El humor como defensa – Juan José Ipar

Foto Pixabay /Daniel Nebreda

2010

Vamos a desarrollar y a comentar aquí la idea presente en Freud -en su breve artículo El Humor (1927)- de que recurrir al humor bien puede constituir una maniobra defensiva que busca preservar al sujeto del sufrimiento.

Lo primero que se nos impone es hacer -como lo hace Freud hacia el final del artículo mencionado- la distinción entre lo cómico, el chiste y el humor, las tres variantes o especies de la comicidad que Freud estudia. Lo cómico es esencialmente visual[1]: basta la percepción de una nariz descomunal para que mucha gente estalle en carcajadas. Lo que los americanos denominan humor físico entra dentro de esta categoría, en la cual pueden incluirse las rutinas habituales de los payasos de circo y las de actores que deforman hasta lo increíble sus facciones[2] y nos hacen reír con sus muecas, así como actores excéntricos que, impávidos, tropiezan con cuanta cosa se interponga en su camino y caen despatarrados con gran aparato[3].

El chiste, en cambio, depende por entero de lo que los lacanianos llaman el juego del significante[4]. Todo chiste descansa en alguna ambigüedad de la lengua por la cual una palabra es inicialmente usada con un sentido y luego, en otro contexto, aparece con un sentido diferente no advertido hasta entonces. Este deslizamiento del sentido, literalmente un malentendido, es lo que genera el efecto chistoso[5].

Al comienzo de su texto del ‘27, Freud sostiene que un sujeto hace humor cuando es capaz de hacer una broma (Scherz[6]) en el momento en que “normalmente”[7] se esperaría un despliegue o exteriorización afectiva (Gefühlsaufwand o bien Gefühlsaüberung)), cosa que produce un ahorro placentero[8]. En lugar de un ataque de angustia, de enojo o de llanto, viene una broma, una humorada, con o sin juego del significante, éste no es esencial, aunque puede estar presente. En ese momento, la broma ocupa el lugar de un mecanismo de defensa, que se dispara ante la inminencia de un ataque de angustia, y se las arregla para disipar gratamente el afecto que amenaza inundar el aparato psíquico. Desde luego, el humor así entendido bien puede estereotiparse y volverse un automatismo en todo semejante a un verdadero mecanismo de defensa como los estudiados por Freud y Anna Freud.

Se registra, dijimos, un ahorro de energía, el del despliegue emocional, a lo cual se suma otra fuente de placer, que consiste en que el yo rehúsa dejarse ofender y precipitarse al sufrimiento por los influjos de la realidad (Realität)[9]. Esta negativa del yo comporta un doble triunfo (Triumph) sobre la realidad exterior y sobre sí mismo, por ser fuerte y no sucumbir a la angustia, el enojo o lo que fuere. Y más aun, el yo se demuestra a sí mismo que dichos traumas exteriores sólo son para él motivos para la ganancia de placer (Anlässe zu Lustgewinn). Este último rasgo (Zug) es esencial (wesentlich).

El humor es, pues, rebelde (trotzig) y tiene dos características: el rechazo a las pretensiones o exigencias de la realidad (die Abweisung des Anspruchs der Realität) y el estar impregnado de Principio de placer (die Durchsetzung des Lustprinzip).

Pero, a diferencia de los otros mecanismos de defensa, el humor transcurre en el terreno de la salud mental[10], aun cuando estas dos circunstancias -defensa y salud mental- parecieran incompatibles. En efecto, unos años más adelante, la escuela kleiniana desarrolló el importante concepto de defensa maníaca, la cual se fundaba en la negación de la sacrosanta realidad (psíquica) y cualquier tentativa humorística por parte de un analizando hubiese sido denostada por su enérgico analista como un intento del sujeto de triunfar omnipotentemente sobre la realidad[11]. Así, pues, el humor sería para Freud el único rechazo de la realidad que no conduce a la enfermedad mental, de modo que, invirtiendo los términos, bien podríamos nosotros considerarlo como una particular manera de aceptar la realidad. En La negación (1925), Freud admite que ésta -la negación- implica también cierta aceptación (Annahme), dado que, una vez negada, la idea resistida puede ingresar en lo preconsciente. La broma que sustituye a la efusión afectiva bien puede ser vista como una deformación que simultáneamente niega y acepta dicha efusión.

