La decadencia del concepto – Juan José Ipar

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2022

Un paciente que se halla cursando la carrera de Economía en una Universidad privada hace un comentario llamativo: admite/confiesa que nunca en su vida estudió. Comenzó sus estudios secundarios en un prestigioso Colegio de tradición inglesa, fue expulsado en tercer año y, a partir de ese momento, deambuló a los tumbos por varios institutos de mala muerte, a los cuales iba a parar la resaca del estudiantado porteño pudiente. Posteriormente, inició a regañadientes los estudios superiores, a los cuales parece haberse adaptado con cierto suceso. Desarrolló un método propio para responder las preguntas que se le hacen en los exámenes parciales: busca en la net, ubica por tanteo las posibles respuestas y las transcribe talis qualis. Luego aprendió a maquillarlas un poco, porque una profesora se dio cuenta de la triquiñuela y se lo hizo saber. Pero nunca se sentó a leer un libro o un apunte, tratando de retener e incorporar las ideas centrales de lo leído. Convencido de ser la mar de inteligente, se limitaba a prestar un poco de atención en las clases y eso era suficiente para promover. En fin, todo entra en su mente y dura lo que un suspiro, se esfuma, y hasta diría que se gloria de no haber aprendido nada. Si se nos permite la distinción, podríamos decir que tiene retentiva, pero no memoria, en tanto ésta última modifica al sujeto y pasa a formar parte de su identidad. Es como si quisiera establecer un record bizarro: el de recibirse de licenciado en Economía sin jamás haber “tocado un libro”. No es un socrático, puesto que su ignorancia no es docta; es, más bien, un fiel exponente de lo que se llama modelo ecológico de las instituciones educativas, acorde con el cual tanto educadores como educandos sólo tienen que aprender a sobrevivir en dicho medio, esto es, encontrar la forma de obtener una promoción -o un sueldo- y punto. Nada de propender a la formación (Bildung) del alumno, cometido último de toda educación, de acuerdo con la concepción clásica. Ni tampoco aquello de ad maiora nati sumus, ni lo de ad astra per aspera, como decía Séneca. Nuestro sujeto es, todo lo más, un survivor y es evidente que ello lo llena de un secreto orgullo. Secundariamente, no hay duda de que realiza una aspiración adolescente: la de no contaminarse con la cultura y los mandatos de sus padres, manifestando de esta no muy original manera su rechazo por los mismos. Las infaltables drogas y los excesivos permisos de la Postmodernidad también colaboraron en su descalabro juvenil e, inexorablemente, los ataques de angustia comenzaron a adueñarse de la escena, motivo por el cual lo tengo bajo mi férula desde hace un par de años.

Esta especie de virginidad que mi paciente insiste en preservar, va de la mano con una noticia que tuvimos hace unas pocas semanas. Se nos informó por los medios masivos que los alumnos argentinos habían obtenido un rendimiento deficiente en pruebas de diversas materias que se habían realizado a estudiantes de varios países de América Latina. Sarmiento, la candorosa ley 1420 y las palomitas blancas quedaron definitivamente atrás y nos revolcamos gozosamente en la peor decadencia cultural de nuestra historia. Pareciera que perseguimos algún otro record de degradación. Ya lo vimos en otra parte: Zerfall, ruina o desintegración, era el concepto freudiano al que podemos recurrir para vernos reflejados. Eso sí: de alguna extraña manera, estamos a la vanguardia de la cosa. En nuestros días, la gente joven es, en general, capaz de leer un texto, pero tiene dificultades en explicar sobre qué versa lo que leyeron. Es lo que usualmente se llama comprensión de textos. No alcanzan a decir demasiado, quedan como pasmados y desorientados por la sola pregunta, como si no acertaran a descifrar qué se les está solicitando. Y mucho menos entienden por qué razón se les exige algo: es antipedagógico, obviamente. La educación clásica, en cambio, era inculcada, esto es, se compelía más o menos amablemente al niño a incorporarla. No había escapatoria: se le exigían deberes para el hogar, se lo calificaba con rigor y, si hacía las cosas mal, debía repetirlas hasta que las hiciera bien. Nadie se tomaba la molestia de pedirle al niño su opinión, porque el educador mismo no dudaba del valor superior de lo que trasmitía.

