencia de Flaubert, releída y subrayada por mí hacia 1927, la frase inolvidable: “Cuando los dioses ya no existían y Cristo no había aparecido aun, hubo un momento único, desde Cicerón hasta Marco Aurelio, en que sólo estuvo el hombre”. Gran parte de mi vida transcurriría en el intento de definir, después de retratar, a este hombre solo y al mismo tiempo vinculado con todo.”.

Entre la declinación manifiesta del paganismo politeísta y el ascenso de la fe cristiana se sitúa este período excepcional de la historia humana, menos de tres siglos, que Flaubert sabe ver y que Yourcenar registra ya en su juventud[9]. Hay evidentemente algo allí que atrapa la atención de la joven Yourcenar, algo que podría servirnos hoy, algo que encierra un inadvertido paralelismo con nuestra propia época. En dicho período, el hombre está solo, abandonado por sus viejos y proteiformes dioses[10]. Una época de estoicos y escépticos que intentan acomodarse a esa soledad. Pero la masa, cuya angustia Adriano observa con desconfianza, pronto entronizará una religión que se presentará como la definitiva, la única capaz de ser verdadera[11], en tanto concentra lo divino como jamás antes había sido ensayado[12]. El Dios judío es todavía un dios tribal, colérico y celoso que reclama exclusividad a sus fieles[13], el renovado Dios cristiano se abre al mundo -como Adriano- y su alianza ha de ser con todo aquel que escuche y prepare su corazón para su mensaje.

El hombre está solo y, sigue Flaubert, abierto a todo. ¿Qué significa abierto a todo? En principio, marca un contraste con el hombre previo, el pagano, el cual vendría a estar, comparativamente, cerrado. ¿A qué estaba cerrado el hombre pagano? Podríamos arriesgar y afirmar que el pagano y el cristiano, tienen un rasgo común: el vivir absorbidos por la religiosidad, como alienados en ella. Hoy en día, quizá por influencia de Foucault y otros autores, tendemos a valorar positivamente y aun idealizar el mundo pagano, porque, retrospectivamente, le atribuimos una mayor libertad en el campo de las costumbres, especialmente en el terreno de la sexualidad. A su juicio, la Grecia y la Roma clásicas estaban idílicamente exentas de la feroz represión sexual que comienza a preponderar hacia el siglo III por influencia del cristianismo y que aun hoy podemos sentir palpablemente, a pesar de la atmósfera de completa permisividad y relajación en la que aparentemente vivimos. Solos, libres de prejuicios y preconceptos y abiertos a todo[14]: ésa es la descripción que Flaubert hace de estos hombres ilustrados que van de Cicerón a Marco Aurelio. Yourcenar agrega algo más[15]:

“(…) Estos sabios libres del mundo antiguo pensaban como nosotros[16] en términos de física o de fisiología universal: consideraban posible el fin del hombre y la muerte del mundo. Plutarco y Marco Aurelio no ignoraban que los dioses y las civilizaciones pasan y mueren. No somos los únicos que miramos cara a cara un inexorable porvenir ante nosotros.”

Y más abajo remata[17]:

“El siglo II me interesa porque fue, durante mucho tiempo, el de los últimos hombres libres. En lo que a nosotros concierne, quizá estemos ya bastante lejos de aquel tiempo.”.

Vayamos por partes: ante todo, pensar en términos de física y fisiología es pensar científicamente, haber abandonado definitivamente la explicación religiosa o mística del mundo y del hombre. En nuestro artículo sobre la relación del lacanismo con el freudismo, examinamos con cierto detenimiento la cuestión del fin del hombre en relación a las figuras contrapuestas de Marat y Sade. El primero concluye con que es menester someter al hombre al fuego purificador de las ideas revolucionarias y el segundo lo abandona a la inmensidad y a la indiferencia de la Naturaleza, ya que lo juzga indigno de todo esfuerzo. La posible extinción del género humano -como el ateísmo- comienza a ser vislumbrada durante la Revolución Francesa, aunque en forma todavía difuminada. Los medios prácticos para tal “solución final” del problema humano aparece en forma sobrecogedora en 1945 con los bombardeos atómicos a las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki.

