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Psicoanálisis, Psiquiatría y…

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Sobre las teorizaciones en Psicoanálisis – Juan José Ipar

en algún momento, es imperioso apartarse un poco y poner todo ese lote en perspectiva y, como se pueda, tomar distancia de la tentación psicológica que mencionamos, es decir, de la producción de teorías con veleidades de verdad y desistir también de convertirse en un difusor o “aplicador” de las teorías propias o de algún maestro, por más legítima que sea la admiración que le o nos profesemos.

(vía psicopatia.com.ar)*
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En el Seminario 4, Lacan recuerda la humorada de Renán según la cual la bêtise humaine donne une idée de l’infini[1] y agrega que, de haber conocido el tema, el filósofo francés hubiese dicho lo mismo de “las divagaciones teóricas de los analistas[2]. En principio, Lacan nos advierte que las teorizaciones psicoanalíticas son, si no infinitas, sí verdaderamente muchas, es posible que demasiadas. Y pasa a ajustar cuentas con unas cuantas, citando, a menudo in extenso, varios trabajos de colegas de la época a los que examina y critica en forma poco menos que demoledora. Cierto es que, en esencia, les reprocha casi siempre lo mismo: la no distinción entre los registros imaginario y simbólico, cosa que inexorablemente los lleva a imaginarizar los análisis, los cuales terminan desembocando en callejones sin salida que eternizan y esterilizan el esfuerzo analítico. He aquí, entonces, un motivo, digamos teórico, que torna elefantiásico el cuerpo teórico del psicoanálisis: el despliegue ilimitado de lo imaginario a nivel de la teoría. Náufragos en tamaña inmensidad, la mayor parte de los analistas no encuentra más salida que o bien alinearse con algún maestro más o menos reconocido, o bien tomarse la molestia de erigirse en autores con pretensiones de originalidad, contribuyendo generosamente de tal modo al continuo engrandecimiento de lo ya enorme. Claro que muchos de los que se han resignado a seguir a algún maestro igualmente colaboran con la proliferación, pues se ven compelidos por algún extraño y liberal designio a escribir múltiples trabajos para confirmar -y a menudo ampliar- los dichos y afirmaciones de aquel del cual se proclaman secuaces.

Más adelante en el mismo Seminario[3], dirige Lacan sus ponzoñosos dardos contra Otto Fenichel, a quien, no obstante, reconoce un notable olfato psicoanalítico. El problema comienza cuando el pobre Otto teoriza: lo hace muy mal. A pesar de ello, la acrimonia lacaniana parece dirigirse específicamente al curioso hecho de que el libro de Fenichel esté tan bien escrito, por más que es manifiesto que no lo considera sino un texto mediocre y convencional en el que imperan la sensatez y la medida. Allí, todo encuentra una explicación en apariencia satisfactoria, de manera tal que las cuestiones que se exponen y tratan quedan como cerradas y resueltas. Fenichel no es el único: en los ’30, aparecen varios Manuales de Psicoanálisis que compendian la teoría psicoanalítica y la exhiben como un corpus doctrinario ya más o menos completo y definitivo, contrariando tantas declaraciones del propio Freud, que abominaba de las exposiciones escolares y del espíritu sistemático en general[4]. En efecto, teorizar es difícil y lo que Lacan tal vez no haya advertido es que su propia obra escrita es una prueba asaz contundente de tal aserto. Es cuando menos patético oir a algunos de sus defensores intentar convertir dicha dificultad en virtud. Se nos dice que Lacan no es un autor más, que es un maestro y, en calidad de tal, puede darse el lujo de ser oscuro y aun de contradecirse. La verdad es que Lacan fue un talento que nunca necesitó de tan pobres apologetas: un simple corrector de estilo hubiese bastado. Se dirá con razón que el estilo es una fatalidad que hace al mensaje, por lo cual bien podemos concluir que tal vez la oscuridad sea el verdadero mensaje y los textos la ocasión de materializarla. Pasarán otros 300 años de universitarios tratando de aclarar este punto. Por lo demás, tenemos el augusto precedente de Hegel. ¿Hay algún filósofo más aclamado que Hegel? Todos se sienten movidos a idolatrarlo, pero en la actualidad, a poco menos de dos siglos de escritas, son muy pocos los que frecuentan sus obras. Y no sin razón: ¿existe, acaso, algún libro más soporífero y arduo que la célebre y celebrada Ciencia de la Lógica? Dice bien Edgardo Castro[5] cuando dice que el trasmisor y, si se quiere, el inventor de Hegel en el siglo XX fue Alexander Kojève, cuando también en los ’30 daba cursos sobre el maestro berlinés en París, a los cuales concurrió la crème de la intelectualidad francesa del momento, incluido Lacan. Los contados temas hegelianos en ese entonces tratados por Kojève -la dialéctica del amo y el esclavo y algunas figuras de la Fenomenología como la conciencia desgraciada, la ley del corazón y el alma bella, por ejemplo- son luego repetidos y reelaborados hasta el cansancio: ése, el de Kojève, y no otro es el Hegel que manejamos actualmente. Y todo ello es así porque la oscuridad y complejidad de la prosa “teorizadora” de Hegel desafía y derrota la paciencia y bravura del más pintado, motivo por el cual casi todo el mundo, en connivencia con dicha simplificación, termina comprando que ese Hegel de Kojève es todo Hegel.

