Relecturas en pandemia – Juan José Ipar

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2021

a Alfonso Gutiérrez Reto

Sigue la pandemia carcomiendo lo que queda de uno, que, insistentemente, busca como puede algo con lo cual entretenerse. Tengo delante mi consabida pila de separatas de Clarín y Página 12, donde unos pocos meses atrás tropecé con el Frankenstein de Mary Shelley. El artículo que resultó de esa relectura parece haberme absorbido la imaginación y hasta la iniciativa. Es como si ya hubiese expresado lo que tenía que decir y sobreviniera forzosamente un período refractario y silente de impredecible duración. Más o menos resignado, encaro sin gran expectativa un tomito con cuentos de Wilkie Collins (1824-89), de quien había leído hace añares La piedra lunar (The Moonstone), publicada en Londres hacia 1868 y que deberé releer en breve, pues a gatas tengo el vago recuerdo de que Borges la recomendaba y de que se trataba de una valiosa gema que oficiaba de tercer ojo en el ídolo de una deidad hindú. La relectura es un ejercicio un tanto desconcertante: se tiene en simultáneo la sensación de enfrentar algo nuevo y, a medida que progresa, el lector va reconociendo detalles aquí y allá con total capricho y morosidad, como no queriendo hacer memoria. Recientemente, abordé unos cuentos de Patricia Highsmith, que estaba seguro de haber visitado años ha, y me seguía sorprendiendo con sus abruptos finales, muy de los años ’50. Vale decir: iba rememorando, pero no podía anticipar en modo alguno el desenlace de los breves textos, lo cual es inesperadamente bueno, porque le confiere a la relectura una frescura renovada. Claro está que el intervalo entre lectura y relectura ha de ser necesariamente prolongado, pongamos de más de veinte años, que no son nada, como dice el tango, pero que habilitan un olvido suficiente.

Quemá esas cartas[1]

Volviendo a Wilkie Collins, descubro que el segundo cuento del librito mencionado se intitula Una carta robada (1854), en inglés A stolen letter, lo cual me reenvió directamente al archiconocido cuento de Poe (1809-49) La carta robada, publicado en 1844 y al que Lacan dedica en 1956 un largo y sesudo escrito conectado con el Seminario 2. La increíble similitud de ambos títulos se desvanece al ver que el de Poe es The purloined letter, que se traduce al castellano casi de igual manera que el de Collins. Purloined, nos ilustra Lacan, procede del francés y es un término casi arcaizante. En ambos relatos, una carta desaparece, obviamente, aunque hay algunas diferencias que interesan. Repasaremos algún que otro pasaje relevante, pero daremos por medianamente conocido el complejo argumento del cuento de Poe y sólo diremos que, en el de Wilkie Collins, nos encontramos con un abogado algo decadente que recibe el pedido de auxilio de un hombre joven. Éste está a punto de casarse y a su novia le ha sido sustraída una vieja carta firmada por su padre, ya fallecido, en la que éste admite haber cometido un delito, aunque también agrega que el entuerto fue posteriormente subsanado y nadie salió perjudicado. Su familia tiene dudas acerca de su prometida y la difusión de la misiva frustraría seguramente el matrimonio. El ladrón es un antiguo empleado del finado padre de la novia y exige 500 libras, la misma cifra que el joven promete al abogado, si éste es capaz de restituirle la carta faltante. En ambos cuentos, entonces, se sabe quién es el autor del robo, un ministro del gobierno en el cuento de Poe y el empleado infiel en el otro: lo que no se sabe es dónde las han escondido. En el texto de Wilkie Collins, se llega a la conclusión de que la carta debe estar en la habitación del hotel en la que se aloja el ladrón, visto que no ha podido ni ocultarla en otro lado, ni confiársela a persona alguna. Todo pasa por espiar al malandrín y estar al tanto de sus movimientos, tarea que el abogado decadente encomienda a un avispado jovenzuelo de su confianza. El recurso de Poe es más sutil: también se arriba a la idea de que la carta permanece en la residencia del ministro, por más que ésta ha sido minuciosamente inspeccionada por la policía, sin resultados. Ergo, infiere Dupin, debe estar a la vista y justamente por ello es que ha sido burlada la burocrática perspicacia de los investigadores policiales.