Todavía repaso mentalmente las declinaciones y conjugaciones latinas, tan arduamente memorizadas en los años puberales y, cuando me surge una duda, la net salvadora me refresca la memoria. Los nombres de las Musas, de las Gracias, de las Moiras, de las Furias y hasta los de las Grayas los recito periódicamente par coeur, junto con los doce trabajos de Hércules y otros datos que no quiero perder, como la clasificación de las oraciones subordinadas o la lista de las falacias formales. Debe ser que, ya en la ancianidad, aun temo olvidar y ser sancionado de alguna imprecisa manera por ello. Sin embargo, toda esa ortopedia fantasmagórica que me marcó en forma indeleble me habilita para desmenuzar cualquier asunto y captar qué se agita en su interior. Es como que dispongo de variados anaqueles en mi mente para alojar y procesar lo que va viniendo: he adquirido, no sin esfuerzo, lo que podríamos denominar una mente clasificatoria. Todo un discípulo de Lévi-Strauss. Antaño, se lo llamaba el juicio[1], capacidad discriminativa y analítica indispensable para la labor intelectual ahora y siempre, acá y en la China. Sumado a esto, la ejercitación de la memoria era un tópico importante de la educación ya desde los pitagóricos, junto con el culto a las grandes mentes del pasado, de Homero en adelante, y todo ello formó parte de la enseñanza primaria hasta hace apenas unas décadas. Más tarde, por esas cosas de la Modernidad, todo cambió abruptamente a partir de los sesenta y de la misma manera en que se relajaron las costumbres sexuales, las educativas entraron en un cono de sombra del que parecen no querer recuperarse.

Volvamos a mi paciente. No es que no sepa nada, pobre ángel: por ejemplo, es habilísimo en el manejo de las redes y postea numerosas fotos en las que se exhibe con el rostro impasible y castigando físico. Facebook ya fue, pero Instagram es todo un mundillo por el que circula una fauna variopinta y juvenil. Alguna vez ha deslizado que años ha visitaba asiduamente lo que se llama deep web, en la que pueden verse asesinatos, violaciones, ejecuciones y todo tipo de situaciones, a cual más terrible. En otra época se lo llamaba traumatofilia. Todo muy visual, allí las palabras faltan o sobran, no se sabe bien. Por lo que se puede apreciar, el tipo aprendió a manejarse con íconos sorteando traumas y, como la rata en el laberinto o una persona en un aeropuerto, se guía perfectamente por las truculentas cloacas de las redes. Para su fortuna, es muy conversador y cuenta que charla durante horas con otros jóvenes, aunque le cuesta precisar de qué hablan concretamente. Por supuesto, uno puede adivinar: no cesan de parlotear acerca de todo aquello que los angustia, sólo que no tienen mucha idea de lo que hacen. Sólo lo hacen, sin mayor registro de ello. Evacúan emociones casi compulsivamente.

Un día, de improviso, me agradece formalmente el hecho de que, gracias a mí, hizo un descubrimiento: se enteró de que tiene lo que denominó daddy issues. Capturó un concepto y se dispara la elaboración (Durcharbeitung): ésa es lo que podríamos denominar la magia del concepto, su rápida proliferación. De daddy issues pueden descolgarse múltiples conceptos complementarios, como el de imago parental, complejo paterno, el Edipo y lo que fuere. Él queda en la posición de un hijo y, desde esa perspectiva, puede pensar mínimamente en lo que le pasa: adquirió cierta interioridad y puede proyectarse. Ya no es un adolescente crispado disparando a todo lo que se mueve: él mismo refiere con gracia que ahora es una persona un tanto aburrida, por fuera del vendaval en el que pasó varias temporadas. Dijera un foucaultiano, se “normalizó”. Es claro que recaerá y volverá a salir unas cuantas veces, porque nadie se normaliza así como así; es un proceso que demanda su tiempo. Pero está “en el andarivel correcto”, como gustaba decir otro viejo paciente.

