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Sobre las teorizaciones en Psicoanálisis – Juan José Ipar

en algún momento, es imperioso apartarse un poco y poner todo ese lote en perspectiva y, como se pueda, tomar distancia de la tentación psicológica que mencionamos, es decir, de la producción de teorías con veleidades de verdad y desistir también de convertirse en un difusor o “aplicador” de las teorías propias o de algún maestro, por más legítima que sea la admiración que le o nos profesemos.

(vía psicopatia.com.ar)*
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En el Seminario 4, Lacan recuerda la humorada de Renán según la cual la bêtise humaine donne une idée de l’infini[1] y agrega que, de haber conocido el tema, el filósofo francés hubiese dicho lo mismo de “las divagaciones teóricas de los analistas[2]. En principio, Lacan nos advierte que las teorizaciones psicoanalíticas son, si no infinitas, sí verdaderamente muchas, es posible que demasiadas. Y pasa a ajustar cuentas con unas cuantas, citando, a menudo in extenso, varios trabajos de colegas de la época a los que examina y critica en forma poco menos que demoledora. Cierto es que, en esencia, les reprocha casi siempre lo mismo: la no distinción entre los registros imaginario y simbólico, cosa que inexorablemente los lleva a imaginarizar los análisis, los cuales terminan desembocando en callejones sin salida que eternizan y esterilizan el esfuerzo analítico. He aquí, entonces, un motivo, digamos teórico, que torna elefantiásico el cuerpo teórico del psicoanálisis: el despliegue ilimitado de lo imaginario a nivel de la teoría. Náufragos en tamaña inmensidad, la mayor parte de los analistas no encuentra más salida que o bien alinearse con algún maestro más o menos reconocido, o bien tomarse la molestia de erigirse en autores con pretensiones de originalidad, contribuyendo generosamente de tal modo al continuo engrandecimiento de lo ya enorme. Claro que muchos de los que se han resignado a seguir a algún maestro igualmente colaboran con la proliferación, pues se ven compelidos por algún extraño y liberal designio a escribir múltiples trabajos para confirmar -y a menudo ampliar- los dichos y afirmaciones de aquel del cual se proclaman secuaces.

Más adelante en el mismo Seminario[3], dirige Lacan sus ponzoñosos dardos contra Otto Fenichel, a quien, no obstante, reconoce un notable olfato psicoanalítico. El problema comienza cuando el pobre Otto teoriza: lo hace muy mal. A pesar de ello, la acrimonia lacaniana parece dirigirse específicamente al curioso hecho de que el libro de Fenichel esté tan bien escrito, por más que es manifiesto que no lo considera sino un texto mediocre y convencional en el que imperan la sensatez y la medida. Allí, todo encuentra una explicación en apariencia satisfactoria, de manera tal que las cuestiones que se exponen y tratan quedan como cerradas y resueltas. Fenichel no es el único: en los ’30, aparecen varios Manuales de Psicoanálisis que compendian la teoría psicoanalítica y la exhiben como un corpus doctrinario ya más o menos completo y definitivo, contrariando tantas declaraciones del propio Freud, que abominaba de las exposiciones escolares y del espíritu sistemático en general[4]. En efecto, teorizar es difícil y lo que Lacan tal vez no haya advertido es que su propia obra escrita es una prueba asaz contundente de tal aserto. Es cuando menos patético oir a algunos de sus defensores intentar convertir dicha dificultad en virtud. Se nos dice que Lacan no es un autor más, que es un maestro y, en calidad de tal, puede darse el lujo de ser oscuro y aun de contradecirse. La verdad es que Lacan fue un talento que nunca necesitó de tan pobres apologetas: un simple corrector de estilo hubiese bastado. Se dirá con razón que el estilo es una fatalidad que hace al mensaje, por lo cual bien podemos concluir que tal vez la oscuridad sea el verdadero mensaje y los textos la ocasión de materializarla. Pasarán otros 300 años de universitarios tratando de aclarar este punto. Por lo demás, tenemos el augusto precedente de Hegel. ¿Hay algún filósofo más aclamado que Hegel? Todos se sienten movidos a idolatrarlo, pero en la actualidad, a poco menos de dos siglos de escritas, son muy pocos los que frecuentan sus obras. Y no sin razón: ¿existe, acaso, algún libro más soporífero y arduo que la célebre y celebrada Ciencia de la Lógica? Dice bien Edgardo Castro[5] cuando dice que el trasmisor y, si se quiere, el inventor de Hegel en el siglo XX fue Alexander Kojève, cuando también en los ’30 daba cursos sobre el maestro berlinés en París, a los cuales concurrió la crème de la intelectualidad francesa del momento, incluido Lacan. Los contados temas hegelianos en ese entonces tratados por Kojève -la dialéctica del amo y el esclavo y algunas figuras de la Fenomenología como la conciencia desgraciada, la ley del corazón y el alma bella, por ejemplo- son luego repetidos y reelaborados hasta el cansancio: ése, el de Kojève, y no otro es el Hegel que manejamos actualmente. Y todo ello es así porque la oscuridad y complejidad de la prosa “teorizadora” de Hegel desafía y derrota la paciencia y bravura del más pintado, motivo por el cual casi todo el mundo, en connivencia con dicha simplificación, termina comprando que ese Hegel de Kojève es todo Hegel.