Tres casos de Françoise Dolto

En una recopilación hecha por David Nasio[6], se nos presenta una especie de resumen de tres casos clínicos conducidos por Dolto, verdadera vaca sagrada del empíreo lacaniano[7]. Según el orden del libro, el primer caso es el de la niña del espejo, el segundo es el de Léon, el niño sin espalda, y el tercero el de Agnès[8], una bebé de apenas unos pocos días de vida.

Comenzaremos por el tercer caso, el de la bebé. En él, se nos refiere que Dolto es llamada por teléfono por el padre de la niña[9], quien, desesperado, le dice que ésta se niega a tomar el biberón, a pesar de la insistencia con la que se ha tratado de alimentarla. Hay por allí una tía que colabora con sus intentos, pero todo resulta inútil, aun cuando la criatura da señales evidentes de tener hambre. La pequeña fue amamantada por su madre durante cinco días pero, lamentablemente, ella debió regresar al hospital para ser intervenida por un problema ginecológico. Un médico consultado recomienda la intervención de Dolto, quien atestigua que, durante la comunicación telefónica, vino a su mente un recuerdo acerca de “la importancia de la imagen olfativa que parece preceder a la imagen oral”. Ipso facto, recomienda al padre que vaya al hospital y obtenga una prenda interior de la madre que haya retenido el olor de ésta. Luego, debe rodear con ella el cuello de la bebé y presentarle el biberón. Un tiempo después, Dolto se entera por los padres, ya reunidos, que la niña aceptó inmediatamente el alimento que se le ofrecía.

En resumen, lo que aquí tenemos es una intervención exitosa que culmina con la niña recibiendo el alimento: de eso se trataba, de que mamara. Pero Dolto va más allá y concluye con la hipótesis de que mamó porque se le restituyó un estímulo olfativo decisivo para que la alimentación se verificase. A partir de estas afirmaciones de Dolto, se nos induce a generalizar e inferir algo así como que todos los niños pequeños necesitan del olor de la madre para calmarse y mamar. ¿Es ésta una proposición sostenible? Se trataría de una afirmación en apariencia científica, bien que gratuita, puesto que no se añade ninguna probanza al estilo de las que la ciencia aporta cuando se aspira a que alguna hipótesis califique como científicamente válida. Dolto aplica algo que escuchó y que, por vía asociativa, le vino a las mientes en el momento de la consulta del padre. Nada se nos dice acerca de qué tipo de hipótesis barajó en su rememoración. ¿Habrá sido un estudio multicéntrico con miles de madres y lactantes, con grupos testigos, seguimientos alejados, etc., al modo de Margaret Mahler? ¿Cuál es, en definitiva, la o las sustancias aromáticas que las madres desprenden? ¿Se tratará de un estudio meramente empírico semejante al que comprueba que los bebés llorosos en las nurseries se duermen pacíficamente cuando les ponen una grabación con los latidos cardíacos de la madre? ¿Se relaciona con esos programas de TV que vemos hoy en día, en los que se da por cierto que existen feromonas humanas que producen una intensa seducción inadvertida tanto por el o la que las exhala cuanto por el o la que las huele? Es posible, pero no es creíble que en aquellos años Dolto dispusiera de tal cúmulo de información. Karl Abraham fue de los pocos autores psicoanalíticos que destacó en un par de artículos la importancia del olfato, aunque circunscribió su observación a las perversiones[10]. Así pues, lo más probable es que la analista francesa simplemente recordara alguna mención más o menos puntual, quizá en un historial, y a título de hipótesis plausible más que de teoría debidamente contrastada.

Podemos, empero, entender el éxito de la intervención de Dolto sin recurrir a suposiciones pseudocientíficas que apelen a un incierto aroma que la bebé estaría en condiciones de captar infaliblemente a pesar de su evidente inmadurez neurológica. En las especies animales estudiadas, por el contrario, es la madre la que identifica certeramente a su cría por medio del olfato y no la confunde con ninguna otra. Estamos autorizados, entonces, a asumir que la bebé nada olió. Ni comió porque le fue restituido el olor sedante de la madre, ni dejó de comer antes porque le faltase dicho olor. Lo que sí advertimos en la breve reseña es la atmósfera de nerviosismo e incertidumbre que envolvía a la niña: el padre y la tía no se conciertan debido a que se hallan evidentemente sumidos en la angustia. Éste es un dato empírico que cualquiera que haya criado niños puede confirmar sin rastro de duda: los niños pequeños tienen dificultades para comer, para dormirse y para lo que sea cuando el que los alimenta o acuna está angustiado, enojado o afectado por cualquier emoción intensa. La niña sencillamente reacciona como puede -negativismo- y rechaza incorporar el caos angustioso que la circunda. Dolto, por su parte, tiene el aplomo necesario como para dar un golpe magistral[11]: por medio de la prenda, reintroduce a la madre en la escena. Ahora ella está de algún modo presente y dicha presencia permite una espera menos ansiosa de su retorno del hospital.