Siempre se dice que el humor revela cierta inteligencia por parte del humorista, en oposición al mero humor físico que hace las delicias de los niños y de las mentes más simples. Freud agrega que esta superioridad (Überlegenheit) del humorista  se debe a que adopta el papel de un adulto y, al hacerlo, se identifica en cierto modo con el padre, reduciendo a los demás al papel de niños[12]. Por lo que se ve, también aquí hay lugares como en el chiste (Witz)[13] y, cosa importante, un sujeto puede dirigir sus dardos contra sí mismo, generando, como quedó señalado, una situación especialmente curiosa en la que logra triunfar no sólo contra su deseo de no sufrir, sino también sobre su narcisismo, admitiendo deformaciones en la propia imagen y estima[14]. Y es aquí que Freud dice que esta primitiva “vuelta contra la propia persona” tiene como finalidad “defenderse de alguna forma de las posibilidades de sufrimiento” (um sich solcherart seiner Leidensmöglichkeiten zu erwehren).

En esto se parece el humor a lo que la retórica entiende por ironía y sarcasmo. Ironía quiere decir literalmente ocultación[15] y por medio de esta figura de pensamiento no se dice directamente lo que se quiere decir, aunque se lo deja traslucir, de modo que al oyente no se le escapa qué quiso significar el que habló. Es una forma de decir y no decir. El sarcasmo supone un paso más: lo que se quiere decir es hiriente y se intenta morigerar su impacto ocultando parcialmente su veneno. El humor contra la propia persona -típico del llamado humor judío– es por lo general burlón, irónico o sarcástico y ello se debe a que no es sino una confesión indirecta de impotencia. Hacer un chiste o una broma en un momento difícil es lo mismo que admitir que no puede hacerse mucho más; si la cosa pudiese ser resuelta por la acción, el chiste sonaría desubicado y el humor, tonto.

¿Y cómo explica Freud que el yo se trate a sí mismo como un adulto a un niño? Pues bien, desdoblándose. El yo aloja como núcleo central (Kern) suyo una instancia particular: el Superyó[16]. De tal modo, el humorista ha retirado el acento psíquico de su yo para trasladarlo a su Superyó[17]. Más abajo traduce este traslado del acento psíquico (Verlegung des psychisches Akzents) como desplazamiento de gran cantidad de catexias (Verschiebung grober Besetzungsmengen) de una instancia a otra. Esta conjetura es tipificada por Freud como una nueva hipótesis ad hoc, esto es, como un desarrollo metapsicológico destinado a dar cuenta de los aspectos económicos del humor.

Ahora bien, este “desplazamiento de grandes cantidades de catexias” se presenta en otras circunstancias, tales como en el enamoramiento (Verliebtheit), en él las cargas se dirigen al objeto amado, o bien en la paranoia, en la que las ideas delirantes se encuentran muy catectizadas, y aun puede apreciarse una gran fluctuación energética en la manía-melancolía. Freud remata estos conceptos con una perla de aquellas que no hay que dejar escapar: La Patología de la vida anímica es el terreno (Gebiet) en el cual nos sentimos seguros: allí hacemos nuestras observaciones (Beobachtungen) y adquirimos (erwerben) nuestras convicciones (Überzeugungen)[18]. La normalidad, resulta, entonces, más difícil y sospechosa: todo -es decir, los mecanismos, los pensamientos más recónditos, ciertas incómodas verdades- está en ella enmascarado. La perversión o la psicosis muestran a cielo abierto, como suele decirse, lo que en la normalidad resta oculto, quizá al acecho.