Tres casos de Françoise Dolto

En una recopilación hecha por David Nasio[6], se nos presenta una especie de resumen de tres casos clínicos conducidos por Dolto, verdadera vaca sagrada del empíreo lacaniano[7]. Según el orden del libro, el primer caso es el de la niña del espejo, el segundo es el de Léon, el niño sin espalda, y el tercero el de Agnès[8], una bebé de apenas unos pocos días de vida.

Comenzaremos por el tercer caso, el de la bebé. En él, se nos refiere que Dolto es llamada por teléfono por el padre de la niña[9], quien, desesperado, le dice que ésta se niega a tomar el biberón, a pesar de la insistencia con la que se ha tratado de alimentarla. Hay por allí una tía que colabora con sus intentos, pero todo resulta inútil, aun cuando la criatura da señales evidentes de tener hambre. La pequeña fue amamantada por su madre durante cinco días pero, lamentablemente, ella debió regresar al hospital para ser intervenida por un problema ginecológico. Un médico consultado recomienda la intervención de Dolto, quien atestigua que, durante la comunicación telefónica, vino a su mente un recuerdo acerca de “la importancia de la imagen olfativa que parece preceder a la imagen oral”. Ipso facto, recomienda al padre que vaya al hospital y obtenga una prenda interior de la madre que haya retenido el olor de ésta. Luego, debe rodear con ella el cuello de la bebé y presentarle el biberón. Un tiempo después, Dolto se entera por los padres, ya reunidos, que la niña aceptó inmediatamente el alimento que se le ofrecía.

En resumen, lo que aquí tenemos es una intervención exitosa que culmina con la niña recibiendo el alimento: de eso se trataba, de que mamara. Pero Dolto va más allá y concluye con la hipótesis de que mamó porque se le restituyó un estímulo olfativo decisivo para que la alimentación se verificase. A partir de estas afirmaciones de Dolto, se nos induce a generalizar e inferir algo así como que todos los niños pequeños necesitan del olor de la madre para calmarse y mamar. ¿Es ésta una proposición sostenible? Se trataría de una afirmación en apariencia científica, bien que gratuita, puesto que no se añade ninguna probanza al estilo de las que la ciencia aporta cuando se aspira a que alguna hipótesis califique como científicamente válida. Dolto aplica algo que escuchó y que, por vía asociativa, le vino a las mientes en el momento de la consulta del padre. Nada se nos dice acerca de qué tipo de hipótesis barajó en su rememoración. ¿Habrá sido un estudio multicéntrico con miles de madres y lactantes, con grupos testigos, seguimientos alejados, etc., al modo de Margaret Mahler? ¿Cuál es, en definitiva, la o las sustancias aromáticas que las madres desprenden? ¿Se tratará de un estudio meramente empírico semejante al que comprueba que los bebés llorosos en las nurseries se duermen pacíficamente cuando les ponen una grabación con los latidos cardíacos de la madre? ¿Se relaciona con esos programas de TV que vemos hoy en día, en los que se da por cierto que existen feromonas humanas que producen una intensa seducción inadvertida tanto por el o la que las exhala cuanto por el o la que las huele? Es posible, pero no es creíble que en aquellos años Dolto dispusiera de tal cúmulo de información. Karl Abraham fue de los pocos autores psicoanalíticos que destacó en un par de artículos la importancia del olfato, aunque circunscribió su observación a las perversiones[10]. Así pues, lo más probable es que la analista francesa simplemente recordara alguna mención más o menos puntual, quizá en un historial, y a título de hipótesis plausible más que de teoría debidamente contrastada.

Podemos, empero, entender el éxito de la intervención de Dolto sin recurrir a suposiciones pseudocientíficas que apelen a un incierto aroma que la bebé estaría en condiciones de captar infaliblemente a pesar de su evidente inmadurez neurológica. En las especies animales estudiadas, por el contrario, es la madre la que identifica certeramente a su cría por medio del olfato y no la confunde con ninguna otra. Estamos autorizados, entonces, a asumir que la bebé nada olió. Ni comió porque le fue restituido el olor sedante de la madre, ni dejó de comer antes porque le faltase dicho olor. Lo que sí advertimos en la breve reseña es la atmósfera de nerviosismo e incertidumbre que envolvía a la niña: el padre y la tía no se conciertan debido a que se hallan evidentemente sumidos en la angustia. Éste es un dato empírico que cualquiera que haya criado niños puede confirmar sin rastro de duda: los niños pequeños tienen dificultades para comer, para dormirse y para lo que sea cuando el que los alimenta o acuna está angustiado, enojado o afectado por cualquier emoción intensa. La niña sencillamente reacciona como puede -negativismo- y rechaza incorporar el caos angustioso que la circunda. Dolto, por su parte, tiene el aplomo necesario como para dar un golpe magistral[11]: por medio de la prenda, reintroduce a la madre en la escena. Ahora ella está de algún modo presente y dicha presencia permite una espera menos ansiosa de su retorno del hospital.