Ahora bien, ¿ha sido aplastado por mí este joven? He dado material como para afirmar tal cosa, me doy cuenta. Un educador contemporáneo podría reprocharme que, al ponerlo “en el andarivel correcto”, lo he privado o lo he desviado de lo que podríamos llamar su espontaneidad, que he conculcado su creatividad y su originalidad como ser humano. Ha comenzado a tener preguntas que antes no tenía y algunas de ellas no serán respondidas satisfactoriamente nunca. Si todo va bien, sufrirá esporádicamente, ganará dinero y un cierto sobrepeso, devendrá calvo como su progenitor -eventualidad muy temida por él- y hasta es posible que se reproduzca. Dijera Jean Anouilh, se convertirá en un ser horrible. ¿No es mejor una sobredosis a los 27? Todavía está a tiempo de “dejar un bello cadáver”.

Tenemos la impresión de que hemos llegado tortuosamente a la idea de que el concepto es hijo del patriarcado o, dijera un lacaniano, que está del lado del padre. Y henos aquí que vivimos en una era decididamente feminista y matriarcal. Evidentemente, Houston-tenemos-un-problema, porque para poder pensar necesitamos de los conceptos, especialmente en el campo filosófico, por más que el manejo de íconos asegure que uno pueda desplazarse por donde sea -universidades argentinas incluidas- sin mayores tropiezos. En estos días, la cosa no es pensar, sino deslizarse alegremente por la vida sin detenerse a sopesar nada. Pensar, reflexionar, es hacerse mala sangre, anoticiarse de que el mundo funciona mal y debiera uno cuidarse y prever situaciones difíciles. El ideal actual, en síntesis, es fluir y, en caso de verse en la situación de tener que hacerse una opinión de algo, puede apelarse a la omnipresente conspiranoia, esto es, a una explicación compactada de lo que sea, que señala un perseguidor al que es menester neutralizar. Una identificación masiva inmediata es el complemento obligado de la conspiranoia y ubica instantáneamente al sujeto en algún respecto. Mi paciente recurrentemente me pregunta si creo que Billy Gates está detrás de la pandemia de coronavirus o cosas por el estilo. Relata que se supo de buena fuente que cerca del laboratorio de Wuhan fueron detectadas instalaciones que le pertenecen, etc. Entramos de lleno en el omnicomprensivo campo de lo sugestivo. Un ánimo de simplificación rige su mente y debo recalcarle continuamente que se trata de problemas complejos que no pueden ser atribuidos a una única razón. Nada de esto es obvio para él, lo cual lo vuelve candidato a suscribir, o por lo menos considerar con algún detenimiento, cuanta teoría conspirativa circule por este mundo. Alguien -¿Oscar Wilde?- dijo que la juventud es la única etapa de la vida en la que uno sabe todo. Desde luego, es trumpista y se enroló prestamente en las libérrimas huestes de Javier Milei, que aportan “una cuota de iracundia enlatada y rock and roll” al inframundo de la política. Hasta ahora no adquirió el hábito intelectual de la sospecha, tan caro a mi generación, la cual, a pesar de ello, está llena de kirchneristas. Por lo visto, la gente de todas las edades adora las respuestas, aunque sean sesgadas y torpes. Así nos va. Digamos de paso que, si bien la conspiranoia le da un lugar a la desconfianza, el problema con ella es que rápidamente se vuelve certeza imposible de someter a compulsa alguna.