En los dos casos, asimismo, el detective sigue la psicología del ladrón, se pone en su lugar y razona como él lo haría: el de Wilkie Collins es un sujeto de poca monta, que seguramente buscó un escondite que juzgó seguro, a buen recaudo de la mirada ajena; el otro es un gran dignatario de la corte con una “vista de lince” y mucho más audaz que la gente encargada de descubrirlo. Él se limita a dejarla expuesta y, de tal modo, la vuelve invisible para el inspector, pues calcula acertadamente que éste supondrá que la escondió. Pero el ministro no contaba con la sagacidad de Dupin, quien inversamente asume que, si la carta hubiese estado oculta, el inspector y su equipo la habrían hallado y, por lo tanto, es necesario concluir que se encuentra en un lugar conspicuo. Cuando Dupin lo visita, ve lo que el inspector no había visto, el simple hecho de que la carta de marras se halla sobre la chimenea del estudio del ministro. El problema pasa a ser agenciarse de ella. El abogado de Wilkie Collins, en cambio, sólo precisa una única visita a la habitación del ladrón y, luego de exasperarse un poco, termina encontrando entre los pliegues recónditos de una alfombra sus 500 libras, esto es, la carta que buscaba. Dupin, como quedó dicho, opera en dos tiempos: uno en el que detecta el objeto de su interés y otro ulterior en el que se hace con él. Durante esta segunda visita al ministro, genera un incidente en la calle, frente a la ventana del estudio, cosa que distrae la atención del anfitrión el tiempo suficiente como para reemplazar la carta por otra similar con unos versos irónicos, que citan una obra de teatro de Crébillon padre (1674-1762), Atrée et Thyeste, de 1707: “Un dessein si funeste/ S’il n’est digne d’Atrée/ est digne de Thyeste….”. También el abogado deja una esquela parejamente irónica en la alfombra: un inútil vale por 500 libras. En síntesis, en ambas circunstancias, ambos ladrones quedan a su turno burlados y sin saberlo: lo descubrirán oportunamente y sufrirán una especie de chasco, como se usaba cuando éramos niños.

Hay un detalle que no nos cierra: tenemos la impresión de que el cuento de Wilkie Collins debería haber sido escrito antes que el de Poe y no un década más tarde. Quizá ello se deba a la mayor complejidad de este último, que de alguna manera supone y “supera” al de Collins. Es posible que se trate de un “pliegue en el tiempo”, como en el cuento de Cortázar Una flor amarilla, que hemos comentado en otra parte[2]. El abogado decadente hace lo que hizo el inspector policial: escudriña la habitación del hotel en forma concienzuda y hasta diríamos metódica. Tiene éxito y se embucha las 500 libras ofrecidas por su joven cliente, pero en el texto de Poe, es necesario realizar un bucle más, partiendo del hecho evidente del fracaso del registro del inspector. Claro, dijimos que el ministro era un tipo inteligente y así como se apoderó de la carta en las reales narices de su dueña, sin que ésta pudiese hacer nada para evitarlo, también la retiene sin que un investigador convencional pueda dar con ella. El doble bucle de Dupin va detrás del doble bucle del ministro.