Teorizar sobre olores originarios y atávicos resulta ser, curiosamente, un expediente del orden de lo imaginario, es suponer que hay un elemento faltante -en este caso la madre- que puede ser restituido sin resto. Lo que faltaba era la madre en tanto lugar simbólico[12] y gracias a la triquiñuela de la bata es el padre el que puede ahora ser capaz de ocupar el lugar de la madre ausente y recomenzar con la alimentación de la niña. Parafraseando al Lacan del Seminario 4, diremos, entonces, que la intervención de Dolto fue eficaz debido a que con su indicación logró que el padre supliera a la madre en su función simbólica de alimentadora. Así, la madre faltante se transformó en una madre temporariamente ausente, en tanto alguien la sustituye en su función.

Tenemos, por tanto, que creyendo hacer una cosa, Dolto hace otra, es decir, aplicando una hipótesis oída alguna vez, esto es, recurriendo al saber imaginario de la ciencia, realiza una operación de otro orden, a saber, restaura el lugar simbólico de la madre y con él la función de la alimentación puede ser re-anudada. Pero ésta no es la teorización que elucubra Dolto, quien queda enredada en el mundo de las imágenes y los perfumes y, cosa más grave, pretende saber qué es lo que hace y dicho saber se corporiza en su teoría olfativa. Es una suerte de soberbia típica de los analistas suponer saber qué es lo que hacemos cuando intervenimos. Efectivamente, si supiéramos cumplidamente lo que hacemos, podríamos ser docentes y enseñar el psicoanálisis tal y como se hace en tantos otros campos del saber y aplicarlo en forma directa. Un analista puede devenir maestro no por incrementar la abundante teoría ni por enseñar estrategias lúcidas e impactantes para usar con los pacientes, sino porque es capaz de trasmitir eso que llamamos con deliberada vaguedad el espíritu psicoanalítico, dando testimonio con ello de su paso por la castración y no de su inteligencia o de su pedantería. Dolto tuvo la sagacidad[13] de tirarse al agua y recomendar un curso de acción apelando básicamente al sentido común -cualquier lego se da cuenta de que el problema es que la madre no está -más que a su formación- el tema del olor materno. En sus artículos sobre la telepatía, Freud cuenta que las tarotistas usan las cartas como aquí Dolto usó el recuerdo de lo que había leído o escuchado en torno al olor materno: para distraer su consciente y captar mejor las tribulaciones del consultante. Claro que ellas no dicen esto; no admiten ni sospechan que no saben lo que hacen, sino que, en cambio, están seguras de que las cartas dicen efectivamente lo que ellas a su vez comunican a sus clientes. En estos casos, hay que plantear, como lo hace Freud, la posibilidad de una percepción inconsciente entre las personas, punto éste muy difícil de teorizar y que sólo podemos postular de modo problemático, admitiendo que el polo de la percepción y el de la conciencia no coinciden y que, por ende, es menester asumir que tenemos muchas percepciones de las que no alcanzamos a ser conscientes[14]. Quizá de este modo extraño y paradojal funcione eso que llamamos genio o talento. Es una aporía de difícil solución: para ser eficaz, es necesario creer estar seguro de saber qué se está haciendo, aunque, a la postre, el saber invocado y trasmitido se nos revele más tarde como una racionalización o, más sencillamente, como un producto imaginario. La animosa Dolto ciertamente poseyó esa rara habilidad para el retruécano[15], para responder con seguridad en los momentos de apremio y muchos de sus éxitos terapéuticos fueron posibles merced a esta capacidad suya de improvisar y enfrentar emergencias.

El primer caso de Dolto en el texto mencionado es el de la niña del espejo. En él se nos relata que la analista francesa recibe a la paciente cuando ésta contaba cinco años, dos años después de una experiencia altamente traumática, en la que, recién llegada de EEUU a París con sus padres y un hermano menor aun bebé, debió permanecer durante horas en una habitación en la que había una profusión de espejos con la única compañía de una niñera francesa que apenas hablaba alguna palabra en inglés. La madre cuenta que “desde aquella época, la niña nunca volvió a tomar algo con las manos”, replegando sobre el torso los antebrazos y dando a entender que “se había vuelto fóbica a los contactos”[16].