En nuestro artículo sobre las almas bellas, examinamos someramente la noción schilleriana de preconcepto, que anuncia y prepara la aparición del concepto mismo. El arte es, como vimos, la via regia hacia la filosofía y la formación estética debe anticipar y preceder al aprendizaje de la dialéctica en tanto disciplina de los conceptos. Platón, por su parte, sostenía que quien no sepa ocupar su lugar en el coro no ha recibido una buena educación. Atento a estos principios clásicos, y sin mucha premeditación, arrojé al divino Fellini a las fauces de mi paciente. Por indicación mía, vio Amarcord (1973) y vio la luz. Después le recomendé The Square (2017) de Ruben Östlund  y siguió solito con Paolo Sorrentino y La Grande bellezza (2013), heredera directísima de La dolce vita (1960). Se pudo percibir a sí mismo persiguiendo un ideal hedonista escurridizo, vio un retrato humorístico de su familia, se le manifestó la magnífica Italia y los italianos, un lote de ecos de la Argentina y no sé cuántas cosas más. Súbitamente, pasó a ser un intelecto en gestación: tiene sed de saber y aprendió a gozar de una manera distinta y novedosa. Intuye vagamente que la formación es atractiva justamente porque es compleja, nunca se termina de entender todo. Ya sentamos que un concepto llama a otro y los muy desgraciados se enlazan entre sí formando argumentos y discursos. Y ocurre que todo discurso tiene partes –exordium, propositio, narratio, probatio, confutatio y peroratio, por si el improbable lector no lo recuerda- que no conviene desconocer. Y, por si fuera poco, resulta que todo esto ya fue pensado hace siglos y nos impacta la asombrosa inteligencia de gente que no conoció la electricidad ni los celulares. Sobre esta base, uno puede discurrir, hablar de sí mismo, considerar a los demás, verles los defectos -pequeño deporte maligno y divertido- y, si puede, perdonarlos o, al menos, entenderlos un poco. Me puse sentimental, no hay nada que hacerle, aunque, bien mirado el asunto, es un logro no menor poder ser sentimental. Comporta cierta generosidad, cierta simpatía.

La simpatía se nos agota enseguida cuando recibimos noticias como la siguiente: en un colegio de la provincia de La Pampa, las autoridades han decidido que cualquier alumno puede ser abanderado, puesto que, según su particular modo de ver las cosas, sería discriminatorio reservar ese pequeño honor para aquellos que hayan obtenido las mejores calificaciones. En adelante, se será abanderado por sorteo o licitación, como se hace con los 0 km, o bien por orden alfabético, imaginamos: esto es ser sabio, justo y equitativo hoy en día. ¿Será acaso que el pabellón nacional perdió toda significación y puede ser encomendado aleatoriamente a personas sin mérito certificado alguno? El Presidente de la Nación en persona expresó recientemente que descree de la meritocracia y, por lo tanto, quizá debamos ir pensando en sortear la Presidencia misma también. Así, por el solo hecho de haber nacido, todos tenemos derecho a todo[2] y se nos anuncia que pronto hasta las mascotas accederán a documentos de identidad y revistarán en la categoría de sintientes, razón por la cual deberán ser protegidas por el Estado de cualquier tipo de violencia. Siguiendo esa lógica, se viene la supresión de los bioterios y el documento de identidad para vacas, ovejas, etc. ¿Y los