Irene y Holmes

Hay en nuestra pila, por si fuera poco, un tercer cuento largo o nouvelle del escocés Arthur Connan Doyle (1859-1930), en el que Holmes recibe una carta: el clásico Escándalo en Bohemia (A Scandal in Bohemia), cuya acción transcurre en 1882 y que fue publicado en 1892. En dicha misiva, se anuncia que el célebre detective tendrá a las ocho menos cuarto de ese mismo día una inesperada visita. El texto de la carta es interesante, pues, a partir de un taxema impropio del inglés, Holmes deduce que la lengua materna del que la escribió es el alemán. Reza: “This account of you we have from all quarters received”. Lo que atrae inmediatamente su atención es la posición anómala del circunstancial from all quarters, el hecho de que se encuentre entremedio del verbo perifrástico have received. Ni el inglés, ni el francés, ni el ruso, ni ninguna lengua europea conocida autoriza o recomienda esa ordenación, excepto, desde luego, el alemán: es una marca patognomónica que hace diagnóstico (Klemmung). El germanoparlante, que, además, escribe en papel con marca de agua de Bohemia, termina siendo Wilhelm Gottsreich Sigismond von Ormstein, Gran Duque de Cassel-Felstein y Rey hereditario de Bohemia[3], quien se ha trasladado a Londres de incognito por un asunto de la mayor importancia: necesita recuperar varias cartas y una foto que lo comprometen. Nuevamente, un matrimonio con una princesa de Escandinavia puede malograrse con la publicidad de dichas cartas y, en especial, de la fotografía, en la que se lo ve junto a una mujer que podría extorsionarlo. Y, nuevamente, se sabe quién es ella: Irene Adler. ¿Quién es Irene Adler[4]? Todos los fanáticos de Holmes lo saben: una cantante de ópera (contralto) y aventurera norteamericana, supuestamente nacida en 1858 en New Jersey, y que ha sido la única persona que ha logrado engañar y hasta vencer a Sherlock. Es interesante cómo empieza Escándalo en Bohemia: “To Sherlock Holmes she is always THE woman. I have rarely heard him mention her under any other name[5]. ¿Habrá leído esto Lacan? Una mujer que eclipsa a todas las demás mujeres, por más que Watson percibe que las emociones como el amor o cualquier otra tienen escasa cabida en the most perfect reasoning and observing machine que es Sherlock. Son dos cosas a tener en cuenta: la posible aparición en escena de una lacaniana La mujer y la simultánea inhumanidad de Holmes, quien, en principio, no ha logrado todavía constituirse como un watsoniano sujeto barrado, bien al modo neurótico. Empero, hemos de admitir que, si bien Irene no es aún una mujer irremediablemente perdida, ella es fugitiva, escurridiza, está a medio camino de la ausencia, cosa que la distingue de la insoportable presencia de una La mujer. Ella es toda una vampiresa: alguien la describe como the most beautiful lady on this planet. En esto son iguales: Irene y Holmes son the most something, lo cual hace presagiar un duelo de titanes. Además, justamente en Escándalo en Bohemia, la bella Irene se casa con otro hombre, un abogado llamado Godfrey Norton, y Sherlock, que la ha seguido disfrazado hasta una iglesia, termina saliendo de testigo de dichas nupcias. En suma, un recurrente y popular fantasma masculino: una mujer única, casi una antonomasia, capaz de dejar una impronta imborrable y muy posiblemente emparentada con la inalcanzable Dama del amor cortés. Y con tantas madres…

En este tercer texto de Conan Doyle, tenemos unas cuantas similitudes más: con Collins en relación a los jóvenes de la calle que trabajan para Holmes y con Poe en el hecho de montar una distracción y un supuesto peligro, lo cual hace que una insólitamente desprevenida Irene señale sin darse mucha cuenta el lugar en el cual tiene escondida la fotografía con el Rey y las cartas. Una vez  localizado su objetivo, Holmes se retira y se propone apersonarse al día siguiente en el domicilio de su Némesis con el mismísimo monarca y exigir la foto, pero se encuentran tous les deux con la novedad de que Irene se ha esfumado con marido y todo y en el escondite ha dejado una carta para él. Este final de Escándalo en Bohemia no es sino una variante de la segunda visita de Dupin al escritorio del ministro, sólo que aquí el burlado es Holmes, aunque la cauta Irene admite que, ahora que se ha casado, la divulgación de la fotografía podría perjudicarla a ella; aun así, la conservará, por las dudas. Y le confiesa pudorosamente a Holmes que usó sus métodos: travestida como un muchacho, lo siguió y lo vio arribar a Baker Street, cosa que le confirmó de quién se trataba. Se despide sin grandes rencores y queda flotando en el aire una velada amenaza, como quien deja tras de sí un perfume perturbador.