Dolto se limita a ofrecerle pasta para modelar, diciéndole: “Puedes tomarla con tu boca de mano”, a lo cual la niña responde llevándosela a la boca ayudándose con el brazo, cosa que hacía muchos meses que no hacía. E inmediatamente teoriza: “Yo le había puesto una boca en su mano”[17]. En otro texto allí citado[18], agrega que, luego del destete, la zona erógena oral se desplaza a las manos, las cuales “actúan como bocas prensiles sobre los objetos y, palpándolos, los niños pequeños aprecian sus formas”. Lo que sigue es una ampliación -y en cierto sentido una corrección- de la famosa teoría lacaniana del estadio del espejo, según la cual la experiencia de enfrentar el espejo produce una asunción jubilosa de la imagen allí percibida, cuya completitud contrasta con la incoordinación corporal experimentada por el bebé a causa de su inmadurez neurológica. La niña en cuestión, empero, ya había pasado por su experiencia del espejo como integradora de la imagen corporal; lo que le ocurre a los dos años y medio es que se enfrenta sola -sin referentes que la sostengan- con una multiplicidad de espejos que producen un efecto siniestro que la sume en la angustia. Dolto se aproxima aquí a una concepción borgeana y aprensiva de los espejos. Éstos nos informan cómo nos ven los demás, cosa bien diferente de la propia sensación de existir que tenemos habitualmente. Resulta que somos esa cosa que aparece en el ázogue y con la cual no nos identificamos tan fácilmente. Pero, más allá de ello, lo que pasó fue que la niña se vio fragmentada y multiplicada por los muchos espejos que la rodeaban sin contar con una presencia que mediara y sostuviera la inquietante experiencia. Madre y espejo deben ser uno solo[19], la multiplicación indiscriminada de imágenes parciales produce confusión, angustia y compromete la habitual sensación de existir.

La tentación psicológica

En este historial de la niña del espejo, Dolto hace un amplio uso de lo que constituye su aporte personal a la teoría psicoanalítica, el cual gira en torno a la noción central de imagen inconsciente del cuerpo, concepto que comienza a elaborar en los años ’40 y redondea en los ’50. En el Seminario 4 que ya hemos mencionado, en la reunión del 5 de diciembre de 1956[20], Lacan en persona aprueba expresamente una exposición suya del día anterior acerca de la imagen inconsciente del cuerpo. El caso de la niña del espejo y el de Léon, el niño sin espalda, son entendidos ya exclusivamente[21] en función de la teoría “doltoiana” de la imagen inconsciente del cuerpo. No tenemos delante, pues, una ocurrencia teórica puntual con inciertas aspiraciones a ingresar en la teoría general, sino un desarrollo complejo que apunta tanto a explicar las vicisitudes y oscuridades de una clínica cuanto a decir algo acerca del desarrollo temprano infantil y la constitución de la subjetividad. Al concepto de imagen inconsciente del cuerpo se suman el de castración simbolígena, el de imagen de base y los de imágenes funcionales y erógenas y otros que conforman una constelación conceptual y una visión particular y original no sólo de la psicopatología sino también de la psicología evolutiva.

De tal modo, Dolto engrosa la larga lista de psicoanalistas que aspiran a alcanzar un saber psicológico, especialmente en lo tocante al desarrollo emocional temprano y lo hace tomando como ejemplos los análisis o tratamientos que le tocó conducir. Así, en el caso de Léon, Dolto considera que hay un punto de inflexión en la cura cuando en una sesión el niño logra comunicar que “…cuando se vaya, la silla se quedará con su espalda… él ya no tendrá más espalda”, dicho que acompaña con una risita sarcástica y sugestiva. En conexión con sus propios desarrollos, Dolto entiende que “al serle restituida la imagen del cuerpo, Léon habla”[22] y, efectivamente, a la sesión siguiente, Léon camina directamente a su silla, se sienta normalmente y habla de su padre que ha partido, etc. No es nuestro cometido tratar aquí in extenso el caso de Léon ni hacer un comentario crítico sobre la teoría de Dolto de la imagen inconsciente del cuerpo; solamente queremos mostrar cómo funciona en estos historiales la teoría que la analista ha desarrollado -otros, a su turno, pueden tomar prestada la teoría a la propia Dolto o a otro analista “teórico”- y ver cómo, una vez redondeada, se asume que la teorización tiene un valor poco menos que universal y, finalmente, cómo se hace entrar en ella a todos los pacientes.