Teorizar sobre olores originarios y atávicos resulta ser, curiosamente, un expediente del orden de lo imaginario, es suponer que hay un elemento faltante -en este caso la madre- que puede ser restituido sin resto. Lo que faltaba era la madre en tanto lugar simbólico[12] y gracias a la triquiñuela de la bata es el padre el que puede ahora ser capaz de ocupar el lugar de la madre ausente y recomenzar con la alimentación de la niña. Parafraseando al Lacan del Seminario 4, diremos, entonces, que la intervención de Dolto fue eficaz debido a que con su indicación logró que el padre supliera a la madre en su función simbólica de alimentadora. Así, la madre faltante se transformó en una madre temporariamente ausente, en tanto alguien la sustituye en su función.

Tenemos, por tanto, que creyendo hacer una cosa, Dolto hace otra, es decir, aplicando una hipótesis oída alguna vez, esto es, recurriendo al saber imaginario de la ciencia, realiza una operación de otro orden, a saber, restaura el lugar simbólico de la madre y con él la función de la alimentación puede ser re-anudada. Pero ésta no es la teorización que elucubra Dolto, quien queda enredada en el mundo de las imágenes y los perfumes y, cosa más grave, pretende saber qué es lo que hace y dicho saber se corporiza en su teoría olfativa. Es una suerte de soberbia típica de los analistas suponer saber qué es lo que hacemos cuando intervenimos. Efectivamente, si supiéramos cumplidamente lo que hacemos, podríamos ser docentes y enseñar el psicoanálisis tal y como se hace en tantos otros campos del saber y aplicarlo en forma directa. Un analista puede devenir maestro no por incrementar la abundante teoría ni por enseñar estrategias lúcidas e impactantes para usar con los pacientes, sino porque es capaz de trasmitir eso que llamamos con deliberada vaguedad el espíritu psicoanalítico, dando testimonio con ello de su paso por la castración y no de su inteligencia o de su pedantería. Dolto tuvo la sagacidad[13] de tirarse al agua y recomendar un curso de acción apelando básicamente al sentido común -cualquier lego se da cuenta de que el problema es que la madre no está -más que a su formación- el tema del olor materno. En sus artículos sobre la telepatía, Freud cuenta que las tarotistas usan las cartas como aquí Dolto usó el recuerdo de lo que había leído o escuchado en torno al olor materno: para distraer su consciente y captar mejor las tribulaciones del consultante. Claro que ellas no dicen esto; no admiten ni sospechan que no saben lo que hacen, sino que, en cambio, están seguras de que las cartas dicen efectivamente lo que ellas a su vez comunican a sus clientes. En estos casos, hay que plantear, como lo hace Freud, la posibilidad de una percepción inconsciente entre las personas, punto éste muy difícil de teorizar y que sólo podemos postular de modo problemático, admitiendo que el polo de la percepción y el de la conciencia no coinciden y que, por ende, es menester asumir que tenemos muchas percepciones de las que no alcanzamos a ser conscientes[14]. Quizá de este modo extraño y paradojal funcione eso que llamamos genio o talento. Es una aporía de difícil solución: para ser eficaz, es necesario creer estar seguro de saber qué se está haciendo, aunque, a la postre, el saber invocado y trasmitido se nos revele más tarde como una racionalización o, más sencillamente, como un producto imaginario. La animosa Dolto ciertamente poseyó esa rara habilidad para el retruécano[15], para responder con seguridad en los momentos de apremio y muchos de sus éxitos terapéuticos fueron posibles merced a esta capacidad suya de improvisar y enfrentar emergencias.

El primer caso de Dolto en el texto mencionado es el de la niña del espejo. En él se nos relata que la analista francesa recibe a la paciente cuando ésta contaba cinco años, dos años después de una experiencia altamente traumática, en la que, recién llegada de EEUU a París con sus padres y un hermano menor aun bebé, debió permanecer durante horas en una habitación en la que había una profusión de espejos con la única compañía de una niñera francesa que apenas hablaba alguna palabra en inglés. La madre cuenta que “desde aquella época, la niña nunca volvió a tomar algo con las manos”, replegando sobre el torso los antebrazos y dando a entender que “se había vuelto fóbica a los contactos”[16].