Freud compara el chiste (Witz) con el humor y dice que aquel “se origina en el momentáneo abandono de una idea preconsciente a la elaboración (Bearbeitung) inconsciente”[19] y que por ello constituye el aporte (Beitrag) de lo Inconsciente a lo cómico, mientras que el humor vendría a ser “el aporte a lo cómico por mediación del Superyó”. Tenemos, entonces, un Superyó bondadoso y jovial que consuela (trösten) al atribulado yo tal como un padre aventaría temores y angustias en un hijo pequeño, advirtiéndole que aquello que teme no es sino “un juego de niños (Kinderspiel) apenas bueno para tomarlo en broma”[20]. Aparece una nueva y no poco importante función del Superyó que Freud no mencionará luego en la Conferencia 31 cuando haga su propia genealogía conceptual del Superyó. Allí expresa claramente que las funciones del Superyó son tres: observar (beobachten), juzgar (richten) y castigar (strafen) al yo. En El humor, en cambio, aparece la idea del consuelo y Freud mismo parece extrañarse del punto al que llegó: si no hay más remedio que admitir que el Superyó es capaz de consolar al yo por medio del humor, entonces se desprende de ello que no conocemos bien la esencia del Superyó (das Wessen des Über-Ich). Éste no resultaría una instancia puramente tanática, punitiva y, por ende, negativa, sino que mostraría un costado zumbón por completo inesperado.

Finalmente, Freud nos recuerda que el humor es un talento raro y precioso, un don (Begabung) que -esto no lo dice específicamente y lo arriesgamos nosotros- podría ser objeto de una donación, esto es, de una trasmisión, hecho que bien podría coronar el desarrollo de un sujeto en el campo de lo simbólico.

Preguntas

Hasta aquí nuestro comentario prácticamente renglón a renglón. Ahora es momento de hacernos unas cuantas preguntas. Una de ellas es ¿por qué este breve texto nunca pudo salir del oscuro segundo plano que ocupó hasta hoy y que muy probablemente siga ocupando in æternum? Ni Freud le dio mayor importancia en su momento, ni se la dieron tampoco sus seguidores inmediatos, ni los kleinianos, ni Lacan mismo. Pareciera que el humor no tiene mayor cabida ni en la teoría ni en la práctica psicoanalíticas.

Sin embargo, es menester aceptar que hay un notable isomorfismo entre la interpretación psicoanalítica y el chiste: en ambos aparece una palabra cuyo sentido se desliza gracias a la irritante plasticidad del significante. El oyente del chiste y el analista son capaces de escuchar de una manera novedosa, que se aparta de la literalidad y se adentra en el dédalo de la figuración. Sin el deslizamiento de sentido, el chiste deviene relato y la interpretación mero comentario: ambos perderían su efecto. De hecho, muchos chistes funcionan como filosas interpretaciones en la vida social corriente, debido a que ciertas intimidades que imprevistamente se presentan sólo pueden ser aludidas humorísticamente. Es cierto también que se apela al humor cuando no es posible tratar un asunto seriamente, sea porque no vale la pena o porque el tratamiento serio de la cuestión incomodaría a uno o más de los presentes.

En otro sentido, uno puede preguntarse irónica pero legítimamente si, a la distancia, no son auténticos chistes aquellas interpretaciones que los kleinianos gustaban hacer, en las cuales atribuían a sus analizandos terroríficas intenciones de atacarlos con heces explosivas o cosas por el estilo. Hoy moverían a risa, aunque unas pocas décadas atrás eran tomadas au grand sérieux. Es muy probable que las intervenciones tibetanas de los lacanianos de hoy -muy próximas a la caricatura de la sabiduría enlatada- pronto sigan su ejemplo y pasen a ser consideradas humoradas destinadas a impresionar. Uno tiene derecho a asumir que si el mismo elemento produce impacto o risa según el contexto -histórico en este caso-, dichos efectos podrían relacionarse de algún modo y quizá intercambiarse. La irrisión es terapéutica por su valor catártico, el humor muchas veces es reflexivo. Cuando se es capaz de hacer una broma, la broma misma es señal de que uno no está justamente tomando tan en serio lo que sea que le ocupe. La risa corta la fascinación que tiene el sufrimiento y el goce malsano que comporta. Si lo que les preocupa a nuestros amigos lacanianos es el efecto de corte, ¿qué mejor que un buen chiste oportunamente dicho?

