Una humorada de Roberto Pettinato – Juan José Ipar

2015

Hace ya unos años, en su programa televisivo nocturno, Pettinato hizo una maligna confesión: reveló que era una lesbiana atrapada en el cuerpo de un hombre. Me causó gracia inmediatamente y sólo unos cuantos años más tarde volví sobre sus palabras y me detuve a tratar de desentrañar por qué causa me había reído tanto. Lo primero que queda claro es que Pettinato quiere significar que él es heterosexual, sólo que lo expresa de un modo retorcido. En una era que glorifica lo gay y exalta más aun lo trans, no tiene buena prensa ser simplemente un heterosexual: es harto prosaico y carece de toda novedad o interés. Pero ser una pobre lesbiana arteramente aprisionada en un repulsivo cuerpo masculino resultaría, en principio, un equívoco doloroso, una curiosidad de la naturaleza, una injusticia que quizá debiera ser corregida, tal y como escuchamos tantas veces a personas trans declarar que están recluidas en un cuerpo que no condice con su identidad de género. Las lesbianas, empero, están aparentemente conformes con su cuerpo femenino y aborrecen la rudeza y las pilosidades del masculino, aunque, a pesar de ello, muchas adoptan un aire machote y parecieran querer competir abiertamente con los hombres en terrenos culturalmente reservados a ellos hasta hace muy poco.

La cuestión es que la gracia reside, a nuestro leal entender, en que Pettinato no dice que es heterosexual diciendo sencillamente que es un hombre en el cuerpo de un hombre, sino una lesbiana. Con ello quiere remarcar que le gustan las mujeres, pero que únicamente le gustan las mujeres, esto es, que no tiene nada de homosexual. A las lesbianas les gustan unánimemente las mujeres y les repelen los hombres y es por eso que la combinación alma lesbiana-cuerpo viril resultaría la mejor receta para una perfecta heterosexualidad masculina. Así, habría que ser homosexual (lesbiana) para ser perfectamente heterosexual: he allí la irónica paradoja de la humorada. Según las fórmulas lacanianas, los perversos tienen el deseo decidido, en contraste con la indecisión (Unschiedenheit) y la inseguridad (Unsicherheit) que Freud encontraba regularmente en sus neuróticos. A los varones comunes y corrientes les gustan las mujeres pero, si se los raspa un poco, emergen de lo profundo tantas mariconadas que uno puede llegar a dudar seriamente sobre la identidad genérica de los muchachos. Todo flaco medianamente “normal” tiene un mariposón melindroso en algún rincón del corazón y lo saca a pasear más a menudo de lo que le gustaría. Y se les nota, especialmente lo notan las mujeres con las que se enredan. Ellas andan con la lupa, aunque no les hace falta ningún artilugio demasiado afinado para detectar las reiteradas agachadas del respectivo.

Si lo pensamos un  instante, ¿qué más podría pedir una lesbiana que un cuerpo masculino? Tendría un pene a su disposición para fascinar incautas y, por si fuera poco, dispondría de una segunda arma letal: el cuerpo masculino sería un camouflage ideal para pasar desapercibida. La gente adora a los seductores y son vistos como lo que todo varón promedio sueña con llegar a ser. Luciendo como un hombre, la predadora lesbiana sería, entonces, como un zorro en el gallinero, capaz de circular a sus anchas sin ser advertido ni increpado y cosechando perfumados laureles y palmas a su paso.

En nuestra presentación del año pasado[1], arribamos a la tortuosa idea de que un/a travesti es una histérica dichosamente atrapada en el cuerpo de un hombre. Liberada de la Penisneid, puede fetichizar a piacere su cuerpo y, además, varones un tanto ambiguos les pagan para ser sodomizados. Pura ganancia. De tal modo, bien podríamos llegar a tener toda una galería de personajes humorísticamente presentados como conjunciones heteróclitas de cuerpos y almas. El seductor pettinatesco y el/la travesti serían dos combinaciones felices, en tanto el obeso, a saber, un muerto de hambre abandónico en un cuerpo corriente, o la histérica, un/a travesti en un cuerpo femenino[2], vendrían a ser yuxtaposiciones destinadas a la desgracia y aun el escarnio. Podríamos acuñar nuevas fórmulas para otros tipos psicológicos e intentar fundar una peregrina clínica basada en el humor (y no en la evidencia), siguiendo el ejemplo que el mismísimo Freud nos dejara cuando afirmaba que una histérica era la caricatura de una obra de arte[3], a la que fácilmente podemos añadir que el psicópata es la caricatura de un héroe, el perverso la de un catedrático, el melancólico la de un poeta, etc.