Así, pues, es Holmes el que recibe no una sino dos cartas y podemos constatar lateralmente los avances tecnológicos que existían cuarenta años después del texto de Poe: en esos momentos, además de cartas, que pueden ser fraguadas, aparece el testimonio incontestable de la fotografía, que confirma la relación del Rey con la ex prima donna. Hoy en día, hemos progresado todavía más: la gente se presenta ante la Justicia con una captura de pantalla.

En síntesis, venimos a descubrir que estos tres grandes autores en lengua inglesa han escrito, en sustancia, el mismo cuento con una cantidad de variantes que hemos ido resaltando. Awesome! Un matrimonio constituido o por consumar corre riesgo, un elemento comprometedor ha sido robado y alguien hace un chantage, que en el caso de la evanescente norteamericana queda pendiente. Y tenemos, además, un detective brillante y la sustitución de la carta original por unos versos alegóricos o un falso vale por 500 libras u otra carta. La misiva que Irene dirige a Holmes supone otro tour de force, verdaderamente un tercer bucle del argumento: el hecho de que, como ya señalamos, el burlado termina siendo el investigador. En todos los casos, sin embargo, el resultado es feliz para los tres demandantes: el joven que desea casarse, la Reina y el Rey de Bohemia. Tres matrimonios -cuatro, contando el de Irene con su abogado- y ningún funeral.

Borges dijo alguna vez -y cito de memoria- que cuentos hay cuatro, tal vez cinco, y que todo lo que hacemos es volver machaconamente sobre esos contados temas básicos. En principio, no tiene por qué no ser cierto o por lo menos verosímil, e imaginamos un ejemplo confirmatorio, el de tantísimas películas románticas en las que registramos un esquema básico que se reitera ad nauseam y que es: chico-encuentrachica, chico-pierde-chica y, a la postre, chico-recupera-chica. No muy brillante, como se puede apreciar, pero que funciona aceptablemente. Forzando un poco las cosas, podríamos plantear la ecuación chica=carta y, si se nos permite, recordar la vieja ecuación girl=phallus de Otto Fenichel. Cartas, chicas y falo circulan por este mundo en completa mescolanza, sin que nadie se altere demasiado. Sobre este tipo elemental, lo dijimos, se pueden construir infinitas combinaciones y variantes. Hace unos años se vio en una de esas comedias rosas que una señorita solicitaba ser fecundada artificialmente con la esperma de un donante anónimo, luego lo conocía personalmente, más adelante decidían casarse y al final se enamoraban, invirtiendo el orden tradicional del emparejamiento, el matrimonio y la maternidad.

Vamos a la ópera

Viene a mi lerda memoria que, cuando era niño, había en casa un long-playing que escuchaba a toda hora con las oberturas más conocidas de Rossini (1792-1868). Mi predilecta era la de Semiramide, nuestra Semíramis, reina y fabulosa fundadora de Babilonia y de sus jardines colgantes, también famosa por haber asesinado a su esposo Nino, rey de los asirios, y por haber estado a punto de casarse con su hijo Arsace. A esta mujer enigmática y sinuosa la imaginamos bastante parecida a Irene Adler. Por supuesto, en cada obertura había un crescendo memorable -el de Semiramide es particularmente bueno- y muchas explosiones, cosas que literalmente me encantaban. Sólo después de muchos años pude apreciar el humor, la fina calidad y la florida inspiración de este gran compositor italiano. La Semiramide de Rossini fue estrenada en 1823 en La Fenice de Venecia y fue la última de sus óperas serias, aunque no hace mucho me vengo a enterar -para vergüenza mía- de que hay una Semiramide riconosciuta, reputada por algunos como superior a la de Rossini, de Giácomo Meyerbeer, famoso músico alemán nacido en el ducado de Brandeburgo hacia 1791 y que, como Rossini, vivió y trabajó muchos años en París, donde murió en 1864. La Semiramide riconosciuta de Meyerbeer fue estrenada un poco antes que la de Rossini, en 1819, en el Teatro Regio de Turín y lleva ese título porque, en una de sus muchas peripecias, Semíramis, como Irene, se hace pasar por un muchacho y es finalmente reconocida y llevada en triunfo al trono una vez más. Ambas óperas, hay que decirlo, fueron escritas y representadas en italiano, por entonces la lengua casi excluyente del género operístico en toda Europa.