insectos? Bueno, he oído alguna vez que, en las proximidades de los templos budistas, los monjes cortan el pasto casi al ras para no pisotear inadvertidamente a los insectos que andan por allí, pero no se barajaba la posibilidad de darles documentos. Desatinos como éstos ya se vieron en el pasado y remito al improbable lector al famoso texto de Flaubert La tentación de San Antonio, en el cual el gran autor francés presenta los floridos desvaríos de las sectas gnósticas paleocristianas de los primeros siglos de nuestra era, otra época de decadencia y confusión como la presente[3]. El problema es ponerse a razonar en forma desmañada, como aquella secta rusa que afirmaba que aspirar a ser virtuoso es un acto de soberbia -tesis defendible- y, por lo tanto, debe uno dedicarse a pecar lo más que pueda, hasta la abyección absoluta -¡epa!-, dejando humildemente el tema de la propia salvación en las amorosas manos de Dios: que Él decida. Es una argumentación que parece perfectamente lógica, pero que es manifiestamente insensata, dado que, según ella, uno podría alcanzar la salvación a pesar de revolcarse en el vicio extremo. Ya lo mostró Sócrates con su famoso método: cuando me pongo a sacar inferencias a partir de la proposición que sea, sistemáticamente arribo a un absurdo. Por ello es que debe aprenderse a utilizar “sensatamente” ese terrible instrumento que es la razón. Y es más que difícil señalar los límites de su uso: hay que tomarse el trabajo de ver en cada caso en dónde se producen inflexiones impropias en la argumentación, cuándo se exagera o absolutiza, etc. Por eso es que se vuelve importante tener fresca la lista de los diversos tipos de falacias y paralogismos que mencionamos más arriba. Todas las sectas y todos los fanáticos razonan de forma alocada y llegan a conclusiones desopilantes, por las cuales se autorizan y hasta recomiendan todo tipo de tropelías y desaguisados. La fascinación que ejercen sobre el público general reside justamente en el hecho de presentar el asesinato, por ejemplo, como la consecuencia obligada de premisas nobles que todos compartiríamos. Sade sostenía que la sociedad humana es insanablemente hipócrita y que, por lo tanto, deberíamos abjurar de la cultura y comportarnos como seres naturales, más allá de las leyes convencionales, y, de tal modo, sólo cometiendo un crimen podemos estar seguros de haber dejado atrás la normativa social y sus dobleces. Son apenas tres pasos. Si se sigue razonando, podríamos vernos forzados a conceder que un solo crimen podría no bastar, aunque subsistiría la dificultad de que debo conocer la ley para transgredirla adrede y dicho conocimiento de la ley nos impediría ipso facto devenir seres meramente naturales. Apenas llegaríamos a ser perversos. Por si todo esto fuera insuficiente, es evidente que una vez que uno ingresó en la cultura, es marcado por ella en forma indeleble. Como sea, ejemplos de actos atroces presentados como razonables u obligatorios sobran y, como solía hacer mi paciente, no hay más que ir a la deep web y contemplarlos. Cada uno o dos meses nos anoticiamos de algún joven musulmán radicalizado que se inmola haciéndose volar en alguna mezquita u otro lugar público. Aunque cueste creerlo, se supone que, asesinando a treinta o cuarenta circunstantes y dejando un tendal de heridos, el muchacho adquirirá santidad.