Tenemos, entonces, un saber generalizador y aplicable. Cuando oimos decir que “Dolto, Lacan o Winnicott o el que sea es muy clínico” se elogia justamente el hecho de que las teorízaciones de dichos autores le sirven al declarante para descifrar lo que pasa en su consulta. No habría, en rigor, análisis sino aplicación de las teorizaciones de los grandes maestros. Se pierde la atopía que Lacan señalaba en el Seminario 8 acerca de Sócrates[23] y que sería asimismo algo que se podría esperar de un analista: en adelante se interviene desde Lacan, desde Dolto, etc. como si tal cosa honrara sus ilustres memorias y aproximara a aquellos que así proceden a algún tipo de verdad garantizada. Paralelamente, como estas teorizaciones además de aplicables son enseñables, surge un mercado de profesores que introducen a quien lo desee en las complejas alternativas de las respectivas obras de estos maestros, amén de conferencias, supervisiones, libros, asociaciones que garantizan trasmisiones, etc., todo lo cual ayuda a la difusión de un verdadero merchandising psicoanalítico. Nadie escapa ni puede pretender escapar a todo este grotesco, aunque es posible contaminarse en diferentes dosis y con diversos efectos colaterales. Como decía Descartes, para poder filosofar hay que huir de la comedia humana pero no sin antes haber aprendido lo que ella como nada puede enseñar: la impostura, la elocuencia vacua, la vanidad en su infinita variedad, la multiplicidad de las opiniones, los prejuicios, etc., en suma, la bêtise de la que hablaba Renan. Pero, en algún momento, es imperioso apartarse un poco y poner todo ese lote en perspectiva y, como se pueda, tomar distancia de la tentación psicológica que mencionamos, es decir, de la producción de teorías con veleidades de verdad y desistir también de convertirse en un difusor o “aplicador” de las teorías propias o de algún maestro, por más legítima que sea la admiración que le o nos profesemos.

[1] Véase la edición de Paidós, cap.II, p27.

[2] La literatura psicoanalítica tiene toda ella algún tipo de teorización propia o prestada, excepto ciertos libros recientes que conforman un nuevo subgénero y que tratan acerca de los chismes sobre la historia menuda del psicoanálisis.

[3] Véase p 169 de la edición de Paidós.

[4] Ello no le impidió, sin embargo, escribir obras como Esquema del Psicoanálisis o las famosas Lecciones y Nuevas Lecciones.

[5] Me refiero a unas clases que tuvo la deferencia de dar en el Hospital Borda en el año 2004.

[6] El texto dirigido por Nasio es Los más famosos casos de psicosis, Paidós, 2001.

[7] Vaca sagrada y también rara avis del firmamento analítico francés, por cuanto  se declara creyente y no utiliza ninguno de los más conspicuos significantes lacanianos.

[8] Los autores titulan el capítulo que le dedican del siguiente modo: Agnès o la ausencia de la imagen olfativa del cuerpo, p 172.

[9] Están en guerra y es problemático desplazarse, lo cual obliga a la consulta telefónica.

[10] En algún lado, Freud esboza la teoría de que el olfato perdió importancia a favor de la vista a causa de la bipedestación, puesto que a partir de ella el genital es visible.

[11] Literalmente magistral por cuanto se expide desde una posición de quien sabe en verdad lo que hace y es perfectamente capaz de decirle a otro qué es con exactitud lo que tiene que hacer

[12]  Esto es, desde luego, reconocido tanto por Dolto como por los autores que la comentan en el libro de Nasio, donde se lee: “Ese olor faltante marcaba la ausencia de la imagen olfativa del cuerpo de la niña; esa imagen que establecía el vínculo durante las primeras mamadas, no con la madre como tal, sino con la madre como ser que garantizaba su seguridad fundamental, su existencia misma” (subrayado nuestro, ver p 173 del libro citado). Y más abajo, en la misma página: “Lo que le faltaba a Agnès para poder mamar no era la madre misma, no era el seno, era la imagen de sí misma mamando del seno de la madre” (subrayado de los autores).

[13] Dicho esto con intención: ser sagaz es tener literalmente buen olfato, como el viejo Fenichel.

[14] Véase el esquema del aparato psíquico del capítulo VII de la Traumdeutung.

[15] En la jerga actoral, se llama repentismo, esto es, facilidad para salirse del libreto y suscitar situaciones cómicas imprevistas.

[16] Ibidem, p 158/9

[17] Ver L’enfant du miroir, de Dolto y Nasio, p 28.

[18] El conocido L’image inconsciente du corps, p 124.

[19] El marasmo del hospitalismo puede tener su causa en el hecho de que los niños que lo padecen son atendidos por una multitud de personas y no pueden desarrollar una rutina y un vínculo con ninguno.

[20] Véase la p 43 de la edición de Paidós.

[21] Dolto no hace uso de los significants lacanianos. No menciona el objeto a, ni al Otro, etc.a los que estamos acostumbrados a encontrar en los textos de escuela.

[22] Véase p 170 del libro de Nasio.

[23] Sócrates afirma sólo saber que no sabe nada, esto es, no habla desde una posición de saber y, para colmo, cuenta con un demonio que lo acompaña y lo frena cada vez que comienza a suponerse sabedor.