La diferencia del título entre una y otra se debe al hecho de que están basadas en diferentes libretos, cuestión que aquí nos interesa. Rossini encomendó el suyo a Gaetano Rossi, apócope de su mismo apellido, y éste se inspiró en Sémiramis, una tragedia de Voltaire (1694-1778), concebida en 1746, pero estrenada en 1749. Voltaire era el gran rival del Crébillon padre, quien escribió una tragedia homónima en 1717 y al que hemos mencionado más arriba cuando hablamos del cuento de Poe. El propósito de Voltaire no era otro que el de refundar la tragedia francesa y ello lo condujo a entrar en directa colisión de egos con Crébillon, protegé de Mme. de Pompadour. Hay que consignar que, antes que Rossini, varios autores utilizaron el texto de Voltaire para sus óperas, como Gravi (1754), Mozart (Mannheim, 1778), Bianchi, (Nápoles, 1790), etc.    

Meyerbeer, por su parte, se sirvió de un viejo libreto del gran Pietro Metastasio (1698-1782), el sexto de los 27 escritos por el ilustre poeta italiano, el cual fue utilizado previamente por Pórpora (1729), Gluck (1748) y otros 30 autores para componer igual número de óperas, las cuales, para nuestra fortuna, han caído en el más completo olvido. Todo esto sin contar las numerosas tragedias y piezas líricas que tienen a Semíramis como protagonista ya desde los siglos XVI y XVII. Cabe señalar que las fuentes remotas de la Antigüedad para las diferentes versiones de la historia de esta mítica reina son la Geografía de Estrabón, las Historias de Heródoto y la Biblioteca histórica de Diodoro Sículo, entre otras.

El improbable lector habrá ya extraído la conclusión obligada de esta pequeña digresión sobre las óperas de Meyerbeer y Rossini: si pasó todo esto con Semíramis, es decir, si hay registradas una sesentena de óperas que la tienen como protagonista, imagínese a fortiori la incalculable cantidad de piezas teatrales o dramas líricos que habrá habido en torno a personajes históricos más conocidos como Alejandromagno o Julio César con su Cleopatra y ésta con su Marco Antonio y tantísimos otros, por no mencionar los dioses y héroes griegos y romanos, tan generosos en conflictos tremebundos y complicados. Necesitaríamos una pandemia extremadamente duradera, eterna, para siquiera tener una noción aproximada. Confinada en un oscuro rincón, acurrucada, la llamada literatura psicoanalítica empalidece de envidia y se siente pequeña y desgraciada.