Dolto se limita a ofrecerle pasta para modelar, diciéndole: “Puedes tomarla con tu boca de mano”, a lo cual la niña responde llevándosela a la boca ayudándose con el brazo, cosa que hacía muchos meses que no hacía. E inmediatamente teoriza: “Yo le había puesto una boca en su mano”[17]. En otro texto allí citado[18], agrega que, luego del destete, la zona erógena oral se desplaza a las manos, las cuales “actúan como bocas prensiles sobre los objetos y, palpándolos, los niños pequeños aprecian sus formas”. Lo que sigue es una ampliación -y en cierto sentido una corrección- de la famosa teoría lacaniana del estadio del espejo, según la cual la experiencia de enfrentar el espejo produce una asunción jubilosa de la imagen allí percibida, cuya completitud contrasta con la incoordinación corporal experimentada por el bebé a causa de su inmadurez neurológica. La niña en cuestión, empero, ya había pasado por su experiencia del espejo como integradora de la imagen corporal; lo que le ocurre a los dos años y medio es que se enfrenta sola -sin referentes que la sostengan- con una multiplicidad de espejos que producen un efecto siniestro que la sume en la angustia. Dolto se aproxima aquí a una concepción borgeana y aprensiva de los espejos. Éstos nos informan cómo nos ven los demás, cosa bien diferente de la propia sensación de existir que tenemos habitualmente. Resulta que somos esa cosa que aparece en el ázogue y con la cual no nos identificamos tan fácilmente. Pero, más allá de ello, lo que pasó fue que la niña se vio fragmentada y multiplicada por los muchos espejos que la rodeaban sin contar con una presencia que mediara y sostuviera la inquietante experiencia. Madre y espejo deben ser uno solo[19], la multiplicación indiscriminada de imágenes parciales produce confusión, angustia y compromete la habitual sensación de existir.

La tentación psicológica

En este historial de la niña del espejo, Dolto hace un amplio uso de lo que constituye su aporte personal a la teoría psicoanalítica, el cual gira en torno a la noción central de imagen inconsciente del cuerpo, concepto que comienza a elaborar en los años ’40 y redondea en los ’50. En el Seminario 4 que ya hemos mencionado, en la reunión del 5 de diciembre de 1956[20], Lacan en persona aprueba expresamente una exposición suya del día anterior acerca de la imagen inconsciente del cuerpo. El caso de la niña del espejo y el de Léon, el niño sin espalda, son entendidos ya exclusivamente[21] en función de la teoría “doltoiana” de la imagen inconsciente del cuerpo. No tenemos delante, pues, una ocurrencia teórica puntual con inciertas aspiraciones a ingresar en la teoría general, sino un desarrollo complejo que apunta tanto a explicar las vicisitudes y oscuridades de una clínica cuanto a decir algo acerca del desarrollo temprano infantil y la constitución de la subjetividad. Al concepto de imagen inconsciente del cuerpo se suman el de castración simbolígena, el de imagen de base y los de imágenes funcionales y erógenas y otros que conforman una constelación conceptual y una visión particular y original no sólo de la psicopatología sino también de la psicología evolutiva.

De tal modo, Dolto engrosa la larga lista de psicoanalistas que aspiran a alcanzar un saber psicológico, especialmente en lo tocante al desarrollo emocional temprano y lo hace tomando como ejemplos los análisis o tratamientos que le tocó conducir. Así, en el caso de Léon, Dolto considera que hay un punto de inflexión en la cura cuando en una sesión el niño logra comunicar que “…cuando se vaya, la silla se quedará con su espalda… él ya no tendrá más espalda”, dicho que acompaña con una risita sarcástica y sugestiva. En conexión con sus propios desarrollos, Dolto entiende que “al serle restituida la imagen del cuerpo, Léon habla”[22] y, efectivamente, a la sesión siguiente, Léon camina directamente a su silla, se sienta normalmente y habla de su padre que ha partido, etc. No es nuestro cometido tratar aquí in extenso el caso de Léon ni hacer un comentario crítico sobre la teoría de Dolto de la imagen inconsciente del cuerpo; solamente queremos mostrar cómo funciona en estos historiales la teoría que la analista ha desarrollado -otros, a su turno, pueden tomar prestada la teoría a la propia Dolto o a otro analista “teórico”- y ver cómo, una vez redondeada, se asume que la teorización tiene un valor poco menos que universal y, finalmente, cómo se hace entrar en ella a todos los pacientes.