En su famosa novela El nombre de la rosa, Umberto Eco nos presenta una intrincada serie de asesinatos que tiene por eje el hecho de que, en la biblioteca del convento benedictino en el que la acción transcurre, existe una única copia de la segunda parte de la Poética de Aristóteles, la dedicada a la comedia, esto es, a la risa. La novela culmina con un personaje reaccionario, un bibliotecario ciego llamado Jorge del Burgo[21], que literalmente destruye ese peligroso texto, devorándolo. El motivo que lo impulsó a eliminar la obra era que, con la risa que Aristóteles autoriza y consagra, la religión pierde seriedad, pompa y gravedad. La risa vuelve todo liviano, intrascendente, aéreo. ¿Qué sería de las Asociaciones o escuelas psicoanalíticas y de sus estructuras jerárquicas en general si el humor campeara en ellas? Perderían autoridad y recordemos que, como decía Freud, de la autoridad emana sugestión: en otros términos, perderían poder. Quien haya leído a Machiavelo, entenderá que eso, el poder, es lo que por ningún motivo debe menguarse sino acrecentarse. Siempre más poder.

El humor es, por ende, un tesoro sólo disponible para los que optan por marginarse de la inevitable puja por el poder que reina en las Asociaciones, a causa de que, por las razones que nunca le faltan, el poder impone, esto es, es un impostor. La posición corrosiva del humorista es muy próxima a la que los antiguos asignaban a la Fortuna: contemplar -con una cierta sorna, admitamos- cómo los planes de los más ambiciosos para aumentar o conservar su poder tambalean inevitablemente y se desploman, y éste se les escurre como arena entre los dedos.

Viñetas

Un paciente me anuncia en las primeras entrevistas que hay cosas que no me está contando, consignado lo cual, sigue “asociando” con relativa soltura. Pasan un par de meses durante los cuales se analizan tópicos más o menos convencionales, hasta que, hace unos pocos días, pregunta cuándo será el día en que él pueda hablar de esas cosas que lo perturban, al parecer, bastante. Respondo con una frase hecha sacada quién sabe de dónde: “El futuro es hoy”[22]. Sonríe y conviene conmigo en que ya era seguramente el momento. Pasa a contar que no solamente había manoseado a una hermana cuando tenía 14 o 15 años, episodio que efectivamente había referido, sino que, además, lo había hecho con dos de sus hermanos varones menores. Agrega que uno de ellos es algo amanerado, aunque se casó y tiene un hijo y alguna vez le aseguró explícitamente que no era homosexual. La hermana mayor, enterada por uno de los hermanos, lo sermoneó un poco diciéndole que eso que él había hecho podía resultar perjudicial para sus hermanos menores. Los episodios se interrumpieron bruscamente y nunca más hubo necesidad de intervenir al respecto. Hoy en día, él es un referente para sus hermanos, quienes lo respetan y consideran como un verdadero hermano mayor. A pesar de ello, una culpa sorda y persistente lo persigue desde entonces. Le hago notar que la mera reconvención de la hermana fue suficiente para deshacer la escena de seducción montada por él y que no hubo necesidad de que le enviaran a un reformatorio, como si fuera un perverso peligroso. Sigue asociando y cuenta que cuando tenía 13 años, le ardía el pene y consultó con su padre, que era médico, y éste descubrió que todavía “no se había desarrollado”, razón por la cual lo llevó a una consulta con un colega y le empezaron a dar hormonas, lo cual provocó un rápido desarrollo sexual. Recordó que en esa época “tenía unas ganas de coger terribles” y cuenta un confuso episodio en un tren en el que él con otros muchachitos de su edad abordaron a una empleada doméstica conocida por ellos, y él tuvo que ponerse en puntas de pie para besar a la mujer. Le señalo que estaba claro que no sabía qué hacer con lo que le estaba pasando, que la situación lo excedía[23]. A los 15, lo operan de un pie y todo este episodio es dado por terminado. Queda armada, pues, una secuencia: ardor, hormonas, “ganas de coger terribles”, manoseos a los hermanos y, como cierre, la operación. En toda esa época cojeaba -como Edipo- por un accidente mal operado en un comienzo y fue reoperado a los 15. La sesión terminaba y le deslizo, a modo de broma, que seguramente en la operación de los 15 habrían aprovechado la anestesia para practicarle una lobotomía y que ésa sería la causa de la repentina superación de sus inclinaciones incestuosas. Aliviado, estalla en carcajadas y recuerda que, efectivamente, las lobotomías estaban de moda por aquel entonces. Y remato: “Por eso tenías el pelo tan cortito después [de la anestesia]”[24].