Reprise

Pero el hecho a destacar es que toda esta inmensidad es reductible, según Borges, a cuatro o cinco esquemas básicos. Notable. Ya sentamos que las respectivas cartas de nuestros tres cuentos tienen que ver con algo que circula, sean las propias cartas, las chicas casaderas o el falo. La honra de tres personas aparece bajo riesgo con la posible difusión de estas venenosas misivas, cuyo contenido exacto jamás es revelado: basta con que se deje traslucir que hay allí secretos (los freudianos Geheimnisse) de las personas. La honra tiene que ver con el status simbólico de un sujeto en la sociedad a la que pertenece y perderla es como quedar suspendido o anulado en tanto sujeto moral. Es lo mismo que perder la palabra en el sentido del término latino fides. Cuando una persona queda socialmente desacreditada, ello vendría a significar que el falo no puede circular y posarse transitoriamente en ella. El falo, en tanto que investidura solemne, le estaría negado. Pasaría lo que ocurre entre nosotros con tantos políticos corruptos, cuya culpabilidad es establecida inapelablemente en los media y logran evadir la prisión merced a innúmeras argucias legales, pero que reciben la llamada condena social, muda y terrible. El sujeto deshonrado puede, incluso, llegar a ser objeto explícito de repudio y horror. Por eso es que la recuperación de estos objetos miasmáticos es tan crucial para los protagonistas: la Reina del cuento de Poe, suponemos, tenía algún affaire inconfesable, el padre de la joven novia realmente había delinquido, por más que reaccionase luego y deshiciese los efectos de su mala acción, y el Rey de Bohemia había efectivamente tenido un amorío que le urgía ocultar a la consideración pública. Son tres cuentos verdaderamente fálicos, en los que la vergüenza, la culpa, el amor y el matrimonio tienen un lugar decisivo. Y la burla, nunca olvidemos eso. Ahora bien, las que son cuatro o cinco son las pulsiones y sus objetos a correspondientes, según las diferentes cuentas, cosa que podría coincidir con la cifra de Borges, quien nunca se explaya, ni dice cuáles son en concreto los aludidos temas básicos de los cuentos. ¿Habrá cuentos anales u orales? Escópicos puede ser: en el de Poe, la cuestión de la mirada es fundamental, como bien explicita Lacan, y podríamos agregar algunos textos de Kafka o de Hermann Hesse, y algún otro por allí, en los que la mirada sin emoción es lo primordial. En fin, quizá no sea más que otra idea tonta, que no me propongo desarrollar in extenso. Pero agreguemos que Honoré de Balzac (1799-1850), lui, era bastante anal en sus escritos: en La piel de zapa (La peau de chagrín, 1831), por ejemplo, se detiene a describir una tienda de antigüedades y se demora ¡ocho páginas! Es más que probable que encontremos relatos en los que elementos pulsionales diversos se presenten conjugados, como aparecen en los sujetos empíricos los Komponenten de la sexualidad de Freud[6]. En nombre del sano juicio, no insistimos, porque la Historia de la Ciencia muestra hasta el hartazgo que cualquier teoría puede ser fundamentada y validada, por peregrina o ridícula que sea.

Henos aquí, por enésima vez, en un punto muerto, reiterado tema obsesivo nuestro. Lo hacemos ex professo, evidentemente. Lo que en verdad importa es aprender cosas y ese objetivo fue alcanzado. El ánimo del improbable lector queda en suspens y nos escabullimos fóbicamente, igual que Irene, sin mucho más que agregar. A renglón seguido, se enciende un audio imaginario y se escuchan los compases y versos monocordes de la Polka del Espiante del oriental Leo Masliah.