Tenemos, entonces, un saber generalizador y aplicable. Cuando oimos decir que “Dolto, Lacan o Winnicott o el que sea es muy clínico” se elogia justamente el hecho de que las teorízaciones de dichos autores le sirven al declarante para descifrar lo que pasa en su consulta. No habría, en rigor, análisis sino aplicación de las teorizaciones de los grandes maestros. Se pierde la atopía que Lacan señalaba en el Seminario 8 acerca de Sócrates[23] y que sería asimismo algo que se podría esperar de un analista: en adelante se interviene desde Lacan, desde Dolto, etc. como si tal cosa honrara sus ilustres memorias y aproximara a aquellos que así proceden a algún tipo de verdad garantizada. Paralelamente, como estas teorizaciones además de aplicables son enseñables, surge un mercado de profesores que introducen a quien lo desee en las complejas alternativas de las respectivas obras de estos maestros, amén de conferencias, supervisiones, libros, asociaciones que garantizan trasmisiones, etc., todo lo cual ayuda a la difusión de un verdadero merchandising psicoanalítico. Nadie escapa ni puede pretender escapar a todo este grotesco, aunque es posible contaminarse en diferentes dosis y con diversos efectos colaterales. Como decía Descartes, para poder filosofar hay que huir de la comedia humana pero no sin antes haber aprendido lo que ella como nada puede enseñar: la impostura, la elocuencia vacua, la vanidad en su infinita variedad, la multiplicidad de las opiniones, los prejuicios, etc., en suma, la bêtise de la que hablaba Renan. Pero, en algún momento, es imperioso apartarse un poco y poner todo ese lote en perspectiva y, como se pueda, tomar distancia de la tentación psicológica que mencionamos, es decir, de la producción de teorías con veleidades de verdad y desistir también de convertirse en un difusor o “aplicador” de las teorías propias o de algún maestro, por más legítima que sea la admiración que le o nos profesemos.

[1] Véase la edición de Paidós, cap.II, p27.

[2] La literatura psicoanalítica tiene toda ella algún tipo de teorización propia o prestada, excepto ciertos libros recientes que conforman un nuevo subgénero y que tratan acerca de los chismes sobre la historia menuda del psicoanálisis.

[3] Véase p 169 de la edición de Paidós.

[4] Ello no le impidió, sin embargo, escribir obras como Esquema del Psicoanálisis o las famosas Lecciones y Nuevas Lecciones.

[5] Me refiero a unas clases que tuvo la deferencia de dar en el Hospital Borda en el año 2004.

[6] El texto dirigido por Nasio es Los más famosos casos de psicosis, Paidós, 2001.

[7] Vaca sagrada y también rara avis del firmamento analítico francés, por cuanto  se declara creyente y no utiliza ninguno de los más conspicuos significantes lacanianos.

[8] Los autores titulan el capítulo que le dedican del siguiente modo: Agnès o la ausencia de la imagen olfativa del cuerpo, p 172.

[9] Están en guerra y es problemático desplazarse, lo cual obliga a la consulta telefónica.

[10] En algún lado, Freud esboza la teoría de que el olfato perdió importancia a favor de la vista a causa de la bipedestación, puesto que a partir de ella el genital es visible.

[11] Literalmente magistral por cuanto se expide desde una posición de quien sabe en verdad lo que hace y es perfectamente capaz de decirle a otro qué es con exactitud lo que tiene que hacer

[12]  Esto es, desde luego, reconocido tanto por Dolto como por los autores que la comentan en el libro de Nasio, donde se lee: “Ese olor faltante marcaba la ausencia de la imagen olfativa del cuerpo de la niña; esa imagen que establecía el vínculo durante las primeras mamadas, no con la madre como tal, sino con la madre como ser que garantizaba su seguridad fundamental, su existencia misma” (subrayado nuestro, ver p 173 del libro citado). Y más abajo, en la misma página: “Lo que le faltaba a Agnès para poder mamar no era la madre misma, no era el seno, era la imagen de sí misma mamando del seno de la madre” (subrayado de los autores).

[13] Dicho esto con intención: ser sagaz es tener literalmente buen olfato, como el viejo Fenichel.

[14] Véase el esquema del aparato psíquico del capítulo VII de la Traumdeutung.

[15] En la jerga actoral, se llama repentismo, esto es, facilidad para salirse del libreto y suscitar situaciones cómicas imprevistas.

[16] Ibidem, p 158/9

[17] Ver L’enfant du miroir, de Dolto y Nasio, p 28.

[18] El conocido L’image inconsciente du corps, p 124.

[19] El marasmo del hospitalismo puede tener su causa en el hecho de que los niños que lo padecen son atendidos por una multitud de personas y no pueden desarrollar una rutina y un vínculo con ninguno.

[20] Véase la p 43 de la edición de Paidós.

[21] Dolto no hace uso de los significants lacanianos. No menciona el objeto a, ni al Otro, etc.a los que estamos acostumbrados a encontrar en los textos de escuela.

[22] Véase p 170 del libro de Nasio.

[23] Sócrates afirma sólo saber que no sabe nada, esto es, no habla desde una posición de saber y, para colmo, cuenta con un demonio que lo acompaña y lo frena cada vez que comienza a suponerse sabedor.