Ergo, siendo evidente que la sociedad humana es insanablemente hipócrita, además de egoísta, pacata y miserable, hemos de aprender a soportar ese estado de cosas sin lanzarnos a alguna matanza apresurada. Voltaire hablaba de la tolerancia como la virtud suprema, seguramente pensando en la masacre que dejaron tras de sí las guerras religiosas del XVI y del XVII. Pero la tolerancia es difícil de inculcar, si no imposible; la intolerancia disfrazada de racionalidad es mucho más frecuente y capta fácilmente las voluntades. Lamentablemente, algún fanatismo o alguna adicción es la respuesta al drama existencial de asumir o no asumir alguna identidad. Llegar a un escepticismo moderado toma su tiempo y a casi todos, especialmente a los más jóvenes, les urge tomar decisiones perentorias y cruciales. Es mucho, quizá demasiado, lo que hemos de tolerar: la estulticia infinita del prójimo, la incuria y la corruptela de los funcionarios públicos, los embates de la cambiante fortuna, la hipocresía generalizada que tanto molestaba a Sade, las quejas de todo el mundo y el paso del tiempo, que no mejora en forma alguna las cosas.

Protágoras decía que en todos los asuntos humanos hay un discurso a favor y otro en contra y el astuto Gorgias se ufanaba de defender una tesis por la mañana, su opuesta por la tarde y rebatir ambas por la noche. In initio eodem, los primeros sofistas ya tenían claro que los conceptos y la capacidad de raciocinio dan para cualquier cosa, cuestión que Platón examina al detalle luego en su Eutidemo y en otros diálogos. Una salida de este atolladero, ya ensayada en la Antigüedad, es el escepticismo radical, esto es, callar para siempre ante la evidencia de que cualquier argumentación conduce inevitablemente a un disparate. Pero he aquí que un tal discurso que nos llame a silencio también sería un discurso hiperbólico, insensato: por desgracia, hay una multitud de cosas que no pueden ser cambiadas o suprimidas y sólo es cuestión de soportarlas como mejor se pueda. Resistir es un arte complejo, tema para un artículo separado. Por lo demás, que sea difícil no razonar en forma loca no implica sin más que debamos callarnos para siempre. Hay discursos brillantes e iluminadores, que producen admiración y permiten pensar. Pero, aun así, es menester ponerlos en perspectiva y considerar sus inevitables defectos. Un ejemplo más: lo peor que le puede pasar a un analista es hacerse freudiano, kleiniano o lacaniano. Tener un maestro es una experiencia maravillosa, pero de ningún modo implica que  debamos suscribir sus afirmaciones puntualmente, en caso de que las tenga. No hay que confundir a un maestro con un autor, por más brillante que éste sea o haya sido. Es poco aconsejable tomar a un autor como maestro, sin haber tenido contacto directo con él. Maestros se puede tener uno, tal vez dos, en toda la juventud, pero de autores sobresalientes hay una galería prácticamente inabarcable. No es, al fin, la función del maestro “tirarle letra” a sus secuaces, como vemos tan a menudo, cuando oímos repeticiones dignas de un loro barranquero en boca de universitarios con años de supuesta formación. El maestro es meramente un exemplum de lo que uno debiera alcanzar, que no es poco. ¿Y qué cosa debiera uno alcanzar? Pues bien, precisamente la maestría, esto es, la capacidad de vérselas con un material y alcanzar esa cosa evanescente e indefinible que es la independencia intelectual. Recuerdo los ateneos clínicos del Servicio 8 del Borda dirigidos por el entonces muy mentado Dr. Juan José Morgan allá en los ‘70, quien escuchaba pacientemente al expositor de turno y al cierre de su perorata, le preguntaba sencillamente: “¿Qué le llamó la atención de todo lo que viene de decir?”. Una cosa es recolectar y exponer un material, otra cosa es pensarlo, encontrar líneas directrices que pongan un poco de sentido en dicho material. Otra vez la comprensión de textos, o la vieja disciplina que se llamaba comentario de textos. Es muy importante ver cómo otros lidian con textos; como los simios, los humanos aprendemos mirando a otro hacer lo que fuere.

En esta misma línea, recuerdo asimismo que en Introducción a la Historia, dictada por el Prof. Pérez Amuchástegui allá en la Avenida Independencia, se nos informaba que el método histórico constaba de dos partes: la heurística, del griego εύρίσκω, encontrar, y la hermenéutica, de έρμηνεύω, interpretar. Primero hay que buscar y encontrar el material, tema que tiene sus complicaciones y supone una primera selección de aquello que será luego sometido a examen. Todo ello implica que hemos pasado por el cedazo del intelecto, si se nos permite la figura, lo que posteriormente hemos de analizar e interpretar. Y en Introducción… se nos informaba también que ya Dilthey entendía la interpretación como una asignación de sentido, sólo que hoy la atribución de sentido es vista como un acto violento, algo propio de un Amo que se reserva el derecho de establecer cómo han de entenderse las cosas y tiene la fuerza necesaria para imponer su punto de vista. Se nos insiste continuamente que hay que deconstruir el patriarcado y dejar fluir el sentido. Pero de sobra sabemos que ese estado de cosas desemboca en las efusiones angustiosas como las de mi paciente. Al difuminarse o directamente desaparecer los límites, la inflación yoica resulta abrumadora y el sujeto demanda imperiosamente ser liberado de tanta libertad. Muchos optan por tatuarse profusamente, en un frenesí marcatorio un tanto reiterativo y pobretón. Adherir a algún colectivo o a un partido político era, hasta hace poco, otra de las salidas posibles: proveen al que lo necesite de una retahíla de slogans repetibles cuanto se quiera. Pero son recursos limitados e inconducentes: el viejo comunismo, por citar un caso lejano que le sorbió el seso a tantos, proponía la deposición de todo Amo y planteaba la posibilidad de vivir armoniosamente en libertad, pero la triste verdad es que nunca pudieron dejar atrás la famosa y supuestamente transitoria dictadura del proletariado, con un aparato de control en cuya cima se encontraba un tirano ávido y sádico salido de alguna pesadilla. Conclusión: buscando con afán un determinado fin, es muy común que terminemos encontrando lo contrario de lo que se supone que buscamos. Exactamente lo contrario, a lo Murphy. Pareciera que esta extraña paradoja puede comprobarse cuantas veces uno se lo proponga. ¿Será una consecuencia de la división subjetiva? Seguramente.