Juan José Ipar

Publicado anteriormente en: *psicopatia.com.ar/otros_autores/ipar/teorizaciones_psicoanalisis.html

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Análisis fulminante – Juan José Ipar

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(Guerra de citas)

2021/2

En una multitud de lugares de su obra perfectamente ubicables, Freud previene repetidas veces contra los intentos de acortamiento (Verkürzung) del análisis, como el propuesto en los ’20 por Otto Rank y más tarde por otros. Del optimismo de las primeras épocas -el plan inicial era trabajar seis sesiones por semana apenas un semestre- la cuestión fue pasando por diversas alternativas, en las cuales la labor analítica se fue complejizando y, por ende, extendiendo progresivamente. De tal forma, fuimos llegando a análisis cada vez más prolongados y para los ’80, cuando era candidato en APdeBA, la idea que circulaba allí era la de cuatro sesiones semanales durante unos siete u ocho años, aunque muchos colegas habían excedido esa cifra y hablaban con un dejo de orgullo de análisis de diez, quince o más años. Una campeona amiga de Carlos Faig, a la que tuve el gusto de conocer en persona hace ya un par de décadas, pasó gallardamente los treinta años de cinco sesiones por semana con el mismo analista, un conocido didacta de APA. La libido es ciertamente masculina y viscosa, llegar al material infantil requiere tiempo y mucho más tiempo aun resolver la neurosis transferencial: ésas eran las explicaciones usuales que se esgrimían para justificar dicho estado de cosas. Por supuesto, todo esto rezaba únicamente para los análisis didácticos, dado que los paisanos de a pie eran analizados en condiciones considerablemente más laxas. Por otro lado, las crisis vitales se presentan, inmisericordes, y a menudo se imponía -y todavía se impone- un re-análisis con un colega ya mayor, presumiblemente más breve y sin la exigencia de cuatro sesiones semanales. Un dineral.

En los mismos ’80, comienza a preponderar el lacanismo, a punto tal que ya para los ’90 los analistas kleinianos enmudecieron -o tal vez emigraron en masa a otra galaxia- y sólo quedaron en la plaza voces lacanianas, tanto o más insufribles que los desbancados kleinianos. Y aparece en escena la famosa sesión breve, efecto del no menos famoso corte. Como cada analista interviene ahora según su inspiración del momento se lo dicte, pierden vigencia casi por completo las recomendaciones técnicas, tan caras a los analistas de la vieja escuela. Lacan concedía sesiones de unos pocos minutos y despachaba a sus analizantes con alguna intervención que los dejaba pensativos. Ello le permitía conducir la friolera de no menos de 60 análisis didácticos, cosa que le confirió un gran poder dentro de la Asociación, hasta que fue expulsado de la misma de mala manera. Desde luego, las sesiones breves le permitieron ganar otro dineral. Lo que todavía hoy queda sin resolverse con precisión es cuántas sesiones breves deberían tenerse por semana -o por día- o cuántos años de análisis serían recomendables para el que lo solicitare. Hubo una especie de pacto tácito generalizado y las sesiones comenzaron a durar unos treinta y cinco minutos en vez de cincuenta y los análisis siguieron extendiéndose por unos cuantos años con una frecuencia de dos sesiones semanales. También hay campeones en el campo lacaniano con añares de análisis encima.

El problema de fondo era, claro está, el de que es muy difícil teorizar correctamente la importante cuestión del fin de análisis. Ya hemos debatido y resuelto este espinoso asunto en otra parte y no hemos de repetir lo ya dicho. Aquí nos limitaremos a ensayar algo nuevo y proponer audazmente un acortamiento que supere al pergeñado por Lacan y, para ello, nos serviremos de una famosa anécdota atribuida a Sócrates, en el comienzo mismo de la filosofía entendida como diálogo que trasciende la mera intersubjetividad. Un joven se acerca al filósofo y le pregunta si ha de casarse o no. La respuesta no tarda en llegar: “Hagas lo que hagas, te arrepentirás”. ¿Qué quiere decir Sócrates al emitir esta lapidaria sentencia? Pues bien, que está mal pensada o, lo que es lo mismo, que planteada en esos términos -como opciones mutuamente excluyentes- está el muchacho condenado de antemano al arrepentimiento. Uno no puede casarse y no casarse al mismo tiempo e ir cotejando en simultáneo ambas experiencias, debe optar y padecer los tormentos de lo que escogió. Son dos clásicos: el casado está hastiado y añora la soltería y el soltero se siente solo y desgraciado y suspira por compañía. En ambas situaciones hay motivos sobrados para arrepentirse de lo elegido, cosa que puede aplicarse a cualquier otra área de la vida. Es lógico, uno no puede saber por anticipado si sus negocios resultarán buenos, gratos o convenientes. Así las cosas, sugerimos lo que denominamos análisis fulminante, que se deja resumir de la siguiente manera: el paciente o consultante solicita un turno, lo paga por anticipado por medio de una transferencia, concurre a su sesión, toca el timbre y el analista, en el mismo vano de la puerta y sin dejarle abrir la boca, le espeta: “Haga lo que haga, se arrepentirá”, sin tutearlo. Cierra la puerta y eso es todo. Point final. Más breve, imposible, tan imposible como plantear correctamente y resolver un dilema.