Juan José Ipar

Publicado anteriormente en: *psicopatia.com.ar/otros_autores/ipar/teorizaciones_psicoanalisis.html

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La decadencia del concepto II – Juan José Ipar

2022

Epílogo

Han pasado unas semanas. Nuestro joven paciente, un tanto atribulado, ensaya comunicarme una novedad: tiene serias dudas en cuanto a continuar con sus estudios universitarios, de los cuales hablamos en el capítulo anterior. Evidentemente, lo ha venido rumiando y dudaba si debía referírmelo, como si tuviera que decirme algo que yo desaprobaría. Obviamente, yo lo desapruebo y esgrimo mis razones: básicamente, él es hijo de un self made man con estudios universitarios inconclusos y no es cuestión de meramente repetir la historia paterna, sino que tiene la oportunidad de dar vuelta esa página familiar. Él utiliza estos mismos datos, pero los invierte: si su padre logró advenir exitoso y considerablemente rico desarrollando sin ayuda externa sus talentos comerciales espontáneos, él podría hacer lo mismo y no perder su tiempo en la Universidad. La cosa posiblemente funcione: habla bastante bien inglés y su tarea consistiría básicamente en buscar clientes en la net. Con esos dos elementos sería factible hacer una carrera y no precisa de una formación (Bildung) académica para finalmente dedicarse a huronear en las redes, aunque he oído que hay una nueva carrera, la de Comercio digital, que le vendría bien.

La Universidad, en su perspectiva, no es el trampolín a cosa alguna. Es más, es una pérdida de tiempo, un desvío que no conduce a ninguna parte. ¿Por qué? Porque perdió el aura y el prestigio que supo tener en otras épocas. Mi paciente tiene claro que sus profesores, por ejemplo, ganan poco dinero dando sus clases; no son ningunos winners, antes bien son loosers incapaces de ganar real money en los negocios y ocupan esos puestos docentes periféricos por monedas. Son patéticos y lo saben. Y no quiere por nada del mundo seguir sus pasos: falla la identificación, tan necesaria para llegar a algo en la vida. En realidad, se identifica maníacamente con Billy Gates y otros emprendedores -o influencers– que supieron manejarse en el mundo de los negocios e hicieron megafortunas de la nada. Todo eso con zapatillas y jogging caros, pero remedando el turbio aspecto de un habitante de los barrios marginales. Hasta los años ’70, funcionaba aceptablemente bien la llamada sociedad de clases y la clase media vivía pendiente de los modos y costumbres de la clase alta, que daba el tono en la sociedad toda. Ese estado de cosas fue cambiando aceleradamente desde entonces y ya ni recuerdos quedan de él: ahora campea un talante plebeyo que iguala los tantos hacia abajo y nos vamos convirtiendo todos en seres poco educados y sumidos en la inmediatez de las imágenes. Del elitismo pasamos velozmente a la masificación. La vieja Universidad era una institución hecha a la medida de las aspiraciones de la clase media de entonces, cuyo mayor afán era el de parecerse a la élite: si uno no tenía un título nobiliario -o su apellido en la Guía Azul, por lo menos-, podía compensar un poco accediendo a un título universitario y ser un Doctor o un Licenciado. Tenía vigencia la esperanza de ascender de clase y mezclarse con la haute société. Era el sueño argentino, plasmado en tantas películas de los ’40 y los ’50. Sería por eso que proliferaban los advenedizos -los parvenus-, los farabutes y los medio pelo: todos intentando codearse con la gente paqueta del Barrio Norte, que los discriminaba sistemáticamente. Y muchos profesores de la Universidad pertenecían a la clase alta, especialmente los de las Facultades de Derecho, Medicina o Arquitectura. Eran señorones ligeramente envarados que vivían rodeados del respeto y la consideración de la gente toda. Tenían autoridad y, como decía Freud, de la autoridad emana sugestión, es decir, poder. Actualmente, no se sabe bien dónde está el poder y debe ser por eso que tantas sociedades poco evolucionadas buscan con ahínco figuras carismáticas y autoritarias que resuelvan tan importante punto. Desaparecida la paquetería del Barrio Norte, ahora los profesores de la Universidad son gente de una clase media desorientada que ha tomado a los marginales como modelo estético y se visten como ellos, en versión outlet. ¿Será que es preferible lucir como un lumpen que no ser nada en absoluto? Por las dudas, se tatúan.