Se trató efectivamente, de una intervención humorística: aparece una broma en un contexto impregnado de angustia, culpa y remordimiento. Pero, lejos de coartar la asociación del paciente, la broma fue hecha al final de su “confesión”, como cierre inesperado que cambia la dirección del relato y que produce un corte en la adherencia pegajosa del paciente a una culpa relacionada a lo incestuoso. En un caso como éste -y en tantísimos otros- hablar todo el tiempo “en serio” equivale a sancionar el punto de vista infantil con que el paciente considera dichos eventos[25]. La broma viene a dar una vuelta de tuerca a la intervención de la hermana, que fue mesurada pero un tanto sentenciosa y confirmatoria de un daño supuestamente indeleble. En efecto, cuando se puede hacer una broma o un chiste acerca de un tema candente, ello implica que las personas involucradas se permiten un cierto relajamiento en relación a los sentimientos que experimentaron. El humor tiene, claro, sus limitaciones: hay temas tan terribles que cualquier humorada que se haga al respecto sería inmediatamente censurada por irrespetuosa. La Shoá y otros genocidios son un ejemplo de ello y la circunspección que se exige para hablar de ellos es señal inequívoca de que para muchos no es posible tomar distancia y transformarlos en materia humorística.

Otro paciente, un joven que no alcanza los 30 años y que cumplió recientemente su primer año de análisis, comienza la sesión diciendo que no sabe qué regalarle a la madre por el Día de la Madre que se aproxima. Con su habitual aire burlón, especula acerca de posibles regalos, tales como “un sorete de perro” o algún explosivo sofisticado y letal. Sigue desgranando humoradas por el estilo durante un buen rato. Retoma sus ácidas críticas a su madre: reitera que ella cree que ser madre es un rango, como si fuese un grado militar, y que él está dispuesto a resistir las intentonas maternas de mandonearlo sin medir el costo que tal resistencia pueda entrañar. Como muchas otras veces, exhibe impúdica y gustosamente un odio mortal por ella y lo manifiesta por medio de un humor acre y devastador. Todo este absorbente desprecio va lógicamente acompañado por una notable incapacidad para actuar: desde hace unos pocos meses trabaja con un hermano al que desprecia casi tanto como a su madre, pero hasta entonces vegetaba frente a la computadora por horas y salía muy poco de la casa en la que vive con sus padres. Es evidente que su terrible humor le permite vivir y es lo que lo expresa como sujeto, por ello es que suelo acompañarlo de a ratos en esos ejercicios de cruel sarcasmo. Alimento su “maldad”. Pero me las arreglo para que, cerca del final de la sesión, el dolor tenga su lugarcito: concluimos con que no hay forma en que él pueda regalarle algo a su madre y no lamentarlo luego: como le dijo Sócrates al joven que le preguntaba si había de casarse: “Hagas lo que hagas, te arrepentirás”. Según el relato del paciente, la madre, hay que decirlo, pertenece a un tipo de mujer que prolifera en nuestros días: tiene un empleo que detesta y del que extrae poco y sólo sabe quejarse de lo cansada y frustrada que está. Un caso de eso que antes se llamaba psicopatía melancólica combinada con una dosis apreciable de histeria. La cuestión es que, más allá de los improbables diagnósticos que hagamos de ella, el paciente no puede amar a ese monstruo salido del Averno. Ella no se deja “usar” por su hijo y él carece de la generosidad necesaria para mirarla con un poco de benevolencia, solamente la castiga. Y como ella es medio incombustible, se han eternizado en un enfrentamiento narcisista completamente estéril.