Por lo demás, todo pasa, todo muere. Si bien el recuerdo de Grecia no ha perecido, la cultura francesa parece haber ocupado su lugar. ¿De quiénes hemos estado hablando? De Yourcenar, Lacan, Pascal, Foucault, Flaubert, Sade, Marat y algún otro: todos ellos franceses. En los últimos cuatro o cinco siglos, Francia ha sido la cuna y la sede de la espiritualidad occidental y bien se puede palpar que ella es perfectamente consciente de ese rol digamos rector que tiene en la vida intelectual del mundo, más allá de los vaivenes políticos por los cuales fundó y perdió luego su imperio colonial. A pesar de lo que termina diciendo Yourcenar, también nosotros estamos ante la muerte inexorable que excede la de los meros individuos y amenaza extenderse a la especie toda[18]. Y estamos allí, sin el velo protector y somnífero de la religión, hundidos en lo profano y lo intrascendente, pero libres al fin y abiertos a lo perecedero, a lo circunstancial, a lo efímero, a lo enclenque. A diferencia de Adriano, ya no soportamos la carga de la misión de eternizar a Grecia, ni siquiera a Francia, aunque las homenajeamos. No somos responsables del orden del mundo; éste puede desorganizarse y sobrevivir como mejor le parezca, como pueda. Nos llevamos mejor que Adriano con el acaso y hemos desarrollado una extraña e infundada confianza en la naturaleza y el destino humanos, aunque también, como él, somos aficionados a las pseudociencias[19]. Podemos, en fin, sostenernos medianamente en la incertidumbre. Éste es el espíritu que desenvueltamente prospera en nuestra época, entre genocidios y calamidades diversas[20].

Reprise

Retomamos aquí el hilo inicial y volvemos a la cuestión del fin de análisis o, mejor, de la falta de fin del análisis, de su necesaria inconclusión, de su fragmentariedad, si se nos permite decirlo así. Se trata, digámoslo de una buena vez, de la inconsistencia de la teoría psicoanalítica misma, plasmada en una miríada de textos tan sesudos como inútiles, que se dedican a construir andamiajes teóricos que la doten de una esquiva cientificidad, muchas veces bastante rudimentaria, toda vez que pocos analistas han profundizado en una auténtica formación epistemológica o metodológica. ¿Se caerá el Psicoanálisis si su cientificidad no puede ser adecuadamente comprobada? ¿Menos personas nos consultarán? Si el Psicoanálisis ha caído -menos personas nos consultan, efectivamente- no es debido a su falta de cientificidad. Sencillamente, ocurre que perdieron vigencia los valores que inicialmente le dieron vida y prestigio: su modernidad, esto es, su empeño redentor en pos de una vida mejor y la promesa convencida de que el sacrificio y el aplazamiento (Aufschiebung) de la consecución del placer serían justamente recompensados más tarde. Todo esto ha perdido significación en nuestra propia época: ahora todo es hoy, el futuro es incierto -o directamente negro- y da para cualquier anticipación: no sabemos si la ciencia nos proveerá una cada vez más próxima Edad de Oro sobrecargada de aparatejos miríficos, o si nuestros hijos se verán obligados a revolver los tachos de basura para subsistir miserablemente. No hay público para las promesas, ya nadie cree verdaderamente en ellas, aunque, por supuesto, está el mundo atestado de canallas que se aprovechan de la infaltable caterva de imbéciles que les prestan sus oídos.

Así, pues, no son muchos los que creen en el Psicoanálisis, ni en cosa alguna en general, a pesar de las encendidas declaraciones que oímos a toda hora a favor de una distribución justa del ingreso y otras sandeces por el estilo. El cansancio y el hartazgo han minado la fe del ciudadano promedio en todo lo que oye en los media, aun cuando tampoco dispone de opciones que signifiquen una diferencia.

Es lo que hay, se repite, y con esa suerte de conformismo elemental, muchos sedicentes analistas se avienen a atender pacientes por monedas, satisfechos por integrar la despareja cartilla de alguna prepaga que los regentea sin piedad ni consideración. De tal modo hemos quedado: integrados al mercado, al lado de podólogos, tarotistas y otros pseudoprofesionales, que revolotean por allí ofreciendo sus vaporosas mercancías. Quizá toda esta devaluación sea un merecido castigo, un digno corolario de la soberbia de otrora, cuando era posible adquirir mansiones en Punta del Este o en selectos country clubs merced al Psicoanálisis.