En el interín, han casi desaparecido también las profesiones liberales y el panorama para los que egresan de las viejas carreras como Medicina, Psicología, Ingeniería, Arquitectura o Derecho es, si tienen suerte, llegar a ser empleados de prepagas, estudios jurídicos, compañías internacionales, etc. El sueño de la clase media se desplazó a las carreras de Programación, Diseño Gráfico y hasta Diseño de Indumentaria, muy centradas en íconos e imágenes y en las cuales los conceptos parecen prescindibles. ¿Se puede tener una auténtica formación en dichas especialidades o se trata de un simple adiestramiento? ¿Hay conceptos en estas nuevas disciplinas? ¿Es posible la trasmisión, por ende, y en qué podría consistir? Aristóteles justamente discernía la mera experiencia (εμπειρία) del arte (τέχνη)  y afirmaba que el segundo era trasmisible porque contenía algo de razón (λόγος). Así, pues, más allá del arte, la experiencia comercial del padre de mi paciente es intransferible a su joven hijo y éste verá cómo se las compone para adquirirla. Apelará al trillado recurso de la identificación que venimos de mencionar, sólo que ésta es ciertamente caprichosa y no puede en modo alguno ser programada con anticipación. Además, resulta dudoso que hoy en día la experiencia vital de un hombre de cincuenta años le pueda servir de mucho a otro de veinte. En el mundo postmoderno, la experiencia envejece rápidamente y caduca de una generación a otra. De tal modo, las sucesivas generaciones son prácticamente extrañas entre sí y la trasmisión se interrumpe a cada paso, a diferencia de lo que sucedía otrora en las sociedades tradicionales, donde la continuidad generacional era un bien muy preciado y relativamente fácil de alcanzar. Por consiguiente, los planes de mi joven paciente de suceder a su padre y recibir de él una compañía funcionando quizá sean una quimera que no tendrá cumplimiento. Bien pudiera ser que el hombre viva hasta los ochenta o más años y no parece ser de ésos que se retiran prudentemente y se allanan a dejar el puesto de mando a su relevo. Tampoco lo veo a él vegetando veinte o más años a la espera de su herencia. En tal caso, tiene sobrado tiempo de terminar su carrera de Economía y hasta algún Master en USA, así perfeccionaría su inglés. En fin, chicanas mías. El apellido los une: como decía Virgilio en alguna de sus Églogas, arcades ambo.

En un mundo distópico que se manejara solamente con íconos, esto es, sin el auxilio del concepto, la gente sería completamente incapaz de criticar lo que sea que tenga delante. Se les volvería imposible algo tan elemental como ponerle un nombre a sus emociones o a su malestar, tipificarlos. Doy un ejemplo: muchas veces ocurre que nos vemos en la situación de tener que informar a nuestros pacientes que lo que sienten es angustia y que la angustia sobreviene cuando uno está bajo el influjo de una fantasía inconsciente, etc. Hace poco, un consultante obsesivo y muy reticente me relataba que tenía ideas bastante negras y que había ido a ver a un coach que le sugirió su novia, quien le recomendó enfáticamente que se enfocara en las cosas positivas y que apartara de su mente dichas ideas negras. Se trataba de hacer un esfuerzo, no de ponerse a pensar de dónde proceden sus negras ideas o asignarles un sentido, como decíamos en el capítulo anterior. Eso es la terapia de nuestra época: apelación al voluntarismo de cada cual. Y si uno no se aplica, es que no colabora y es un saboteador en el que no vale la pena perder el tiempo. Pim, pum, ¡fuera! Todos los conflictos no son más que pseudoproblemas, fantasmagorías a las que no hay que atender, sino descalificar prestamente. Por fortuna, aunque debilitados, los conceptos perviven y, en ocasiones, algunos pueden elaborar medianamente lo que les aqueja, por más que el mercado nos atiborre con soluciones supuestamente prácticas y económicas. Para nosotros, en cambio, las ideas negras son muy interesantes y constituyen el nervio del Material psicoanalítico. ¿Qué sería de nuestra profesión si la gente no tuviera ideas negras, rencores atormentadores, envidias nada sanas o resentimientos pequeñísimos? No obstante, siguiendo la tónica del momento en el que vivimos, analizarse es propio de los loosers, es ir a aclarar  ad nauseam por qué no nos decidimos a actuar de una buena vez. ¿Acaso los problemas se resuelven mágicamente cuando tenemos en claro sus motivaciones inconscientes? Freud encontraba en el Hombre de las ratas precisamente esa Unfähigkeit zu agieren, incapacidad para actuar, muy diferente a la Lösung (resolución, disolución) de los síntomas histéricos consecutiva a una interpretación (Deutung) feliz. El análisis va medianamente bien con la histeria, pero no resuelve el meollo de la cuestión obsesiva. Esto fue expresamente advertido por Freud, quien se vio forzado a admitir que su método “curará lo que el paciente tenga de histérico”[1] y ya el análisis de pacientes obsesivos plantea problemas técnicos difíciles de resolver, por decir lo menos. De tal manera, analizarnos por años no nos garantiza en modo alguno que hemos de desprendernos de nuestros fastidiosos traumas, conflictos o síntomas. Algo de razón tendría, después de todo, el coach mencionado más arriba: lo que sí se perdería positivamente, sin embargo, es todo lo que el análisis le da por añadidura al paciente: un nuevo modo de considerarse a sí mismo y a los demás, otra perspectiva, más generosa y menos estrecha. Esa sería precisamente la Kur planteada por Freud, que se aproxima a lo que podríamos alcanzar por medio de la formación filosófica, esto es, una novedosa manera de vérselas con los conceptos. El coach exhibe una técnica pobre, que consta de un único recurso: esforzarse. El marqués de Sade, recuerda Lacan en algún lado, ironizaba y, desde la Bastilla, exhortaba a los franceses: “¡un esfuerzo más y seréis republicanos!”. La cosa se vuelve infinita y el paciente queda en la posición de las atareadas e infelices hijas de Dánao en los infiernos, que debían colmar un tonel desfondado. El coaching luce un tanto elemental y el análisis demasiado complejo e impreciso. ¿Qué hacer? Ya lo dijimos en nuestro reciente Análisis fulminante, recordando a Sócrates: “Hagas lo que hagas, te arrepentirás” y todas sus variantes.