De cualquier modo, independientemente de la floja comedia hogareña a la que lateralmente asisto, lo que aquí queremos señalar es cómo el hipertrofiado humor del paciente es una férrea defensa por medio de la cual apenas alcanza un poco digno empate con su tontorrona madre. En este segundo caso, partimos de un humor defensivo y, en el otro, llegamos a un humor liberador.

Final

En otras épocas felizmente superadas, los analistas kleinianos se planteaban la destrucción de las defensas como paso previo necesario al famoso in-sight, momento culminante del drama psicoanalítico. Ello llevaba a que los analistas de entonces sostuvieran una actitud beligerante y, en consecuencia, asediaban a sus pacientes a fin de que éstos admitieran su agresividad, su sadismo oral o lo que fuese. La idea básica era que toda defensa devendrá fatalmente resistencia al tratamiento analítico, nueva culpa que venía a sumarse a las que el paciente había sabido conseguirse en su vida previa al análisis. El in-sight que se perseguía no era otra cosa que un mea culpa interminable, tan interminable como el análisis que era conducido a partir de estas premisas. Por lo demás, el modo de desactivar las resistencias consistía en el expediente simple y brutal de pasar por encima de ellas y comunicarle compulsivamente al paciente todo lo que no estaba dispuesto a escuchar. Un verdadazo en la nuca sin derecho a réplica. Eran otros tiempos, más optimistas, si se quiere, pero quizá un tanto ingenuos. El único modo de sobrevivir a semejante análisis era la identificación militante con el analista, para dedicarse luego a castigar a otros blandiendo las armas dudosamente justicieras que el análisis le había provisto. Así, pues, al segundo paciente hay que esperarlo haciendo tibios intentos de conducirlo paulatinamente ante los sentimientos depresivos que lo aguardan, modo en el que ha imaginarizado su castración. En relación al primero, con más recorrido en la vida, bastó una simple invitación a hablar para que depusiera sus resistencias, de las cuales él mismo me había advertido. Sencillamente, había que esperar que formalizase la decisión de hablar que había oscuramente tomado antes de solicitar análisis. Muchas esperas, por lo que se ve, que requieren un arte que sepa vérselas con ellas. Un juego de paciencia en ocasiones algo aburrido, pero que se ve recompensado en esos momentos en que la verdad aflora y exhibe sus muchos y variados disfraces.


Notas

[1] Al igual que el gag, que es una de sus variedades más estudiadas por los cineastas.

[2] Jim Carrey es un ejemplo entre muchos.

[3] Piense el lector en el siempre serio Buster Keaton, en Charles Chaplin y, más recientemente, en el Kramer de la serie Seinfeld o en nuestros Tandarica o Tristán.

[4] Se me ocurre una variante intermedia entre el chiste y el humor físico: los actores que tartamudean y profieren graciosos equívocos por su torpeza oral.

[5] El ejemplo típico lo cuenta Freud en su libro del chiste: dos personas se encuentran en una estación balnearia y una pregunta: “¿Ha tomado ud. un baño?”, a lo cual el otro responde: ”¿Qué? ¿Falta uno?”. La expresión “tomar un baño” es ambigua: el primer hablante pregunta si el otro se ha bañado y el otro contesta como si faltase un baño porque alguien lo ha tomado, es decir, lo ha robado.

[6] López Ballesteros traduce Scherz como chiste, pero Freud se refiere más adelante al Witz y lo distingue como hacemos nosotros más arriba de la broma. Scherz seguramente proviene del italiano Scherzo.