No obstante, veamos siquiera a vuelo de pájaro las incontables ventajas de este expeditivo tratamiento: en primer lugar, justamente, su brevedad y su rapidez; el sujeto ahorra tiempo y el tiempo es dinero, etc. Recordemos que la concisión es un rasgo típico de toda la literatura clásica y que, con nuestro pequeño método, evitaremos de cuajo un palabrerío tan insulso como inconducente. Si lo miramos bien, no estamos muy lejos de los certeros oráculos griegos, como el de Delfos, al cual acudían los jóvenes al llegar a la εφεβία, momento en el cual habían de enfrentar el problema de decidir qué hacer con sus vidas. Por otra parte, no pasemos por alto que nuestra propuesta tiene el carácter de un tratamiento standard, esto es, fácilmente reproductible cuanto se desee. No requiere años de estudio por parte del analista y cualquier farabute de aspecto grave y circunspecto puede ser capaz de llevarlo a cabo: después de todo, dijera un lacaniano, no se necesita más que un semblante. En cuarto lugar, sería posible repetirlo muchas veces, simplificando el arduo problema del re-análisis, que hemos mencionado más arriba. La difícil cuestión de la transferencia, que tantos desvelos ha producido desde que Freud la descubriera con notorio disgusto, queda pagada y resuelta, como ya lo sentamos, aun antes de presentarse el paciente ante su analista. Tampoco sería más necesaria la caterva de terapeutas que asuelan nuestras playas: unos pocos serían suficientes y cada uno podría atender cientos, quizá miles de pacientes atormentados. Por todo ello, podría funcionar que el Estado fije un numerus clausus de analistas, como otrora hacía con los escribanos y otros profesionales. Sumado a esto, desaparecerían de los media y las redes un elevado porcentaje de los que dan consejos acerca de cómo dirigir nuestras vidas: adiós a los numerólogos, tarotistas, astrólogos y demás engendros del ramo. Un paso más y perdería vigencia lo que con sorna deliberada hemos denominado la literatura psicoanalítica. Y la psi no psicoanalítica, bastante desarrollada ella. Salgado podrá dedicarse finalmente a la poesía o a los libros de viajes.

Análisis fulminante, dijimos. En efecto, el paciente quedará como alcanzado por un rayo (fulmen), patidifuso, perplejo y sin reacción. Perfecto, de eso se trata, de suspenderle el juicio de una buena vez. À la merde con sus opiniones, sus tribulaciones o sus hesitaciones, en suma, su neurosis o lo que sea que lo haga sufrir. Es mucho mejor este tratamiento radical indoloro que pasarse años recontando estupideces para no llegar a ningún lado. Convengamos en que únicamente en unas pocas y señaladas ocasiones es dable arribar a alguna conclusión más o menos consistente. Un paciente mío, por ejemplo, demoró más de diez años en concluir que su madre era loca y él más loco que ella, porque insistía insensatamente en que ella reconociese su locura. No me quedó claro, confieso, si dejó de insistir. Y eso que se trataba de un sujeto inteligente y cultivado, pero, ¿qué hacer con su insensatez? Haga lo que haga…, ya sabemos. No es preciso sino un examen superficial para darnos cuenta de que la inmensa mayoría de los análisis y terapias resultan fiascos indignos de personas preparadas. Como prueba de lo que digo, remito al improbable lector a nuestro artículo La pobre Marylin, en el cual comparo a Monroe con Garbo y muestro cómo, mientras una quedó enredada en los vericuetos de inútiles pseudoanálisis, la otra pudo mandar al diablo a unos cuantos y sobrellevar con entereza sus muchas dificultades.

Arrepentirse es, cuando menos, dudoso. El Viejo Garma (1904-93) decía cáusticamente que uno se arrepiente solamente para quedar limpio y volver a pecar. Es meritorio, sin embargo, arrepentirse de las malas acciones cometidas o por cometer, y, de tal modo, uno logra ser absuelto por el confesor o por su conciencia, los que la tengan. Pero nadie debe enviciarse con eso del arrepentimiento: ineluctablemente, llegará el día en que el confesor exigirá, además, que uno se enmiende. La célebre emendatio de los latinos. Uno tiene que cambiar de una vez por todas y punto. Ahí los quiero ver. No hay voluntarismo que valga: cambiar es verdaderamente difícil y qué es lo que hace que uno modifique algo de su persona no es una contingencia que podamos prever o programar, sino que, si tenemos suerte, cómo fue que cambiamos nos quedará claro a posteriori. Las buenas intenciones nunca bastan, eso es evidente. Podemos imaginar a un sofista taimado y socarrón preguntando al filósofo: “Sócrates, ¿me arrepiento o no me arrepiento?”. Ahí lo quiero ver a Sócrates. El Viejo Garma seguramente contestaría: “Por mucho que te arrepientas, volverás a pecar”. Y así llegamos a otro tópico central de la ética: la fatalidad del pecado o del error, si se quiere.