La técnica del coach nos condena, pues, a un empeño interminable y repetitivo, mientras que un discreto análisis nos da herramientas para conceptualizar algunas cuestiones y, si las cosas van bien, poder no digo  disipar nuestros conflictos, pero sí encararlos con humor y reflexiones. Pero el viejo Psicoanálisis va paulatinamente siendo sustituido por una nueva Psiquiatría complementaria del coaching, que se dedica a medicar cuanta cosa se presente y que calza perfectamente con una masa de pacientes que aceptan y solicitan volverse dependientes de drogas recetadas. Todo esto variará según la inteligencia de cada cual, por supuesto, y es cierto que el mundo está lleno de personas que buscan desesperadamente que alguien les señale un norte. Están tan pegoteados con lo que sea que les pasa, que nunca podrán tomar una mínima distancia de ello. Como decía Lacan de los estudiantes parisinos del ’68: “buscan un Amo”. Y candidatos a Amo también sobran y el ejemplo cabal es la proliferación de sectas, colectivos y otros grupos cerrados al influjo exterior y a la crítica. Por lo demás, nada de todo esto es nuevo y la condición esclava ha sido y sigue siendo el destino obligado del sujeto promedio, incapaz de servirse del concepto para esclarecerse siquiera un poco. A esta postración se suma el esclarecimiento enlatado que hoy en día puede adquirirse por monedas en la góndola de cualquier supermercado. Suscribir ciegamente ideas políticas, integrar colectivos militantes, seguir a un líder iluminado, adherir a una secta, formar parte un cenáculo, dedicarse al veganismo, al yoga o a la autoayuda es hacer propios discursos compactos que señalan soluciones a problemas convencionales que todos debemos enfrentar en algún momento de nuestras vidas. Tienen la no pequeña ventaja de hacerle sentir al quidam que los apoya que forma parte de algo más grande y noble. Un ladrillo más en el Sacrosanto Templo de la Sabiduría. El rebaño calma la ansiedad y da respuestas esquemáticas y fáciles de asimilar, sólo que exige a cambio de tan dudosos bienes una sujeción progresivamente mayor. Mi joven paciente cree estar a salvo de tales cursilerías y se siente a sí mismo como un cínico que sólo va por la plata. Vidēre ut credĕre. La apuesta es que desarrolle talentos analíticos y, al menos, se salve de recaer en las manos de un coach, por mejor intencionado que éste pueda ser. Y que obtenga cierta independencia intelectual que lo ponga a buen recaudo de la tentación facilista de enrolarse en causas flojas de sentido común. Pero la gente ama tener opiniones y suspira por ser parte de un todo contenedor y esta voluntad de identificarse con la verdad, como dice Carlos Faig, irremediablemente termina pagándose muy caro. Indefectiblemente sobreviene el desencanto, aunque unos cuantos mueren antes, en su etapa militante. La independencia intelectual mencionada es una dura intemperie que también sale cara. En fin, hagas lo que hagas, terminarás desairado. Pero he aquí que esta cuestión de que adquirir habilidad en manipular conceptos no trae necesariamente aparejada una felicidad sin nubes ya lo tratamos hace unos años en nuestro artículo En favor de un cierto escepticismo, de 2017. No abundaremos. Con lo dicho, podemos darnos por satisfechos, puesto que hemos arribado a nuestra enésima aporía, a saber, la de que nada ni nadie puede garantizarnos ni la felicidad ni una discreta buena andanza. Todo ello requiere de talentos muy difíciles de captar o de explicitar en palabras. Como dijo alguna vez Freud, cada cual ha de encontrar su propia fórmula para ser dichoso. Y hasta es probable que el supuesto hombre feliz sea incapaz de expresar adecuadamente la fórmula utilizada y ésta no resulte ser, en el análisis, más que una racionalización.

Como de ninguna parte, y sin motivo aparente, se enciende un audio y escuchamos un tango intitulado Raza criolla (El Taita), de Salvador Grupiglio (1893-1956), bandoneonista calabrés muy inspirado, grabado por la excelente orquesta de José Basso en 1956.


[1] No recuerdo dónde está esta cita, pero confío en mi memoria.

Juan José Ipar/2022
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