Muchos varones se regodean afirmando que, si fueran mujeres, serían “unas putas bárbaras”. Se aprecia enseguida que estos deslenguados confiesan bastante más de lo que verdaderamente quisieran admitir. Están diciendo, nada menos, que, si sus almas -si es que las tienen- fueran trasplantadas mágicamente a un cuerpo femenino, podrían darse el gusto de sucumbir a cuanto galán bien dotado se les cruce en el camino. Podrían, en efecto, dar rienda suelta a sus tendencias homosexuales pasivas ocultas, puesto que el cambio de cuerpo habría “normalizado” la situación y ya no se trataría de nada homosexual. De cualquier modo, no es más que una afirmación gratuita bajo la forma de un enunciado contrafáctico, en el que se deriva una consecuencia o un efecto de una condición manifiestamente falsa. Sin embargo, esta extendida fantasía masculina nos da la fórmula que correspondería a ese tipo de mujer que Freud bautizara “hijas de la naturaleza”[4], féminas bravas que no son capaces de aplazar el deseo de gratificarse sexualmente y, por ello, no alcanzan a internarse en los intrincados pliegues de las relaciones amorosas, lo cual las hace relativamente inaptas para la terapia analítica, debido a su incapacidad para desarrollar una transferencia eventualmente analizable. Las “putas bárbaras” reales son mujeres efervescentes y querendonas que se entregan a los hombres sin mayores trámites ni remilgos y deben sufrir más tarde el aburrimiento y aun el desprecio de ellos. Stendhal[5] decía de ellas que, al allanarse rápidamente a los requerimientos que les son hechos, impiden que los fulanos requirentes se enamoren, que ése es un proceso que llevaba cierto tiempo de espera y lo comparaba con las ramas que campesinos de Bohemia bajaban a las profundidades de una cierta cueva atadas a una cuerda y, después de unos meses, recuperaban tachonadas con cristales que semejaban diamantes. Luego de la cristalización (enamoramiento), una vulgar rama luce como una joya extraordinaria. En efecto, la Verliebtheit está hecha de idealización y una porción variable de ella es necesaria para que el amor germine y se desarrolle.

Sin apercibirnos claramente, hemos retornado a la idea cartesiana[6] de que el cuerpo es un fragmento de mundo por completo ajeno al alma, que se ve constreñida a habitarlo… por ahora, al menos hasta que las fantasías que podemos ver en Robocop y otras comedias y películas de acción hagan realidad el que podamos disponer de uno o acaso muchos cuerpos suministrados por una industria progresivamente más y más sofisticada y audaz. En vez de tener un placard lleno de ropa, la gente dispondrá de un depósito en el que almacenará toda una cantidad de cuerpos para “vestirse” según su albedrío ocasional lo decida. Afortunadamente, las insufribles cuestiones de género con que somos atormentados hoy en día desde los media habrán ya pasado a la historia y seremos lo que queramos ser cuando lo queramos, instantáneamente. Lo de placard va con intención pues remite a esas expresiones tan utilizadas en el Río de la Plata como “salir del placard” en alusión a alguien que da a conocer que es gay y se asume ante los otros como tal. Todos tendrán amplios “placares” y extraerán de ellos identidades y  personajes de todo tipo, color y tamaño, como suele decirse para mentar una diversidad profusa de objetos[7]. Una fantasía de anticipación que cuadra con el espíritu de la época.

El cuerpo natural casi nunca es bello, se cansa fácilmente, envejece y fatalmente nos hará la macabra jugarreta de perecer y dejarnos con las ganas de seguir gozando otro poco más, por más que alcancemos edades cada vez más provectas. Por ahora, nos tenemos que conformar con cirugías e intervenciones “poco invasivas”, o con darle vigorizantes y energizantes y escudriñarlo milimétricamente cada seis meses, un año o, a lo sumo, dos años, según el caso. Pero en algún incierto momento del futuro, nos desprenderemos de él y nos liberaremos de su yugo y de las limitaciones que nos impone.

Hace ya unos cuantos años, en una serie televisiva protagonizada por Narciso Ibañez Menta[8], se presentaba un personaje especial que daba el título a la serie, El muñeco maldito[9], basada en un texto de Gastón Leroux (1868-1927) publicado en 1923 y dividido en dos partes: La muñeca sangrienta (La poupée sanglante) y La máquina de asesinar (La machine à assassiner). El protagonista de la novela era el feísimo y deforme Bénédicte Masson, pacífico encuadernador que vivía retirado en la parisina isla de San Luis, quien es injustamente acusado de un crimen y ajusticiado en la guillotina. Merced a los oficios de un genio científico, su cerebro es recuperado e implantado en un cuerpo mecánico con partes biológicas (nervios) y, desobedeciendo a sus amos, Bénédicte emprende una febril búsqueda de justicia que reivindique su nombre. Lo que, en resumen, tenemos, es una suerte de cyborg, anticipación notable del Terminator de nuestros días. El clivaje ya no es alma/cuerpo, sino cerebro/cuerpo, siendo el cerebro el órgano depositario de la subjetividad. Un paso más y descubriremos que toda subjetividad puede reducirse a un algoritmo: nos liberaremos de toda relación con lo biológico y la psicoterapia se circunscribirá a modificar algunos tramos de dicho algoritmo. La cuestión es quién será el modificador y si dicha modificación respetará los deseos y urgencias de cada cual o deberá ceñirse a algún protocolo que vele por el bien común. Adiós violadores, delincuentes, políticos y psicópatas de toda laya.