No abundan precisamente los que buscan redimirse practicando un mea culpa poco menos que interminable. El amor ya no hace sufrir ni exalta la carne como antes, la culpa ya no castiga como en otras épocas, seguramente más felices y tortuosas. Las cosas se han simplificado de alguna extraña manera y cunde la impresión de que no vale la pena complicarse y detenerse en los enredos del amor, ni en los sinuosos  pliegues de la subjetividad. Todo es chato, curiosamente límpido y soberanamente liso.

Pero no somos como Adriano: no tenemos que salvaguardar el legado de Grecia, ni siquiera nos planteamos ponernos a estudiar para valorarlo y comprenderlo. Acaso el aspecto más terrible de la Modernidad sea justamente su implacable empeño en salvar al mundo, combatiendo todo tipo de esclavitud y de desigualdad, su afán por velar por la justicia, por la cientificidad y por lo que fuere. Lo que la hizo grande la lleva a la ruina. Nuevamente, el problema son las buenas intenciones y, como señalamos más arriba, las promesas: ambas suelen ser mentirosas, en ocasiones sutilmente mentirosas, pero, a lo sumo, no mucho más que meros deseos idealizados en los que vemos plasmada la exigencia moral.

El hombre que se encuentra en un impasse, en cambio, tiene su voluntad como suspendida, se halla impedido de tomar grandes resoluciones y éstas deben ser aplazadas hasta que la inseguridad -la fastidiosa Unsicherheit de los neuróticos de Freud- se esfume y la voluntad pueda determinarse positiva y certeramente. Un hombre en un impasse no puede aspirar a ser más que un dilettante, un ser que se abstiene precautoriamente de hacer afirmaciones taxativas, con seguridad un decadente. Es posible que todo ello sea mejor que ser un luchador enardecido, que ve frustrado su esfuerzo salvífico a causa de los vaivenes de la fortuna y de la naturaleza siempre malvada del prójimo. Quizá la naturaleza humana no sea tan malvada como rebelde, especialmente renuente a que le impongan la salvación por más que ésta le sea presentada bajo los auspicios de la racionalidad. La razón ha de ser nuestra guía en todo, repetía Locke, pero la razón a veces razona demasiado, enloquece y pierde el rumbo, llegando a extremos disparatados como la necesidad del genocidio. Usar la cabeza es, sin duda, una bendición y, además, precondición de cualquier bienestar, pero usarla en forma desmedida puede transportarnos a una pesadilla.

Concedamos que un impasse bien puede resultar un tanto exasperante, especialmente para aquellos que se sienten apremiados por su deseo de encontrar una clave que les resuelva alguna necesidad urgente, pero, una vez que un sujeto ha aprendido a morigerar su ánimo, será capaz de apreciar sus innúmeras ventajas, su plácido relax y su blando dominio del tiempo. Dejar atrás la manía de entender o explicar, poner en perspectiva todo lo que se nos aparece como urgencia, no sentirse obligado a mejorar a la Humanidad, suspender todo plan de salvación del mundo, neutralizar la teoría conspirativa y sus infinitas y contradictorias consecuencias bien pueden ser algunas de sus encomiables ventajas. Dijimos más arriba que el aspecto terrible y nefasto de la Modernidad era su necesidad de liberar al hombre y perfeccionarlo éticamente, operando incluso sobre su naturaleza. Cuando Freud admite que el análisis puede constituir una suerte de “educación posterior” (Nacherziehung), una vez que la educación inicial a cargo de padres y educadores ha desembocado obligadamente en la neurosis, está precisamente ubicado en esta perspectiva moderna. En un empeño redentor digno de mejor causa, es menester rescatar al hombre de sí mismo y someterlo a alguna clase de ortopedia anímica, so pretexto de ayudarlo a conquistar la humanidad. Freud creía, bastante ingenuamente, que la imposición de la cultura podía ser hecha sin coacción (Drang), completamente bajo el imperio del amor. Como dice el tango: “el amor no da pa’ tanto”[21]. Y hasta es posible que alguna tunda oportuna sea beneficiosa en casi todos los casos, para terminar de convencer a muchas personas de las bondades y la conveniencia de la cultura. Suficiente como para que el quidam tenga idea de con qué se lo amenazará luego[22].