[7] Ponemos normalmente entre comillas porque, aunque no figura en el texto freudiano, Ballesteros lo agrega a fin de hacer más inteligible el texto.

[8] Studien Ausgabe, tomo V, p 278: Kein Zweifel, das Wesen des Humors besteht darin, dab man sich die Affekte erspart, zu denen die Situation Anlab gäbe, und sich mit einem Scherz über die Möglichkeit solcher Gefühlsauberung hinaussetzt.

[9] Ibidem anterior, p 281: Das Ich verweigeret es, sich durch Veranlassungen aus der Realität kränken, zum Leiden nötigen zu lassen, es beharrt dabei, dab ihm die Trumen der Aubenwelt nicht nahegehen können, ja es zeigt, dab sie ihm nur Anlässe zu Lustgewinn sind: Dieser letzte Zug ist für den Humor durchaus wesentlich.

[10] P 279- …all dies aber, ohne wie andere Verfahren gleicher Absicht den Boden seelischer Gesundheit aufzugeben?

[11] La tríada de la defensa maníaca era negación, triunfo y desprecio.

[12] Ibidem, p 279: Der Humorist gewinne also seine Überlegenheit daher, dab er sich in die Rolle des Erwachsenen, gewissermaben in die Vateridentifizierung begebe und die andere zu kindern herabdrück.

[13] El relator, el oyente y el personaje ridiculizado.

[14] Ibidem, p 279: Aber man erinnert sich an die andere, wahrscheinlich ursprünglichere und bedeutsamere Situation des Humors, das jemand die humoristische Einstellung gegen seine eigene Person richtet, um sich solcherart seiner Leidensmöglichkeiten zu erwehren.

[15] Έιρωνεία viene de εἰρονέω, ocultar.

[16] Ibidem, p280: Dieses Ich ist nicht Einfaches, sondern beherbergt als seinen Kern eine besondere Instanz, das Über-Ich.

[17] Ibidem, p 280: …dab die Person des Humoristen den psychischen Akzent von ihrem Ich abgezogen und auf ihr Über-Ich verlegt habe.

[18] Ibidem, p 281: Das Gebiet, auf dem wir uns sicher fühlen, ist das Pathologie des Seelelebens; hier machen wir unsere Beobachtungen, erwerben wir unsere Überzeugungen. Véase en nuestra tesis los capítulos que dedicamos a la noción de Erwerbung y a la de convicción.

[19] Véase en Biblioteca Nueva, p 3000 y también en Studien Ausgabe, p 281: Als die Entstehung des Witzes mubte ich annehmen, dab ein vorbewubter Gedanken für einen Moment der unbewubter Bearbeitung überlassen wird, der Witz sei also der Beitrag zur Komik, den das Unbewubte leiste. Ganz ahnlich wäre der Humor der Beitrag zur Komik durch die Vermittlung des Über-Ich.

[20] Ibidem p 282: Ein Kinderspiel, gerade gut, einen Scherz darüber zu machen.

[21] Referencia humorística a Jorge Luis Borges, en su momento director de la Biblioteca Nacional.

[22] Me suena a la propaganda de las Academias Pitman o algo por el estilo, en la que se instaba a la gente a planificar su futuro. Abril de 2011: en la Feria del Libro, la Dra. Elisa Carrió, tal vez inspirada en nosotros, ha presentado un libro que lleva precisamente este título.

[23] Lo excedía tal como ella lo excedía a él, no sólo en altura. Esta “calentura” inmanejable para el sujeto es típica en los sujetos obsesivos. Véase el historial freudiano del Hombre de las ratas.

[24] La sesión culmina, en efecto, con un corte…de pelo.

[25] Varias sesiones más adelante me entero de que había habido una broma por aquel entonces. Un tío del paciente, al enterarse de que por fin “se había desarrollado”, socarronamente exclamó: “¡A la vejez viruela!”.

Juan José Ipar

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