Retrocediendo un poco de tanto futurismo, vemos cómo nuestras nuevas fórmulas -un poco bizarras, admitimos- se enderezan a decir algo de sujetos en los que priva la pulsión fálica (histéricas, travestis, seductores e “hijas de la naturaleza”), si es que ésta existe y es algo más que un efecto del discurso, conjugando de varias formas el creer ser y el creer tener el mentado falo, confundido, comme d’habitude, con el pene. Son temas intrincados que la teoría ha tratado de dilucidar y se ha sutilizado a tal extremo que reina una notable confusión, asumimos, imposible de resolver. Sin mucho que agregar, la dejaremos como está, ya que, estando el falo en decadencia, vemos por doquier cómo se organizan goces que no lo contemplan. Sin embargo, podemos afirmar que un engendro que tenga una mente con el deseo decidido, un cuerpo femenino y un genital masculino es una fórmula ganadora destinada a preponderar en el imaginario colectivo al menos por una temporada[10]. Lo principal es, sine dubio, la decisión, la unanimidad, aunque sea lograda por el expediente burdo del lavado de cerebro[11]. No necesita ser verdad: la repetición machacona de cualquier contenido es más que suficiente. La propaganda, está probado, es capaz de imponer la mar de estupideces que son tomadas como novedades imprescindibles para poder vivir. Ejemplos sobran, en especial en una época que es incapaz de detenerse a meditar siquiera un poco en lo que bulle a su alrededor. Dicen que la gente pronto dejará de llorar. El falo no será ya más el señalado objeto de una donación amorosa y gratuita sino un repuesto intercambiable e infinitizado, que cada cual articulará con un cuerpo según el mucho o poco arte que haya logrado adquirir con la práctica. La sexuación devendrá una cuestión de estricta decoración. La pregunta del millón es saber si en este futuro que nos depara la tecnología el lenguaje ocupará la posición predominante que todavía le concedemos o si, por el contrario, formas instantáneas de comunicación tornarán su mediación superflua, lenta y equívoca. En Adiós al lenguaje (Adieu au langage, 2014), casi un film de despedida de Jean-Luc Godard (84), parece casi anticipada esta ¿superación? de la palabra por la imagen 3D, utilizada no como mero efecto especial, como en los films comerciales americanos, sino como presentación de una suerte de “escultura audiovisual”, según la definiera Luciano Monteagudo[12]. Se nos viene encima una época dura de experimento y fusión. Dura de domar*.

Primera nota: Nos copian: en La Nación del 27-II-2015, la artista argentina residente en New York Liliana Porter “desnuda sus inquietudes y emociones” y admite ser “una niña escondida en (el cuerpo de) una señora”. Efectivamente, esa alma infantil luce por fuera como una anciana canosa y sonriente.

Segunda nota: No escapa a nuestra perspicacia una dificultad, a saber, la de que resulta cuando menos difícil compatibilizar la idea de que una histérica es un travesti en el cuerpo de una mujer y un travesti sería una histérica en el cuerpo de un hombre, debido a que las idea de travesti, tal como la usamos aquí implica un alma (histérica) y un cuerpo masculino. Para sortear esta aporía, habría que aclarar que el alma del travestí es la de un hombre identificado con una histérica y que por ello es que tiene características femeninas exacerbadas (la histérica) y cosas masculinas. Quizá sólo hemos embrollado un poco más las cosas.


[1] Véase nuestro El encanto del travesti.

[2] Es decir, un ser que muere por sodomizar varones y no puede, no tiene con qué. Solo le resta torturarlo hasta lo indecible sufriendo un martirologio interminable y negándose de plano a ser satisfecha por el pene de él. Él nunca podrá cantar victoria y verla contenta, salvo raras, contadas y especiales ocasiones, para afirmar su dominio, claro.

[3] Tótem y Tabú, 1914.

[4] Amor de transferencia, 1915.

[5] Véase su Tratado del amor.

[6] Anteriormente, los pitagóricos entendían al cuerpo como carcer animi, tema retomado por Platón y otros muchos.

[7] Voy y vengo del “nosotros” al “ellos”. Un poco me implico o será que la cosa me alcanza.

[8] El programa se llamaba Obras maestras del Terror.

[9] Fueron trece capítulos que se comenzaron a emitir en abril de 1962, dirigidos por Marta Reguera, adaptados del original por Jacobo Langsner  y con Beatriz Día Quiroga, Martha Argibay, Cristina Gaymar y Luis Sorel encabezando con Ibañez Menta un elenco con figuras notables de la época.

[10] Serían tres elementos -mente, cuerpo y genital- y no solamente alma/cuerpo. Se nos complica el panorama.

[11] Si en lugar de decisión (Entscheidung) ponemos actitud, ya casi somos norteamericanos.

[12] Página 12, 18 de diciembre de 2014.

*»Duro de domar» fue un programa televisivo de entretenimientos de origen argentino, conducido durante varias temporadas por, justamente, Roberto Pettinato.

Juan José Ipar

Todos los derechos reservados.

Autor: Juan José Ipar

Podrán leerme en el blog: "Veleidades de Verdad - Divagaciones teóricas de un psicoanalista."

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