Hoy asistimos a las lamentables consecuencias de una educación sin compulsión alguna como no sea la de gozar y paradójicamente inspirada en malas lecturas psicoanalíticas. No es propio del Psicoanálisis erigirse en autoridad capaz de recomendarle a alguien cómo ha de dirigir sus asuntos. Deducir de la llamada teoría psicoanalítica reglas o recomendaciones para la crianza de los niños o la educación de los jóvenes es, cuando menos, una pretensión peregrina que malentiende el espíritu mismo de nuestra disciplina. Tampoco el Psicoanálisis da pa’ tanto. Pero hay que admitir que semejantes monstruosidades no sólo fueron perpetradas alegremente, sino que, además, fueron en su momento presentadas como el desideratum de toda pedagogía. Sencillamente, digamos que el Psicoanálisis no puede tener aplicaciones prescriptivas, ello no es propio de él, a pesar de que sus muchas aplicaciones hermenéuticas han ciertamente seducido y seducirán a muchos espíritus cultos que las han justificado y las justificarán de infinitas maneras. Claro está que, si se la busca, está en Freud la idea de que su joven disciplina puede erigirse en clave interpretativa de la cultura en general, intentando desplazar todo otro criterio proveniente de diversos marcos conceptuales. Como todo innovador consciente de su propio valor, Freud cae víctima de su exaltación y, exhibiendo un optimismo avasallante, da rienda suelta a su imaginación y cree posibles y hasta sencillas muchas cuestiones que luego él mismo cernirá y rectificará.

Yendo un poco más allá, cabe preguntarse si acaso debiera el Psicoanálisis sufrir alguna clase de reforma, tal como sucedió con la fe y aun la filosofía en los siglos XVI y XVII, a fin de adaptarlo a las nuevas exigencias de la Postmodernidad. Asumimos que dicha emendatio ya fue acometida por el lacanismo y de ella emergió un nuevo Psicoanálisis, más relajado y, por fortuna, menos militante[23], aunque, desde una perspectiva freudiana, al restarle toda importancia al trabajo (Arbeit) analítico en sesión, tal reforma va demasiado lejos y no resultaría a la postre más que una recaída en la sugestión. Es justamente el Arbeit lo que garantiza que no se tratará de una pura y simple sugestión, por más elaborada y disfrazada que una teoría la presente. Es posible que esta nueva perspectiva explique siquiera en parte el maridaje bizarro que se aprecia frecuentemente en nuestros días entre el Psicoanálisis lacaniano y pseudosaberes alternativos como la Astrología, el Tarot, las terapias florales, la Parapsicología y otros muchos engendros que proliferan despreocupadamente en los media. Muy a su pesar, Lacan terminaría, como Schreber, cultivando tiernos deseos femeninos[24].

La referida reforma llevada a cabo por el lacanismo no parece haber rescatado lo esencial del Psicoanálisis, aunque hay que reconocer que operó sobre la teoría y la técnica clásicas un giro tan obligado como completo. Ya en otro lugar nos hemos ocupado de la peculiar relación del lacanismo con el freudismo y, por ello, para no esquivar tan importante cuestión, sólo nos restaría a nosotros decir qué cambios serían necesarios para preservar al análisis sin desvirtuarlo. De modo general, es nuestra opinión que los aspectos negativos de la Modernidad deberían ser expurgados o al menos esmerilados y privados de su poder patógeno, aunque conservando lo que el freudismo tuvo de positivo. Positivo y negativo: descripción demasiado elemental y, por cierto, difícil de precisar. ¿Qué tiene el Psicoanálisis freudiano de positivo y qué de negativo?

En principio, lo mejor de la producción freudiana es su disposición novedosa a la escucha, su apertura a la peculiaridad de las personas y a lo que éstas tengan para decir, su amor y su respeto por la verdad de cada cual. Lo “negativo” es su tendencia a la militancia, a convertir el interés y la benevolencia por las personas en una lucha contra todo aquello que se consideró en su momento como morboso o perjudicial. Que la finalidad última del análisis tenga un estatuto ético no nos transforma ipso facto en salvaguardadores de nada: la simple abstinencia, que no es nada simple, es suficiente. Abstenerse de juzgar no comporta una actitud prescindente y un tanto irónica como es el caso de tantos analistas lacanianos.

Por otro lado, la pasión por defender supuestas posiciones teóricas se percibe de manera casi patética -ridícula, quiero decir- en las escuelas sobrevivientes, en las que se auspicia con inusitado ardor algunas pobres tesis y posturas elevadas al rango de verdades. La figura del analista y la del militante, digámoslo, son incompatibles. Ningún psicoanalista tiene que cargar sobre sus espaldas el deber de defender nada, ni siquiera el Psicoanálisis mismo. Defender verdades enferma, empuja al sectarismo y la violencia, aun en ambientes académicos que, en apariencia, poco tendrían que ver con tales lacras.