Sin rendirse, Sade nos haría la siguiente observación: “Entonces, si todo esto es cierto, intentando obtener una formación intelectual, lo que obtendríamos sería el completo reverso de un sabio. Tendríamos un energúmeno infatuado.”. Bajamos la cabeza y reconocemos, marqués, que sólo tiene Ud. que pasear un poco por los círculos pretendidamente intelectuales de Buenos Aires u otra gran ciudad de por allí y constatarlo. Mire Ud. los pastores evangélicos en televisión, si no. En realidad, volvemos al punto inicial: en todos estos ámbitos que señalamos conviven una multitud de survivors como mi paciente. Pongamos como triste ejemplo a las instituciones analíticas remanentes, en las que podemos apreciar que una cantidad de personas hacen de coro a algunas contadas celebrities, que son los que dan el tono en dichas instituciones. Y se pasan la vida allí, acompañados y con la débil convicción de ser lacanianos, para lo cual es suficiente con repetir cuatro o cinco consignas que funcionan como los viejos shibbolets de las tribus hebreas. Hay que reconocer, sin embargo, que estas celebrities están lejos de ser energúmenos infatuados, como los que comandan sectas religiosas. Son gente amable, vendedores de humo, de ilusiones que los demás necesitan para poder vivir y prosperar. Todos clamamos por esas edulcoradas ficciones que nos consuelan un poco de los sinsabores que nos prodiga la existencia. Tous ensemble, conforman una verdadera pirámide, como la poblacional: algún genio en la cúspide, fungiendo de tótem, un grupo reducido de maestros que lo interpretan y lo divulgan en el escalón siguiente, multitud de secuaces que ofician de analistas luego y, en el cuarto escalón, la montonera de personas que atestan los consultorios, hoy notoriamente menguada. Djoser y Ponzi no podrían estar más satisfechos.

Así, pues, como triste corolario de todo lo expuesto, nos vemos llevados a reconocer que casi todos los profesionales que circulan por nuestro medio, como por muchos otros, han tenido formaciones relativamente fallidas y sólo han alcanzado a convertirse en survivors con mayor o menor brillo, según el caso. Y, además, si uno no se integra a tiempo en alguna camarilla, está ciertamente destinado al anonimato y a la intrascendencia. Respecto a mi joven paciente, es demasiado temprano para arriesgar un veredicto, por cuanto una formación lleva una punta de años y no hay forma de predecir si el efecto Fellini -el encuentro con la belleza del que hablaba Cortázar- se prolongará los años suficientes como para modificarlo en forma duradera. Croisez les doigts.

En estos días, nos anoticiamos de que, en el colegio pampeano citado, la madre del alumno Jonathan Zambrano está juntando firmas para reclamar que la bandera sea sorteada ante escribano público. Esta esforzada mujer, apoyada por la progenitora de Brianna Villalonga y la de Emiliano Yáñez, amenaza con presentar un amparo ante la Justicia, si su justo reclamo no es atendido como corresponde por las autoridades del mencionado colegio. Se enciende imprevistamente un audio y escuchamos, con emoción, el himno Aurora, de la ópera homónima.


[1] Facultad de relacionar lo universal con lo particular y viceversa.

[2] Ha vuelto a escucharse la famosa frase de Eva Perón, según la cual “donde hay una necesidad, surge un derecho”.

[3] En  nuestro artículo Incesto, nos referimos al texto de Flaubert.

Juan José Ipar /2022
Derechos reservados

Autor: Juan José Ipar

Podrán leerme en el blog: "Veleidades de Verdad - Divagaciones teóricas de un psicoanalista."

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