Un paciente bastante culposo y procrastinador cuenta que, viendo una serie en Netflix sobre la vida del cantante Luis Miguel -que el divino Freud nos perdone-, registró una frase que le repetía su manager, como un latiguillo, en los momentos difíciles: “Nadie se arrepiente de haber sido valiente”. Hace pendant con la de Sócrates, pero insta a la acción. La cobardía y la inacción son dos lacras que suelen ir juntas y complicarle la vida a casi todo el mundo y el saber popular así lo entiende. No obstante ello, reparemos en la famosa frase de Scott Fitzgerald (1896-1940): “Muéstrame un héroe y te escribiré una tragedia”. Hay que tener, por tanto, un poco de cuidado con eso de la valentía, porque tragedias ya tenemos unas cuantas.

Otro caso más: días atrás, un ex paciente me consulta de urgencia en mi calidad de experto en la vida y esas cosas y quiere conocer mi opinión acerca de un tema que lo desvela: no sabe si liarse o no con una mujer casada que ha contactado recientemente. Es una asignatura pendiente de cuando era jovencísimo, momento en el que no se atrevió a dar el primer paso. La mujer le sigue gustando bastante y, después de todo, un cuerno no es la muerte de nadie, pero está al tanto de que enredarse con una mujer casada es comprar un problema, como suele decirse. Hay, pues, una biblioteca a favor y otra en contra en este dilema acuciante. Después de meditar el asunto un rato, me expedí salomónicamente y dije: “Hagas lo que hagas, no te arrepentirás”. Y lo despaché con mis mejores bendiciones.

Para cerrar, recordaremos otra versión del mismo episodio de Sócrates y su joven interlocutor. Una de las dos está en Diógenes Laercio, estoy seguro, pero no puedo precisar cuál, no lo retuve. En esta segunda versión y ante la misma pregunta, Sócrates cambia su estrategia y responde: “Cásate. Si te toca una buena mujer, serás feliz y, si no, serás filósofo”. Pareciera, entonces, que hay, después de todo, una compensación valiosa a la infelicidad. El hecho de que un matrimonio mal avenido -como el de Sócrates con Jantipa e molti altri ancora– conduzca en derechura a la filosofía es cosa que puede apreciarse en cualquier reunión de exalumnos, aunque seguramente ha de haber otros muchos caminos que conduzcan a la filosofía. Todos ellos sufridos.

Apéndice

Hay gente recalcitrante; siempre la hubo. Se me ocurrió una segunda maniobra pensada especialmente para esa clase de personas y el objetivo es sacarles definitivamente las ganas de seguir consultando. Todo igual que la secuencia anterior y, cuando el analista abre la puerta, mira de arriba abajo al tipo y remata: “¿Qué querés con esa cara de nabo?”, así, tuteándolo ahora. Cierra la puerta y, nuevamente, eso es todo. Claro que esto sólo se le puede decir a un varón, puesto que, dicho a una mujer -o a una drag queen– sonaría ofensivo. Se supone -vaya uno a saber por qué- que los varones soportamos mejor las descalificaciones y las chanzas. Lo que tampoco sé es cómo podría ser traducible a otras lenguas. Quizá este alto análisis deba emplearse exclusivamente con argentinos. What do you expect with such a stupid face? no suena del todo mal, pero está lejos de la gracia y contundencia que tiene en castellano argentino.

Con las mujeres recalcitrantes -o con una drag queen, insistimos iría en otra dirección. Me limitaría a repetir un sabio y útil consejo que mi madre daba a mis hermanas, curiosamente en inglés: “Never brown after six[1]. Puede agregarse un “darling”. And then, you may close the door.

Recordando ahora a mi padre, nos despedimos con un bonus algo vetusto, extraído de los consejos del Viejo Vizcacha, que tan a menudo citaba y que pueden leerse en Vuelta 2391 y siguientes:

Si buscás vivir tranquilo

dedicate a solteriar;

mas si te querés casar

con esta alvertencia sea:

que es muy difícil guardar

prendas que otros codicean.

Y concluye:

Es un vicho la muger

que aquí yo no lo destapo:

siempre quiere al hombre guapo,

mas fíjate en tu eleción;

porque tiene el corazón

como barriga de sapo.

Están avisados. De repente, se enciende un audio y se escucha la voz  melodiosa y aniñada de Azucena Maizani, la Ñata Gaucha, cantando la ranchera Remigio, con letra propia y música de J. B. Reyes, grabado allá en 1930. Y eso no es todo: inmediatamente, como una respuesta, fuerzas opositoras propalan un corrido[2] famoso en los ’40, La viudita de la esquina, cantado por Armando Moreno con la orquesta de Enrique Rodríguez, con letra de José P. Fernández y música de Luis Fernández, grabado el 17 de septiembre de 1942.


[1] En efecto, privadas de la luz solar, las prendas marrones se arratonan con la luz artificial.

[2] El corrido es un tipo de canción bien mexicana, éste parece más un paso doble a la española en versión criolla, con bandoneón y todo. Y si uno escucha los fox-trots de la orquesta de Rodríguez, cae en confusión. En fin, tampoco nos vamos a poner a discutir de lo que no sabemos gran cosa.

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