Desafío al lector

Como en aquellas viejas novelas policiales de Ellery Queen[25], considere el improbable lector todo lo hasta aquí expuesto como un conjunto de premisas cuya conclusión deberá ser capaz de extraer de ellas. Por razones humanitarias y prácticas, le ahorraremos el esfuerzo y diremos que la cuestión del impasse final del análisis será resoluble si y sólo si, en lugar de verlo como una imperfección necesitada de corrección (Lacan) o una fatalidad previsible a la que es menester amoldarse (Freud), se lo asume como la necesaria conclusión de un análisis exitoso. Una curiosa conclusión, sin duda. Pero la única que resuelve el problema, justamente declarando que lo que se pensó como problema, estaba bien lejos de serlo y, un paso más, es la solución inesperada al misterio del fin de análisis.

Se trata, pues, de producir un impasse por el simple expediente de analizar lo que el analizando vaya comunicando. Un analizado sería, entonces, un sujeto que arribó finalmente a la aporía del impasse. Aporía, precisamente porque no hay salida posible del laberinto existencial que el análisis ha revelado. Un cul-de-sac del cual se sale à reculons, esto es, por medio de oportunas y múltiples retractaciones. En eso tenían un poco de razón los kleinianos: el duelo analítico es un arte paradójico centrado en la palinodia[26], un decir que progresa cuando se desdice[27]. El único consuelo que el análisis aporta es que se enfrentaba una verdadera imposibilidad y, por ello, puede uno finalmente descansar un poco y dejar de atormentarse por lo que se perdió o lo que se malentendió. Nunca nos íbamos a curar: el famoso deseo de curación (Heilungswunsch), que Freud suponía motor del análisis, no era sino una quimera, un buen deseo más allá de toda concreción posible, una Wunschbildung[28] que, sin embargo, se las ingenia para mover los deseos del paciente y lo impulsan a emprender un camino que lo conducirá a otra posición subjetiva, menos petulante y más sensata.

El sujeto del impasse es un sujeto solo y cierto en cuanto a su finitud, como Adriano, ya no más poseído por deseos noveleros o aspiraciones ambiciosas, medianamente inmune a las remanidas trampas del amor, la codicia o el afán de honores, pero que no ha perdido ni el buen humor[29], ni las ganas de hacer cosas y que se empeña en mantener alguna clase de legado, sea el de Grecia o Francia, el de su familia o alguno que juzgue merecedor de alcanzar su trasmisión[30]. Y aclaremos bien que el sujeto del impasse, el analizado, no es un deprimido ni un depresivo: ni siquiera la expresión kleiniana posición depresiva alude a algo que implique depresión alguna; es, más bien, una especie de capacidad meditativa, un yourcenariano arte de rumiación.

La idea es, entonces, quedarse nomás en el atolladero de la existencia sin pretender hallar una salida, al menos, una salida antes de tiempo. Como dice el chiste: de la vida nadie sale vivo. Es muy posible, además, que la causa del inevitable impasse en que culmina el análisis se deba en último término al decepcionante hecho de que el método analítico, la Regla fundamental o lo que se quiera, no es capaz de hacer a un lado por completo la intersubjetividad y ésta, como bien señala Lacan al comienzo del Seminario VIII, conduce invariablemente a callejones sin salida, debido a una imposibilidad de descentrar convenientemente al yo, tanto del paciente como del analista.

Una consecuencia obligada de lo que venimos de decir sería el festejar una impensada derivación del impasse por el que atraviesa el Psicoanálisis hoy en día: nos vemos relevados del ingrato deber de actualizarnos por medio de la lectura de la enorme cantidad de artículos y libros que nuestros colegas se empeñan en seguir escribiendo. Podríamos dedicar nuestro ocio a releer los clásicos y a alguna otra tarea que pueda verdaderamente enriquecernos.