Apéndice

La casualidad también conspira, no sólo la ambición. ¿Puede creerse que, en otro tomito con cuentos de H. G. Wells (1866-1946)[7], encuentro uno  de 1895 intitulado El bacilo robado (The stolen bacillus)? Un comienzo prometedor. Por suerte, tiene sólo nueve páginas y es muy divertido. Por supuesto, con nuevas variantes, encontramos el mismo esquema elemental de nuestros tres cuentos anteriores. Resumo: la acción comienza en lo de un bacteriólogo, que le exhibe bacilos del cólera a través del microscopio y en un tubo de ensayos a un pálido personaje de aspecto extraño, que “no es sajón ni latino”. Grandilocuente, le hace ver lo terrible que sería que esos bacilos fuesen liberados en la cisterna de agua de la ciudad, generando una mortal epidemia. No pandemia, aclaremos. El otro mira el tubo de ensayos, fascinado, y hace un comentario más que raro: los anarquistas son ciegos y tontos, ponen bombas en vez de utilizar los bacilos. Sorpresivamente, Minnie, la mujer del bacteriólogo, toca a la puerta y reclama su atención por unos escasos segundos. De regreso en el laboratorio, el invitado comenta que debe estar en otro lado en pocos minutos y se despide apresuradamente. El bacteriólogo intuye oscuramente que algo ha pasado, revisa el escritorio, consulta a su esposa y descubre que falta el tubo de ensayos con los mortales bacilos. Baja las escaleras corriendo y sale dando voces hacia la calle, en la que el sujeto extraño ha alcanzado a tomar un coche de punto. Minnie, alarmada, va a la ventana y ve al hombre alejarse y a su marido persiguiéndole a los gritos y hasta perdiendo una zapatilla, que no se volvió a recuperar. La empeñosa mujer decide seguirle y logra abordar otro taxi que pasaba casualmente por la puerta de su casa, llevando los zapatos, el abrigo y el sombrero de su marido. Mientras tanto, el bacteriólogo ha conseguido un coche también él. Se inicia así una desopilante persecución por las calles de Londres, balconeada por un grupo de cocheros y holgazanes que los ven pasar en rápida sucesión, identificando a cada uno de los cocheros envueltos en la singular competencia. En el coche delantero y rumbo a la cisterna, el anarquista siente una mezcla de miedo y alegría: él superará a sus camaradas y será famoso; dejará de ser un donnadie despreciado y lo reconocerán por fin como un héroe. Sin embargo, en un barquinazo, siente que el tubo de ensayos en su mano se quiebra y la mitad de su contenido cae al piso del carruaje. Percibe, empero, que una gota del líquido permanecía aun en el fondo del tubo y, resignándose a ser un mártir, se la toma, mientras se  pregunta qué tan dolorosa sería su muerte. Se da cuenta al mismo tiempo de que ya es inútil huir del bacteriólogo y pide al cochero que se detenga en la calle Wellington. Comienza a sentirse mal y desciende del vehículo, decidido a enfrentar a su perseguidor. Lo saluda con una risa provocadora: “Vive l’Anarchie! Has llegado demasiado tarde, amigo mío. Me lo he bebido. ¡El cólera se ha extendido!”[8]. El bacteriólogo no sale de su asombro y una media sonrisa maligna se dibuja en su rostro, mientras el anarquista se aleja trastabillando hacia el puente de Waterloo, tratando de contagiar a los transeúntes. Llega Minnie con sus zapatos, abrigo y sombrero y el bacteriólogo, pensativo, recapitula lo sucedido. Cae en la cuenta de que lo que agitó delante del morro del alucinado personaje no era un tubo que contuviera bacilos del cólera, sino una nueva especie de bacteria que produce algunas manchas azules en los monos, tiñe de ese color a algunos gatitos y perritos y hasta volvió a un gorrión de un azul brillante. Minnie confirma para sus adentros que su marido está un tanto loco y, por todo comentario, le dice que lo ha seguido porque deben ir de visita a lo de la Sra. de Jabber, “que no es una cualquiera (a draught)[9]”. Y el cuento cierra con el bacteriólogo quejándose de que deba usar un abrigo con tanto calor.

Hemos abandonado el género policial y nos hemos internado en el vasto campo de lo cómico, de la parodia. La amenaza mortal se diluye: el ladrón es un chambón que ha sido víctima de otro atolondrado y ha robado el objeto equivocado y, una vez más, ha resultado burlado. La distracción la aporta Minnie y, en contraste, propicia el robo y no la recuperación de lo robado. No hay ningún detective en acción y las cosas se resuelven solas en forma satisfactoria. Lo único que verdaderamente importa es que la Sra. de Jabber está esperando. Londres puede respirar aliviada.


[1] Valsecito criollo de los años ’30, muy cursi, con letra de Juan Pedro López y música de Alberto Cosentino. Hay, asimismo, un tango con ese mismo título.

[2] Véase Malestar y globalización de hace unos años.

[3] El traductor pone “heredero al trono de Bohemia” y no Rey hereditario. Holmes lo llama Your Majesty.

[4] Irene, curiosamente, es un nombre que viene del griego Ειρήνη, que significa paz. Y Adler quiere decir “águila” en alemán.

[5] Fíjese el lector que en esta oración el adverbio rarely se halla entremedio del verbo perifrástico. Mmm….

[6] Había componente masculino y femenino, activo y pasivo, etc.

[7] De Biblioteca El Mundo, Buenos Aires 1998.

[8] ¡Era francés!

[9] Consulté, pero no encuentro una traducción conveniente para draught; dejo la que está.

Juan José Ipar /2021
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