Apéndice

Un paralelismo

Se repite usualmente que toda filosofía es un desafío al escepticismo; ése es, por así decir, el enemigo a vencer, la amenaza que se reitera una y otra vez. La historia de la filosofía muestra machaconamente cómo la crítica roe hasta la médula cada una de nuestras pobres certezas y convicciones y cómo los filósofos de todas las épocas han sentido la necesidad de defender sus teorizaciones de tan aciago destino. Empero, esta febril actividad que busca asegurarnos alguna verdad va flagrantemente en contra de la consigna socrática de mantenernos en la llamada docta ignorantia. No es difícil encontrar un paralelismo entre lo que venimos de ver acerca del impasse en el que sostenemos que debe culminar un análisis y la docta ignorantia como but de la formación filosófica. Y si ésta última se diferencia de la pura y simple ignorancia, el impasse analítico es pareja y radicalmente diferente de los variados impasses por los que una persona puede atravesar en su vida. Podríamos hablar, jocosamente, de un “docto impasse[31], justamente para remarcar que no es un impasse cualquiera, de los muchos que pueden tachonar nuestra vida, sino de uno muy señalado, puesto que es, además, efecto de una formación. Quien se haya analizado habrá adquirido una formación (Bildung): Freud lo decía casi literalmente cuando afirmaba que, merced al análisis, el paciente se vuelve capaz de considerar sus asuntos con una mirada novedosa, la psicoanalítica. Ha logrado adquirir (erwerben) un nuevo punto de vista que, en su opinión, es muy superior a aquel del que disponía previamente. Esta transformación anímica del analizado fue teorizada de muchas maneras: como interiorización de la verdad de la teoría analítica, como un cambio en el Superyó, como adquisición (Erwerbung) de una convicción (Überzeugung)[32], como identificación con el analista y alguna que otra conceptualización más. Como sea, la formación (Bildung) analítica entraña, pues, una transformación (Umbildung), del mismo modo que la formación filosófica debería culminar en la asunción de la docta ignorantia, la cual es, a nuestro juicio, una mezcla virtuosa de saber y modestia. El punto común es que ambas formaciones funcionan destruyendo paulatina y eficazmente las muchas o pocas certezas que el sujeto ha alcanzado espontáneamente en su vida[33] y una y otra no sólo se abstienen puntillosamente de proveerle nuevas sino que, más bien, ponen el acento en que el sujeto se aventure a vivir sin ellas. En otro lugar[34], comparo la Bildung filosófica con el dáimon de Sócrates, recalcando que ambos tienen la virtud de sujetar al sujeto e impedirle excederse. Y si en algo la Modernidad se ha destacado es justamente en lanzarse a toda clase de excesos y cursilerías pretendidamente justicieros, mientras que lo mejor que tiene la Postmodernidad acaso sea su bonachón desinterés en tales demasías, aunque es menester reconocer que no estamos para nada exentos del peligro de recaer, como consignamos más arriba, en la chatura más ramplona. Las cosas siempre vienen repartidas, como en aquellos viejos chistes de la buena y la mala noticia.

Caminante ante un mar de niebla (Der Wanderer über dem Nebelmeer); también El viajero contemplando un mar de nubes, 1818, 98,4 x 74,8 cm, óleo sobre lienzo, Hamburgo, Kunsthalle
https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Caspar_David_Friedrich_-_Wanderer_above_the_sea_of_fog.jpg

[1]La concurrencia masiva a exposiciones y eventos ligados al mundo del arte comenzó con la construcción en París del Centro Pompidou hacia 1977 (diseñado por Renzo Piano y Richard Rogers), que recibe aun hoy un promedio de seis millones de visitantes por año.

[2]Hay, desde luego, múltiples versiones del mito trágico de Hermíone, Pirro, Andrómaca y Orestes; Rossini sigue la versión de Racine, cuyo asunto central son los amores contrariados y no correspondidos. No hay que confundir esta Hermíone hija de Menelao y Helena con la esposa de Cadmo que aparece en la tragedia lírica Cadmus et Hermione de Jean-Baptiste Lully estrenada en 1673 en París, la cual pareciera ser una variante del nombre Harmonía, hija de Marte y Venus.

[3]Esta idea de la interpretación de la transferencia como but del análisis está tempranamente presente en Freud en su historial del Hombre de las Ratas. Ver nuestra tesis.

[4]En esta línea simplificadora, Otto Rank -Freud no deja de mencionarlo con cierta sorna- afirmaba que el trauma del nacimiento era el prototipo de todo trauma ulterior y, en consecuencia, planteaba que si se lo analizaba y disolvía, caía con él la neurosis toda. El problema era, claro, aislarlo y tratarlo.

[5]Memorias de Adriano, traducción de Julio Cortázar, Sudamericana, 1995.

[6]Efectivamente, el texto tiene la forma de una larga carta destinada a un tal Marco, muy presumiblemente Marco Aurelio, a quien Adriano impone como sucesor de quien ha designado como su heredero inmediato, Antonino Pío.

[7]Posidonio de Apamea (135-51 AC) el estoico más influyente de su época. Se estableció en Rodas donde fundó una escuela importante.

[8]Esta serie de sucesiones se extiende políticamente durante el Medioevo y alcanza la Modernidad. El imperium romano es concedido por los Papas primeramente a los francos y más tarde a los germanos, hasta que, en 1804, Napoléon disuelve el vetusto Sacro Imperio Romano Germánico. Ya no se trata de perpetuar la cultura griega, sino de detentar un poder mundial ordenado conforme a la fe cristiana.

[9]En efecto, nacida en 1903, Yourcenar cuenta con 24 años al momento de su lectura de las cartas de Flaubert. Memorias de Adriano fue editado en 1951.

[10] No obstante, Yourcenar destaca repetidas veces la obsesiva afición de Adriano por los oráculos y los hechiceros, a los cuales consultaba continuamente.

[11]Véase nuestro artículo La apuesta de Pascal.

[12]Quizá el culto a Atón de Amenhotep IV haya sido un antecedente de monoteísmo, bien que lejano, como tantas veces ha sido sugerido.

[13]Está probado que el monoteísmo del pueblo judío es tardío, posterior al regreso de Babilonia, y que era usual entre ellos el culto a otros dioses y hasta se atribuía una esposa a Jahveh.

[14] Los orificios abiertos a todo, diría un chistoso.

[15]Op. Cit., p 249/50.

[16] Subrayado nuestro.

[17]Op Cit., p 255.

[18]Esta angustia que supone enfrentarse en soledad a lo infinito se remonta claramente al Romanticismo, en especial en los conocidos cuadros de Caspar Friedrich El monje contemplando el mar de 1808/10 y El viajero sobre el mar de nubes de 1818. En ambos, la figura humana se encuentra de espaldas al espectador, en una quieta contemplación de la inmensidad.

[19] Me siento obligado a decir que tal no es mi caso.

[20]Tenemos el ejemplo bien actual de la enésima hambruna en Somalía que, se anticipa, costará varios millones de vidas

[21] Si no recuerdo mal, se trata de Haragán y recomienda: “que yo te mantenga es lo que querés, ¡al campo a cachar giles, que el amor no da pa’ tanto!”.

[22]Importante cuestión teorizada por Freud como amenaza de castración (Kastrationsdrohung).

[23] Hay, sin embargo, militancia lacaniana, aunque cueste creerlo.

[24]“A su pesar”, decimos, porque coincidimos con E. Roudinesco, quien afirma en su biografía  de Lacan que la preocupación inicial del maestro francés era la decadencia del Nombre del Padre.

[25]Ellery Queen es el pseudónimo de dos autores norteamericanos de novelas y relatos policiales, Frederick Dannay (1905-1982) y Manfred Bennington Lee. Además del nom de plume, es en la ficción el nombre de un joven investigador aficionado y también escritor de novelas policiales, que ayuda a su padre- inspector jefe del Departamento de Homicidios- en la resolución de casos, que acomete con singular maestría.

[26]Palinodia quiere decir literalmente “cantar de nuevo”, es decir, retractarse, decir otra cosa que la que se dijo previamente.

[27]Éste viene a ser nuestro modesto aporte a las fórmulas que tanto gustan a los analistas lacanianos.

[28]Literalmente, una “formación de deseo”, una representación que da imagen a un deseo y lo expresa.

[29]Véase nuestro artículo El humor como defensa.

[30]Véase en nuestra tesis el capítulo referido a la reconciliación (Versöhnung) con la pertenencia (Zugehörigkeit).

[31]Tropezamos aquí con la lengua: en francés, impasse es un sustantivo femenino, en castellano, lo hacemos masculino por más que usemos la palabra francesa sin modificaciones.

[32]Véase nuestra tesis el capítulo dedicado al historial del Hombre de las ratas y a la noción de convicción.

[33]La refutación o confutación es la parte primera y necesaria del método socrático.

[34] Ver el artículo Ipar filósofo.

Juan José Ipar / 2012
Derechos reservados.

Autor: Juan José Ipar

Podrán leerme en el blog: "Veleidades de Verdad - Divagaciones teóricas de un psicoanalista."

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